En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 23: BAJO LA LUNA LLENA
La luna estaba en su punto más alto cuando Alessandra salió al jardín. Era la primera luna llena después de que la maldición se rompió, y algo en el aire era diferente. Más liviano. Más brillante. Como si hasta las estrellas supieran que algo había cambiado.
Las sombras la seguían, moviéndose suaves sobre la tierra húmeda. El collar brillaba contra su piel, y el roble se alzaba en la orilla como un guardián que finalmente podía descansar.
Aeron la esperaba junto al lago. Pero no estaba solo.
Toda la manada estaba ahí.
Alessandra se detuvo en el borde del jardín, sorprendida. Nunca había visto a tantos lobos juntos. Algunos en forma humana, otros en su forma de lobo, todos con los ojos brillando bajo la luz de la luna.
—¿Qué pasa? —preguntó, buscando a Aeron con la mirada.
Él se acercó con pasos lentos. En sus ojos dorados había algo que no había visto antes. No era alerta. No era tensión. Era algo más suave. Algo que se parecía a la emoción.
—Es tradición —dijo—. La primera luna llena después de que un Alfa encuentra a su Luna, la manada se reúne para celebrar.
—¿Celebrar?
—Para honrar a la diosa Selene. Para pedirle que bendiga la unión. Para que todos sepan que ya no estás sola.
Alessandra sintió que el corazón le latía más rápido.
—¿Yo soy la Luna?
—Sí. Desde que el sello se rompió. Desde que elegiste quedarte. Desde que me besaste bajo el roble.
Las sombras a su alrededor se agitaron, no de miedo, sino de emoción. El collar brillaba con una luz que no había visto antes.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.
—Nada. Solo estar aquí. Conmigo.
Aeron le tendió la mano. Alessandra la tomó sin dudar.
Caminaron juntos hacia la orilla del lago. Los lobos se apartaron a su paso, inclinando la cabeza en señal de respeto. Alessandra sintió sus miradas sobre ella, pero ya no le daban miedo. Era el respeto de una manada que la aceptaba. El reconocimiento de una familia que la recibía.
Sebastián estaba allí, con Clarissa a su lado. Nicolás, con los brazos cruzados y una sonrisa que no disimulaba. Fiorella, con los ojos brillando y las manos apretadas. Y detrás de ellos, decenas de lobos que Alessandra no conocía, pero que la miraban como si fuera una de los suyos.
Aeron se detuvo frente al lago. La luna se reflejaba en el agua, temblando apenas cuando el viento movía la superficie.
—Selene —dijo Aeron, alzando la voz—, diosa de la luna, creadora de nuestra línea. Hoy te pedimos que bendigas esta unión. Que protejas a nuestra Luna. Que le des fuerza para guiar a esta manada junto a su Alfa.
El silencio se hizo denso. Alessandra sintió que algo en el aire cambiaba. No era magia. No era un hechizo. Era algo más antiguo. Algo que venía de la tierra, del agua, de la luna que brillaba sobre ellos.
Y entonces, el lago comenzó a brillar.
No era una luz cualquiera. Era una luz plateada, como la luna, que se extendía desde el centro del agua hasta la orilla. Tocó los pies de Alessandra, subió por sus piernas, envolvió su cuerpo.
Ella cerró los ojos. Sintió el calor de la luz en su piel, en su sangre, en ese lugar vacío que ahora estaba lleno. Las sombras a su alrededor danzaban suaves, como si también estuvieran siendo bendecidas.
Cuando abrió los ojos, la luz se había ido. Pero algo había quedado. Algo en su pecho que no estaba antes.
Aeron la miró. En sus ojos dorados había algo que no había visto nunca. No era la intensidad de siempre. Era algo más. Algo que se parecía a la paz.
—Selene te ha bendecido —dijo—. Eres nuestra Luna. Mi Luna. Para siempre.
Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora vivimos. Como siempre debimos hacerlo.
Los lobos comenzaron a aullar. No era un sonido triste. Era un sonido de celebración, de alegría, de algo que había estado esperando mucho tiempo. Alessandra sintió que el viento llevaba sus voces al cielo, a la luna, a la diosa que los observaba desde arriba.
Fiorella se acercó con los ojos brillando.
—Esto es lo más loco que he visto en mi vida —dijo—. Y he visto muchas cosas locas.
—¿Te gusta?
—Me encanta. Aunque no entienda nada.
Clarissa la abrazó por detrás.
—Bienvenida a la familia, hermana. La nueva familia.
Alessandra sonrió. Era una sonrisa grande, libre, que no había tenido que ensayar.
—Gracias —dijo—. Por traerme aquí. Por no dejarme ir.
—Nunca te hubiéramos dejado ir —respondió Clarissa.
—Lo sé. Por eso me quedé.
Más tarde, cuando los lobos se fueron dispersando y la luna comenzaba a descender, Alessandra se quedó sola en la orilla con Aeron. Las sombras descansaban a sus pies, y el lago estaba quieto, brillando bajo la luz plateada.
—¿Cómo te sientes? —preguntó él.
—Como si hubiera llegado a un lugar que no sabía que estaba buscando.
—¿Y qué lugar es ese?
—Mi hogar.
Aeron la abrazó. No dijo nada. No hacía falta.
—¿Te vas a quedar? —preguntó ella, con la voz ahogada contra su pecho.
—Siempre.
—Siempre es mucho tiempo.
—Lo sé. Por eso me quedo.
Alessandra levantó la cabeza. Lo miró a los ojos. En ellos vio al lobo que la había esperado doscientos años. Al hombre que la había encontrado cuando no sabía quién era. Al compañero que la había elegido sin condiciones.
—Te quiero —dijo, y las palabras salieron sin esfuerzo, como si hubieran estado esperando este momento toda la vida.
Aeron cerró los ojos. Cuando los abrió, había algo en ellos que Alessandra no había visto nunca. Lágrimas.
—Doscientos años —dijo, con la voz ronca—. Doscientos años esperando escuchar esas palabras.
—¿Y valió la pena?
—Cada segundo.
La besó. No fue un beso de despedida. No fue un beso de promesa. Fue un beso de llegada. De encontrar, al fin, lo que siempre se había buscado.
Las sombras a su alrededor danzaban suaves, y el lago brillaba bajo la luna, y el roble susurraba algo que solo el viento podía entender.
Alessandra Montenegro Valerius, la mujer que había nacido vacía, la que aprendió a sentir a los veintiséis años, la que rompió una maldición milenaria con un beso y una lágrima, estaba en casa.
Y esta vez, pensó mientras la noche avanzaba y el cuerpo de Aeron la sostenía como un ancla, no iba a irse nunca más.