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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 11

Narrador: Mateo Ubicación: Garaje de Clara / Mansión de la familia García (Urbanización Los Prados)

El garaje de Clara olía a aceite de motor, pizza fría y desesperación. Tres monitores brillaban en la oscuridad, iluminando nuestras caras con un resplandor azul fantasmal.

—Es una locura, Mateo —dijo Clara, tecleando furiosamente mientras masticaba un trozo de corteza de pizza—. Una locura de las grandes. De las que acaban contigo en una celda de verdad, no en el despacho del director.

—Es una fiesta, Clara. No voy a asaltar el Banco Central —respondí, paseándome de un lado a otro del pequeño espacio, esquivando cajas de herramientas—. Es una fiesta de celebración. Bruno está celebrando que nos ha jodido la vida. Estará borracho, estará eufórico y, lo más importante, estará bocazas.

—Tiene seguridad privada —intervino Leo desde el rincón, sentado sobre un neumático viejo. Tenía las rodillas pegadas al pecho y parecía más pequeño que nunca—. He oído a Javi hablar de eso. Su padre ha contratado a dos gorilas para la puerta.

—Por la puerta no voy a entrar —me detuve frente al mapa que Clara había desplegado en la pantalla: una vista satelital de la casa de Bruno—. Mira eso. La casa de los García en Los Prados. Muros altos, sí, pero mira aquí, en la parte trasera.

Señalé un punto en la pantalla.

—¿El jardín del vecino? —preguntó Clara, ajustándose las gafas.

—Exacto. Hay un árbol enorme, un flamboyán, cuyas ramas cruzan el muro hacia la propiedad de Bruno. Si entro por ahí, caigo directamente detrás de la zona de la piscina, cerca de la caseta de las bombas. Estará oscuro.

—¿Y luego qué? —preguntó Leo, su voz temblando ligeramente—. ¿Te mezclas con la gente? Todo el mundo sabe quién eres, Mateo. Eres el "narco" del colegio. En cuanto te vean, te linchan.

—Ese es el truco —sonreí, aunque no sentía ninguna alegría—. Nadie espera que el apestado aparezca en la fiesta. Y además, es una fiesta de disfraces.

—¿Disfraces? —Clara dejó de teclear y me miró—. ¿Cómo sabes eso?

—Lo vi en las historias de Instagram de Vanessa antes de que me bloqueara. La temática es "Noche de Estrellas". Máscaras, brillos, tonterías. Si me pongo una máscara, soy uno más hasta que sea demasiado tarde.

—¿Y qué esperas conseguir? —insistió Leo—. ¿Vas a pegarle? Porque si le pegas, nos dan la razón con lo de la violencia.

—No voy a tocarle un pelo —saqué mi teléfono del bolsillo—. Voy a grabarle. Voy a hacer que confiese. Bruno es vanidoso. Si le toco el ego, cantará. Necesito que admita que la droga era falsa y que él montó todo esto.

—Es arriesgado —dijo Clara, negando con la cabeza—. Si te pillan, te romperán las piernas. Y Javi estará allí.

—Tengo que hacerlo, Clara. Por Leo. —Miré a Leo a los ojos. Él me sostuvo la mirada, y vi en él esa mezcla de terror y adoración que me hacía querer quemar el mundo entero—. No voy a dejar que te expulsen por mi culpa.

Leo se levantó despacio. Se acercó a mí y me puso una mano en el pecho.

—Voy contigo.

—Ni de coña —dije rápido—. Tú te quedas aquí. O mejor, en el coche con Clara a dos calles de distancia. Necesito a alguien listo para la huida.

—No me voy a quedar en el coche mientras tú te metes en la boca del lobo —dijo Leo con una firmeza sorprendente—. Iré contigo hasta el muro. Si las cosas se ponen feas, necesitas a alguien fuera que pueda hacer ruido. Que pueda distraerles.

—Leo...

—Es mi vida también, Mateo. —Me apretó la camiseta—. No me trates como a una víctima que hay que salvar. Trátame como a tu socio.

Suspiré, derrotado por su lógica y por sus ojos.

—Vale. Pero te quedas fuera del muro. Prometido.

—Prometido —mintió él. Lo supe en el momento en que lo dijo, pero no teníamos tiempo para discutir.

—Bien —Clara se levantó y fue hacia un baúl lleno de ropa—. Si vais a ir, tenéis que parecer parte del decorado. Tengo algunas cosas del grupo de teatro. Máscaras venecianas. Un poco cursi para mi gusto, pero servirán.

