Aidan ha vuelto. Ya no es el niño asustado, sino un hombre de negocios implacable, listo para reclamar todo lo que dejó atrás. Se reencuentra con Iris, ahora una mujer poderosa, socia de la sofisticada Atelier Vértice, cuya figura irradia una elegancia que desarma.
El ya decidió irá por todo y su gordita sera de él
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CAPITULO 17.
El aire en el piso cuarenta se podía cortar con un cuchillo. Yo estaba encerrada en mi oficina, con el corazón golpeándome las costillas, hasta que un estruendo abajo me hizo saltar de la silla. No fueron las máquinas de afuera. Fue el sonido de cristal rompiéndose y gritos en el vestíbulo.
Pocos segundos después, las puertas del ascensor se abrieron con un golpe seco. Aidan entró como un animal rabioso. Tenía los nudillos sangrando, seguramente de haberse abierto paso entre la seguridad de su hermano, y la camiseta blanca pegada al cuerpo por el sudor y la lluvia que empezaba a caer afuera.
Dorian salió de su despacho, ajustándose los gemelos de oro con una calma que me dio asco. Se detuvo en medio del pasillo, bloqueando el camino hacia mi oficina.
—¿En qué m... te convertiste, Dorian? —rugió Aidan. Su voz no era humana; era un ladrido cargado de odio—. ¿Encerrar a una mujer? ¿Usar tus malditos contratos para secuestrarla en una oficina de cristal? ¡Contéstame! ¿Qué clase de hombre eres tú?
Dorian soltó una risa gélida, una que me heló la sangre. Dio un paso hacia su hermano, sin rastro de miedo.
—Soy el hombre que protege lo que es suyo, Aidan. Algo que tú, con tu cerebro de pistón y grasa, jamás vas a entender —Dorian levantó la barbilla, mirando a Aidan por encima del hombro—. Tú la arrastras al barro. Yo le doy un imperio. Tú la usas para tus carreras. Yo la quiero como la joya de esta familia.
—¡Ella no es una joya, es una mujer! —Aidan caminó hacia él, acortando la distancia hasta que sus pechos chocaron—. Y no es tuya. Nunca lo fue. ¿Crees que por tener un despacho más grande tienes derecho a quitarle la libertad? Eres un cobarde, Dorian. Un maldito cobarde que se esconde detrás de un escritorio porque no tiene los h... de ganársela de verdad.
Dorian, en un movimiento rápido que no le conocía, empujó a Aidan con fuerza. El impacto hizo que Aidan retrocediera un paso, sorprendido.
—¡Cállate! —gritó Dorian, perdiendo por fin los papeles—. ¡Tú eres el que está obsesionado! Estás enfermo con ella desde que éramos niños. La perseguías, la humillabas solo para que nadie más la mirara. ¡Eres un psicópata, Aidan! Estás obsesionado con poseerla porque sabes que ella es demasiado para alguien como tú.
Yo abrí la puerta de mi oficina y salí al pasillo. Los dos se giraron a mirarme. Aidan tenía los ojos inyectados en sangre; Dorian tenía el rostro pálido de la furia.
—¡Ya lo sé! —grité, haciendo que ambos se quedaran mudos—. ¡Ya sé que está obsesionado, Dorian! ¡Siempre lo supe! Sé que me llamaba gorda para alejar a los demás, sé que me perseguía, sé que su amor es un desastre de celos y fuego. ¡No me estás descubriendo nada nuevo!
Caminé hacia ellos, poniéndome en medio. Sentía el calor que emanaba de Aidan y el frío cortante de Dorian.
—Pero al menos él no intenta comprar mi voluntad con un papel firmado —le espeté a Dorian—. Al menos él tiene el valor de ser el desastre que es a la cara, no escondido en una oficina de lujo.
Dorian apretó los dientes y levantó el puño, cerrándolo con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Aidan se puso en guardia, listo para reventarle la cara a su propio hermano. La violencia estaba ahí, vibrando en el aire, a punto de estallar en una pelea que destruiría todo el piso.
Antes de que el primer golpe cayera, agarré la mano de Aidan. Su piel quemaba. Sus dedos se cerraron sobre los míos como un náufrago a una tabla.
—Vámonos, Aidan —le dije, tirando de él—. No vale la pena.
Me giré hacia Dorian una última vez. Él nos miraba con una mezcla de dolor, odio y una soledad absoluta. Me dio una lástima profunda, pero no de la buena, sino de la que sientes por alguien que se ha podrido por dentro.
—Dorian... eres la peor persona en la que pudiste haberte convertido —le dije, y mi voz sonó como una sentencia—. La clase de hombre que estás siendo ahora mismo es exactamente lo que más odio en este mundo. Un manipulador, un carcelero. Replanteate si esto es lo que quieres ser el resto de tu vida, porque te aseguro algo: yo no pienso convivir, ni conocer, ni tener a alguien así cerca de mí. Me das asco.
Dorian intentó decir algo, pero las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Se quedó allí parado, en medio de su imperio de cristal, viendo cómo yo arrastraba a su hermano hacia el ascensor.
Entramos en la cabina y Aidan golpeó la pared de metal con el puño, soltando un grito de rabia contenida. El ascensor empezó a bajar y yo no solté su mano ni un segundo. Sentía sus espasmos, su respiración agitada, su furia que empezaba a transformarse en algo más oscuro.
—¿Estás bien? —le pregunté cuando llegamos al vestíbulo, pasando por encima de los escombros y el acero que todavía bloqueaba la entrada.
Aidan se detuvo y me miró. Tenía una herida en el labio que empezaba a hincharse. Me tomó del rostro con ambas manos, manchándome la mejilla con un poco de la sangre de sus nudillos.
—Te dije que no dejaría que te encerrara —susurró, con una voz rota—. Me importa una mierda si soy un obsesionado, Iris. Si tengo que quemar esta ciudad para que nadie te ponga un dedo encima, lo voy a hacer.
Me subió a su Mustang negro, quemando llanta sobre el mármol de la entrada, dejando atrás el edificio de los Lennox y la sombra de Dorian. No sabía a dónde íbamos, pero mientras el motor rugía y la ciudad se volvía un borrón de luces, supe que la guerra entre hermanos acababa de declarar sus bajas.
Dorian se había quedado con la empresa, pero Aidan se llevaba a la mujer. Y en el mundo de los Lennox, eso era mucho más que una derrota; era el inicio del fin.