Lolo siempre ha creído que los mitos pertenecen a los libros… hasta que regresa al valle de su infancia y descubre que el bosque esconde secretos que nadie quiere nombrar.
Entre leyendas de kitsune, advertencias silenciosas y una familia que parece saber más de lo que dice, Lolo se adentra en un mundo donde lo sobrenatural no solo existe, sino que observa, espera… y recuerda.
Cuando conoce a un ser tan hermoso como peligroso, Lolo deberá decidir si está dispuesta a confiar en alguien que no pertenece al mundo humano. Porque amar a un zorro no es solo un riesgo para el corazón, sino una amenaza para todo lo que cree conocer.
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Capitulo 3: No entres al bosque...
—No entres al bosque del templo, Loraine. Pase lo que pase, bajo ninguna circunstancia… no entres al bosque.
Aquellas palabras se habían quedado grabadas en mi mente como una marca a fuego.
El templo de mis abuelos no era un lugar cualquiera. Siempre que viajábamos a Japón, nos alojábamos en aquella estructura ancestral de madera crujiente y aroma a cedro que parecía detenida en el tiempo.
El templo estaba físicamente conectado con un bosque tan frondoso que, desde lejos, parecía una marea de hojas verdes e incalculables. Durante el día, bajo la luz del sol, el bosque se veía como un refugio de paz, un santuario de luz y sombra. Pero al caer la noche… al caer la noche, el verde se volvía negro, y el susurro del viento entre las ramas sonaba como voces que te llamaban por tu nombre.
Daba miedo con cojones
Mamá nunca me había dejado poner un pie en él. Ni un paso, ni un minuto, a ninguna hora del día.
Sus advertencias siempre habían sido constantes, casi obsesivas.
El bosque era peligroso, el bosque devoraba a los incautos, cosas terribles aguardaban entre las raíces.
De niña, nunca le di importancia, tenía todo lo que necesitaba dentro de los muros del templo, con los dulces de Nana y las historias del abuelo. Pero ahora, esa prohibición se sentía diferente.
Se sentía como un secreto a punto de estallar.
Llevaba ya cinco horas suspendida en el cielo, viendo las nubes pasar a través de la pequeña ventanilla del avión, y no podía dejar de darle vueltas a la expresión de mi madre en el aeropuerto. Jamás, en todos mis años de vida, la había visto tan seria, tan… vulnerable.
¿Qué podía haber allí fuera para que una mujer que me pegaba sartenazos sin pestañear estuviera tan aterrada?
—No pienses más en eso, Lolo —me dije, recostando la cabeza contra la almohadilla de viaje—. El abuelo te lo explicará todo cuando llegues.
Cerré los ojos, intentando que el zumbido de los motores del avión arrullara mis pensamientos. El cansancio, un peso abrazador y denso, se apoderó de mis extremidades, hundiéndome en un sueño profundo y repentino.
Y entonces, la oscuridad me recibió de nuevo.
No era una oscuridad vacía, era espesa, líquida, como si estuviera flotando en un océano de tinta donde no existía el arriba ni el abajo. El miedo empezó a trepar por mi garganta, cerrándome el paso del aire, pero entonces la vi.
Allí, a unos metros de distancia, la llama azul de aquella noche palpitaba con un ritmo hipnótico.
—Esta vez no te dejaré ir —susurré, sintiendo una conexión inexplicable con ese fuego frío. Necesitaba saber qué era, por qué me perseguía y por qué, cada vez que la miraba, sentía que una parte de mí finalmente encontraba su lugar.
Empecé a correr. Mis pies no tocaban nada sólido, pero avanzaba. Sin embargo, por más que aceleraba el paso, la llama mantenía la distancia, alejándose de mí como un fuego fatuo jugando al escondite.
Corrí por lo que parecieron minutos eternos en ese vacío negro, con el corazón martilleando en mis oídos, hasta que una chispa de luz blanca me cegó por completo.
Al cruzar ese umbral de luz, me detuve en seco. El aire se me escapó de los pulmones, pero no por el cansancio, sino por la maravilla que se extendía ante mis ojos.
Era el paraíso. No había otra palabra para describirlo.
Me encontraba en un valle escondido, rodeado de una vegetación que desafiaba cualquier libro de botánica. Flores de pétalos tornasolados brillaban con luz propia, y árboles de troncos blancos y hojas de plata se mecían sin necesidad de viento.
En el centro, un lago de aguas tan cristalinas que podía ver las piedras preciosas que brillaban en el fondo, alimentado por una cascada que caía desde una altura imposible, deshaciéndose en una bruma que olía a flores frescas y a magia pura.
