Una brillante Doctora reencarna en el cuerpo de una delicada aristócrata. Para evitar un matrimonio forzado y seguir su pasión, decide estudiar medicina, desatando el escándalo.
Su padre la envía a prueba al Hospital Central bajo las órdenes del doctor más estricto del imperio. Él cree que es una noble caprichosa y la manda al peor pabellón para que renuncie.
Pero ella no le teme a la sangre, domina técnicas del futuro y está lista para demostrar que nadie maneja el bisturí mejor que ella.
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Capítulo 21
Guardó las flores en su oficina, apoyándolas contra la pared junto a la ventana, y después de unos minutos se dirigió a la sala donde estaba la niña. Cuando entró, Emilian la miró de reojo, pero no dijo nada. Su expresión era seria, pero Elara notó que sus ojos se suavizaron ligeramente al verla.
Ella se colocó junto a él, y sin mirarlo, murmuró en voz baja:
—¿Ya se te pasó el berrinche?
Emilian giró la cabeza tan rápido que casi se lastima el cuello.
—¿Qué?
—Nada —dijo ella, con una sonrisa inocente—. Solo preguntaba si ya estabas listo para trabajar.
Él la miró con una mezcla de sorpresa y algo que parecía diversión contenida.
—Siempre estoy listo para trabajar.
—Claro —respondió ella, inclinando la cabeza—. Por eso te fuiste tan rápido antes. Muy profesional.
Emilian abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras. Era la primera vez que veía a Elara con ese tono, y no sabía cómo reaccionar.
Ella se giró hacia la niña, ignorándolo por completo.
—Bueno, ¿qué hacemos ahora?
Emilian la observó durante unos segundos, y luego soltó un suspiro que era más una rendición que una risa.
—Ahora... seguimos trabajando.
Elara sonrió sin mirarlo.
—Eso esperaba.
Horas después, la niña empeoró. Su fiebre subió, su respiración se volvió más débil, y su piel adquirió un tono grisáceo que hizo que Elara sintiera un escalofrío recorrerle la espalda.
—Está empeorando —dijo, con voz tensa mientras tomaba su pulso—. No es una neumonía. Es otra cosa.
Emilian la observaba con el ceño fruncido, sus dedos moviéndose con rapidez alrededor de la niña, tocando, palpando, buscando respuestas donde no las había.
—¿Qué ves? —preguntó, con una urgencia que apenas controlaba.
Elara cerró los ojos un momento, y su mente viajó a su vida anterior. Había visto casos así. Niños con fiebres que no bajaban, con dificultad para respirar, con manchas rojizas en la piel que aparecían y desaparecían.
—Puede ser fiebre reumática —dijo en voz baja, abriendo los ojos—. O algo parecido. Una inflamación en el corazón o las articulaciones. Necesitamos tratar la inflamación, no la infección. Los antibióticos no van a funcionar si su cuerpo está atacándose a sí mismo.
Emilian la miró con una mezcla de sorpresa y admiración.
—¿Y cómo haces eso?
—Reduciendo la inflamación. Usando medicamentos que alivien el sistema inmunológico, no que lo ataquen.
Elara escribió algo en un papel, con mano rápida y segura, y se lo entregó.
—Necesitamos esto. Hay una planta que crece en las afueras de la ciudad. Tiene propiedades antiinflamatorias. Si podemos conseguirla, podría ayudar.
Emilian lo leyó y asintió, guardando el papel en su bolsillo.
—Lo conseguiré. Personalmente.
Al salir, la miró por encima del hombro.
—¿Cómo sabes esas cosas?
Ella no respondió. Solo sonrió con cansancio, con los dedos aún temblorosos por la urgencia.
—No importa. Ahora céntrate en la niña.
De vuelta en su oficina, Elara encontró una carta nueva sobre su escritorio. Kael no se rendía. Esta vez, no la abrió. La dejó sobre la mesa, mirando el sobre con los dedos manchados de tinta y el corazón dividido. Sabía que tenía que poner límites. Sabía que si seguía permitiendo que Kael se acercara, las cosas se complicarían. Pero también sabía que no podía evitarlo. Suspiró y guardó la carta en un cajón, cerrando la llave con un movimiento brusco. Otro día, pensó, apoyando la frente contra la madera fría. Cuando todo esto termine.
La niña se recuperó. Fue lento, casi imperceptible al principio. La fiebre bajó un grado. Luego otro. La respiración se volvió más regular, más profunda. Las pequeñas manos que antes se aferraban a la manta con desesperación ahora descansaban tranquilas sobre el pecho. La madre lloró de alegría cuando la vio abrir los ojos y sonreír débilmente.
—Gracias —dijo, abrazando a Elara con una fuerza que la sorprendió—. Gracias, gracias, gracias.
Emilian, que estaba al fondo de la sala, observaba la escena con una expresión que mezclaba admiración y algo más. Algo que Elara no lograba descifrar. Cuando la madre se fue con su hija, Elara se apoyó contra la pared, agotada. El cansancio se apoderaba de sus huesos como una manta pesada.
—Lo hiciste bien —dijo Emilian, acercándose.
—Lo hicimos bien —corrigió ella, sin levantar la vista.
Se quedaron en silencio un momento. La noche se había cerrado sobre el hospital, y el pasillo estaba vacío, iluminado solo por la luz tenue de las lámparas de aceite.
—Elara —dijo él, con voz más baja.
—Sí.
—Lo siento. Por lo de antes. Por Kael. No debería haber reaccionado así.
—No importa.
—Sí importa. —Emilian la miró a los ojos, y en ellos había una honestidad que dolía—. No quiero que pienses que no confío en ti. Porque sí. Confío en ti.
Elara sintió que las palabras se le escapaban, que el aire se volvía más denso.
—Emilian... no necesito que te disculpes. Solo... necesito entender qué está pasando.
Él la miró, y por un instante, todo lo demás desapareció. No había hospital, ni pacientes, ni reglas. Solo ellos dos, en un pasillo vacío, con el peso de lo que no se atrevían a decir.
—Yo tampoco lo sé —admitió, con la voz quebrada—. Pero estoy aquí. Y no pienso irme.
Elara sintió un nudo en la garganta.
—¿Y si esto es un error?
Emilian sonrió, una sonrisa cansada pero sincera, que iluminó su rostro de una forma que Elara no había visto antes.
—Entonces será el mejor error de mi vida.
Elara rió, y él rió con ella, y el sonido de sus risas llenó el pasillo vacío.
—Eso fue muy cursi.
—Lo sé. —Se encogió de hombros con una naturalidad que la desarmó—. La próxima vez intentaré ser menos cursi.
—No prometas lo que no puedes cumplir.
Emilian la miró, y en sus ojos había algo que hacía que todo el cansancio valiera la pena.
—Buenas noches, Elara.
—Buenas noches, Emilian.
Se separaron, pero ambos sabían que algo había cambiado. Y que nada volvería a ser igual.
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que alguien me explique 🤔🤔🤔