Novela +18
Mi nombre es Lucia Westton, la hija legítima del Marqués Arturo Westton.
Durante años viví rodeada de amor, lujos y tranquilidad… hasta que mi madre murió en un trágico accidente de carruaje después de una fiesta de té.
Creí que aquella sería la peor tragedia de mi vida.
ME EQUIVOQUÉ.
Poco después descubrí que mi padre había ocultado una amante… y una hija ilegítima: Laura Westton.
Desde el momento en que ellas cruzaron las puertas de la mansión, todo cambió.
Mi hogar dejó de sentirse seguro.
Las miradas se volvieron frías.
Los susurros comenzaron en la oscuridad.
Entonces Laura me convenció de jugar un extraño juego.
Dijo que podría ayudarme a hablar con mi madre una última vez.
PERO ALGO SALIÓ MAL.
Ahora… algo me sigue desde las sombras.
Lo veo en los espejos.
Escucho sus pasos detrás de mí.
Siento sus manos heladas rozando mi cuello mientras duermo.
¡TENGO MIEDO!
Y lo peor de todo…
¡NADIE ME CREE!
NovelToon tiene autorización de Ruczca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 20 — DÍAS/PESADILLA
Los días siguientes se convirtieron en una auténtica pesadilla.
Cada mañana despertaba con la esperanza de que todo hubiera terminado.
Y cada mañana descubría que estaba equivocada.
La primera trampa llegó apenas un día después.
Me encontraba desayunando en silencio cuando una de las criadas entró corriendo al comedor con el rostro pálido.
—¡Señor! ¡Señor!
Mi padre levantó la vista.
—¿Qué ocurre?
La mujer cayó de rodillas.
—¡Las joyas de la señora Clarissa han desaparecido!
Clarissa llevó una mano al pecho.
—¿Qué?
Varias sirvientas comenzaron a buscar por toda la mansión.
Yo apenas presté atención.
Hasta que una de ellas regresó sosteniendo una pequeña caja de terciopelo.
—Las encontramos.
Mi padre frunció el ceño.
—¿Dónde?
La sirvienta me señaló.
—En la habitación de la señorita Lucia.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Qué?
Me puse de pie inmediatamente.
—¡Eso es mentira!
—Las encontramos dentro de uno de sus cajones.
—¡Jamás las tomé!
Mi padre me observó con evidente decepción.
—¿Todavía sigues con esto?
—¡Padre, me están incriminando!
—¿¡Por qué tomaría sus joyas?!
Clarissa bajó la mirada fingiendo tristeza.
—Lucia... si necesitabas algo podías pedirlo...
—¡Yo no las robé!
—¡Tengo mejores joyas que tú!
Mi voz resonó por todo el comedor.
Pero nadie me creyó.
Ni siquiera investigaron.
Mi padre simplemente ordenó que permaneciera castigada durante una semana más.
Aquella fue solo la primera vez.
Después comenzaron otras cosas.
Vestidos rasgados aparecían en mis aposentos.
Cartas ofensivas eran encontradas entre mis pertenencias.
Una vez incluso apareció veneno escondido dentro de mi armario.
Cada acusación terminaba exactamente igual.
—Lucia, compórtate.
—Lucia, deja de mentir.
—¡Lucia, ya basta!
—¡Me tienes harto!
Las acusaciones no tardaron en convertirse en castigos.
Al principio eran simples reprimendas.
Horas encerrada en mi habitación.
La prohibición de asistir a reuniones sociales.
La cancelación de salidas que llevaba semanas esperando.
Pero conforme pasaba el tiempo, la paciencia de mi padre parecía agotarse cada vez más rápido.
Y las trampas de Clarissa y Laura se volvían cada vez más graves.
Una tarde encontraron una carta insultando a varios nobles importantes.
La carta estaba firmada con mi nombre.
Por supuesto, jamás la había escrito.
Pero nadie quiso escucharme.
—¡Padre, no fui yo!
—¡Basta!
Su mano golpeó violentamente el escritorio.
—¿Hasta cuándo seguirás mintiendo?
—¡Es la verdad!
—¡Silencio!
¡PAF!
Aquella fue la primera vez que me golpeó.
La bofetada hizo que mi cabeza se girara hacia un lado.
Sentí un ardor horrible en la mejilla.
Las lágrimas acudieron inmediatamente a mis ojos.
No tanto por el dolor.
Sino porque era mi padre.
Mi propio padre.
El hombre que alguna vez me había cargado en brazos cuando era pequeña.
El hombre que antes sonreía cuando me veía.
Ahora me observaba como si yo fuera una vergüenza.
—Retírate a tu habitación.
No me defendí.
No podía.
Simplemente me marché llorando.
Y las cosas empeoraron.
Días después apareció un costoso reloj desaparecido dentro de mis aposentos.
Otra vez me acusaron.
Otra vez intenté explicarme.
