Ji-Hoon Kang, un genio de la acústica de Seúl, vive atrapado en una corporación que produce buen sonido. Se cansa del mundo frío y artificial de León, Nicaragua, y vive en un universo diferente que está vivo, es imperfecto y está lleno de recuerdos de estos lugares y de cada uno de ellos. Allí Xiomara Aguilar, arquitecta que lidia con su memoria emocional de los espacios, y tanto ella como Ji-Hoon lo ayudan a reconstruir el Teatro de la Merced, un lugar donde el barro y la madera forman un sonido fantástico. Pero su antigua corporación quiere usar esa esencia para comercializarla. Entre los viejos túneles y el poder de la tierra, Ji-Hoon debe decidir qué camino elegir: regresar a lo artificial o quedarse como el "Ingeniero de Barro" y proteger una frecuencia que puede cambiar la forma en que el mundo escucha la vida.
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CAPÍTULO 3: El Crujido de la Madera y la Gravedad del Cuerpo
El lunes en León no nace con el sol; nace con el sonido de las escobas de palma golpeando las aceras de piedra y el aroma del café negro que se filtra por las ventanas de madera. Ji-Hoon Kang estaba frente a la puerta del Teatro de la Merced a las seis y cincuenta de la mañana. Su puntualidad era una armadura, una forma de decirse a sí mismo que el caos del domingo en casa de Xiomara no lo había cambiado. Sin embargo, mientras esperaba, se sorprendió a sí mismo mirando sus zapatos. Ya no brillaban como el primer día. Una fina capa de polvo volcánico, gris y persistente, se había asentado en las costuras del cuero. En lugar de limpiarlo con su pañuelo de seda, Ji-Hoon simplemente suspiró y dejó que el polvo se quedara ahí.
A las siete en punto, el sonido de una mototaxi acercándose a toda velocidad rompió el silencio de la calle. Xiomara bajó del vehículo antes de que este se detuviera por completo, pagándole al conductor con un billete arrugado y una sonrisa que parecía tener más energía que el sol que empezaba a asomar sobre los tejados.
—¡Buenos días, Ingeniero! —gritó ella, cargando un termo de plástico y un rollo de planos nuevos—. Veo que el vaho no lo dejó en coma. ¿Cómo amaneció? ¿Logró dormir con el concierto de grillos?
Ji-Hoon la observó. Ella vestía unos jeans desgastados, una camiseta blanca sencilla y unas botas de trabajo que daban fe de que no era una arquitecta de escritorio. El cabello, como siempre, era una rebelión de rizos que apenas lograba contener con una cinta de colores.
—Dormí... diferente —respondió él, abriendo la puerta pesada del teatro con la llave que le habían entregado—. Los grillos tienen un patrón de 4.5 kilohertzios. Es una frecuencia persistente. Pero sí, dormí. ¿Y usted?
—Yo duermo como tronco, Ji-Hoon. En este país, si no aprendés a dormir con ruido, te morís de insomnio. Vamos, que hoy nos toca la parte fea. Tenemos que subir al "gallinero" y revisar las vigas del techo. Si queremos instalar sus sensores de sonido, tenemos que estar seguros de que el techo no se nos va a venir encima con el primer aplauso.
La Ascensión al OlvidoEl interior del teatro a esa hora era una catedral de sombras. Los rayos de luz entraban por las rendijas de las persianas altas, creando columnas de luz sólida donde bailaba el polvo de un siglo. Ji-Hoon sacó su equipo: micrófonos de alta sensibilidad, un osciloscopio portátil y una linterna LED de luz blanca y fría que contrastaba con la calidez amarillenta del edificio.
Empezaron a subir por la escalera de caracol que conducía a la tercera planta, la zona más alta del teatro, conocida popularmente como "el gallinero" porque era donde antiguamente la gente más pobre se sentaba para ver las obras por unos pocos centavos. La madera crujía bajo sus pies, un quejido agudo que hacía que Ji-Hoon se detuviera en cada peldaño para analizar la integridad estructural.
—No tenga miedo —dijo Xiomara, que iba un par de pasos adelante—. Esta madera es de guayacán. Es más dura que la cabeza de mi hermano. Ha aguantado tres terremotos y un par de revoluciones. No se va a romper por un coreano flaco.
—No es miedo, Xiomara-ssi —replicó él, aunque su mano apretaba el pasamanos con fuerza—. Es respeto por la entropía. Todo lo que sube, tiende a bajar de la forma más dolorosa posible si no se calculan las fuerzas.
Llegaron a la plataforma superior. El calor ahí arriba era sofocante, acumulado bajo las tejas de barro. Xiomara se acercó al borde, donde una baranda de madera tallada separaba el abismo del patio de butacas.
