Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 7
Narrado por: Alexander
El aire de la mañana es un cuchillo que me corta la cara, pero le doy la bienvenida. Llevo tres horas despierto, entrenando en el gimnasio privado hasta que mis músculos han suplicado clemencia y el sudor ha borrado, aunque sea por unos instantes, el rastro del aroma a jazmín de Isabella.
Ayer cometí un error. Un error imperdonable. La dejé entrar. No solo en mi despacho, sino bajo mi guardia. Permití que sus dedos rozaran la cicatriz de mi alma y, lo que es peor, permití que viera al hombre que solía ser antes de que la sangre y el fuego lo consumieran todo. La debilidad en mi mundo es una sentencia de muerte, y anoche, frente a ella, fui un hombre sentenciado.
—Señor Thorne, la señorita Isabella está en el jardín trasero —la voz de uno de mis hombres, Miller, suena por el auricular—. Ha ignorado la advertencia de no alejarse de los muros principales.
Siento una oleada de furia caliente recorriéndome la columna. Esa mujer no solo es una distracción; es un acto de rebelión andante. Se cree que esto es un juego de voluntades, que mis reglas son sugerencias que puede moldear a su antojo. No entiende que fuera de estos muros hay hombres que le harían cosas que su mente inocente ni siquiera puede imaginar solo para verme de rodillas.
Salgo al jardín con pasos largos y pesados. El rocío de la mañana empapa mis botas. La encuentro cerca del laberinto de setos, sentada en un banco de piedra que debería haber sido retirado hace años. Lleva un vestido ligero, demasiado fino para el frío de marzo, y está dibujando en un cuaderno. Parece una pincelada de color en medio de mi paisaje monocromático.
—Regla número uno, Isabella —mi voz suena como un latigazo en el silencio del jardín—. No salir de la propiedad sin escolta. Y Miller no cuenta como escolta si le das la espalda y caminas cien metros lejos de él.
Ella ni siquiera levanta la vista del papel. Sus dedos se mueven con una gracia que me irrita profundamente, sombreando lo que parece ser el boceto de una flor marchita.
—El aire aquí es mejor que el de esa casa que huele a museo —responde con una calma exasperante—. Y Miller es un hombre agradable, Alexander. Deberías probar a hablar con él alguna vez. Tiene tres hijos y le gusta la pesca.
—No me importa la vida personal de mis empleados y no me importa tu opinión sobre el aire —camino hasta quedar frente a ella, bloqueando la escasa luz del sol—. Levántate. Ahora.
Por fin me mira. Sus ojos azules están encendidos, desafiantes. Hay una insolencia en su postura que me hace querer sacudirla y, al mismo tiempo, pegarla contra mi cuerpo hasta que solo pueda respirar mi aire.
—¿O qué? ¿Vas a encerrarme en la torre? —se pone de pie de un salto, quedando a escasos centímetros de mi pecho. Es tan pequeña comparada conmigo, pero su presencia es una fuerza de la naturaleza—. Deja de intentar controlarlo todo, Alexander. No soy uno de tus negocios. No soy un contrato que puedas firmar y archivar.
—Eres una responsabilidad que me está costando la cordura —gruño, agarrándola del brazo. No lo hago con fuerza excesiva, pero mi agarre es firme, posesivo—. Ayer entraste en mi despacho. Tocaste cosas que no te pertenecen. Viste cosas que no debías. Si crees que eso te da derecho a pasear por aquí como si fueras la dueña, estás muy equivocada.
—¿Qué tienes tanto miedo de que vea? —me desafía, acercándose más. Su aliento cálido golpea mi cuello, y siento cómo mis músculos se tensan en una reacción puramente física—. ¿Que eres humano? ¿Que esa mujer de la foto te rompió de una forma que ni siquiera tu dinero puede arreglar?
El nombre de ella no sale de su boca, pero flota en el aire entre nosotros como un cadáver. La furia y el deseo estallan en mi interior en una mezcla volátil. La atraigo hacia mí bruscamente, eliminando cualquier espacio. Su cuerpo choca contra el mío con un impacto que me roba el aliento. Puedo sentir la suavidad de sus pechos contra la dureza de mi torso, la curva de sus caderas presionando contra mis muslos.
—No vuelvas a mencionarla —susurro cerca de sus labios, mi voz vibrando con una amenaza oscura—. No tienes derecho a hurgar en mis ruinas.
—Tengo el derecho que tú me diste al traerme aquí —replica ella, sin apartar la vista. Su mano libre sube y, antes de que pueda evitarlo, sus dedos rozan la cicatriz de mi mejilla. El contacto es como un rayo. Es suave, casi una caricia, algo que nadie ha hecho en años sin sentir asco o terror—. Esta marca no es lo que te hace una bestia, Alexander. Es el frío que cultivas para que nadie se acerque a ver que todavía sangras.
