Dilara Hillson, conocida como la villana de una novela llamada "Ruta del amor". Ella es la hija de el Duque Harry Hillson, tiene una hermana llamada Eleyn, quién siempre la ha envidiado y por su culpa muere.
Alina que la estaba leyendo, no le gustó para nada este final para ese personaje, así que no siguió leyendo más la novela.
Pero un terremoto provoca que muera y reencarne en esa novela.
- ¡Me vengaré por tí, Dilara Hillson!
Holaaa mis queridos lectores 🤗✨
Esta es mi nueva creación, espero que la disfruten 🤭
Nos vemos 👋
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Epílogo I: El hielo y el fuego se unen
Dilara
Seis meses después de la guerra, el imperio estaba en paz. Los demonios habían huido a las profundidades de donde surgieron, Surjan Killelin era solo un recuerdo nefasto, y el príncipe Logan purgaba su condena en las tierras del norte, custodiado por una guarnición leal al Emperador.
Pero para mí, lo más importante era que Káligan seguía a mi lado.
—No puedo creer que hayas insistido en que la boda fuera al aire libre —dijo Mili, ajustando por enésima vez el velo de hielo perpetuo que coronaba mi cabello—. Señorita, hace un frío que pela.
—Soy la Bruja del Hielo, Mili. Si no hiciera frío en mi boda, la gente empezaría a sospechar —respondí con una sonrisa.
Estaba en mis aposentos del palacio, transformados en un camerino nupcial. Frente a mí, un espejo de cuerpo entero reflejaba a una mujer que ya no reconocía del todo. No era la Alina del otro mundo, ni la Dilara ingenua que murió envenenada. Era algo nuevo: una emperatriz por derecho propio, una bruja temida y respetada, y en unas horas, la esposa del hombre más poderoso del continente.
Mi vestido era una obra de arte tejida con hilos de plata y seda azul hielo, con mangas anchas que caían como cascadas y un escote que dejaba ver mis hombros, pero que no era provocativo. Era elegante, imponente. En la espalda, bordado con hebras de diamante, llevaba el emblema de la Bruja del Hielo: un copo de nieve atravesado por una espada.
—El Emperador no va a poder respirar cuando te vea —dijo Mili, con los ojos brillantes.
—Esa es la idea —respondí, y me giré para verla—. ¿Cómo va lo demás?
—Los invitados ya están en el jardín de invierno. El Duque Hillson llegó temprano, y no ha parado de llorar desde entonces.
Sonreí con ternura. Mi padre se había recuperado por completo, aunque caminaba con un ligero bastón. La traición de Eleyn lo había marcado profundamente, pero nunca me culpó. Al contrario, me dijo que había hecho lo correcto.
—¿Y Káligan?
—Enojado porque no le dejaron verla antes de la ceremonia. Dijo algo de que "es mi maldita novia y la veré cuando quiera".
Me reí. Era tan suyo.
—Bien, entonces no lo hagamos esperar más.
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Káligan
El jardín de invierno era mi creación favorita del palacio, aunque la idea había sido de Dilara. Plantas resistentes al hielo, fuentes de agua cristalina que nunca se congelaban del todo, y un dosel de ramas de abeto cubiertas de escarcha perpetua. Ella había usado su magia para crearlo, y ahora servía como escenario de nuestra boda.
Los invitados ocupaban bancos de madera tallada: nobles de todo el imperio, comandantes del ejército, y por supuesto, los caballeros del ducado Hillson que habían peleado a nuestro lado. El Duque Hillson estaba en primera fila, con el pecho inflado de orgullo.
Yo esperaba bajo el dosel, vestido con una túnica negra y roja, los colores de la casa real, pero con detalles en azul hielo en los puños. Mi espada ceremonial descansaba a mi costado, y en mi mano izquierda sostenía un anillo de platino con un diamante azul que había pertenecido a mi madre.
—Estás nervioso —susurró mi comandante, que oficiaba como padrino.
—Soy el Emperador. No me pongo nervioso —mentí.
Pero era mentira. Mi corazón latía con fuerza, y mis manos sudaban bajo los guantes. No por miedo, sino por la anticipación. Había esperado este momento desde aquella noche en el bar, cuando ella me dijo "eres muy apuesto" y desapareció entre la niebla.
Las trompetas sonaron.
Y entonces la vi.
Dilara caminaba por el pasillo central, escoltada por su padre. El Duque la llevaba del brazo, con una sonrisa temblorosa. Pero yo solo tenía ojos para ella.
El vestido le quedaba como una segunda piel. Su cabello blanco caía en ondas sueltas, salvo un par de trenzas que recogían el velo de hielo. Sus labios rojos contrastaban con su piel pálida, y sus ojos azules... esos ojos que habían visto mi muerte en otra vida y me habían salvado en esta.
Cuando llegó a mi lado, el Duque le entregó la mano.
—Cuídala —dijo, con voz quebrada.
—Toda mi vida —respondí.
Dilara me sonrió, y por un instante, el mundo desapareció.
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Dilara
La ceremonia fue breve, pero intensa. El comandante leyó los votos tradicionales, pero cuando llegó nuestro turno, Káligan habló primero.
