Reencarné como un omega destinado a morir de hambre en una torre.
Para sobrevivir, huí de la historia que me condenaba.
Pero el niño que una vez me salvó… ahora es el emperador tirano destinado a morir por mi culpa.
¿Puedo cambiar nuestro destino?
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Capítulo 21:El rostro de la maldad
El amanecer no iluminaba el bosque. La luz parecía temer acercarse, como si supiera lo que estaba a punto de suceder.
Aelion avanzaba junto a Kael, con el colgante latiendo en su pecho. Cada paso lo hacía sentir más consciente de su propio poder, y del mundo que no estaba listo para recibirlo.
—Kael… —dijo con un hilo de voz—. Siento que… algo se aproxima. Muy peligroso.
Kael se inclinó hacia él, su mano rozando la de Aelion por un instante que duró demasiado. El contacto encendió un temblor en el omega que no supo controlar.
—Lo sé —respondió Kael—. Y no es solo peligro. Es él.
El nombre que Kael no pronunció pero que Aelion entendió llenó el aire de un frío que les calaba los huesos: Vhalderion Morthaine, el duque.
Muy lejos, en su torre, Vhalderion disfrutaba de un espectáculo que pocos podían imaginar: su propio subordinado temblando mientras él lo observaba decapitar con fría precisión.
—Un error puede costarte todo —dijo con voz suave, como un caramelo envenenado—. Y los que me fallan… —su sonrisa se volvió afilada, cruel—. Pagan un precio que nunca olvidan.
Los soldados se estremecieron, conscientes de que no era solo un castigo. Era un mensaje.
Un mensaje para todos los que se atrevan a desafiarlo.
—El omega… —murmuró—. No sabes cuánto deseo verlo sufrir. No solo por ser quien es, sino por todo lo que despertó… —sus dedos acariciaron un mapa donde su mirada se detuvo sobre una marca, una señal del colgante—. Ese brillo… me dice que pronto lo tendré frente a mí. Y entonces… se romperá.
En el bosque, Aelion se sentó en una roca, su respiración agitada, el colgante caliente contra su pecho. Kael se inclinó sobre él, observándolo con preocupación y algo más profundo, más íntimo.
—Aelion… —susurró Kael—. Nunca dejes que el miedo te devore. Nunca.
El omega levantó la vista, los ojos brillando con lágrimas contenidas.
—Kael… ¿y si no puedo? —dijo con voz quebrada—. ¿Y si me siento débil otra vez?
Kael se arrodilló frente a él, sosteniendo su rostro con ambas manos. Cada movimiento parecía pesado, pero lleno de cuidado.
—Entonces me tendrás a mí —dijo con firmeza—. Te sostendré, aunque todo el mundo intente destruirte. Aunque incluso yo tenga miedo…
Aelion sintió que el corazón se le aceleraba. No era solo miedo. Era deseo, necesidad, gratitud y amor mezclados en un solo latido.
—Kael… yo… —susurró, temblando—. No quiero perderte… nunca.
—Nunca lo harás —respondió Kael, acercándose lo suficiente para que Aelion sintiera su aliento—. Mientras yo respire, nadie te lastimará.
El colgante brilló con fuerza, iluminando sus rostros y creando una burbuja de luz que los separaba del mundo. Por un instante, todo lo demás desapareció: miedo, peligro, pasado… solo estaban ellos dos.
Lejos de allí, el duque Vhalderion observaba desde su torre, con la sonrisa más cruel y la mirada más fría que cualquiera pudiera imaginar.
—El omega empieza a despertar… —murmuró—. Y Kael… siempre tan protector. Tan débil por él. Eso… me encanta.
Se levantó, sus pasos resonando en el suelo de mármol.
—Prepararé un recibimiento especial —susurró—. No quiero romperlo aún… quiero que sienta el miedo, que entienda quién lo controla realmente.
Su mirada se posó en un mapa del bosque y del poblado. Un plan se formaba, letal y elegante.
—Que el juego comience —dijo con voz baja, cruel y perfecta—. Y cuando finalmente lo tenga, ni siquiera Kael podrá salvarlo.
Aelion sostuvo el colgante con fuerza, sintiendo la presencia de algo que lo llamaba.
Su corazón latía con fuerza.
Su respiración temblaba.
Kael se inclinó cerca de él, rozando apenas sus labios contra su oído.
—No importa lo que venga —susurró—. Estaré a tu lado.
Aelion cerró los ojos, sintiendo miedo… y deseo.
Y por primera vez, entendió que su vida no sería solo lucha. Sería amor, peligro, pasión… y un juego mortal que apenas comenzaba.
El sol se levantaba, y el mundo entero parecía esperar su próximo movimiento.
Mientras tanto, en la distancia, Vhalderion sonreía, dispuesto a convertir el miedo en un arma.