Pamela, orgullosa y arrogante, humilla en público al señor Fitwilliam, un supuesto “hombre viejo” que resulta ser un multimillonario frío, poderoso y mucho más peligroso de lo que aparenta.
Como castigo, su padre la obliga a casarse con él.
Ahora vive atrapada en un matrimonio forzado con el hombre al que despreciaba… y al que desafía a cada instante. Pero Fitwilliam no es de los que pierden el control. Ni de los que olvidan.
Entre orgullo y poder, solo una cosa es segura: uno de los dos terminará cayendo primero.
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capítulo 21: Eres muy orgullosa… demasiado
Pamela miró a Mireya con una expresión seria, casi desafiante, como dándole a entender sin decirlo que si pensaba tratarla como una empleada cualquiera para incomodarla, no iba a permitirlo. Sin esperar respuesta, siguió a Maximiliano hacia su oficina, tal como él había ordenado.
Entró directamente a la oficina sin tocar la puerta, algo habitual entre ellos debido a la discordia que los enfrentaba, que hacía que cualquier trato formal quedara de lado. Cerró tras de sí con un movimiento decidido y, sin decir una sola palabra, avanzó hasta quedar justo frente a Maximiliano.
Se detuvo allí, de pie, con los brazos cruzados, sosteniéndole la mirada con total seguridad, sin la menor intención de mostrarse intimidada.
Maximiliano estaba sentado detrás del escritorio, con los codos apoyados y las manos entrelazadas, los dedos apenas rozando su barbilla. Su postura era impecable, como siempre, aunque su mirada estaba fija en ella con una intensidad que delataba más de lo que su rostro dejaba ver.
—Oh… lo siento. No toqué antes de entrar, creí que el asunto de las puertas ya había quedado claro entre nosotros —dijo Pamela con ironía.
El comentario cayó con precisión, como una respuesta directa a lo que él le había dicho la última vez.
Maximiliano inhaló lentamente. Por dentro, hizo un esfuerzo consciente por mantenerse sereno. Pamela tenía la habilidad de sacarlo de sus casillas sin levantar la voz ni perder la calma, solo con esa ironía y seguridad.
Aun así, su expresión no cambió demasiado. Mantuvo su porte habitual, frío y controlado, casi imperturbable.
—Pamela, si te pedí que vinieras a mi oficina no era para que discutieras conmigo —dijo Maximiliano, poniéndose de pie, esforzándose por conservar la compostura, algo que ella siempre lograba desestabilizar.
Pamela rodó los ojos y luego lo miró directamente, cuando él ya se encontraba a una distancia prudente frente a ella.
—Bueno, entonces dígame para qué me pidió que viniera a su oficina. No puedo quedarme aquí todo el día, tengo una mente brillante que seguir aprovechando —dijo con evidente orgullo, aunque en el fondo se sentía incómoda frente a él, algo que intentaba ocultar tras esa actitud altiva
Maximiliano suspiró y la miró con firmeza, como si ya supiera que con Pamela era difícil mantener la calma o un trato completamente cordial.
—Pamela, el trabajo de la publicidad fue aceptable, pero ese pequeño detalle no debió aparecer. Tenlo en cuenta —comentó serio.
Se mostró impasible, aunque internamente le sorprendía que hubiera hecho al menos un buen trabajo, algo que no se esperaba de ella.
—Sí, claro, “aceptable” —repitió Pamela con una leve sonrisa irónica—. Ya lo entendí. Y tendré en cuenta ese pequeño detalle la próxima vez.
Su forma de hablar era confiada y desafiante, pero en el fondo sabía que él tenía razón, aunque jamás lo aceptaría ante él.
Maximiliano respiró hondo para contenerse. Se acercó lentamente y colocó sus manos sobre los hombros descubiertos de Pamela, con los dedos semicurvados, como un gesto de presión suave, detenido, que no terminaba de convertirse en un agarre completo.