—Mire desde aquí —le dijo ella, bajando la voz—. Desde aquí arriba se ve el alma del teatro. Vea cómo las curvas de los balcones imitan las olas del mar. Mi abuelo decía que cuando este teatro estaba lleno, el sonido de la gente abajo se sentía como un trueno suave. Él trabajó aquí de tramoyista cuando era joven. Decía que una vez vio a una soprano italiana llorar porque el eco de su propia voz en estas paredes era más hermoso que el que escuchaba en los teatros de Europa.
Ji-Hoon se acercó, pero sus ojos no estaban en la arquitectura, sino en el rostro de Xiomara. La pasión con la que hablaba de los escombros lo confundía. Para él, un edificio era una función matemática; para ella, era un pariente anciano que necesitaba cuidados.
—¿Por qué es tan importante para usted, Xiomara? —preguntó él, olvidando por un momento sus mediciones—. Este edificio está muriendo. Sería más fácil, más barato, demolerlo y construir algo moderno, con aislamiento térmico y acústica digital. ¿Por qué salvar algo que el tiempo ya decidió borrar?
Xiomara se giró hacia él. Sus ojos brillaban en la penumbra, una mezcla de indignación y tristeza.
—Porque si borramos todo lo que el tiempo dañó, nos quedamos sin espejos, Ji-Hoon. Ustedes en Corea reconstruyeron todo después de la guerra, ¿verdad? Sus ciudades son nuevas, brillantes, llenas de pantallas. Pero dígame... ¿dónde guardan sus fantasmas? Aquí en León, convivimos con ellos. Si yo dejo que este teatro se caiga, estoy dejando que se muera el recuerdo de mi abuelo, y el de la soprano que lloró, y el de los estudiantes que hacían mítines aquí. No estamos arreglando madera y ladrillos; estamos manteniendo viva la conversación.
Ji-Hoon se quedó callado. Sus dedos rozaron la madera vieja de la baranda. Estaba a punto de responder, de decirle que en Seúl los fantasmas viven en los cables de fibra óptica y en la melancolía de los trenes de medianoche, cuando el sonido ocurrió.
CRAAA-CK.
No fue un crujido de advertencia. Fue el sonido seco de una traición estructural.
El Instante en que el Mundo se DetuvoLa viga principal que sostenía el sector izquierdo de la plataforma del gallinero, debilitada por décadas de filtraciones de agua imperceptibles, cedió bajo el peso combinado de los dos. El suelo bajo los pies de Xiomara se inclinó violentamente hacia el vacío.
—¡Xiomara! —el grito de Ji-Hoon no fue un cálculo, fue un instinto puro.
Ella perdió el equilibrio. El plano de papel voló de sus manos, perdiéndose en la oscuridad del patio de butacas como un pájaro herido. Xiomara sintió que el aire se escapaba de sus pulmones mientras su cuerpo se desplazaba hacia atrás, hacia la caída de doce metros.
Pero antes de que la gravedad completara su obra, una mano fría y firme la atrapó por la muñeca. Fue un tirón seco que le dolió en el hombro, pero que detuvo su descenso. Ji-Hoon se había anclado con un brazo a una de las columnas de apoyo que aún se mantenía firme, mientras con la otra mano sostenía a Xiomara.
—¡No te soltés! —gritó ella, el miedo asomando por primera vez en su voz.
—¡No lo haré! —respondió él. Sus dientes estaban apretados, y las venas de su cuello se marcaban por el esfuerzo.
Ji-Hoon tiró de ella con una fuerza que Xiomara no creía que ese cuerpo delgado poseyera. La arrastró hacia la parte sólida de la plataforma, pero el impulso fue tan fuerte que ambos terminaron cayendo hacia atrás, lejos del borde, aterrizando sobre un montón de sacos de arena viejos que se usaban para contrapeso.
Quedaron enredados. Xiomara estaba encima de él, con el rostro hundido en el hueco del cuello de Ji-Hoon. Él la rodeaba con ambos brazos, apretándola contra su pecho como si temiera que el suelo fuera a desaparecer de nuevo. El olor de ambos se mezcló en ese espacio mínimo: el café y el sudor de ella, el perfume cítrico y el miedo metálico de él.
Durante largos segundos, el único sonido en el teatro fue el de sus respiraciones agitadas. El corazón de Ji-Hoon golpeaba contra las costillas de Xiomara con una frecuencia que ningún sensor podría haber medido sin saturarse.
La Conversación en el SueloNinguno de los dos se movió de inmediato. La adrenalina todavía corría por sus venas, paralizándolos en una cercanía que era, a la vez, aterradora y necesaria. Xiomara levantó la cabeza muy despacio. Sus rostros quedaron a escasos centímetros. Pudo ver el sudor perlado en la frente de Ji-Hoon y cómo sus ojos, generalmente tan controlados, estaban dilatados, buscando en los de ella una confirmación de que seguían vivos.