—Dilara Hillson —dijo, mirándome a los ojos—, te conocí en la oscuridad, y me enseñaste que incluso en el hielo más profundo puede crecer algo hermoso. No sé qué habría sido de mí sin ti. Quizás un emperador solitario y amargado. Pero gracias a ti, soy un hombre que ama, que ríe, y que cada mañana se despierta con ganas de vivir. Te prometo protegerte, respetarte y adorarte hasta el último de mis días. Y si alguien intenta hacernos daño... sé que juntos lo congelaremos.
Los invitados rieron suavemente. Yo, en cambio, sentí un nudo en la garganta.
—Káligan Enver —comencé, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—, tú me viste cuando nadie más pudo verme. Sabes quién fui, quién soy y quién quiero ser. No soy una dama ingenua ni una heroína perfecta. Soy una villana que aprendió a usar su poder para proteger, no para destruir. Y a tu lado, quiero seguir aprendiendo. Te prometo lealtad, honestidad y un frío abrazo cada noche. Y si el mundo entero se vuelve contra nosotros... que tiemblen, porque la Bruja del Hielo estará a tu lado.
Káligan sonrió, y me puso el anillo en el dedo. Yo hice lo mismo con el suyo.
—Os declaro marido y mujer —anunció el comandante—. Puedes besar a la novia.
No necesitó decirlo dos veces.
El beso fue largo, profundo, y cuando nos separamos, el jardín entero estalló en aplausos. Pero lo más hermoso fue ver cómo, alrededor nuestro, pequeños copos de nieve comenzaban a caer. No del cielo, sino de mí. Mi magia celebraba con nosotros.
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La coronación fue al día siguiente, en el gran salón del trono. Esta vez, el protocolo era riguroso, y yo llevaba un vestido aún más elaborado: azul noche, con mangas largas y una capa de armiño blanco. Sobre mi cabeza, Káligan colocó la corona de su madre, una diadema de zafiros y diamantes que se ajustó a mi frente como si hubiera sido hecha para mí.
—Os presento a vuestra emperatriz —anunció el heraldo—. Dilara Enver, la Bruja del Hielo, Protectora del Reino, Madre de los Soldados.
Los nobles se arrodillaron. Todos, sin excepción. Incluso aquellos que antes me miraban con desprecio.
—Levantaos —dije, con voz clara—. No quiero súbditos que se arrastran. Quiero aliados que luchen a mi lado. El imperio ha cambiado. Y cambiará más aún. Pero mientras yo sea emperatriz, habrá justicia, paz y... frío. Mucho frío.
Risas y aplausos.
Káligan, sentado en el trono gemelo a mi derecha, tomó mi mano.
—¿Cómo te sientes? —preguntó en voz baja.
—Como si pudiera congelar el mundo entero —respondí.
—Entonces empecemos por el norte. Hace calor allá.
Me reí. Era bueno reír.
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La fiesta de coronación duró tres días. Hubo banquetes, torneos de caballeros, y una exhibición de magia donde mostré un par de trucos inofensivos (nadie necesitaba verme partir un glaciar por la mitad). Pero lo mejor fue la noche, cuando por fin estábamos solos en nuestras habitaciones.
Káligan me desvistió lentamente, con la paciencia de quien sabe que el resto de su vida está garantizado.
—Eres increíble —susurró, besando mi cuello.
—Lo sé —respondí, y lo empujé hacia la cama.
No hubo necesidad de magia esa noche. Solo piel, sudor y promesas susurradas al oído.
—Te amo —dijo él, en la penumbra.
—Yo también te amo —respondí, y él sonríe
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Pasaron los meses. La vida en el palacio se volvió rutinaria, pero una rutina feliz. Káligan gobernaba con mano firme pero justa, y yo lo apoyaba en todo. Asistía a reuniones del consejo, firmaba decretos y, cuando algún noble se ponía tonto, lo miraba fijamente hasta que empezara a temblar de frío.
Pero algo estaba cambiando en mí.
Empecé a sentir náuseas por las mañanas. Mi apetito aumentó. Y lo más extraño: mi magia se volvió errática. A veces, sin querer, congelaba el té o hacía que cayera una nevisca en el salón del trono.
—Dilara —dijo Káligan una noche, mientras yo vomitaba en el baño por tercera vez esa semana—, creo que deberíamos llamar al médico.
—No es nada —mentí.
—Eres una pésima mentirosa.
El médico llegó al día siguiente. Era un anciano sabio que había servido a la familia real durante décadas. Me tomó el pulso, revisó mis ojos, y luego sonrió.
—Felicidades, Majestad —dijo—. Está embarazada.
El mundo se detuvo.
—¿Qué? —pregunté.
—Embarazada. Con un hijo. O quizás más de uno. Mi experiencia me dice que hay dos latidos.
Káligan, que había estado de pie junto a la ventana, se giró lentamente. Su rostro era un poema de confusión, miedo y alegría.
—¿Vas a ser padre —dije, con voz temblorosa.
—¿Voy a ser padre? —repitió, como si no lo creyera.
Luego, cruzó la habitación en dos zancadas y me levantó en brazos.
—¡VOY A SER PADRE! —gritó, y su voz resonó por todo el palacio.
Yo me reí, y también lloré. Porque nunca imaginé que después de tanta muerte y dolor, pudiera tener esto: una familia.
yo q ella no t perdono y si si mínimo q t haga sufrir un montón
el emperador es nuestro prota 🥰🫦🤤🥰