Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
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Eres mía
...17...
...ANNE MORETTI ...
Me encontraba en el gran salón, apoyada en la barandilla de caoba de la planta superior, observando la escena en el despacho de abajo. La puerta estaba entreabierta y el humo de los habanos se filtraba al pasillo. Mi abuelo Manuelle estaba sentado tras su escritorio, con esa expresión de piedra que solo dedica a los negocios de sangre. Frente a él, mi tío Cassian —el padre de Gianna— hablaba en voz baja sobre la logística de las rutas que yo misma había ayudado a desviar.
Sentí una punzada en el pecho que me negaba a reconocer. Cassian pasó por mi lado al entrar y ni siquiera me miró. Su silencio era un látigo; no me dirigía la palabra desde que empecé a mover los hilos por mi cuenta. Me hacía la indiferente, mantenía mi barbilla en alto y esa sonrisa de suficiencia que tanto los irrita, pero por dentro, el vacío de su desprecio me quemaba. Él era lo más cercano a un padre que había tenido.
—No me importa —me repetí en un susurro, apretando la carpeta de mis estudios de economía—. Yo soy la patrona ahora. Los sentimientos son para los débiles.
De repente, el silencio solemne de la mansión saltó por los aires. El estruendo de la puerta principal siendo golpeada contra la pared resonó en todo el vestíbulo. Sus pasos retumbaron en el suelo de madera mientras cruzaba el vestíbulo como un huracán de furia. Tenía el rímel corrido y el cabello que tanto se esmeraba en cuidar hecho un desastre. Detrás de ella, los guardias no se atrevieron a detenerla; después de todo, es una Moretti.
Su presencia era un huracán de histeria que interrumpió la charla importante entre mi abuelo y mi tío. Cassian y Manuelle salieron al pasillo, alertados por el ruido, pero Gianna no tenía ojos para ellos.
Sus ojos, inyectados en rabia y dolor, se clavaron en los míos. Antes de que pudiera reaccionar, Gianna acortó la distancia y descargó toda su furia en un golpe seco.
Mi cabeza giró violentamente hacia un lado. El sonido de la bofetada retumbó en las paredes de mármol. Sentí el ardor inmediato en mi mejilla y el sabor metálico de la sangre en el interior de mi labio. Podía sentir la mirada de mi abuelo pesando sobre nosotras y el asombro de Cassian.
—¡Eres una maldita zorra, Anne! —gritó ella, con la voz rota, señalándome con un dedo tembloroso—. ¡Lo sé todo! Sé lo que hiciste, sé que te metiste en la cama de Marco. ¿Es que no puedes dejar nada de lo que es mío en paz?
Me quedé estática, con el cabello cubriéndome parte del rostro. El silencio que siguió fue sepulcral. Podía sentir la mirada gélida del abuelo Manuelle y, lo que era peor, la mirada de profunda decepción de Cassian, que ahora me observaba como si fuera un bicho rastrero.
Lentamente, volví el rostro hacia ella. No me cubrí la mejilla, ni lloré. Al contrario, una sonrisa lenta y peligrosa empezó a dibujarse en mis labios mientras me limpiaba el rastro de sangre con el pulgar.
—Vaya, Gianna... —dije con un tono de voz que hizo que hasta los del personal se tensaran—No sabía que tenías tanta fuerza en esa mano que solo usas para elegir zapatos. Pero déjame decirte algo: si Marco cayó tan fácil, no fue por mi culpa. Fue porque en realidad no te quería y estaba muerto de hambre... y yo soy un banquete que tú nunca sabrás servir.
El ardor era real, pero el placer de ver a Gianna desmoronarse era mucho más intenso.
—¡Me dejó, estúpida! —gritó Gianna, con la voz rota y los ojos inyectados en llanto—. Marco terminó conmigo hace días y yo no entendía por qué... hasta hoy. ¡Vi los mensajes! Vi cada palabra asquerosa que se enviaban. ¡Sé que se han estado viendo!
Se lanzó hacia mí de nuevo, con las uñas por delante, pero el tío Cassian fue más rápido. La rodeó por la cintura, frenando su avance mientras ella forcejeaba como un animal herido.
