Renace en la novela que estaba leyendo y en el personaje que más odiaba.. Pero, dispuesta a cambiar su destino.
* Historia parte de un universo mágico.
** Todas novelas independientes.
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Risa
Cuando los primeros rayos de sol ya se filtraban por la cortina, la habitación seguía envuelta en ese silencio suave que solo existe cuando un bebé duerme. Florence y Greofrey estaban junto a la cunita, hablando en voz baja, inclinados hacia Alban con una mezcla de ternura y desconcierto.. porque habían escuchado y olian claramente lo que había pasado dentro de su pañal..
—¿Crees que… deberíamos cambiarlo? —preguntó Greofrey, mirando el pequeño bulto envuelto con esmero.
Florence frunció ligeramente el ceño, observando al niño con una seriedad casi solemne.
—Yo creo.. ¿Y si lo despertamos? —susurró, como si el solo hecho de pronunciar la palabra “despertar” pudiera provocar una catástrofe.
Se miraron un segundo, como dos conspiradores atrapados en una misión delicadísima. Entonces Greofrey añadió, con una sinceridad casi cómica..
—La verdad… no tengo idea de cómo se hace.
Florence ladeó la cabeza, admitiendo con una sonrisa resignada:
—Yo tampoco.
Fue en ese preciso instante cuando la puerta se abrió suavemente. Ginger entró acompañada de James, con el cabello aún ligeramente desordenado y una expresión de descanso recién estrenado. Ambos se detuvieron un segundo al ver a Florence y Greofrey inclinados sobre la cuna, hablando muy seriamente de algo que evidentemente no sabían hacer.
Al notar su presencia, Florence y Greofrey se incorporaron casi al mismo tiempo, como si hubieran sido sorprendidos en medio de un travieso secreto. Ginger no pudo evitar reír en silencio ante la escena.
—Buenos días —dijo con voz suave—. ¿Cómo estuvo la noche?
Florence respondió primero, con una sonrisa luminosa que ni siquiera intentó ocultar.
—Tranquila. Muy… tranquila.
Greofrey asintió, pero enseguida señaló al bebé con aire solemne.
—Estábamos debatiendo —explicó, con un tono mitad serio, mitad divertido— si debíamos o no cambiarlo.
Ginger levantó una ceja, conteniendo otra risa.
—¿Y qué conclusión sacaron?
—Que lo mejor… —dijo Florence, conteniendo la risa— es entregarlo a su madre.
Y casi coordinados, con una sincronía que no habían planeado, ambos le pasaron a Alban a Ginger con extremo cuidado, como si le devolvieran una joya sagrada. Apenas el niño estuvo seguro en los brazos de su madre, los dos dieron un pequeño paso atrás.
James los observaba divertido, cruzando los brazos mientras Ginger revisaba al bebé con la naturalidad de quien ya había aprendido el arte.
Y entonces ocurrió.. Greofrey y Florence se miraron… y empezaron a reír. No una risa estruendosa, sino suave, ligera, contagiosa. La risa de quienes han pasado una noche en paz y sienten que el mundo pesa un poco menos.
—Creo que ya hicimos suficiente por hoy —bromeó Greofrey.
—Definitivamente —respondió Florence, todavía sonriendo.
Ginger los miró con esa ternura cómplice que solo tienen quienes entienden más de lo que dicen.
Y sin agregar nada más, Florence y Greofrey se retiraron juntos de la habitación… aún riendo bajito, como dos amigos que comparten un secreto que nadie más sabe.
Cuando Florence salió de la habitación del bebé, aún con esa sonrisa ligera que le quedaba de la noche en vela, se encontró con Molly esperándola en el pasillo. La joven doncella estaba derecha, atenta, con las manos entrelazadas delante del delantal, pero sus ojos brillaban de curiosidad apenas contenida.
—Mi lady —dijo en voz baja—, pensé que podría acompañarla a su habitación.
Florence asintió agradecida. No se sentía agotada, pero sí envuelta en una calma extraña, agradable. Caminaron juntas por los amplios corredores de la mansión Evenhart, mientras los primeros movimientos del servicio comenzaban a escucharse a lo lejos.
Greofrey se había quedado unos pasos atrás, pero pronto los alcanzó para despedirse. No había tensión, ni torpeza; solo esa naturalidad nueva que se había asentado entre ellos durante la noche.
—Creo que deberíamos dormir al menos unas horas —dijo él con una media sonrisa, pasando una mano por su nuca—. O nos acusarán de ser una mala influencia para el pequeño.