Era el lugar más hermoso que había visto en mi vida, pero había algo más. Una sensación de familiaridad que me erizó la piel.
No era solo un paisaje bonito, era como si aquel lugar me hubiera estado esperando durante siglos.
Estaba tan hipnotizada por la belleza sobrenatural de aquel valle que, por un momento, me olvidé de mi guía. Sacudí la cabeza y busqué frenéticamente el destello azul entre tanta vegetación plateada. Finalmente, la ubiqué, flotaba estática frente a la cortina de agua de la cascada, como si me estuviera retando a seguirla.
—Ahí estás… No te muevas, por favor —le supliqué a la llama.
Tenía la certeza absoluta de que me entendía. No era solo un fenómeno visual, había una consciencia vibrando en ese fuego. Y, aunque sonara a locura, sentía que yo también empezaba a comprender su lenguaje silencioso.
Pero, justo cuando pensé que por fin tendríamos un momento de paz, la llama se zambulló de cabeza en la cascada, atravesando el muro de agua como si no fuera más que aire.
—Y allá va de nuevo… —Solté un suspiro cargado de frustración—. Esto no va a ser nada fácil, Lolo.
Me acerqué a la cascada, sintiendo el rocío frío en mi rostro. Busqué a tientas una entrada entre las rocas húmedas y el musgo brillante hasta que encontré una abertura oculta tras el torrente.
Al cruzar, el ruido del agua se volvió un eco lejano. En el centro de una pequeña gruta iluminada por un resplandor etéreo, la llama me esperaba. Pero esta vez no estaba sola. Flotando justo debajo de ella, descansaba una esfera blanca, pura y perfecta, que irradiaba una luz suave, similar a la de una perla gigante.
—¿Qué es esto? —pregunté, acercándome con cautela.
La llama comenzó a orbitar a mi alrededor con una velocidad frenética, creando un torbellino de luz azul que me erizó los vellos de los brazos.
Estiré los dedos, rozando casi la superficie de la esfera, cuando una voz, clara y profunda, resonó no en mis oídos, sino directamente en mi mente.
—Es tiempo de despertar, Loraine…
Me quedé helada.
La llama empezó a expandirse, deformándose y creciendo hasta que el fuego dibujó la silueta estilizada y elegante de una mujer.
Quise gritar, quise preguntar quién era, pero el mundo empezó a temblar violentamente.
—¡Señorita! ¡Señorita!
La silueta de fuego se desvaneció en una explosión de luz blanca y, de repente, la gruta desapareció.
Al abrir los ojos, la realidad me golpeó con la sutileza de un ladrillo. No había cascadas ni esferas mágicas, solo el rostro un tanto impaciente de una azafata que me observaba desde el pasillo del avión.
—Señorita, ya hemos aterrizado. Le pido que, por favor, recoja sus pertenencias y abandone el avión —dijo con una sonrisa profesional pero cansada.
Me sentía completamente fuera de lugar, como si mi alma todavía estuviera atrapada en aquella cueva.
¿En serio? ¿Otro sueño?
El corazón me latía con fuerza y podía jurar que todavía sentía el frío de la cascada en mi piel.
—Lo lamento mucho, no sé en qué momento me quedé tan profundamente dormida —balbuceé, muerta de la vergüenza.
Recuperé mi equipaje de mano con movimientos torpes y salí del avión, sintiendo el aire húmedo y pesado de Japón dándome la bienvenida.
Crucé el aeropuerto de Narita como un zombi, hice los trámites de migración en piloto automático y, en cuanto salí a la calle, intercepté el primer taxi que vi.
—Al templo Fushimi Inari—Taisha, por favor —le dije al conductor en mi japonés algo oxidado.
El taxista asintió con cortesía y puso el vehículo en marcha. Me pegué a la ventanilla, viendo cómo las luces de la ciudad y los carteles de neón empezaban a desfilar ante mis ojos, pero mi mente seguía en la gruta.
¿Qué demonios era esa esfera? ¿Y por qué ahora la llama tenía la forma de una mujer y podía hablar?
Mis pesadillas estaban evolucionando a una velocidad alarmante.
—Creo que mi cabeza va a explotar en cualquier momento —murmure
Crisis existenciales, pasen y pónganse cómodas, que esto solo acaba de empezar…
Me encanta la referencia ... o asi lo entendí 🤣🤣🤣
pero está muy interesante, es la primera vez que leo un libro de romance que tenga tanto folklore japonés 🤭