—Ideay... —susurró Xiomara, tratando de recuperar su humor habitual, aunque la voz le temblaba—. Creo que tenías razón sobre lo de la entropía, ingeniero.
Ji-Hoon no se rió. No soltó sus brazos. Sus manos, que aún temblaban levemente, se cerraron un poco más sobre la espalda de ella.
—Casi te pierdo —dijo él. Su español desapareció por un momento, sustituido por una urgencia que no necesitaba traducción—. Estuviste a un segundo de...
—Pero me agarraste —lo interrumpió ella, suavizando la mirada—. Me agarraste bien fuerte, Ji-Hoon. Gracias.
Él pareció darse cuenta en ese momento de la posición en la que estaban. Su cultura, su educación y su propia timidez le ordenaban separarse de inmediato, pedir disculpas por la invasión del espacio personal y recuperar la compostura profesional. Pero el cuerpo tiene una lógica que la mente no comprende. Sus dedos, en lugar de soltarla, rozaron la piel cálida de los brazos de Xiomara.
—Tus manos están heladas —dijo ella, tomando las manos de él entre las suyas—. ¿Siempre sos así de frío o es el susto?
—En mi país —respondió él, su voz volviéndose un susurro profundo—, decimos que las personas con manos frías tienen el corazón caliente porque no dejan que el calor se escape. Pero creo que... simplemente no sé cómo lidiar con este tipo de calor. El tuyo. El de este lugar.
Xiomara no apartó la mirada. Sintió una vulnerabilidad que no tenía nada que ver con la caída. El hombre frente a ella no era un consultor extranjero; era un ser humano que acababa de arriesgar su vida por la de ella, rompiendo todas sus reglas de distancia y etiqueta.
—Ji-Hoon —dijo ella, su nombre sonando suave en el silencio del teatro—, aquí en Nicaragua, cuando alguien te salva la vida, te volvés responsable de esa persona. Así que ahora vas a tener que aguantarme hasta que terminemos este teatro. No acepto renuncias.
Él esbozó una sonrisa mínima, casi invisible, pero real. Sus dedos se entrelazaron con los de ella, un contacto tentativo, piel contra piel, rompiendo finalmente la barrera de cristal que él había construido durante años.
—Creo que puedo vivir con esa responsabilidad —dijo él.
El Despertar de la ConcienciaSe ayudaron a levantarse, moviéndose con cautela sobre la madera que aún quedaba firme. El ambiente había cambiado. El teatro ya no era solo un proyecto de trabajo; se había convertido en el escenario de un pacto silencioso.
—Tenemos que bajar —dijo Ji-Hoon, recuperando un poco de su tono profesional, aunque sus ojos seguían fijos en ella—. No es seguro seguir aquí arriba sin equipo de escalada.
—Sí, bajemos. Además, después de este susto, necesito un café de los de verdad, de esos que te levantan hasta a los muertos. Vamos a la "Cafetería de la Esquina", yo invito.
Mientras bajaban la escalera de caracol, Ji-Hoon iba detrás de ella, cuidando cada uno de sus pasos. Cuando llegaron a la planta baja, Xiomara se detuvo y miró hacia arriba, hacia el gallinero donde casi pierde la vida.
—¿Sabés qué es lo más loco, Ji-Hoon? —dijo ella, ajustándose la cinta del pelo—. Que mientras me caía, no pensé en los planos, ni en mi mamá, ni en el teatro.
—¿En qué pensó? —preguntó él, deteniéndose a su lado.
—Pensé en que no te había terminado de explicar cómo se baila una "Gigantona". Y me dio rabia morir sin que vieras eso.
Ji-Hoon soltó una risa corta, una de esas risas que nacen de la incredulidad. Se acercó a ella y, con una audacia que lo sorprendió a él mismo, le quitó una astilla de madera que se había quedado prendida en su hombro. El roce de sus dedos fue eléctrico.
—Entonces —dijo él, guardando la astilla en su bolsillo como si fuera un tesoro—, tendré que asegurarme de que vivas mucho tiempo. No puedo regresar a Seúl sin saber qué es una "Gigantona".
Salieron del teatro a la luz brillante de la mañana. La ciudad de León ya estaba en pleno apogeo: el ruido de los vendedores, el humo de los buses, el calor que empezaba a apretar. Pero para Ji-Hoon, el ruido ya no era una distorsión. Era una banda sonora. Y por primera vez en su vida, no sentía la necesidad de filtrarla.
Caminaron juntos por la acera, y aunque no se tocaban, la distancia entre sus manos era mínima, una tensión cargada de posibilidades que apenas comenzaba a explorarse.