Florence asintió con una suavidad que ni ella misma se esperaba.
—Sí, descansemos. Nos vemos en el almuerzo —respondió como si fuera lo más obvio del mundo, como si eso llevara años sucediendo.
Greofrey se iluminó un poco más con esas palabras. No fue un gesto exagerado ni arrebatado, sino una felicidad tranquila, serena.
—En el almuerzo, entonces —confirmó, inclinando levemente la cabeza antes de retirarse.
Se separaron sin promesas dramáticas, sin miradas cargadas, sin silencios tensos. Solo paz. Solo fluidez. Una cercanía que simplemente… era.
Molly lo observó todo en silencio.
Cuando entraron finalmente a la habitación de Florence, la doncella cerró la puerta con cuidado. Su señora caminó hacia la cama, se soltó el cabello con un gesto mecánico, sin perder esa expresión descansada que no tenía nada que ver con las horas que había permanecido despierta.
Fue entonces cuando Molly se dio cuenta.
No había secretos. No había coqueteos forzados. No había máscaras.
Todo se había dado con una naturalidad que desarmaba cualquier sospecha.
Y eso, precisamente eso, fue lo que la sorprendió más.
Florence, que en el ducado era acero y distancia, aquí conversaba, reía, confiaba… sin esfuerzo. Como si hubiera dejado la armadura colgada junto a su abrigo de viaje.
—Descanse un poco, mi lady —dijo Molly finalmente, con voz suave.
—Sí, lo haré —respondió Florence, acomodándose entre las sábanas.
Cerró los ojos.
Y mientras Molly se retiraba en silencio, pensó con asombro que, por primera vez en mucho tiempo, su señora no parecía estar soportando el mundo… sino simplemente viviéndolo.
Un par de horas después, cuando el sol ya estaba alto y los jardines de la mansión Evenhart se teñían de un verde luminoso, Florence abrió los ojos sintiéndose inusualmente ligera. Se permitió unos minutos más, escuchando el silencio cómodo de la habitación, y luego se levantó para darse un baño tibio que terminó de borrar el cansancio de la noche.
El vapor suavizaba el aire y, mientras el agua corría, Florence pensó que hacía mucho tiempo que no tenía una mañana tan… simple. Sin preocupaciones por documentos, informes, o decisiones que inclinaran la balanza de un ducado entero. Solo ella. Solo su descanso.
Cuando estuvo lista, con el cabello recogido con elegancia discreta y aún vestida de negro pero con un aire mucho menos sombrío, salió al pasillo junto a Molly y comenzó a bajar lentamente las escaleras principales.
Fue entonces cuando lo vio.
Greofrey estaba de pie, al pie de la escalera, claramente esperando. No intentaba disimularlo. No fingía estar “casualmente” ahí. Simplemente la aguardaba con tranquilidad, las manos cruzadas detrás de la espalda y esa sonrisa amable que parecía venirle natural.
Florence no pudo evitar sonreír también.
—Espero que no te duermas en la mesa —bromeó al llegar al último escalón, con una ligereza en la voz que la sorprendió incluso a ella.
Greofrey soltó una breve carcajada.
—Si me duermo —respondió con solemnidad exagerada—, di que cerré los ojos para rezar a los dioses… por la familia..
La pausa intencional, la expresión inocente que no engañaba a nadie y el tono completamente serio hicieron que Florence soltara una risa clara, auténtica, luminosa.
Una risa que llenó el gran recibidor… y que Molly, que venía unos pasos detrás, escuchó con asombro.
Nunca la había oído reír así.
No era la risa social, medida, que usaba en reuniones. No era la risa cortés que servía para cerrar una conversación.. o la que cubría con su abanico para disimular.. Era una risa viva. Joven. Real.
—Entonces rezaré contigo —respondió Florence aún sonriendo—. Será una ofrenda conjunta.
Greofrey inclinó la cabeza, complacido.
—Un honor, mi lady.
Y caminaron juntos hacia el comedor, conversando con la misma naturalidad que los había acompañado durante la noche anterior, como si no existiera peso alguno entre ellos.
Molly los siguió en silencio, procesando lo que veía.
Florence no estaba actuando. No estaba midiendo sus palabras. No estaba protegiéndose detrás de una muralla invisible.
Estaba… feliz.
Y esa simple felicidad, tan distinta al acero cotidiano del ducado, era quizá lo más sorprendente de todo.