Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 21
Capítulo 21: Secuestro y rescate
La última noche en Guadalajara, ya recuperada del estómago, Renata aceptó que Max la llevara otra vez al mercado nocturno. Era su tregua silenciosa, el único terreno donde los dos se permitían no estar en guerra.
—Espérame aquí —dijo Max, señalando un puesto de aguas frescas—. ¿De jamaica o de horchata?
—Horchata.
—No te muevas.
Se alejó entre la gente. Renata se quedó mirando un puesto de artesanías, sonriendo a medias por primera vez en semanas.
Fue cuestión de segundos. El bullicio del mercado —la música, los pregones, el chisporroteo de los comales— lo tapó todo. Una mano le tapó la boca con un trapo de olor dulzón y químico. Un brazo le rodeó la cintura y la levantó del suelo. Quiso gritar, quiso pelear, pero las piernas ya no le respondían y el mercado se volvió una mancha de luces que se apagaba. Lo último que vio antes de perder el conocimiento fue el puesto de aguas frescas, y a Max de espaldas, esperando su turno, sin saber.
—
Despertó atada a una silla, en una nave enorme y oscura que olía a óxido y a humedad. Una bodega abandonada. Frente a ella, sobre una caja, había una tableta encendida, y en la pantalla, sonriendo, el rostro de Rodrigo.
—Hola, corazón. —Su voz salía distorsionada por la bocina—. Perdón por no estar en persona. Tu noviecito puso una denuncia y ando un poco… buscado. Pero no me iba a perder esto por nada del mundo.
Alrededor de la silla había siete hombres. Matones de alquiler, de brazos cruzados, esperando órdenes.
—Como ya no sirvo para ciertas cosas, gracias a tu querido Montenegro —siguió Rodrigo, y la sonrisa se le torció en algo enfermo—, mis amigos van a ocuparse por mí. Y cuando terminen, te vas a venir conmigo fuera del país. Tengo un lugar preparado para ti. Un sótano bonito. Vas a aprender, con el tiempo, a portarte bien.
A Renata se le heló la sangre. Entendió, con una claridad terrible, lo que esos hombres iban a hacer, y lo que vendría después: una jaula, lejos, para siempre.
Tiró de las cuerdas. No cedieron. Miró alrededor buscando cualquier cosa, y la desesperación, fría y absoluta, le subió por la garganta. No iba a dejar que la usaran. No iba a vivir encerrada como un animal. Si no había otra salida, se la quitaría ella misma. Apretó los dientes, hizo acopio del último valor que le quedaba, y se preparó para hacer lo único que aún estaba en su poder.
La puerta de la bodega se reventó hacia dentro con un estruendo.
—¡RENATA!
Max.
Había rastreado su teléfono, había manejado como un loco por las afueras, había llegado solo, sin esperar a nadie, porque cada minuto contaba. Y al ver la escena —Renata atada, los siete hombres, la pantalla con la cara de Rodrigo— dejó de ser un hombre y se convirtió en otra cosa.
Lo que siguió, Renata lo recordaría siempre a pedazos. Max contra siete. Golpes, gritos, el ruido de cuerpos cayendo, de fierros, de vidrios. Max recibía y devolvía, sangrando, sin detenerse, abriéndose paso hacia la silla a fuerza de pura voluntad. Le partieron una ceja, le rompieron costillas, un tubo le abrió la cabeza, y aun así no cayó, porque entre él y Renata no se interponía nada que él no estuviera dispuesto a destruir.
En la pantalla, la cara de Rodrigo pasó de la diversión al pánico.
—¡Mátenlo! ¡Es uno solo! ¿Qué hacen? ¡Mátenlo! —chillaba la bocina, mientras sus hombres caían uno tras otro—. ¡Les pago el doble! ¡El triple!
Pero no había dinero que valiera lo que ese hombre estaba dispuesto a dar. Max peleaba como pelea quien no tiene nada que perder porque lo único que le importa está atado a una silla a sus espaldas. Cada vez que lo derribaban, se levantaba. Cada golpe que recibía lo acercaba un paso más. Renata gritaba su nombre, tiraba de las cuerdas hasta despellejarse las muñecas, viendo con el corazón en la boca cómo el hombre al que llevaba seis años jurando no amar sangraba por ella en el suelo de una bodega.
De una patada, Max tiró la tableta al piso y la reventó. La cara de Rodrigo se apagó a media amenaza.
Cuando el último de los hombres huyó cojeando, Max llegó hasta ella tambaleándose, cubierto de sangre suya y ajena, y le cortó las cuerdas con manos temblorosas.
—Ya. Ya pasó. Estoy aquí. —Le sostuvo la cara, dejándole marcas rojas en las mejillas—. Perdóname. Te solté la mano un segundo. Un segundo. No me lo voy a perdonar nunca.
—Max, estás… —Renata, libre, lo miró horrorizada: la sangre, la ceja abierta, la forma rara en que se sostenía el costado—. Tienes que ir a un hospital. Ahora.
—Tú primero.
