Ella lo creó para ser el villano perfecto.
Oscuro, seductor… inolvidable.
Pero cuando comienza a soñarlo, él deja de seguir sus reglas.
Cada noche la atrae más, cada sueño se vuelve más real y cada palabra escrita parece darle poder. Lo que empezó como inspiración se transforma en obsesión cuando su personaje comienza a conocerla mejor que nadie… incluso mejor que ella misma.
Ahora debe elegir: terminar la historia y hacerlo desaparecer… o dejar que el villano que inventó la arrastre a un mundo del que quizá no pueda volver.
Porque algunos personajes no quieren un final feliz.
Quieren existir.
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Capítulo 21 — El lunes después
La luz de la mañana entraba por las ventanas como si nada hubiera pasado.
Valeria estaba sentada frente al ordenador, con una taza de café que había dejado de humear hacía una hora. La pantalla seguía mostrando la lista que había escrito en mitad de la noche, cuando el pánico aún le temblaba en las manos y las palabras aparecían solas en el documento.
Cosas que no recuerdo.
—La cara de mi madre en las fotos.
—El nombre de la calle donde crecí.
—El nombre del perro.
—El nombre de mi profesora de literatura de secundaria.
—El sabor de las galletas que hacía mi abuela.
Cinco líneas. Cinco agujeros.
Fuera, Madrid rugía con su normalidad de lunes: el tráfico en la calle, el pitido del autobús frenando en la esquina, el frutero instalando los cajones de naranjas bajo el toldo rayado. Una señora paseaba un perro pequeño. Un repartidor de Amazon miraba el teléfono antes de subirse a la furgoneta.
Todo en su sitio.
Valeria se levantó de la silla. Las piernas le dolían un poco —demasiadas horas quieta, demasiadas noches sin dormir de verdad—. Fue a la ventana y apartó la cortina con dos dedos, solo lo justo.
La acera de enfrente estaba vacía.
La farola seguía ahí, metálica y anónima, como cualquier farola de cualquier calle de Madrid. Un hombre con gabardina pasó por delante sin mirar. Una mujer con un carrito de la compra se detuvo a hablar con el frutero.
Nadie apoyado contra el poste. Nadie mirando hacia su ventana.
Valeria soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Claro —murmuró—. Porque los acosadores misteriosos siempre tienen horario de oficina. De nueve a cinco. Y los lunes descansan.
El humor sonó forzado incluso en su propia cabeza.
Se tocó la clavícula. La marca estaba ahí, latiendo despacio. Tranquila. Como si la noche de alarma nunca hubiera ocurrido.
Respiró hondo. Otra vez. Y otra.
Luego volvió al ordenador.
Necesitaba demostrarse que todo era normal. Que los huecos tenían explicación. Que el hombre de la farola era producto de la falta de sueño y los nervios acumulados.
Abrió Google Maps.
Buscó la zona donde había vivido de niña. El barrio de las afueras, con aquellas calles anchas y casas bajas que recordaba —o creía recordar— con una nitidez que ahora le parecía sospechosa.
El mapa cargó. Las calles aparecieron con sus nombres. Siguió con el dedo el recorrido que hacía cada mañana para ir al colegio. Giró en la esquina donde estaba la tienda de chuches. Llegó a la calle.
La calle donde había vivido hasta los dieciocho años.
Tenía nombre.
Ahí estaba, en la pantalla, en letras azules sobre el fondo gris del mapa. Lo leyó una vez. Dos veces. Tres.
Calle de los Olmos.
La imagen de satélite mostraba la fachada de su antigua casa: la puerta marrón, el toldo verde que su padre nunca arreglaba del todo, el buzón metálico donde dejaban las cartas.
Algo se movió en su pecho. Un destello de familiaridad. Como si aquella imagen encajara con un recuerdo muy lejano, muy enterrado, pero todavía vivo en algún rincón de ella.
No era el recuerdo.
No podía recuperar la sensación de vivir allí.
Pero la imagen le decía: esto fue tuyo. Esto podría ser cierto.
—Lo ves —susurró—. Está ahí. Lo recuerdas cuando lo ves. El nombre, la casa, todo.
Apoyó la cabeza en las manos un momento.
Es solo que estás agotada. Dos semanas sin dormir bien. Los recuerdos se mezclan. Es normal. Pasa.
Cerró la pestaña.
Archivó la preocupación en ese cajón mental donde guardaba las cosas que no podía permitirse sentir. Lo cerró con llave. Se quedó mirando la pantalla un segundo.
Después abrió el manuscrito.
El archivo de su novela, el que llevaba meses escribiendo —o, más bien, el que se estaba escribiendo solo a través de ella—. Las páginas se habían acumulado durante la noche. No recordaba haber escrito nada, pero ahí estaban.
Tres páginas nuevas.
Empezó a leer.
Eran escenas entre los personajes de ficción. Diálogos. Miradas. Un encuentro en un portal, con la lluvia cayendo fuera y dos personas que no se atrevían a decir lo que sentían.
Nada que ver con ella.
Nada que ver con el hombre de la farola ni con los huecos de memoria.
Solo ficción.
Pero era buena.
Muy buena.