—¿Por qué me odias tanto? —sollozó ella, señalándome con un dedo tembloroso—. ¿No te bastaba con tener el favor del abuelo? ¿Tenías que meterte en mi cama también? ¡Eres un monstruo!
Mantuve mi postura, impasible. No negué nada. ¿Para qué? Los mensajes eran la prueba de mi victoria. Marco había caído más rápido de lo que yo misma esperaba, y la humillación de Gianna era el postre perfecto para mi deleite personal.
—¡Suéltame, papá! —le gritó Gianna a Cassian, golpeando sus brazos—. ¡No me voy a calmar hasta que esta perra pague por lo que me ha hecho! Pero claro... como tú siempre la defiendes. ¡La consideras más hija tuya que a nosotros! ¡Siempre es Anne, la pobre Anne, la que hace el trabajo sucio que tú no te atreves a hacer!
El silencio que siguió a esas palabras fue como una soga apretándose en el cuello de todos. El rostro de Cassian se transformó; la lástima por su hija desapareció, reemplazada por una furia fría y autoritaria.
—¡Basta, Gianna! —la voz de Cassian tronó en el salón, haciendo que incluso los guardias de la entrada se cuadraran—. No te permito que me faltes al respeto de esa manera, y menos en esta casa.
La sacudió ligeramente para obligarla a mirarlo a los ojos. Gianna se quedó muda, jadeando, el miedo reemplazando a la rabia por un instante.
—¿Es que no tienes ni un poco de amor propio? —le espetó, sacudiéndola ligeramente—. ¡Mírate! Haciendo un escándalo frente al abuelo y los hombres de la casa por un tipo que no vale ni el suelo que pisa. Ese imbécil te faltó al respeto a ti, no Anne. Él era el que tenía una relación contigo, él te debía lealtad y te cambió a la primera de cambio. ¿Y tú vienes aquí a gritar como una loca? ¡Compórtate como una mujer y ten dignidad!
Gianna se quedó petrificada, con las lágrimas secándose por el impacto de las palabras de su propio padre. Pero Cassian no había terminado. Soltó a su hija y giró esa mirada gélida hacia mí. El silencio que me había dedicado estos días se rompió, pero no de la forma que yo esperaba.
—Y tú, Anne... —su voz bajó de tono, volviéndose peligrosa—. No creas que celebro tus bajezas. Meterte con el novio de tu prima, es una falta de clase absoluta. Eres ambiciosa, pero esto ha sido caer bajo.
Sentí una punzada de rabia. La reprimenda de Cassian me dolió más que el golpe de Gianna, porque en su lógica retorcida de "honor Moretti", yo también había fallado. El abuelo observaba desde su sillón, impasible, dejando que su hijo pusiera orden en el gallinero.
—Ya dejen de hacer este show las dos —sentenció Cassian, dándonos la espalda con un gesto de profundo fastidio—. Gianna, vete al anexo y no salgas hasta que hayas recuperado el juicio. Y tú, Anne, vuelve a tu sucio trabajo. Si quieres ser la patrona, empieza por actuar con la altura que el cargo requiere, no como una adolescente en busca de atención.
Gianna salió del salón pisando fuerte, con los hombros hundidos por la vergüenza, mientras yo me quedaba allí, con la mejilla roja y el orgullo magullado.
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...NATHANIEL DEVERAUX ...
Nunca me han gustado los hospitales; huelen a debilidad, a cosas que el dinero no siempre puede arreglar, y yo estoy acostumbrado a que mi apellido lo solucione todo. Ver a Eliana allí, sentada en esa silla de plástico descascarada, aferrada a la mano de su madre, me hacía sentir una punzada de incomodidad que no sabía cómo gestionar.
Vi al médico acercarse con una tabla en la mano, ajustándose las gafas con ese gesto cansino de quien da malas noticias diez veces al día. Me adelanté, interceptándolo en el pasillo antes de que pusiera un pie en la habitación.
—Doctor —dije, bloqueándole el paso con la autoridad que me da llevar un traje que vale más que todo este piso del hospital—. Soy familiar directo de la señora Pérez. Antes de que entre... dígame la verdad. Sin rodeos.
El médico suspiró, mirándome de arriba abajo. Supongo que mi porte no encajaba con el entorno, pero mi tono no admitía réplicas.