Una hora después, estábamos agazapados en los arbustos del jardín vecino a la mansión de los García. La música retumbaba en el aire nocturno: reggaetón pesado que hacía vibrar las hojas del flamboyán.

—Esto es propiedad privada —susurró Leo a mi lado. Llevaba una sudadera negra con la capucha puesta.

—Todo el barrio es propiedad privada —respondí, ajustándome la máscara plateada que me cubría la mitad superior de la cara—. ¿Ves el árbol?

—Lo veo. ¿Seguro que puedes subir? Tienes las costillas mal.

—La adrenalina es el mejor analgésico del mundo. —Me giré hacia él. En la oscuridad, solo veía el brillo de sus ojos—. Escucha, Leo. Si oyes gritos, si ves que tardo más de veinte minutos... corre al coche de Clara y largaos. No me esperéis.

—No voy a dejarte.

—Hazlo. Si me pillan, no quiero que te pillen a ti también. Prométeme que correrás.

Leo dudó, pero asintió finalmente.

—Ten cuidado, Mateo. Por favor.

Le di un beso rápido en la frente, un contacto fugaz que me sirvió de amuleto, y corrí hacia el árbol.

Trepar fue un infierno. Cada vez que me impulsaba, mi costado gritaba de dolor, recordándome la paliza del baño. Pero apreté los dientes y subí. La rama gorda que cruzaba el muro estaba ahí, tal como había prometido el mapa de Clara.

Me deslicé por ella como un gato torpe. Abajo, al otro lado del muro, el jardín de Bruno era un espectáculo de luces estroboscópicas y opulencia. Había una piscina iluminada de azul, barras de bar portátiles, camareros de uniforme y cientos de chicos y chicas bailando, bebiendo y riendo. Todos llevaban máscaras o antifaces con purpurina. Era perfecto.

Me dejé caer sobre el césped blando detrás de la caseta de la depuradora. Nadie me vio. La música estaba tan alta que amortiguó el sonido de mi caída.

Me incorporé, sacudiéndome la hierba de los pantalones negros que Clara me había prestado. Me puse bien la máscara y salí a la luz.

El primer paso fue el más difícil. Sentía que llevaba un cartel de neón que decía "INTRUSO". Pero nadie me miró dos veces. Un chico con un antifaz de plumas me pasó una botella de cerveza.

—¡Fondo, fondo! —gritó, totalmente borracho.

Bebí un trago para no parecer sospechoso y seguí caminando. Me mezclé entre la multitud. Olía a perfume caro, a marihuana y a barbacoa.

Busqué a Bruno. No estaba en la pista de baile. Tampoco en la barra.

Me acerqué a un grupo de chicas que estaban haciéndose selfies cerca de la fuente de chocolate. Reconocí a una de ellas: Vanessa. Llevaba un vestido dorado y un antifaz a juego.

—¿Habéis visto al anfitrión? —pregunté, intentando disimular mi acento, haciéndolo más neutro.

Vanessa me miró, masticando chicle con la boca abierta.

—Creo que estaba dentro, en la sala de juegos. Enseñándole su nuevo trofeo de caza a los del equipo —dijo ella, riéndose—. ¿Y tú quién eres? Me suena tu voz.

—Soy... primo de Javi —improvisé—. Vengo de visita.

—Ah. Pues dile a tu primo que es un imbécil. —Se giró para seguir con sus fotos.

Me alejé rápido antes de que atara cabos. La sala de juegos. Por supuesto.

Entré en la casa a través de las puertas correderas de cristal. El aire acondicionado estaba a tope, un contraste brutal con el calor húmedo de fuera. La casa era obscenamente grande. Mármol por todas partes, cuadros abstractos gigantes, lámparas que costaban más que la casa entera de Leo.

Seguí el ruido de voces masculinas y risotadas. Venían de una habitación al final del pasillo.

Me pegué a la pared. La puerta estaba entreabierta. Me asomé con cuidado.

Allí estaba. Bruno.

Estaba sentado en un sofá de cuero blanco, con un vaso de whisky en la mano (probablemente robado del mueble bar de su padre) y rodeado de Javi y otros tres chicos del equipo de fútbol. Bruno no llevaba máscara. Su cara, con el pequeño apósito en la nariz, brillaba de sudor y satisfacción.

—...y entonces el director se puso blanco —estaba contando Bruno, gesticulando con el vaso—. Deberíais haber visto la cara del españolito. "¡Es talco, es talco!". Patético.

Los otros se rieron como hienas.