Esa forma de escribir que solo llegaba cuando él estaba cerca. Cuando el olor —ese olor suave a tormenta, a ozono, a algo antiguo— impregnaba el apartamento como un perfume que ya no se notaba, pero seguía ahí.
Lo olió.
Sí.
Estaba.
En el fondo. Constante. Familiar.
La marca pulsó una vez, lenta, como un saludo.
—Vale —dijo Valeria, y esta vez el humor sonó un poco más natural—. Ya que estás, al menos trabajamos.
Apoyó las manos en el teclado.
Y escribió.
Las palabras fluyeron durante tres horas seguidas. Sin pausa. Sin pensar. Los dedos volaban sobre las teclas y las frases se encadenaban unas con otras con esa facilidad que hacía meses no sentía.
La señora Gutiérrez, la de literatura, siempre decía que escribir era como respirar: cuando funcionaba, ni lo notabas.
Valeria sonrió al recordarlo.
Aquella mujer con gafas de pasta y voz de fumadora, la que le había prestado su primer libro de cuentos, la que le dijo: “tú tienes algo, no lo pierdas”.
El nombre apareció en su cabeza con naturalidad. Un detalle más entre los miles que llenaban su memoria.
Siguió escribiendo.
Cuando por fin se detuvo, la espalda le dolía y la luz fuera había cambiado. Ya no era mañana. El sol caía más alto, más vertical, pero todavía no era tarde.
Miró la esquina inferior de la pantalla.
Tres horas.
El manuscrito tenía doce páginas más.
Doce.
—No está mal —dijo—. Para una escritora que se está volviendo loca, no está nada mal.
El teléfono sonó.
Echó un vistazo a la pantalla.
El nombre de Leo.
Parpadeó.
No era martes.
Nunca llamaba fuera de martes. Muchos meses, y la regla había sido siempre la misma: solo mensajes para coordinar, solo llamadas si algo cambiaba.
Y nada había cambiado nunca.
Hasta ahora.
Contestó.
—¿Sí?
—Hola.
La voz de Leo sonaba diferente. Más suave. Casi preocupada.
—¿Cómo estás? Hace días que no sé de ti.
Valeria tardó un segundo en responder.
—Bien. Escribiendo. Ya sabes.
—Ah. ¿El libro?
—Avanza.
Silencio breve.
—Me alegro.
Otro silencio.
—Oye —dijo Leo—, solo quería oír tu voz. Quería asegurarme de que estás bien.
Valeria apretó el teléfono contra la oreja.
—Estoy bien, Leo. De verdad.
—Vale. Entonces… hablamos.
—Sí. Hablamos.
Colgó.
Se quedó mirando la pantalla un momento.
En su cabeza, el mecanismo de defensa se activó solo.
Llama por lo del otro martes. El “para”. La tensión. Se siente culpable y quiere asegurarse de que no pasa nada. Eso es todo.
Cerró los ojos un segundo.
Eso es todo.
Cuando los abrió, el cursor seguía parpadeando.
El olor seguía ahí.
La marca, tranquila.
Normalidad.
Actuó con normalidad el resto de la tarde.
Cerró el manuscrito. Se hizo algo de comer —unas tostadas que apenas probó—. Puso la tele un rato, una serie que no seguía, solo para escuchar voces que no fueran las de su cabeza. Miró el móvil, respondió un par de mensajes sin importancia.
Cuando la luz empezó a cambiar, cuando las sombras se alargaron y el tráfico de la calle se volvió más denso, volvió a la ventana.
La farola seguía vacía.
Se sintió tonta. Ridícula.
Había pasado la noche entera mirando a un hombre que probablemente solo esperaba el autobús. Había escrito una lista de olvidos que eran solo cansancio. Había contestado una llamada de un número desconocido que sería una broma o un error.
—Normal —susurró—. Todo normal.
Apoyó la frente en el cristal.
El vidrio estaba frío. La calle abajo seguía con su ritmo de vuelta a casa. Gente con bolsas, gente con prisa, gente que vivía vidas normales con problemas normales.
Su reflejo la miraba desde el otro lado.
Pelo revuelto. Gafas de montura fina. Ojos oscuros.
Pero, por un instante —solo un instante—, los ojos en el reflejo no fueron los suyos.
Fueron más antiguos.
Más grises.
Como los de él.
Valeria contuvo el aliento.
El reflejo parpadeó.
Ella también.
Cuando volvió a mirar, todo estaba igual. Su cara. Sus ojos. Su expresión de cansancio.
Pero el corazón le latía demasiado rápido.
La marca se aceleró un instante —un par de pulsaciones más rápidas, como un eco del sobresalto— y luego volvió a su ritmo tranquilo.
Se quedó quieta, mirando su propio reflejo un momento más.
Luego apartó la vista. Se dio la vuelta.
La habitación estaba vacía. El ordenador en reposo. La lista de olvidos minimizada, esperando en algún lugar de la pantalla. El olor de tormenta, suave, constante, como una respiración.
Todo normal.
Pero cuando se metió en la cama, cuando apagó la luz y cerró los ojos, supo que no iba a dormir bien.
Porque, en algún lugar de su cabeza, la imagen del reflejo seguía ahí.
Y la certeza, pequeña pero firme, de que alguien seguía mirando.