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En Las Garras Del Villano

En Las Garras Del Villano

Status: En proceso
Genre:Romance oscuro
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: syv

Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.

Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.

Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.

Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.

Porque algunos personajes no quieren un final feliz.

Quieren existir.

NovelToon tiene autorización de syv para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 15 — "El mundo real"

Los días después de Leo tuvieron la textura de una convalecencia.

No dolor exactamente.

No alivio tampoco.

Algo intermedio. Una especie de duelo silencioso por algo que nunca había sido realmente suyo.

Muchos meses de martes.

Muchos meses de una rutina diseñada para no sentir.

Y al final, cuando la rutina se rompió, lo único que quedó fue un vacío con forma de costumbre.

Valeria se movía por el apartamento como un fantasma.

Abría la nevera.

La cerraba sin sacar nada.

Se sentaba frente al ordenador, miraba la página en blanco… y se levantaba.

Iba a la ventana, miraba la calle, volvía al sofá.

El ciclo se repetía cada hora. Cada dos horas.

Sin propósito. Sin energía.

La grieta del techo seguía ahí.

Las sombras, quietas.

Todo igual.

Pero algo había cambiado.

El olor de Dorian seguía presente, sí, pero ya no era esa presencia eléctrica que lo llenaba todo. Era más bien un fondo, un zumbido constante, como el rumor de la nevera o el tráfico lejano.

Se había vuelto parte del paisaje.

La marca latía con ese pulso lento que ya no necesitaba explicación.

A veces se la tocaba sin pensar, como quien busca un amuleto. Como quien necesita asegurarse de que aún está ahí.

Siempre estaba.

Caliente.

Viva.

No había vuelto a soñar con él desde aquella noche. La del tercer sueño.

O sí… pero no lo recordaba.

Los sueños se habían vuelto esquivos. Fragmentarios. Como si él también estuviera esperando algo.

O quizás era ella la que ya no necesitaba soñar.

Quizás él estaba tan cerca que el sueño sobraba.

El jueves por la tarde, después de otro día sin escribir, sin hacer nada, sin ser nada, Valeria terminó en la ventana.

No estaba buscando nada.

Solo necesitaba aire. Luz. La certeza de que el mundo seguía girando ahí fuera.

La claridad de la tarde madrileña entraba a raudales, proyectando sombras largas en el suelo del salón.

Apoyó la frente en el cristal.

El frío le recordó que aún tenía cuerpo.

El ruido de la calle, que aún había vida.

Abajo, la gente pasaba.

Una mujer con bolsas de la compra, dos bolsas enormes que la hacían caminar inclinada.

Un hombre con un perro. Ese perro marrón que siempre se paraba en la misma farola.

Un niño en bicicleta zigzagueaba entre los peatones, su risa subiendo hasta el cuarto piso.

El tráfico.

Las luces de los semáforos cambiando de rojo a verde.

La vida.

Todo normal.

Todo en su sitio.

Y entonces lo vio.

Al otro lado de la calle.

Apoyado contra la pared de la ferretería. Esa de la esquina donde ella compraba bombillas cuando se fundían. Donde el dueño siempre le preguntaba si necesitaba algo más y ella siempre decía que no.

Pelo oscuro.

Piel clara.

La postura de alguien que tiene todo el tiempo del mundo.

Porque lo tiene.

No hacía nada.

Solo miraba.

Directo a la ventana.

Directo a ella.

Valeria no se movió.

No gritó.

No se llevó las manos a la boca.

No hizo nada de lo que hace la gente en las películas cuando ve algo imposible.

Se quedó quieta.

Mirando.

Porque era él.

Lo sabía con la misma certeza con la que sabía su propio nombre. Con la que sabía que el cielo es azul y que el fuego quema.

Los ojos grises, incluso desde esa distancia.

La mandíbula.

La forma de estar.

Como si el espacio a su alrededor fuera diferente. Como si el aire mismo se curvara para no tocarlo.

La marca pulsó.

Fuerte.

Como un puñetazo desde dentro.

Un segundo.

Todo duró un segundo.

Ella parpadeó.

Ya no estaba.

La pared de la ferretería seguía ahí.

El dueño salía en ese momento, cerrando con llave.

La gente seguía pasando.

El niño en bicicleta dobló la esquina, su risa perdiéndose calle arriba.

Todo normal.

Pero él había estado.

Valeria se quedó pegada al cristal, la frente apoyada, la respiración contenida.

Buscó con la mirada cada rincón de la acera. Cada portal. Cada sombra.

Nada.

Solo gente.

Solo coches.

Solo la tarde que seguía su curso.

—No puede ser —susurró.

La marca volvió a pulsar.

Más suave.

Como un sí, puede.

Se separó de la ventana.

Dio un paso atrás.

Otro.

Las piernas le temblaban, aunque no sabía bien por qué.

No tenía miedo.

No exactamente.

Era otra cosa.

Una mezcla de vértigo y reconocimiento.

Como si su cuerpo hubiera estado esperando este momento desde el primer sueño. Desde la primera línea en el manuscrito. Desde el primer olor a tormenta.

Como si todo lo anterior hubiera sido un preámbulo.

Y esto…

Esto de verdad fuera el comienzo.

Volvió a asomarse.

La calle, igual.

La ferretería, cerrada ya.