—Eres un genio, Bruno —dijo Javi, abriendo otra lata de cerveza—. Pero, ¿y si analizan el polvo?

—Que lo analicen —Bruno se encogió de hombros con arrogancia—. Para cuando salgan los resultados del laboratorio, Candelario ya estará expulsado oficialmente y el españolito habrá sido enviado de vuelta a Europa o a un internado. El daño ya está hecho. La reputación es como una mancha de vino en una camisa blanca: nunca sale del todo.

Saqué mi teléfono con manos temblorosas. Abrí la grabadora de voz. Necesitaba más. Necesitaba que fuera explícito.

Empujé la puerta y entré.

El silencio cayó sobre la habitación como un hacha. Cinco pares de ojos se clavaron en mí.

—Bonita fiesta, Bruno —dije, quitándome la máscara y tirándola sobre la mesa de billar—. Aunque le falta un poco de clase.

Bruno se quedó paralizado un segundo, procesando lo que veía. Luego, una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por su cara.

—Vaya, vaya. El fantasma de las navidades pasadas. —Se levantó despacio, dejando el vaso en la mesa—. ¿Qué haces aquí, Mateo? ¿Has venido a suplicar? ¿O a traerme más droga?

Javi y los otros se levantaron también, cerrando filas alrededor de Bruno. Eran cinco contra uno. Las matemáticas no estaban a mi favor.

—He venido a felicitarte —dije, manteniendo el teléfono escondido en el bolsillo trasero, grabando—. Ha sido una jugada maestra. Lo del talco. Lo de las fotos. Tengo que admitir que te subestimé. Pensé que solo eras un matón sin cerebro, pero resulta que eres un sociópata con iniciativa.

Bruno soltó una carcajada. Se sentía seguro. Estaba en su casa, con sus gorilas.

—Gracias —dijo, acercándose a mí—. Me alegra que reconozcas el talento. Fue fácil, la verdad. La gente cree lo que quiere creer. Y todos querían creer que el chico nuevo y el maricón del barrio bajo eran escoria. Solo les di la excusa que necesitaban.

—¿Y tu padre? —provoqué—. ¿Él sabe que su hijo es un mentiroso que planta pruebas falsas?

—Mi padre sabe lo que le conviene saber. Él quería que desaparecierais. Yo lo he hecho posible. El método es irrelevante. —Bruno se detuvo a medio metro de mí. Olía a alcohol caro y a maldad—. ¿Sabes lo mejor, Mateo? Que incluso si grabaras esto... —me miró directamente a los ojos, y mi sangre se heló—... nadie te creería. Porque tú eres el chico malo. Yo soy el capitán del equipo.

—Quizás —dije, dando un paso atrás hacia la puerta—. O quizás hay gente que está harta de ti.

—Cógelo —ordenó Bruno a Javi, sin dejar de mirarme—. Y registradlo. Seguro que lleva un micro o el móvil grabando. No es tan estúpido como para venir desarmado.

Javi se lanzó hacia mí.

No peleé. No tenía sentido. Me giré y salí corriendo por el pasillo.

—¡A por él! ¡Que no salga de la casa! —gritó Bruno detrás de mí.

Corrí. Mis zapatillas resbalaban sobre el mármol pulido. Escuché los pasos pesados de Javi y los otros persiguiéndome.

Llegué al salón principal. La fiesta seguía en su apogeo.

—¡Perdón! ¡Atrás! —grité, empujando a una pareja que bailaba.

Me lancé hacia las puertas de cristal. Choqué contra un camarero, tirando una bandeja llena de copas de champán. El estruendo de los cristales rotos paró la música un segundo.

—¡Detenedle! —gritó Javi desde el pasillo—. ¡Es un ladrón!

La gente se giró. Vi miradas de confusión, luego de reconocimiento. "Es Mateo". "El de las drogas".

Dos chicos del equipo de rugby me bloquearon el paso hacia el jardín. Estaba atrapado. Detrás de mí venía Javi. Delante, el muro de carne de los jugadores.

—Se acabó, Mateo —dijo Bruno, apareciendo entre la multitud, jadeando—. Dadle una lección. Aquí mismo. Que aprendan lo que pasa cuando se meten en mi casa.

Los del rugby avanzaron.

De repente, una explosión de luz y sonido sacudió el jardín.

¡PUM! ¡FSSSSHHH!

Un cohete de fuegos artificiales salió disparado no hacia el cielo, sino horizontalmente, desde lo alto del muro trasero, impactando directamente contra la caseta de la piscina.

—¡Fuego! —gritó alguien.