Y otra vez nadie me creyó.
Aquella ocasión mi padre tomó una vara de castigo.
Todavía recuerdo el sonido.
El silbido del aire.
Y después el impacto.
—¡Padre!
—¡Aprenderás a comportarte!
—¡Yo no hice nada!
—¡Mientes!
Cada golpe ardía.
Cada palabra dolía más.
Y mientras yo lloraba, podía ver a Clarissa fingiendo preocupación.
—Querido, no seas tan duro con ella...
Pero en sus ojos había satisfacción.
La misma satisfacción que veía en Laura cuando nadie más estaba mirando.
Con el paso de las semanas los castigos se volvieron habituales.
A veces eran bofetadas.
A veces golpes con la vara.
A veces simplemente me sujetaban con fuerza mientras mi padre descargaba toda su frustración sobre mí.
Y lo peor era que yo comenzaba a dudar de mí misma.
Porque nadie me creía.
Nadie me escuchaba.
Nadie estaba de mi lado.
Los sirvientes también cambiaron.
O tal vez siempre habían sido así y yo simplemente no lo había notado.
Cuando caminaba por los pasillos escuchaba sus murmullos.
—Es la señorita loca.
—Dicen que habla sola.
—Escuché que ve monstruos.
—Pobre señor Westton.
—Qué vergüenza para la familia.
Algunas criadas se reían cuando pasaba.
Otras fingían no verme.
Incluso comenzaron a disfrutar de mis desgracias.
Si tropezaba, se burlaban.
Si lloraba, susurraban entre ellas.
Si intentaba defenderme, inventaban nuevas historias para empeorar mi situación.
Apreté los dientes y seguí adelante.
Pero dolía.
Dolía mucho.
Porque nadie me escuchaba.
Nadie.
Y mientras todo aquello ocurría, el demonio seguía allí.
Esperando.
Observando.
Volvió a aparecer en una noche de tormenta.
Regresaba a mi habitación cuando escuché un gruñido.
Un sonido profundo.
Bestial.
Mi sangre se congeló.
Ya conocía ese sonido.
No.
No.
Por favor, otra vez no.
Giré lentamente la cabeza.
Y allí estaba.
Al final del corredor.
El enorme lobo negro.
Sus ojos rojos brillaban en la oscuridad.
Su hocico estaba cubierto de sangre.
Una sangre que parecía fresca.
El monstruo sonrió.
O al menos eso pareció.
Y comenzó a avanzar.
Retrocedí.
—No...
Otro paso.
—No te acerques...
El lobo lanzó un rugido tan fuerte que hizo vibrar las paredes.
—¡GRAAAARRRRHHHH!
—¡AAAAH!
Corrí.
Corrí tan rápido como pude.
Mis zapatillas golpeaban el suelo de mármol mientras lágrimas de terror nublaban mi visión.
—¡Ayuda!
—¡Ayuda!
—¡Por favor!
—¡Alguien ayúdeme!
......................
Las puertas se abrieron.
Los sirvientes aparecieron.
La observaban.
Pero ninguno veía al lobo.
Solo la veían a ella.
Corriendo sola.
Gritando sola.
Llorando sola.
—Está otra vez.
—Mírala.
—Pobrecita.
—Está completamente loca.
......................
Detrás de mí el monstruo rugió nuevamente.
—¡GRAAAARRRRHHHH!
Sentí su aliento caliente rozando mi espalda.
—¡NO!
Tropecé.
Caí al suelo.
Mis manos se rasparon contra la piedra.
El lobo saltó.
Y justo cuando sus colmillos iban a alcanzarme escuché una voz.
—¡Lucia!
Parpadeé.
El monstruo desapareció.
Como si nunca hubiera existido.
Mi padre estaba frente a mí.
Clarissa a su lado.
Laura detrás de ellos.
Todos me observaban.
Yo seguía temblando.
Seguía llorando.
Seguía viendo aquellos ojos rojos en mi mente.
—¿Qué te sucede ahora? —preguntó mi padre.
—El lobo...
—¿Qué lobo?
—¡El demonio!
—¡Estaba aquí!
Señalé desesperadamente el pasillo vacío.
—¡Lo vi!
—¡Intentó matarme!
Mi padre cerró los ojos con evidente frustración.
—Otra vez no.
—¡Padre, por favor créame!
—¡No estoy loca!
—¡No estoy poseída!
—¡Lo vi!
—¡Lo vi de verdad!
Pero nadie veía nada.
Porque ya había desaparecido.
Como siempre.
Laura observaba la escena en silencio.
Y por un instante creí ver una sonrisa fugaz en su rostro.
Una sonrisa llena de satisfacción.
Como si disfrutara cada segundo de mi sufrimiento.
Apreté los puños.
vamos Lucia a gozar del cardenal, que está es papasito así este en silla de ruedas, lo demás debe responder jajajajajjajajajajajajua
Ho ayy si🤔