Mi autocontrol se desintegra. La agarro por la cintura y la pego contra el tronco de un roble antiguo que hay a nuestras espaldas. El impacto es seco. Sus ojos se abren de par en par, pero no hay miedo en ellos, solo una expectativa ardiente que me vuelve loco. El contraste entre su piel clara y el cuero negro de mi chaqueta es una imagen que se me queda grabada a fuego.
—¿Quieres ver a la Bestia, Isabella? —mi voz es un rugido bajo—. ¿Quieres saber por qué todos me temen?
Me inclino y entierro mi rostro en el hueco de su cuello. Huele a jazmín y a vida, un contraste violento con el olor a pólvora y acero que suele acompañarme. Paso la lengua por la línea de su mandíbula, saboreando el calor de su piel, y escucho cómo su respiración se entrecorta, convirtiéndose en un gemido ahogado. Es un sonido de rendición que me excita más que cualquier otra cosa.
Sus manos, en lugar de empujarme, se enredan en mi cabello, tirando de mí hacia ella. Siento sus dedos pequeños y cálidos contra mi cuero cabelludo, una sensación tan íntima que me hace gruñir contra su piel. Bajo mi mano por su costado, marcando su cintura, sintiendo la finura de su vestido. Mi palma se desliza por su muslo, levantando la tela hasta que toco la piel desnuda y suave de su pierna.
La tensión sexual entre nosotros es un animal salvaje que finalmente ha escapado de su jaula. La beso. No es un beso tierno; es una colisión de necesidad y rabia. Mis labios reclaman los suyos con una ferocidad que busca dominarla, pero ella responde con la misma intensidad, mordiendo mi labio inferior, saboreándome con una urgencia que me deja sin defensas.
En este rincón olvidado del jardín, el mundo desaparece. No hay reglas, no hay promesas a hombres muertos, no hay enemigos acechando en las sombras. Solo existe el roce de su lengua contra la mía, el calor de su cuerpo entregándose al mío y la absoluta certeza de que estoy perdido. La Bestia ha encontrado a su domadora, y no ha sido con látigos ni con cadenas, sino con la simple y aterradora calidez de su tacto.
Me separo de ella con un esfuerzo sobrehumano, mis pulmones ardiendo por la falta de aire. Ella está apoyada contra el árbol, con el cabello desordenado, los labios hinchados y los ojos azules nublados por el deseo. Se ve hermosa. Se ve peligrosa. Se ve como la única cosa en este mundo que podría destruirme de verdad.
—Esto —digo, señalando el espacio entre los dos, mi voz todavía rota— es exactamente por lo que hay reglas. No te acerques a mí, Isabella. No intentes sanarme. No soy un proyecto de restauración. Soy un hombre que rompe todo lo que toca.
—No me has roto —dice ella, recuperando el aliento. Su voz es firme, a pesar de que sus manos todavía tiemblan—. Me has hecho sentir viva. Algo que tú pareces haber olvidado cómo hacer por ti mismo.
Me giro y empiezo a caminar hacia la casa sin mirar atrás. Siento su mirada clavada en mi espalda, una quemadura que no se apaga. Mis manos están cerradas en puños, mis nudillos blancos.
Al entrar en el vestíbulo, me encuentro con Miller. El hombre baja la vista, pero sé que lo ha visto. Todos lo verán pronto. La Bestia tiene una debilidad, y esa debilidad tiene nombre de mujer y ojos de cielo.
—Miller —llamo, deteniéndome un momento. Mi voz ha recuperado su tono gélido, pero el fuego en mi sangre sigue ahí—. Dobla la guardia en el ala este. A partir de hoy, la señorita Isabella no sale de su habitación sin que yo lo autorice personalmente. Y que preparen el coche. Necesito salir. Necesito... aire.
Subo las escaleras hacia mi despacho, pero al pasar por su puerta, no puedo evitar detenerme. El aroma a jazmín flota en el pasillo, burlándose de mis muros y de mis leyes. Entro en mi santuario y cierro la puerta con llave, pero el silencio ya no me protege.
Isabella ha roto la regla más importante de todas, la que nunca escribí en el papel: No dejes que ella te importe.
Y mientras me miro la mano, la misma que hace unos instantes recorría su muslo, me doy cuenta de que la Bestia no está encerrada fuera. Está aquí dentro, gritando por ella, y me temo que no hay búnker lo suficientemente fuerte para contener lo que está por venir.
La guerra en el jardín ha terminado, pero la batalla por mi alma acaba de empezar. Y lo peor de todo es que no sé si quiero ganarla.