Otro cohete silbó sobre las cabezas de la gente, explotando en una lluvia de chispas verdes sobre la mesa del DJ.

El pánico fue instantáneo. La multitud empezó a gritar y correr en todas direcciones. Empujones, vasos volando, gente tirándose a la piscina para evitar las chispas.

—¡¿Qué cojones?! —gritó Bruno, cubriéndose la cabeza.

Miré hacia el muro. Allí, subido en la rama del flamboyán, iluminado por los destellos de la pirotecnia, estaba Leo. Tenía una bengala roja en la mano y una mochila abierta de la que sacaba más cohetes.

—¡Aquí, Mateo! —gritó Leo con toda la fuerza de sus pulmones—. ¡Corre!

Aproveché la confusión. Di un rodillazo en la ingle al jugador de rugby que me bloqueaba el paso y me abrí camino entre la masa histérica de gente. Javi intentó agarrarme de la camiseta, pero me zafé, dejando que la tela se rasgara.

Corrí hacia el muro. El caos era total. El humo de los fuegos artificiales llenaba el jardín.

Llegué al árbol. Leo me tendió la mano desde la rama.

—¡Sube! ¡Rápido!

Me agarré a su mano. Tiró de mí con una fuerza que no sabía que tenía. Me impulsé, raspándome las rodillas contra la corteza, y logré subir a la rama.

Miramos abajo un segundo. Bruno estaba en medio del jardín, gritando órdenes que nadie escuchaba, mientras los aspersores automáticos se encendían, empapando a los invitados y arruinando su fiesta perfecta.

—¡Vámonos! —dijo Leo.

Saltamos al jardín del vecino. Corrimos. Corrimos como nunca habíamos corrido. Saltamos setos, cruzamos calles oscuras, esquivamos coches.

Llegamos a la esquina donde estaba el coche de Clara. Ella tenía el motor en marcha.

—¡Entrad! ¡Entrad ya! —gritó ella.

Nos tiramos en el asiento trasero. Clara pisó el acelerador y salimos quemando rueda, alejándonos de Los Prados.

Nos quedamos en silencio, jadeando, sudando, temblando.

Leo se echó a reír. Fue una risa nerviosa, aguda, casi maníaca.

—¿Has visto su cara? —decía entre risas—. ¿Has visto cómo corría la chica del chicle?

Yo me dejé caer contra el respaldo, cerrando los ojos. Mi corazón iba a mil por hora. Me dolía todo el cuerpo.

—Estás loco, Leo —dije, abriendo los ojos y mirándole. Tenía la cara manchada de hollín y los ojos brillantes—. Podrías haber quemado la casa.

—Eran fuegos artificiales baratos —dijo él, encogiéndose de hombros, aunque le temblaban las manos—. Se los compré al chino de la esquina. Solo hacían ruido y luz.

—Me has salvado el culo.

—Te dije que era tu socio.

Clara nos miró por el retrovisor.

—Muy bonito, par de delincuentes. Pero decidme que ha valido la pena. ¿Lo tienes?

Saqué el teléfono del bolsillo. La pantalla estaba rajada por el golpe contra la mesa de billar, pero seguía encendido. Detuve la grabación.

—Silencio —pedí.

Le di al play.

Se escuchó el ruido de fondo, la música amortiguada, y luego, claro y nítido:

...todos querían creer que el chico nuevo y el maricón del barrio bajo eran escoria. Solo les di la excusa que necesitaban... Mi padre sabe lo que le conviene saber. Yo lo he hecho posible...

La voz de Bruno llenó el coche. Una confesión perfecta. Arrogante. Irrefutable.

Clara dio un golpe al volante.

—¡Toma ya! —gritó—. ¡Lo tenemos! ¡Tenemos al bastardo!

Leo me miró. Ya no se reía. Sus ojos se llenaron de lágrimas de alivio. Se lanzó sobre mí y me abrazó. Me abrazó tan fuerte que pensé que me rompería las costillas que me quedaban sanas.

—Lo tenemos, Leo —le susurré al oído, enterrando la cara en su pelo que olía a pólvora y sudor—. Mañana, el rey cae.

—Mañana —repitió él—. Pero esta noche... esta noche hemos ganado nosotros.

El coche siguió avanzando por las calles de la ciudad, llevándonos lejos del mundo de los ricos, de vuelta a nuestro refugio. Teníamos la prueba. Teníamos la verdad. Y por primera vez, sentí que la guerra no solo se podía pelear, sino que se podía ganar.

Bruno había encendido la mecha, pero no sabía que nosotros éramos la bomba.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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