Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
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Capítulo 21 — La que tose en los pasillos
Mensaje del día 🖤✨
Hoy es viernes y ustedes ya saben que yo no actualizo fines de semana 😭📖
Peeero como las veo llorando, sufriendo y pidiendo más capítulos… les voy a dejar una mini maratón 😈🔥
Así que disfrútenla muchísimo, comenten bastante y no me abandonen mientras yo intento sobrevivir a sus teorías locas 👀💔
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Las quiero muchísimo 🖤
Gracias por leerme, por comentar, por sufrir conmigo y por darle amor a mis historias 😭📚
Ahora sí… ¡quiero ver MUCHOS comentarios! 😈✨
Besos 💋
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Lían volvió al Lotus a las doce y media de la noche.
Andrés la dejó en la puerta de servicio. Lían entró por atrás, subió por la escalera de servicio para no cruzar el salón principal, llegó a la oficina del segundo piso. Cerró la puerta. Le echó llave.
Se sentó al borde del escritorio.
Se quedó mirando la pared.
Por dentro, todavía estaba la voz de Dante hablándole de su madre y las cuatro palabras en la carta. Por dentro, todavía estaban las propias palabras de ella, secas, modulada, dichas mil veces en otra vida a mujeres que sufrían, ahora vacías frente a un hombre que le acababa de contar lo único íntimo que tenía guardado.
Y por dentro, todavía estaban las mejillas mojadas que se había secado dos veces en el auto.
—Bien, vieja —dijo en voz baja, al cuarto vacío—. Lo sentido, sentido está. Mañana es trabajo.
Se levantó. Caminó hasta el archivero del fondo de la oficina. Sacó la carpeta gris que estaba al final, sin etiqueta, sin nombre. La abrió sobre el escritorio.
Adentro había dos cosas.
Una lista de chicas del Lotus. Catorce nombres. Antigüedad de cada una. Origen. Quién la rescató. Qué porcentaje pagaba cada mes.
Y un informe que Sofía le había entregado tres semanas atrás. Un informe que Lían había leído por encima, había guardado y no había vuelto a abrir.
Lo abrió esta noche.
Se llamaba Sospechas internas — operación discreta.
Sofía lo había armado sin que ninguna de las chicas se enterara. Tres meses de observación silenciosa. Cuatro nombres marcados con dudas. Y un nombre con dos rayas rojas debajo:
Mei Tanaka.
Lían se sentó. Empezó a leer.
El informe era ordenado. Sofía hacía las cosas bien cuando se ponía.
Mei Tanaka, veintisiete años. Entró al Lotus hace tres años por recomendación de un cliente. No fue rescatada de subasta. Vino por elección. Hija de inmigrantes japoneses, padre fallecido, madre vive en Mendoza, una hermana menor en hospital privado con problema cardíaco congénito.
Lían se detuvo en la palabra "hospital privado".
Una chica del Lotus, con un sueldo decente pero no enorme, pagando un hospital privado a una hermana enferma.
Posible. Difícil, pero posible. Si ahorraba mucho. Si no gastaba nada en sí misma.
Siguió leyendo.
Costumbres: Mei se queda hasta tarde tres noches por semana. Limpia sin que se lo pidan. Repite turnos sin reclamar. Es la primera en ofrecerse para tareas de oficina. Las chicas la quieren porque es callada y trabajadora.
Detalle sospechoso uno: durante los últimos cuatro meses, Mei se ha quedado en el Lotus después del cierre nueve veces. Las nueve veces, antes de irse, ha entrado al pasillo de la oficina de Vale "porque tose y le pasó algo de polvo en el aire". Las nueve veces, durante el episodio de tos, ha estado sola entre treinta segundos y dos minutos.
Detalle sospechoso dos: la cuenta del hospital de la hermana, según un informe que pedimos discretamente al hospital, está siendo pagada desde hace seis meses por una cuenta sin nombre ubicada en un banco que no es el de Mei.
Detalle sospechoso tres: hace dos semanas, Mei recibió una llamada por el teléfono fijo del Lotus, en horario en que no había nadie en oficina. La llamada duró seis minutos. El número, rastreado, pertenece a una empresa fantasma con domicilio fiscal en una propiedad que figura registrada a nombre de Renata Alarcón, padre de.
Conclusión preliminar: con un setenta por ciento de probabilidad, Mei Tanaka es informante de Renata Alarcón. El método es acceso ocasional a la oficina mientras finge toser en el pasillo. Sospecha de presencia de micrófono o de copia manual de documentos.