Y entonces Renata sintió que algo se le desgarraba por dentro, un dolor distinto al del miedo, agudo, en el costado derecho, que la dobló en dos. La tensión, el golpe, las horas; su propio cuerpo eligió ese momento para traicionarla. Lo último que pensó, con su cabeza de médica, antes de que el dolor la nublara, fue una palabra absurda y precisa: apendicitis.
—Max —jadeó—. Me duele. Mucho. Creo que es el apéndice. Tengo que…
Se desplomó.
—
Hospital del Carmen. Tres días.
A Renata la operaron de urgencia esa misma madrugada —apendicitis aguda, a punto de perforarse— y entró en un sueño profundo del que no terminaba de salir, entre la anestesia, el agotamiento y el cuerpo rendido después de semanas de no parar.
Soñó cosas confusas. Una mano sosteniendo la suya. Una voz ronca rezando, ella que nunca lo había oído rezar. El olor de él, mezclado con desinfectante.
Fernanda y Emilio habían llegado de la capital en cuanto se enteraron. Fernanda entró al hospital hecha un huracán, exigiendo ver a su comadre, y al verla intubada y pálida tuvo que salir al pasillo a llorar a escondidas para no asustar a nadie. Emilio, en su silla de ruedas, se quedó mirando a su hermano —los puntos, las costillas vendadas, los tres días sin dormir— y por primera vez entendió, de verdad, hasta dónde llegaba lo que Max sentía por esa mujer. Ya no le pareció una intrusa. Le pareció, simplemente, la otra mitad de su hermano.
—Vete a dormir, hermano —le dijo, suave—. Yo me quedo.
—No —respondió Max, sin soltar la mano de Renata—. Cuando despierte, quiero que lo primero que vea sea que no me fui.
Emilio no insistió. Le acercó una cobija y se quedó con él, los dos hermanos velando en silencio.
Al tercer día, abrió los ojos.
La luz entraba pálida por la ventana. Le dolía el costado, tenía la boca seca, y junto a su cama, en una silla, derrumbado pero despierto, estaba Max.
Apenas lo reconoció. Tenía la ceja cosida, un brazo vendado, la mitad de la cara amoratada, tres días de barba y unas ojeras de muerto. No se había ido. No se había cambiado de ropa. No había dormido.
—Hola —graznó Renata.
Max se enderezó de golpe, y algo se le quebró en la cara, todo el hielo de meses derritiéndose de una sola vez.
—Hola. —Le tomó la mano, con cuidado, como si fuera de cristal—. Llevo tres días esperando que digas eso.
—Te ves horrible.
—Tú también. —Una risa rota—. Nunca me había alegrado tanto de oír un insulto.
—¿Cuánto llevo dormida?
—Tres días. —Le acercó un vaso de agua a los labios, sosteniéndole la nuca con una delicadeza que no pegaba con sus manos golpeadas—. Te operaron de apendicitis la misma madrugada. Casi se te revienta. Si llego cinco minutos más tarde a esa bodega… —Se le quebró la voz y no terminó la frase.
—Pero llegaste. —Renata le buscó los ojos—. Solo. Contra siete. Max, te pudieron haber matado. ¿En qué estabas pensando?
—En que tú estabas adentro. —Lo dijo como si fuera la cosa más obvia del mundo, como si no hubiera nada más que pensar—. No había otra cosa en mi cabeza. Nunca la hay, cuando se trata de ti. Ese es mi problema desde hace seis años.
Renata quiso decirle mil cosas. Que lo sentía. Que él no debió arriesgarse así. Que lo había visto enfrentar a siete hombres por ella y que ningún muro que ella levantara iba a poder, nunca, contra eso. Pero las palabras pesaban demasiado, y solo le salió un susurro:
—Gracias.
Max le apretó la mano y no la soltó. No hizo falta decir más.
—
Esa tarde, mientras Renata dormitaba, Max recibió la llamada de Ortega.
A los siete hombres los habían detenido casi a todos; las cámaras de la bodega y el rastreo de la tableta los habían delatado. La fiscalía ya tenía abierto el caso por secuestro y tentativa de agresión.
Pero Rodrigo, el que daba las órdenes desde la pantalla, había cruzado la frontera antes de que pudieran tocarlo. Sobre él pesaba ya una orden de aprehensión, alertas en aeropuertos, una cacería en marcha.
—Lo van a encontrar, señor —dijo Ortega—. Tiene alertas en todos los aeropuertos y la fiscalía ya giró la orden. Es cuestión de tiempo. Tarde o temprano.
—Que sea temprano. —Max miró a Renata, dormida, frágil, con la mano todavía dentro de la suya—. Porque mientras ese hombre respire libre, ella no está a salvo. Y yo ya no voy a volver a soltarle la mano. Costó demasiado caro la última vez que lo hice.
Afuera, sobre Guadalajara, caía la tarde. Y en algún punto del mundo, un hombre humillado y prófugo afilaba, en la oscuridad, la siguiente forma de su rencor.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