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NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

NuevaEl Veredicto De Las Olas: Renacer En El Búnker

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Viaje a un mundo de fantasía / Reencarnación
Popularitas:545
Nilai: 5
nombre de autor: Santiago López P

Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.

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Capitulo 21

Saori observaba el asfalto grisáceo a través del parabrisas reforzado del Merodeador. La calle que conducía a la farmacia estaba inquietantemente desierta, una estampa de abandono que contrastaba con el estruendo que dejaban atrás.

​—Está demasiado vacío aquí —murmuró Near, sin soltar el volante. Sus ojos escaneaban los callejones laterales, esperando que algo saltara en cualquier momento.

​Saori no respondió de inmediato. Sabía perfectamente por qué no había zombis ni mutantes bloqueándoles el paso en ese sector, pero una parte de ella prefería ignorar la lógica de su propio sistema de Localizador. Al haber tanto ruido en la autopista principal —el eco de los bates eléctricos, los gritos de los estudiantes y las explosiones de los tanques de gasolina—, todas las criaturas de la zona habían convergido en un solo punto.

​—Se han ido todos al banquete —pensó con un escalofrío—. Un festín humano a gran escala.

​En su mente, podía visualizar los puntos rojos del mapa amontonándose sobre el autobús escolar y los coches atrapados. ¿Cuántas personas estarían siendo devoradas en este preciso instante mientras ellos aprovechaban ese "pasillo de seguridad"? Era una ironía cruel: la masacre de otros era lo que les permitía a ellos avanzar sin resistencia.

​—No te confíes, Near —dijo Saori, rompiendo el silencio—. El ruido no los retendrá para siempre. En cuanto terminen con los que se quedaron atrás, volverán a dispersarse. Y para entonces, el frío ya habrá convertido estas calles en trampas de hielo.

​Se ajustó la mochila y miró a Max. El perro mutante ya estaba erizado, sus orejas moviéndose al compás de sonidos que los oídos humanos no podían captar. Saori sintió una punzada de envidia nuevamente al recordar al equipo del protagonista; ellos seguramente estarían allí, salvando a la gente, ganando "puntos de héroe" y usando sus habilidades de fuego para ignorar la ventisca.

​—Nosotros no tenemos ese lujo —sentenció, abriendo la escotilla lateral con un movimiento seco—. Tenemos cinco minutos. Sora, quédate con los niños y mantén el motor encendido. Si escuchas que algo se acerca a más de cincuenta kilómetros por hora, no me esperes, rodea la manzana y vuelve.

​Puso un pie sobre el pavimento. El aire, ahora gélido, le cortó la respiración. El silencio de la calle era tan pesado que podía escuchar el latido de su propio corazón.

​—Vamos, Max. Busquemos lo de Tesha antes de que el festín termine y los comensales busquen el postre.

Saori y Near se deslizaron por la parte trasera de la tienda como sombras. El aire allí olía a cartón húmedo y metal viejo, un alivio momentáneo frente al hedor a sangre de la calle.

—Actuemos como niños normales —la voz de Saori resonó clara y nítida en la mente de Near.

Él dio un respingo, casi dejando caer el morral. Miró a Saori, quien mantenía la vista fija en los estantes, pero sus ojos brillaban con una intensidad antinatural. Ella usó la telepatía de corto alcance con la misma precisión con la que el protagonista de la novela lo hacía para coordinar ataques silenciosos.

En el pasillo central, el tipo de las garras de oso gruñía órdenes. Sus manos, transformadas en enormes apéndices de pelaje hirsuto y uñas curvas bañadas en sangre fresca, golpeaban rítmicamente un mostrador.

—¡Rápido! Si el frío nos alcanza aquí, esas cosas de la autopista vendrán a buscarnos para calentarse con nuestras tripas —bramó el líder.

Saori comenzó a llenar su almacenamiento con suministros para Tesha. Latas de leche, pañales y toallitas desaparecían de los estantes traseros como si se desvanecieran en el aire. Sin embargo, su mirada se desvió hacia el frente de la tienda. Allí, colgados cerca de la mujer de la pistola, estaban los abrigos térmicos de alta montaña y las mantas aluminizadas.