—Señor... la situación de la señora Yessica Pérez es crítica —murmuró, bajando la voz—. Los órganos están fallando en cadena. Siendo realistas, le quedan, con suerte, un par de semanas de vida. Quizás menos. Estamos entrando en la fase final. Estos son sus últimos días.
Un frío seco me recorrió la nuca. Miré por el cristal de la puerta. Eliana estaba sonriendo, contándole algo a su madre sobre el clima, ajena a que el reloj de arena estaba vacío.
Sentí una oleada de egoísmo, cruda y directa. Si el médico soltaba esa bomba ahora, mi semana con ella se terminaría en este mismo instante. Eliana se hundiría, se encerraría en este hospital y yo volvería a ser un extraño viendo cómo su mundo se cae a pedazos. Y yo... yo quería mi semana. Quería esa paz, ese refugio que ella representaba lejos de los Moretti.
—No le diga nada —solté, cortando el aire—. A ella no. Se pondría muy mal y no es el momento. Yo me encargaré de darle la noticia cuando estemos en casa, con calma.
—Señor, es mi deber informar al pariente más cercano... —empezó el médico, pero lo interrumpí sacando un fajo de billetes del bolsillo interior de mi chaqueta.
Se lo puse en la mano, cerrando sus dedos sobre el dinero. El hombre dudó, miró a ambos lados del pasillo y tragó saliva. El peso del fajo era suficiente para comprar su silencio y su ética.
—Que nadie más lo haga —sentencié con voz gélida—. Ni enfermeros, ni asistentes. Usted me da su palabra de que yo seré el único en hablar con ella.
El médico asintió lentamente, guardando el dinero con un movimiento nervioso.
—Confío en que usted sabrá cómo decírselo, caballero. Pasaré a revisar las constantes, nada más.
Entré de nuevo en la sala detrás de él. La escena era devastadora por lo silenciosa que era. Eliana estaba inclinada sobre la cama y la señora Yessica, con una mano temblorosa y pálida, le acariciaba el cabello con una ternura infinita.
—Nate, mira —dijo Eliana volviéndose hacia mí con los ojos brillantes—. Hoy tiene un poco más de color, ¿verdad? El doctor dice que la nueva medicación está ayudando.
Forcé una sonrisa, sintiendo el peso del secreto quemándome la lengua. La miré a ella, tan esperanzada, tan llena de una fe que yo acababa de comprar para que no se apagara todavía.
—Sí, bombón —mentí, acercándome para poner una mano en su hombro—. Se ve mucho mejor.
Mañana sería otro problema. Pero hoy, ella seguiría siendo mía, y el dolor tendría que esperar en la puerta del hospital hasta que yo decidiera dejarlo pasar.
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El lujo silencioso del jet privado de los Deveraux se sentía como mi hábitat natural, un contraste violento con las paredes desconchadas del apartamento de Eliana. Ella estaba sentada sobre mis piernas, envuelta en una bata de seda que le había conseguido, sosteniendo una copa de champagne con una elegancia que parecía haber nacido con ella. Verla así, bajo las luces cálidas de la cabina, me recordaba constantemente que yo la había sacado de su mundo para meterla en el mío, aunque fuera solo por unos días.
Le aparté un mechón de pelo y bajé la mano hasta su cintura, apretando con firmeza.
—¿Disfrutaste lo de esta mañana o fue terrible? —pregunté, con una media sonrisa cargada de suficiencia.
—Estuvo bien —respondió ella, dándole un sorbo a la burbujeante bebida y mirándome por encima del borde de la copa—. Pero tengo que admitir que la segunda vez estuvo increíble.
Solté una carcajada baja, satisfecho. Mi ego, siempre hambriento, se alimentaba de su honestidad.
—Espero ser el único hombre que tenga acceso a tu intimidad de ahora en adelante, bombón —solté, casi como una orden disfrazada de deseo.
Eliana dejó la copa en la mesita lateral y se acomodó mejor sobre mí, rodeando mi cuello con sus brazos. Sus ojos oscuros buscaban algo en los míos que yo no estaba dispuesto a dar.
—¿Entonces serás mi novio oficialmente? ¿Empezaremos a salir? —soltó, con esa franqueza que a veces me descolocaba.