Lían cerró la carpeta.
Bebió el resto del agua que le quedaba en el vaso del escritorio.
—Hija de puta —dijo en voz baja, al cuarto vacío.
Pero esta vez la frase no era para Mei. Era para sí misma.
Tres semanas con el informe sobre el escritorio. Tres semanas sin abrirlo a fondo. Tres semanas durante las cuales Mei había seguido tosiendo en el pasillo, había seguido informando, había seguido recibiendo dinero.
—Vieja —dijo otra vez, al cuarto—. Estás distraída. Estás muy distraída.
Se levantó. Se acercó al intercomunicador. Lo apretó.
—Sofía.
—Vale, son las dos de la mañana.
—¿Estás abajo?
—Estoy.
—¿Mei está abajo?
Pausa.
—Mei está limpiando el bar. Se ofreció.
—Bien. Súbela.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Vale, son las dos.
—Sofía. Súbela.
Silencio.
—Sí.
Lían soltó el botón.
Caminó hasta el escritorio. Volvió a abrir la carpeta. La dejó cerrada pero sobre la mesa, a la vista. Apagó la lámpara grande del techo. Encendió solo la lamparita del escritorio. La luz cayó en círculo sobre los papeles.
Se sentó en su silla.
Se cruzó de piernas.
Esperó.
Mei tocó la puerta tres minutos después.
—¿Vale?
—Pasa.
Mei entró.
Era una mujer pequeña, delgada, con el cabello negro corto, vestida con la ropa de limpieza del Lotus —pantalón negro, blusa gris, delantal blanco al frente—. Tenía un trapo en la mano. Sofía la había avisado sin avisarle, según el tono perfecto que Lían conocía: La jefa quiere verte. Sube.
—Cierra la puerta.
Mei cerró.
—Siéntate.
Mei se sentó en la silla del invitado. La misma donde Dante había estado hace dos lunes. La misma que se había quedado tibia.
Esta noche el cuero estaba frío.
Lían no habló durante diez segundos.
Mei tampoco. Lo cual ya decía algo. Una chica inocente, llamada a las dos de la mañana por su jefa, habría preguntado ¿pasó algo, Vale? En el silencio. Mei no preguntó.
Lían empezó.
—Mei.
—¿Sí?
—¿Cómo está tu hermana?
Mei la miró. Sostuvo la mirada un segundo más de lo natural. Después bajó la cabeza.
—Mejor. Gracias por preguntar.
—¿En el hospital?
—Sí.
—¿En cuál?
Pausa.
—El privado.
—El privado.
—Sí.
—¿Lo pagas tú?
Mei levantó los ojos otra vez. Y Lían vio el momento exacto en que entendió. Fue rápido. Un pestañeo. Pero estuvo ahí.
—Vale.
—¿Sí?
—¿De qué quieres hablar?
—De ti, Mei. De cómo una chica del Lotus paga un hospital privado a una hermana, y cómo dos veces por semana se queda hasta tarde y le da por toser en el pasillo de la oficina.
Silencio.
Mei bajó la cabeza. Pasaron diez segundos enteros. Después le empezaron a temblar los hombros.
—Vale —dijo, sin levantar la cara—. Por favor.
—Habla.
—Vale, por favor, te lo voy a explicar. Por favor. Te juro.
—Habla.
Mei levantó la cara. Tenía las mejillas mojadas. No estaba llorando teatro. Estaba llorando con vergüenza. Lían sabía la diferencia.
—Empezó hace seis meses —dijo Mei—. Vino una mujer al hospital donde estaba mi hermana. Una mujer mayor, elegante. Se sentó al lado mío en la sala de espera. Me preguntó por mi hermana. Le conté. Me dijo que ella podía ayudar. Que conocía a una doctora especialista. Que la cama de mi hermana podía cambiar al pabellón nuevo.
—Renata.
—No me dijo el nombre. Era ella, lo sé ahora. En ese momento solo era una mujer amable.
—Sigue.
—Me dio una tarjeta. Me dijo llámeme si quiere que la ayude. Tardé dos semanas en llamar. Mi hermana se estaba poniendo peor. La cuenta del hospital ya no alcanzaba. La llamé. Me citó en un café. Me dijo lo que quería.
—¿Qué quería?
—Información. Sobre ti. Sobre Sofía. Sobre el Lotus. Cualquier cosa que pasara en la oficina. Nombres. Conversaciones. Movimientos de dinero. Quién entraba, quién salía. A cambio pagaba el hospital de mi hermana, en un pabellón mejor, con una doctora especialista que ella había contratado. Cada mes. Para siempre.
