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El Velo Del Crepúsculo

El Velo Del Crepúsculo

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Mundo de fantasía / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Darany Jimenez

El equilibrio del mundo se fractura cuando fuerzas antiguas despiertan desde el Velo que separa las realidades.
Silvan y Amara no confían el uno en el otro, pero el destino los obliga a luchar juntos mientras los reinos los señalan como una amenaza.
Cuanto más intentan separarlos, más evidente se vuelve que su vínculo no es casualidad, sino parte de un diseño prohibido que podría salvar el mundo… o destruirlo.
Perseguidos, marcados y temidos, deberán decidir entre huir solos o permanecer juntos y enfrentar una convergencia que cambiará la realidad para siempre.
El mundo teme su poder.
Ellos temen lo que empieza a nacer entre ambos.
Y el Velo observa.

NovelToon tiene autorización de Darany Jimenez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10 Lo Que Responde Cuando Es Nombrado

El eco del último nombre no se disipó.

Se hundió.

En la tierra.

En la sangre.

En la grieta.

Lyra lo sintió como una segunda gravedad.

El bosque no respiraba.

Kaelion se arqueó hacia atrás con un grito que no fue del todo humano. El símbolo en su pecho ardió con una intensidad insoportable, proyectando sombras que no correspondían a ningún cuerpo presente.

La grieta no se expandió.

Se profundizó.

Como si algo al otro lado hubiese dado un paso más cerca.

—No… —susurró Kaelion, pero no estaba hablándoles a ellos—. No ahora.

Lyra cayó de rodillas frente a él.

—Mírame —ordenó, con la voz temblando pero firme—. Kaelion, mírame.

Sus ojos se alzaron.

Por un instante fueron claros.

Y ella vio al príncipe.

No al ancla.

No al sello.

Al joven que había sido ofrecido.

—No fui voluntario —dijo él, apenas audible—. Dijeron que era un honor.

La sombra detrás de su espalda se abrió como alas incompletas.

Demasiados ojos comenzaron a abrirse en esa masa oscura, parpadeando sin sincronía, observándolo todo.

Observándola a ella.

Lyra sintió que algo la recorría por dentro. No miedo.

Reconocimiento.

—Te usaron —susurró.

Kaelion soltó una risa rota.

—Me prometieron que sería rápido.

El símbolo ardió con más fuerza.

Y entonces la voz habló otra vez.

No desde la grieta.

Desde el espacio entre latidos.

—No fue rápido.

El suelo se agrietó bajo ellos. No hacia afuera, sino hacia adentro. Como si la tierra se estuviera vaciando.

Silvan dio un paso atrás.

—Está intentando consolidarse —dijo, comprendiendo demasiado tarde.

La sombra dejó de parecer humo.

Comenzó a parecer estructura.

No tenía forma definida, pero ya no era caos. Era intención.

Las raíces cercanas comenzaron a ennegrecerse desde dentro, volviéndose traslúcidas por un segundo, como si algo estuviera copiando su diseño.

No quería destruir el bosque.

Quería comprenderlo.

Y luego… usarlo.

Lyra sostuvo el rostro de Kaelion con ambas manos.

—Escúchame. Si tú eres el ancla, entonces tú decides cuánto de esto entra.

Él la miró con una desesperación que no era solo dolor.

Era cansancio.

—No soy un candado —susurró—. Soy una puerta abierta.

La sombra detrás de él se inclinó.

Imitando su postura.

Imitando su respiración.

Imitando su sufrimiento.

Lyra lo entendió con un frío que le recorrió la espalda:

No estaba aprendiendo del bosque.

Estaba aprendiendo de él.

Y ahora…

De ella.

—Si me matas —dijo Kaelion, temblando— se abre por completo.

—No voy a matarte.

—Si me salvas… seguirá entrando.

La grieta pulsó.

Un latido.

Dos.

Tres.

Con cada pulso, algo invisible se alineaba en el aire. Como constelaciones que no pertenecían a este cielo.

Lyra cerró los ojos por un instante.

Sintió el sello.

No como magia.

Como herida viva.

Y por primera vez, no vio a la oscuridad como enemigo.

La vio como algo incompleto.

Algo arrancado de su lugar original.

—No quiere destrucción —susurró—. Quiere forma.

La sombra se detuvo.

Los ojos parpadearon al unísono.

Kaelion la miró.

—No la humanices.

Pero era tarde.

La presencia ya estaba respondiendo a su voz.

El aire se volvió denso.

La grieta comenzó a emitir un brillo oscuro, como si absorbiera luz en lugar de emitirla.

Y entonces la voz habló de nuevo.

No en palabras.

En sensación.

Soledad.

Exilio.

Fragmentación.

Lyra casi se ahogó en esa emoción que no era suya.

Kaelion gritó otra vez, y el símbolo en su pecho comenzó a fracturarse.

Una línea.

Luego otra.

El sello estaba cediendo.

No por fuerza.

Por desgaste.

Silvan avanzó esta vez.

—Lyra, decide ahora.

Ella abrió los ojos.

Y comprendió algo que ninguno de los dos quería aceptar.

Esto no era una batalla que pudiera ganarse.

Era una negociación que debía iniciarse.

—Kaelion —susurró—. Déjala entrar… pero a través de ti.

Silvan se quedó helado.

—¿Qué estás haciendo?

—Si entra sin filtro, arrasará. Si entra con conciencia… puede estabilizarse.

Kaelion la miró como si estuviera viendo el amanecer por primera vez.

—¿Y si me consume?

Ella sostuvo su mirada.

—Entonces no estarás solo.

La sombra se inclinó más cerca.

Demasiados ojos observándolos.

Esperando.

Aprendiendo.

El sello en su pecho terminó de agrietarse.

Pero no explotó.

Se abrió.

Una línea de oscuridad líquida descendió por su piel.

La grieta dejó de expandirse.

Por primera vez desde que apareció…

Se estabilizó.

No cerrada.

No libre.

Sostenida.

Un equilibrio frágil.

Un intercambio en curso.

Lyra exhaló lentamente.

Y en la distancia, en lo alto de las torres de obsidiana, Amara abrió los ojos al mismo tiempo.

Había sentido el cambio.

No ruptura.

No guerra.

Algo peor.

Adaptación.

Se acercó al ventanal que daba al territorio élfico.

El viento nocturno agitó su cabello oscuro.

Durante siglos había esperado un error.

Una caída.

Una fractura definitiva.

Pero aquello…

Aquello era otra cosa.

—Preparad mi escolta —ordenó sin volverse.

Uno de los consejeros dudó.

—¿Cruzaréis los territorios?

Amara no respondió de inmediato.

Sus ojos se fijaron en el horizonte.

Donde el cielo parecía ligeramente más oscuro que antes.

—No aún —dijo finalmente.

Pero su voz no era tranquila.

Era inevitable.

En el bosque, la grieta permanecía abierta.

No creciendo.

No cerrándose.

Observando.

Y en el espacio entre mundos, algo había dejado de ser puro caos.

Había encontrado un punto de anclaje consciente.

No territorio.

No dominio.

Identidad.

Lyra sostuvo a Kaelion mientras él respiraba con dificultad.

—¿Qué hicimos? —murmuró él.

Ella miró la grieta.

Luego el cielo.

Luego la sombra que ahora parecía menos informe.

—Empezamos algo —respondió.

Y muy lejos, en la línea donde el reino vampírico tocaba el territorio prohibido…

Las sombras comenzaron a moverse antes de que nadie diera la orden.

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Mónica viviana Motta
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