La pared, vacía.

Nadie.

Pero la marca seguía latiendo.

Más rápido ahora.

Como si él estuviera cerca.

Se tocó la clavícula.

Caliente.

Vibrante.

Viva.

—Estuviste ahí —dijo en voz alta, y el sonido le pareció ridículo en el apartamento vacío—. Te vi.

Nadie respondió.

El olor, sin embargo, se intensificó.

Ozono.

Tormenta.

Él.

Llenándolo todo.

El resto de la tarde fue una sucesión de actos sin sentido.

Se sentó en el sofá.

Se levantó.

Fue a la cocina, abrió la nevera y la cerró sin sacar nada.

Volvió al sofá.

Se levantó otra vez.

Fue al dormitorio y se miró en el espejo.

La misma cara.

Las mismas gafas.

El mismo pelo imposible.

Pero algo había cambiado.

Algo en sus ojos.

Una luz nueva.

O una sombra nueva.

No sabía decirlo.

—Lo vi —le dijo a su reflejo—. Estaba ahí. No fue imaginación.

El reflejo no respondió.

Los reflejos nunca responden.

Volvió a la ventana.

La calle ya estaba más oscura.

Las farolas se encendían una a una. La gente caminaba más rápido, con esa prisa de quienes quieren llegar a casa antes de que caiga la noche del todo.

La ferretería, cerrada.

La pared, vacía.

Pasó una hora.

O dos.

Perdió la cuenta.

Se sentó frente al ordenador.

Lo encendió.

Abrió el manuscrito.

Las palabras de los últimos días —las suyas, las de él— estaban ahí, esperando.

Intentó escribir.

Apoyó las manos en el teclado, cerró los ojos y buscó esa conexión que antes llegaba sola.

Nada.

El cursor parpadeaba con su suficiencia habitual.

Esperando.

Cerró el ordenador.

Fue a la cocina.

Preparó café, aunque eran casi las diez de la noche.

Bebió un sorbo y se quemó la lengua.

Ni siquiera lo sintió.

Volvió a la ventana.

La calle, ahora casi vacía.

Unos faros a lo lejos.

Una puerta que se cerraba.

Silencio.

Él no estaba.

No volvió a aparecer.

Pero la marca seguía latiendo.

Cuando cayó la noche del todo, cuando el apartamento se llenó de sombras que no respiraban —que eran solo sombras—, Valeria volvió al ordenador.

Lo encendió.

El manuscrito se abrió solo.

Como siempre.

Y allí estaba.

Una línea nueva.

Una sola.

Ya era hora.

La marca pulsó.

Fuerte.

Como un latido que lo confirmaba todo.

Valeria leyó la frase una vez.

Dos veces.

Tres.

La misma de aquella primera noche.

La que había aparecido después de que Leo se fuera, después del olor, después de todo.

La que ella encontró sin recordar haberla escrito, flotando en la pantalla como un mensaje de otro mundo.

—Fuiste tú —susurró—. Desde el principio. Fuiste tú.

El cursor parpadeó.

Esperó.

No hubo más líneas.

Pero el olor se intensificó.

La envolvía.

La sostenía.

Y ella, en lugar de tener miedo, sintió algo que no había sentido antes.

Paz.

No la paz de la resignación.

La paz de lo inevitable.

De lo que siempre tuvo que pasar.

Apoyó la cabeza en las manos.

El peso de las últimas semanas —Leo, el manuscrito, los olvidos, la marca, los sueños— le aplastaba los hombros.

Y ahora esto.

Él.

En el mundo real.

Mirándola.

—¿Y ahora qué? —preguntó en voz alta.

Nadie respondió.

Pero en la pantalla, justo debajo de la línea, algo parpadeó.

Un cursor.

Moviéndose solo.

Letra por letra.

Como si alguien estuviera escribiendo en tiempo real.

Ahora todo.

Valeria contuvo el aliento.

La marca pulsó.

El olor la llenaba.

Miró hacia la ventana.

La calle, vacía.

La pared de la ferretería, a oscuras.

Las farolas proyectando círculos de luz naranja sobre el asfalto.

Pero él estaba ahí.

En alguna parte.

En todas partes.

Y por primera vez desde que empezó todo esto, supo que no iba a estar sola.

Nunca más.

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Maria Jose Cardozo
Me encanta, es tan atrapante, y con una historia que te atrapa y te deja esperando por más. Muchas felicidades a la autora por esta bella historia.
Andy
muy bueno
Andy
por favor 😭 autora quiero más nesesito más 🤭 🤣no me dejes en suspenso 👏muy buen trabajo ☺️
Lidy Martines
no te preocupes pero me agradaría leer tus novelas eres una terriblemente magnífica autora de villanos guaperrimos
Lidy Martines: me encanta
total 1 replies
Nata
literal así ando con esta novela
Nata
en fin si ella está perdida yo más, ya no le veo pata ni cabeza a esto
yoly: Hola, lo siento si te perdí un poco, es que no me gustaba lo que había escrito antes y estuve editando los capítulos, lamento confundirte 🥹
total 1 replies
Nata
esta novela está llena de mucho misterio realmente casi no entiendo nada
Nata
es el amigo con derechos o como? ando más perdida
Iris
cómo es pronto editorial 🤔
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