—Eres muy orgullosa… demasiado —murmuró, mirándola fijo—. Pero ya veremos cuánto te dura eso aquí conmigo.
Pamela se quedó impactada por el gesto. Sentir sus manos sobre su piel le provocó una sensación extraña, como una leve descarga recorriéndole el cuerpo. Incómoda con aquella reacción y sin querer reconocer lo que él había despertado en ella —algo que jamás estaría dispuesta a admitir—, apartó sus manos con rapidez.
En ese instante, alguien tocó la puerta.
Maximiliano regresó a su asiento, ligeramente desconcertado por su propia reacción hacia ella, y con voz varonil dijo:
—Adelante.
Karla entró.
Pamela, fingiendo indiferencia y manteniendo su orgullo habitual, salió de la oficina con seguridad. Pero mientras caminaba, recordó el instante en que él la sujetó por los hombros y la miró tan intensamente, provocándole una sensación que no supo explicar del todo.
Karla entró a la oficina y, con algo de timidez, le explicó a Maximiliano que la campaña publicitaria ya estaba lista para el viernes. Le resumió los puntos principales de la planificación, la organización y la coordinación final, asegurándole que todo estaba preparado para su ejecución. Maximiliano escuchó en silencio, observando los documentos con atención y manteniendo su habitual seriedad mientras evaluaba la información.
Mientras tanto, Teresa seguía buscando algo que pudiera usar en contra de Pamela.
Decidió investigar por su cuenta y comenzó a revisar información sobre ella.
Fue entonces cuando encontró una referencia a un antiguo evento de la alta sociedad.
Al leer los detalles, sus ojos se abrieron ligeramente.
Pamela era la misma joven involucrada en el incidente que había puesto a Maximiliano en ridículo aquella noche.
Teresa permaneció unos segundos observando la información.
Luego una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro.
Por fin tenía algo que podía utilizar.
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Maximiliano, en su oficina, no dejaba de pensar en el instante en que había tenido ese gesto con Pamela, cuando pudo sentir la delicada piel de ella bajo sus manos. Cerró los ojos por un momento, mientras en su mente resonaban también las palabras de su abuela.
Con ese pensamiento, se levantó con expresión seria y poco después salió de la empresa junto con Pamela.
Al llegar a la mansión, Teresa pidió hablar con él, mientras Pamela subía a su habitación, claramente fastidiada por la situación.
Apenas entraron al despacho, Maximiliano miró directamente a Teresa.
—¿Qué ocurre ahora?
—Maximiliano, sé que me pediste que no me metiera, pero esa mujer que escogiste como esposa no es más que una persona arrogante, caprichosa y acostumbrada a menospreciar a los demás —dijo Teresa con evidente desagrado, intentando sembrar dudas en él.
Maximiliano se acercó al pequeño mueble donde guardaba sus bebidas, se sirvió un poco de whisky y luego tomó asiento con tranquilidad.
Su expresión permanecía impasible.
En realidad, ya imaginaba hacia dónde quería llevar Teresa aquella conversación.
—Maximiliano, quiero decirte que esa mujer no es la esposa que mereces a tu lado —insistió Teresa—. Sobre todo después de lo que te hizo.
Él levantó la vista hacia ella sin decir nada.
—Después de que te humilló en aquel baile delante de tantas personas.
—Teresa, basta.
Maximiliano levantó la mirada hacia ella.
—Sé todo lo que acabas de decirme. Sé cómo es Pamela y también sé lo que ocurrió en aquel baile.
Su expresión permaneció impasible.
—Así que no veo el sentido de seguir hablando de algo que ya conozco.
Teresa se sintió derrotada.
Todo lo que había esperado conseguir con aquella conversación se había derrumbado en cuestión de minutos.
Miró a Maximiliano por última vez antes de dirigirse a la puerta.
—Solo quiero lo mejor para ti, Maximiliano —dijo antes de salir—. Y sigo creyendo que Pamela no es la mujer adecuada para estar a tu lado.