—Near, necesito que hagas un ruido en el pasillo cuatro —le ordenó Saori mentalmente—. Solo una distracción. Yo usaré mi telequinesis para atraer los abrigos hacia las sombras. Si nos ven, no dudes. Golpea primero.

Near asintió, su rostro pálido pero decidido. Se arrastró hacia unas latas de conserva apiladas mientras Saori se concentraba. Extendió su mano invisible; una de las mantas térmicas empezó a vibrar sutilmente.

De repente, la mujer de la pistola se detuvo y olfateó el aire.

—Huelo a limpio —dijo, desenfundando su arma con un clic metálico que heló la sangre de Saori—. Hay alguien más aquí. Alguien que no huele a muerto ni a miedo.

El hombre de las garras de oso se giró, sus ojos amarillentos escaneando la penumbra del local. La tensión era tal que el rugido lejano del Merodeador parecía el único latido de un mundo que estaba a punto de estallar de nuevo.

El grito del hombre resonó en las paredes metálicas de la tienda, un sonido agudo que rompió la falsa calma del encuentro. El líder de las garras de oso soltó un rugido gutural, y sus ojos amarillentos se clavaron en Near con una sed de sangre renovada.

—¡Maldito mocoso! —bramó, lanzándose hacia adelante mientras sus pesadas zarpas surcaban el aire, dejando estelas de escarcha rojiza.

Near esquivó el primer zarpazo con una agilidad que incluso a Saori le resultó asombrosa; sus pies se movían siguiendo un ritmo marcial que su cerebro apenas empezaba a procesar. Al quitarse de la trayectoria, el atacante del bate se tambaleó, momento que Near aprovechó para hundir el cuchillo en su pierna, haciendo que grite con una agonía que alertó a la mujer de la pistola.

—¡Quietos todos! —chilló ella, desenfundando de nuevo, pero su mano temblaba. No esperaba que unos "niños" respondieran con tal ferocidad quirúrgica.

Saori, mientras tanto, no se quedó estática. Sintió una presión en las sienes, ese zumbido eléctrico que precedía a sus mejores trucos. Extendió su mano izquierda y, usando su Telequinesis, hizo que una hilera de latas de conserva saliera disparada desde los estantes superiores directamente hacia la cabeza de la mujer. El impacto fue seco, desorientándola lo suficiente para que el arma cayera al suelo con un estrépito metálico.

—Near, no los mates si no es necesario, solo dános tiempo —le lanzó Saori por el vínculo mental, mientras ella aprovechaba el caos para hacer "volar" los abrigos térmicos y las mantas hacia su Almacenamiento.

El líder de las garras intentó girarse hacia Saori, oliendo que ella era la verdadera fuente de poder, pero Near se interpuso de nuevo. El chico pacifista ya no estaba allí; en su lugar, había un ejecutor eficiente que usaba la fuerza del oponente en su contra.

—Dijimos que solo queríamos los abrigos —dijo Saori con una frialdad que congeló el ambiente más que el propio clima exterior—. Ahora, si no quieren que mi amigo les devuelva el favor de la emboscada, sugiero que retrocedan.

El hombre de la pierna herida sollozaba en el suelo, manchando el linóleo de un rojo oscuro. El líder retrocedió un paso, evaluando la situación. Sabía que esos dos no eran humanos normales; eran "despertados" de un nivel que él aún no comprendía.

—Vámonos, Near —ordenó Saori, atrapando la última caja de barritas energéticas con su mente—. El Merodeador está esperando y el festín de la autopista está por terminar.

Salieron por la puerta trasera justo cuando un viento gélido y cargado de esporas comenzaba a aullar por los callejones. El rugido del motor del Merodeador, manejado por Sora, se escuchó a pocos metros, dándoles la bienvenida a su fortaleza de acero.

El Merodeador rugía en ralentí mientras Saori se limpiaba un hilo escarlata que resbalaba por su barbilla. Un calor metálico e irritante inundó su garganta, y antes de que pudiera procesar el sabor ferroso, una notificación mental parpadeó con un brillo azulado ante sus ojos:

[Aviso del Sistema de Almacenamiento: Sobrecarga por Sincronía de Habilidades. El cuerpo requiere adaptación. Penalización: Hemorragia leve por esfuerzo espacial.]

