Órfana desde pequeña, Ayslan fue criada solo por su abuela. Cuando su salud empeora y los gastos médicos se vuelven urgentes, Ayslan acepta trabajar como camarera en un club de lujo… sin imaginar que ese paso cambiaría su vida para siempre.
Álvaro, un poderoso jefe de la mafia, vive consumido por la culpa después de perder a su esposa embarazada en una traición sangrienta. Al ver en Ayslan una perturbadora similitud con la mujer que perdió, toma una decisión extrema: obligarla a un matrimonio donde nada es elección, solo condición.
Atrapados en una relación marcada por el control, el silencio y el dolor, Ayslan lucha por no desaparecer en un papel que nunca quiso, mientras Álvaro confunde luto con posesión y obsesión con amor.
Cuando huir se convierte en la única forma de sobrevivir, ambos se ven obligados a enfrentar las consecuencias de lo que fue impuesto. Entre culpa, arrepentimiento y sentimientos que resisten al final, nace una historia sobre la pérdida y la oportunidad de empezar de nuevo, incluso cuando todo comenzó mal.
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Capítulo 4
El silencio dentro de la sala parecía gritar.
Ayslan permanecía de pie, con los brazos pegados al cuerpo, como si cualquier movimiento pudiera hacerla desmoronar. Las palabras de Álvaro Mendes aún resonaban en su mente, repitiéndose sin piedad.
"O su abuela seguirá sufriendo".
Sintió que se le formaba un nudo en la garganta. No era una amenaza explícita. Era peor que eso. Era la verdad pura y dura.
—El señor no puede obligarme… —murmuró, más para sí misma que para él.
Álvaro no se movió. No intentó convencerla con palabras suaves. Solo la observaba, como alguien que ya sabía el desenlace.
—No estoy obligando —dijo con frialdad controlada—. Estoy ofreciendo una solución.
Ayslan rió sin humor.
—Una solución que me quita todo.
—Una solución que salva a su abuela —respondió él, firme—. Haga las cuentas.
Ella cerró los ojos.
Vio a Daniela tendida en la cama, el cuerpo frágil, la respiración corta. Vio las noches en vela, los gemidos de dolor, los medicamentos contados. Vio el miedo en la mirada de la abuela cada vez que Ayslan salía de casa, como si temiera no despertar al día siguiente.
—¿Y si digo que no? —preguntó, con la voz casi un susurro.
Álvaro sostuvo la mirada.
—Nada cambia.
Ayslan sintió como si el suelo hubiera desaparecido.
—Entonces… —respiró hondo, luchando por mantener la voz firme—. Si acepto… ¿mi abuela nunca sabrá el verdadero motivo?
—No, si usted no quiere —respondió él—. Para el mundo, será un matrimonio común. Discreto. Rápido.
—¿Y qué espera el señor de mí? —Ayslan preguntó, finalmente—. Además de ocupar este… lugar vacío.
La mandíbula de Álvaro se contrajo.
—Usted va a vivir conmigo. Va a mantener la imagen de mi esposa. Va a respetar mis reglas.
—Reglas… —repitió ella, amarga.
—No quiero escándalos. Ni cuestionamientos públicos —Él hizo una pausa—. Y no quiero que se enamore.
Ayslan abrió los ojos, sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque esto no es un matrimonio de verdad —Álvaro respondió sin dudar—. Y yo no puedo darle lo que no tengo.
Ella sintió un dolor extraño en el pecho. No por amor —aún no— sino por la frialdad de aquella afirmación.
—¿Y si me niego después? —preguntó.
Álvaro dio un paso en su dirección, imponiendo presencia.
—Usted no se va a negar.
Ayslan desvió la mirada.
El silencio volvió a instalarse, pesado, sofocante. Ella pasó la mano por el rostro, sintiendo las lágrimas finalmente escaparse. No intentó enjugarlas. No tenía fuerzas para fingir.
—Yo solo quería… —la voz falló—. Una vida simple. Trabajar, cuidar de mi abuela… nada de esto era para que sucediera.
Álvaro la observaba, inmóvil. Por un instante —solo uno— algo diferente cruzó su mirada. No ternura. No compasión. Algo más próximo al reconocimiento.
—La vida raramente pregunta lo que queremos —dijo él, bajo.
Ayslan respiró hondo, como quien se prepara para sumergirse sin saber si habrá aire del otro lado.
—Si acepto… —ella alzó los ojos, encarándolo con dignidad a pesar del dolor—. Quiero una cosa.
Álvaro arqueó levemente la ceja.
—Diga.
—Que mi abuela reciba el mejor tratamiento. Sin economía. Sin atrasos —Ella tragó saliva—. Y que yo pueda visitarla siempre que quiera.
Álvaro asintió.
—Hecho.
—Y una cosa más —Ayslan continuó, reuniendo el poco de coraje que le restaba—. Yo no voy a mentirme a mí misma. Yo puedo ocupar este lugar… pero yo nunca seré otra persona.
La mirada de Álvaro se endureció.
—Veremos.
Ayslan cerró los ojos por algunos segundos. Cuando los abrió, había algo nuevo allí: resignación mezclada con fuerza.
—Entonces… —dijo, con la voz firme a pesar del corazón hecho pedazos—. Yo acepto.
Álvaro respiró hondo, como si hubiera contenido el aire desde el inicio de aquella conversación.
—Óptimo —respondió—. El matrimonio será en pocos días.
—Pocos días… —repitió ella, atónita.
—No hay razón para esperar.
Ayslan asintió lentamente.
No la había.
Al salir del edificio, el mundo parecía distante, irreconocible. Camila estaba a la puerta, caminando de un lado para otro. Cuando vio a Ayslan, corrió hacia ella.
—¡Ayslan! ¿Qué sucedió? ¡Estás pálida!
Ayslan intentó hablar, pero la voz no salió. Apenas abrazó a la amiga con fuerza, como si aquel fuera el último gesto de libertad que tendría.
—Acepté… —murmuró por fin—. Acepté, Camila.
Camila se alejó, asustada.
—¿Aceptaste qué?
Ayslan respiró hondo.
—Casarme con él.
El choque fue inmediato.
—¡¿Te has vuelto loca?!
—No… —Ayslan respondió, con una sonrisa triste—. Elegí salvar a la única persona que me resta.
Camila quiso protestar, gritar, decir que había otras salidas. Pero bastó mirar en los ojos de Ayslan para entender.
No las había.
Aquella noche, al llegar a casa, Ayslan se tendió al lado de la abuela y escuchó su respiración tranquila, algo raro. Por primera vez en semanas, Daniela dormía sin gemir.
Ayslan pasó la mano por los cabellos grises de ella y susurró:
—Usted va a estar bien, abuela. Lo prometo.
Incluso si, para eso, ella acababa de entregar su propia vida.