Me puse serio de inmediato. La palabra "novio" me sabía a cadenas, a compromisos que un Moretti no podría firmar con una bailarina de Marsella.
—No —respondí tajante—. No lo veo prudente. Yo vivo en Italia, mi vida es un caos y tú tienes tu realidad aquí. Pero... —la atraje más hacia mí, enterrando los dedos en su cadera— quiero que te guardes para mí cada vez que venga a Francia. Al fin y al cabo, solo eres una bailarina, no necesitas hacer cosas de más ahora que yo estoy aquí. Espero que no te pongas a buscar pareja. Eres mía.
Eliana frunció el ceño y soltó una risa seca, incrédula, intentando apartarse un poco.
—¿Tuya? No, Nate —dijo con firmeza—. Si no hay algo serio de por medio, no pienses que voy a rendirte fidelidad si tú no vas a hacer lo mismo por allá en tus castillos. No seas descarado.
Me incliné hacia ella, adoptando esa postura depredadora que uso cuando alguien intenta desafiar mi autoridad. Me pegué a su oído, dejando que mi aliento rozara su piel, mientras mi mano bajaba con posesividad.
—Escúchame bien —le susurré con una seriedad que la hizo estremecer—. Siempre seré el primer hombre que te tocó. Y espero ser el único que pase por ese coño. No me importa el título que le pongas, pero no comparto lo que es mío.
Ella se rió, pensando que era parte de nuestro juego de seducción, pero yo hablaba totalmente en serio. La idea de que su piel solo conociera mis manos, de que nadie más hubiera explorado lo que yo inauguré esa mañana, me causaba una fascinación casi enfermiza. Me gustaba que estuviera "limpia" de otros hombres, que fuera un territorio que solo yo podía reclamar.
En mi mundo todo estaba manchado, pero ella... ella era de mi propiedad.
París se sentía diferente esta vez. He estado en esta ciudad cientos de veces —cenas de gala, eventos de patrocinio, escapadas rápidas al Hôtel de Crillon— pero nunca la había visto así. Sin cámaras, sin guardaespaldas respirándome en la nuca, simplemente caminando por el barrio de Le Marais de la mano de Eliana.
Me puse en un modo que ni yo mismo reconocía: el romántico. Le compré flores a una anciana en una esquina, la llevé a cenar a un bistró escondido donde no necesitábamos reserva porque el dueño no sabía quién era yo, y nos perdimos en las callejuelas iluminadas por esas farolas amarillentas que hacían que su piel brillara como el oro.
Por un momento, me permití olvidar que soy un Moretti. Me permití olvidar mis responsabilidades y el secreto que cargaba en mi pecho sobre su madre. Solo existíamos ella, yo y el eco de nuestras risas contra el Sena.
—Estás muy tierno hoy, Nate —me dijo ella mientras cruzábamos el Pont des Arts, apoyando su cabeza en mi hombro—. Casi haces que me olvide de lo descarado que fuiste en el avión.
—París saca lo peor de mí, bombón —le susurré al oído, dándole un beso en el cuello que la hizo estremecer—. O lo mejor.
Cuando volvimos a la suite, el romanticismo se transformó en una necesidad voraz. La quería, y la quería en cada rincón de esa habitación de lujo. Fue una noche eterna, cruda y desesperada. Cogimos hasta que el primer rayo de sol empezó a colarse por los ventanales que daban a la Torre Eiffel. Mis manos no se cansaban de recorrer su cuerpo; me obsesionaba la idea de que cada centímetro de su piel, que solo yo había reclamado, estuviera marcado por mí.
Verla dormir al amanecer, con las sábanas de seda a medio caer y el cabello revuelto, era lo más parecido al paraíso que había experimentado jamás. No había ruido de motores, ni gritos de mi abuelo, ni los planes retorcidos de Anne. Solo paz.
Pero mientras la observaba, una punzada de realidad me atravesó el pecho.
Tres días.
Solo me quedaban tres días antes de tener que subirme a ese jet, cruzar la frontera y volver a Italia. Volver a ser el peón de los D’Amato, el hermano de una mujer que está loca y el heredero de un imperio de sangre. Y lo peor de todo: volver a dejar a Eliana en un mundo donde su madre se estaba muriendo y yo no estaría para sostenerla cuando la mentira que compré finalmente se derrumbara.