—Ya entiendo por qué el protagonista siempre tenía ese humor de perros —murmuró Saori, sintiendo un pinchazo agudo detrás de las sienes.

El "Pata de Oso", como ella lo había bautizado mentalmente, rugió de dolor y furia al ver a sus compañeros caer. Se lanzó hacia ella con una pesadez ciega, pero Saori activó su Telequinesis no para atacar, sino para alterar su propio peso. Dio una voltereta hacia atrás, casi flotando, aterrizando con la ligereza de una pluma mientras Near aprovechaba la apertura.

Near se deslizó bajo el brazo del mutante. Saori, con un último esfuerzo mental, envolvió el cuchillo de Near en una capa de energía invisible, reforzando el acero. El arma cortó la carne endurecida del líder como si fuera mantequilla, cercenando una de sus garras. El hombre aulló, y la mujer, en un arranque de pánico, apretó el gatillo.

—¡¡¡¡¡¡Malditos!!!!!! —gritó ella, vaciando el cargador hacia Near.

—¡Mierda! —exclamó el chico, cubriéndose el rostro.

Saori no lo pensó. Extendió su voluntad y el espacio frente a Near se tensó como una red elástica de cristal. Las balas se detuvieron en seco y, con un giro de su muñeca, Saori hizo que se devolvieran con la misma inercia. El estruendo fue breve. La mujer y su acompañante cayeron al suelo, eliminados por su propia agresión.

Solo quedaba el Pata de Oso, jadeando y apretando su pecho herido. Saori sonrió con frialdad.

—Probemos esto —susurró, activando su habilidad de Golpeadora Profesional.

Haciendo uso de su facultad espacial para contraer la distancia en un suspiro, Saori desapareció de su posición original. En un parpadeo, ya estaba frente al líder. El impacto no fue un simple puñetazo; fue una descarga de presión comprimida que estalló al contacto. Se escuchó un crujido seco, el sonido de las costillas colapsando bajo el cuero del uniforme. El hombre salió disparado contra la pared del fondo, dejando una marca hundida en el concreto.

El Pata de Oso cayó al suelo como un saco de escombros, mientras la sangre brotaba por todos los orificios de su cara. Sus ojos se pusieron en blanco antes de siquiera tocar el piso.

—¡Woah! —Near la miró con una mezcla de respeto y temor absoluto.

Saori se miró el puño, que aún vibraba por el impacto. Inmediatamente, una bocanada de sangre tibia escapó de sus labios. No le dolía, pero la sensación de "llenado" en sus pulmones era sumamente incómoda. Según el sistema de su "casa", era el precio por forzar un cuerpo de nivel 1 a ejecutar maniobras de rango superior.

—No te sientas mal por ellos, Near —dijo ella, recogiendo los abrigos restantes—. Si esta basura seguía viva, habrían matado a docenas solo por diversión. Dejarlos vivir nos haría cómplices.

Al regresar al Merodeador, Sora palideció al ver las manchas rojas en la ropa de su hermana.

—¡Saori! ¿Estás herida? —preguntó, saltando del asiento.

—Es un efecto secundario por tener dos habilidades principales chocando entre sí —explicó ella, sentándose con pesadez—. Es incómodo, pero el sistema dice que me acostumbraré.

—¿No te causa dolor, hermana? —preguntó Yuuta, asomándose con preocupación.

—No, pequeño. Solo es... sucio. Pero miren el lado bueno: tenemos ropa térmica para todos.

Sora retomó el volante y miró el mapa táctico.

—Estaba pensando que podíamos tomar la ruta del desierto para ir a la Ciudad Z-2. No habrá tantos mutantes como en las zonas urbanas.

Saori asintió, cerrando los ojos para descansar la mente. El desierto, un lugar evitado por todos antes del colapso, era ahora su mejor opción. Sabía que en menos de cuarenta y ocho horas el mercurio caería drásticamente.

—Hazlo, Sora. En dos días el aire se congelará, y prefiero que nos pille en campo abierto que atrapados en un embotellamiento de metal y muerte.

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