Lían no contestó.
—Vale, te juro. Te juro por mi hermana. No quería. La primera noche que entré a la oficina, vomité antes en el baño. Vomité dos veces. Pero mi hermana se estaba muriendo. Vale, mi hermana se estaba muriendo. Yo no tenía a quién pedirle el dinero. Mi mamá no tiene nada. Yo gano lo que gano. No era para mí. Te lo juro, no era para mí.
Mei se cubrió la cara con las dos manos.
Lían la dejó llorar un momento.
Después le pasó el pañuelo del cajón. El pañuelo que Sofía le metía en la cartera todos los días por costumbre.
Mei lo aceptó. Se secó la cara.
—¿Cuánta información le has pasado?
—Mucha.
—¿Cuánta es mucha?
—Veinticinco entregas, Vale. Veintiséis con la próxima.
—¿De qué tipo?
—Movimientos de Sofía. Tus reuniones de la oficina. Los nombres de los clientes que te ofrecen dinero. La información sobre la bailarina del antifaz. Sobre Camile, sobre Andrea. Le pasé el dato del baile privado de Marcelo. Le pasé el monto.
Lían cerró los ojos un segundo.
Los abrió.
—¿Tienes manera de comunicarte con ella?
—Sí.
—¿Cómo?
—Llamadas al teléfono del Lotus desde un número específico. Cuando llama ese número, contesto solo yo si estoy. Si no estoy, dejan colgar y vuelven a llamar al día siguiente.
—¿Solo eso?
—También un correo. Para cosas largas.
—¿Cuándo es la próxima llamada?
—Mañana al mediodía.
Lían se quedó mirando la lamparita del escritorio.
Pasaron veinte segundos.
Mei no respiraba.
—Mei.
—¿Sí, Vale?
—No te voy a entregar a Renata.
Mei levantó la cara, sin entender.
—Pero…
—No te voy a entregar a Renata, no te voy a echar del Lotus, y no le voy a contar a las chicas. Pero hay condiciones.
Silencio.
—¿Cuáles?
Lían se inclinó hacia adelante. Las dos manos sobre el escritorio. La voz baja, calmada.
—Desde mañana al mediodía, Mei, la información que pasas a Renata sale de aquí. La dicto yo. Cada llamada, cada correo, cada nota, lo apruebo yo primero. Le vas a contar a Renata exactamente lo que yo quiero que sepa, y vas a omitir exactamente lo que yo quiero que ignore. Eso a partir de mañana al mediodía. Sin excepciones.
—Sí.
—Si Renata se entera de que hemos cambiado el juego, te entrega a la policía con pruebas fabricadas y te encarcela diez años. Lo sé porque es exactamente lo que yo haría en su lugar. Por eso vamos a tener mucho cuidado.
—Sí.
—La hermana sigue en el hospital privado, en el pabellón nuevo, con la doctora especialista. Lo pago yo desde mañana. La transferencia se hace por una cuenta intermedia del Lotus para que Renata, si revisa, siga viendo que es ella la que paga. Sofía coordina.
Mei se quedó mirándola.
—Vale.
—¿Qué?
—¿Por qué haces esto?
—Porque eres más útil viva, Mei. Porque te necesito. Y porque mi hermana también podría estar muriendo si los dioses no me hubieran dejado caer mil años atrás en otra parte del mundo.
Mei pestañeó.
—Vale —dijo, despacio—, no entiendo eso último que dijiste.
—No tienes por qué entenderlo. Solo cumple las condiciones.
Mei asintió. Se levantó. Se quedó parada al lado de la silla, indecisa.
—Vale —dijo.
—¿Qué?
—Te juro que no te vuelvo a fallar.
—Lo sé.
—¿Lo sabes?
—Lo sé porque acabas de oírme decir que dejé caer mil años en otra parte del mundo y no me preguntaste qué quise decir. Solo asentiste. Eso significa que ya entendiste que esto es más grande que tú y que yo, y eso es lo que necesito.
Mei se quedó quieta.
—Vale.
—Vete a dormir, Mei. Mañana al mediodía empieza la nueva entrega.
Mei se fue.
Cerró la puerta despacio.
Lían se quedó sola.
Se sirvió el último café del horrible que quedaba en el termo. Frío. Lo bebió igual.
Y por dentro, en voz baja, en mandarín antiguo, le dijo a la mujer del espejo:
Tienes una doble agente, la cuarta jugada de la semana. Y la noche todavía no termina. Sonrió.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