Apreté la mandíbula y me pegué a su espalda, rodeándola con mis brazos mientras ella suspiraba en sueños. Iba a exprimir cada segundo de lo que quedaba, aunque supiera que, al final de la semana, el paraíso se convertiría en cenizas.
El sonido del teléfono cortó el silencio de la suite de París. Eran las seis de la mañana. Vi a Eliana estirarse para contestar, con la voz pastosa por el sueño, pero en segundos, su cuerpo se puso rígido. No necesitó decir nada. El grito que soltó no fue humano; fue un alarido gutural, seco, el sonido de alguien a quien le arrancan el alma de un tirón.
—No... no, no, ¡NO! —gritaba ella, golpeando la cama, revolviéndose mientras el teléfono caía al suelo.
La atraje hacia mí con fuerza, envolviéndola en mis brazos mientras ella se sacudía violentamente. Me enterraba las uñas en los antebrazos, sollozando con una desesperación que me hacía sentir como el peor de los cobardes. Se sostenía en mí como si yo fuera lo único sólido en un mundo que acababa de estallar.
—¡Me dijo que estaba mejor, Nate! ¡Me dijiste que se iba a poner mejor! —chillaba contra mi pecho, empapando mi camiseta de lágrimas.
No pude decir nada. El nudo en mi garganta era puro pánico.
El viaje de regreso a Marsella fue un borrón. Moví todas mis influencias, desperté pilotos y puse el jet en el aire en tiempo récord. Eliana no habló en todo el vuelo; solo miraba por la ventanilla con los ojos vacíos, muerta por dentro.
Cuando llegamos al hospital, la realidad nos golpeó de frente. La habitación ya estaba vacía. Una enfermera, Camille, que conocía a Eliana de años, estaba doblando las sábanas con una expresión sombría. Al vernos, se detuvo.
Eliana se desplomó en el suelo, justo en medio de la habitación, rodeada del olor a desinfectante.
—¿Cómo es posible? —sollozó Eliana, rota—Estaba mejorando... Camille, tú la viste, ella se sentía mejor ayer...
Camille suspiró, acercándose para ponerle una mano en el hombro.
—Eli... lo siento tanto. Pero sus días estaban contados desde la semana pasada. ¿El doctor no te lo dijo? El fallo era irreversible.
—¿Qué? —Eliana levantó la vista, confundida—No, el doctor dijo que la medicina estaba funcionando...
Yo estaba detrás de ella, sintiendo cómo el sudor frío me bajaba por la espalda. Intenté captar la mirada de la enfermera, negando con la cabeza frenéticamente, haciéndole señas para que se callara, pero Camille estaba demasiado concentrada en consolar a su amiga.
—El doctor se lo explicó todo a tu "esposo" —continuó la enfermera, señalándome con la barbilla—. Dijo que él se encargaría de darte la noticia para que no fuera tan brusco. Por cierto, Eli, no sabía que te habías casado...
El silencio que siguió fue atómico. Eliana dejó de llorar. Se levantó del suelo lentamente, con una calma que daba más miedo que sus gritos de antes. Se giró hacia mí y vi en sus ojos algo que nunca le había visto: un odio puro, cristalino.
—¿Esposo? —susurró ella, su voz temblando de furia—. No me he casado con nadie.
Salió de la habitación a zancadas, ignorándome por completo mientras yo intentaba alcanzarla.
—¡Eliana, espera! ¡Déjame explicarte! —la llamé, pero ella ya estaba en medio del pasillo del hospital.
Se giró de golpe, empujándome con todas sus fuerzas contra la pared frente a la estación de enfermeras.
—¡Lo sabías! —me gritó, y esta vez el hospital entero se quedó en silencio—. ¡Sabías que se estaba muriendo y me llevaste a París a coger como si nada pasara! ¡Me robaste mis últimos días con ella por tu maldito egoísmo!
—¡Quería que tuvieras una semana de paz! —le grité de vuelta, perdiendo los estribos—. ¡Iba a decírtelo, Eliana! ¡Solo quería que por una vez en tu vida no estuvieras sufriendo!
—¡No tenías derecho! —su voz alcanzó un nivel desgarrador—. ¡Me compraste, Nathaniel! Compraste mi vida, compraste mi silencio, ¡y me vendiste una mentira mientras ella daba sus últimos suspiros sola! ¡Te odio! ¡Te odio más que a nadie en este mundo!
Me lanzó un manotazo que logré esquivar, y empezamos a forcejear en medio del pasillo. Eliana estaba fuera de sí, golpeando mi pecho, gritando insultos que resonaban en las paredes. Dos guardias de seguridad y un médico de turno aparecieron corriendo, interponiéndose entre nosotros.
—¡Sueltenla! —le grité a un guardia que intentaba sujetarla, pero el médico me puso una mano en el pecho para frenarme.
—Caballero, cálmese o tendré que llamar a la policía —sentenció el médico—. Este es un lugar de respeto.
Eliana se soltó del agarre del guardia, jadeando, con el cabello cubriéndole la cara. Me miró una última vez, y supe que en ese momento, el "paraíso" de París no era más que una tumba que yo mismo había cavado.
Al salir del hospital la seguí hasta su apartamento. Estábamos de pie en medio de la sala, rodeados de recuerdos que ahora solo servían para torturarla. Mis manos temblaban de una rabia contenida; no estaba acostumbrado a que mis planes, incluso los que tenían "buenas intenciones", me estallaran así en la cara.
—¿Qué carajos haces aquí todavía? —escupió ella, con los ojos hinchados y una frialdad que me cortaba la piel—. Te dije que te largaras, Nathaniel. Ya tuviste lo que querías, ya terminó el viaje. Vete a tu castillo en Italia.
—No me voy a ir a ningún lado hasta que te calmes y dejes de ser tan terca —le solté, dando un paso hacia ella con una posesividad que me nacía de las vísceras—. Tú vas a hacer lo que yo te diga. Me importa un carajo si estás dolida, no vas a echar por la borda todo lo que hemos...
—¿Todo lo que "hemos" qué? —me interrumpió con una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humor—. Me da igual lo que pienses o lo que intentes mandar aquí. Al final del día, lo nuestro no es más que una relación de negocios, ¿no? Básicamente soy tu puta y ya. Eso fue lo que me dejaste claro en tu jet, Nathaniel. Que me "guardara" para ti, que yo no podía tener a nadie más mientras tú hacías tu vida.
Se acercó a mí, desafiante, sin una pizca de miedo en su mirada.
—Bueno, pues entonces acepto el papel. Soy tu puta. Pero no te equivoques: ya no me queda nada y no tengo absolutamente nada más que perder. Pero ni loca voy a estar solo contigo. Voy a vivir mi vida como me plazca. Además, ni siquiera te conozco, Nate. No sé quién eres fuera de Marsella. Así que si empiezo una relación con otra persona, o si me acuesto con medio Marsella, no debería ser de tu incumbencia.
Esa frase fue el detonante. Sentir que ella me ponía al nivel de un simple cliente, que planeaba entregarle a otros lo que me pertenecía, me nubló el juicio. La agarré de los brazos con una fuerza que probablemente le dejaría marcas, acorralándola contra la pared de madera crujiente. Mi rostro quedó a milímetros del suyo, mi respiración era un rugido contenido.
—Escúchame bien, Eliana, porque solo te lo voy a decir una vez —le siseé con una voz que ha hecho temblar a hombres peligrosos—. No vuelvas a decir que te vas a ir con otro. No me importa cuánto me odies ahora, pero no vas a tocar a nadie más. Tú no conoces de lo que soy capaz cuando alguien me quita lo que es mío.
La apreté más, mi mirada fija en la suya, como un depredador marcando su presa.
—Si te veo con otro hombre, si me entero de que alguien más pone una mano sobre ti, no solo voy a destruir a ese infeliz. Voy a quemar todo este maldito muelle si es necesario para recordarte a quién perteneces. Eres mía, bombón, y ahora vas a tener que cargar conmigo. No tienes a nadie más, y yo no voy a dejarte ir. Intenta desafiarme y verás que el "niño bueno" de París puede ser mucho peor que cualquier monstruo que hayas conocido en ese club de mala muerte.
Ella jadeó, pero no bajó la mirada. El aire entre nosotros echaba chispas; era una mezcla tóxica de odio, duelo y una obsesión que me estaba consumiendo.