—¡Qué fastidio de historia! ¿Por qué dejarían morir al villano de esa forma? —fueron mis últimas palabras antes de tragar un puñado de palomitas… y atragantarme con una de ellas.
Cuando abrí los ojos, ya no estaba en mi sala, sino en el cuerpo del antagonista de esa misma historia. Un personaje destinado a morir antes incluso que el villano.
Ahora tengo una sola misión: sobrevivir.
Y si para lograrlo debo cambiar el destino, enamorar al villano no suena tan mala idea…
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TRAMPA
Nicolás y Rafael partieron rumbo al colegio. El aire fresco de la mañana parecía acompañar el buen humor del omega, que, todavía emocionado por su reciente compromiso, sentía que nada podía detenerlo. Por primera vez en mucho tiempo, caminaba sin miedo… aunque la sensación de ser observado aún lo perseguía.
—¡Hey, hola chicos! —gritó Diana desde lejos, despidiéndose con un gesto de sus amigas antes de correr hacia ellos—. Me enteré de la cueva de cristales, Nico, dile a tu papá que me guarde uno. Si quiere, yo se lo compro, ¡por favorcito!
La joven ladeó la cabeza e hizo un puchero adorable, estrategia que normalmente funcionaba con todos… menos con Nicolás en ese momento.
—Baja la voz —dijo alarmado, acercándose para taparle la boca—. Aún nadie sabe que soy hijo del magnate Smith. ¿Quieres poner un anuncio luminoso?
Diana parpadeó rápido, negando con la boca aún cubierta. Rafael soltó una risa leve.
Nicolás bajó la mano con un suspiro resignado. A pesar del susto, era imposible no sentir cariño por ella.
—Le comentaré, pero no te prometo nada— finalizó Nicolás.
—Y bueno —añadió Diana con una sonrisa pícara—, por ahí me enteré que se comprometieron…
—Es cierto, y ahora podemos irnos a nuestra clase —interrumpió Nicolás, tomándole del brazo a Rafael para escapar del tema.
—Miedoso —canturreó Diana detrás de ellos, divertida.
El camino al salón fue… extraño. Aunque todo parecía normal, Nicolás sentía miradas clavadas en su nuca. Como si todos supieran quién era realmente.
Como si esperaran verlo fallar.
Eso le produjo un escalofrío helado. Rafael lo notó y entrelazó sus dedos con los de él, apretando suavemente. Esa simple acción le devolvió un poco de equilibrio.
Al entrar al salón, las cabezas se giraron al mismo tiempo. El silencio repentino fue más que obvio.
—Se me olvidó decirte —susurró Diana inclinándose hacia ellos—: Viviana publicó en el muro de la escuela que está súper feliz de que “al fin conseguiste a alguien de tu clase”.
Lo dijo con un tono tan ácido que Nicolás casi pudo escucharlo chispear.
—Ella aún piensa que somos de clase media. Déjala. Todo tiene su tiempo —respondió Nicolás, acomodando sus cosas—. Y lo que se hace, aquí mismo se regresa.
—Era de esperarse —agregó Rafael—. El gerente del hotel le comentó a mi hermano que tuvieron un problema con ella y con Alan. Parece que no pudieron pagar lo que consumieron el día de la subasta.
—Ah, con razón sus ganas de hacernos pasar una vergüenza pública —rezongó Nicolás.
Por un momento, trató de recordar detalles de esa parte de la historia, pero… nada. Maldito Rafael y su capacidad de borrar el resto del mundo cuando aparecía en los capítulos.
{Es momento de darle de su propia medicina. Ya me cansé de sus intentos de hacerme quedar mal.}
Rafael levantó una ceja. Había alcanzado a escuchar ese pensamiento y tuvo que contener una sonrisa orgullosa. Su Nico no era alguien humillable o que fracasará en sus movimientos.
Mientras tanto, la mente del omega iba a toda velocidad calculando su siguiente movimiento. Viviana, por su parte, en alguna parte del pasillo, hervía de envidia y frustración. No dejaba de pensar en qué demonios le vio Rafael al “omega patético”, como lo llamaba entre susurros.
(Cornelio) llamó en su mente Nicolás.
(Dime en qué puedo ayudarte) respondió de inmediato el sistema.
(Necesito que publiques anónimamente lo que sucedió en el hotel con Alan y Viviana. Quiero darles de su propia medicina.Por favor.)
(A la orden, joven. Escribiendo… Publicación enviada al muro escolar. Todos los miembros ya la pueden ver.)
(Gracias.)
No pasaron ni dos minutos cuando Diana casi se atraganta con el aire.
—¡Nico, mira esto! —dijo mostrándoles su celular con los ojos muy abiertos. Carraspeó antes de leer—: “Los jóvenes miembros de la prestigiosa Universidad Barrera High, Alan Torres y Viviana Rosales, aparentan pertenecer a la alta sociedad, pero ayer se negaron a pagar una cuenta de más de cinco cifras en el restaurante del Hotel Palace, e incluso intentaron hacer que un guardia corriera del lugar a dos estudiantes de nuestra prestigiosa institución…”
—¡Por un momento pensé que dirías nuestros nombres y apellidos! —soltó Nicolás, blanqueando del susto.
—No aparecen, tranquilo —dijo Rafael—. Pero… ¿cómo supieron lo del hotel?
—Ni idea —dijo Diana, aunque sus ojos brillaban de satisfacción—. Tal vez alguno de sus amigos quiso vengarse después de la humillación del otro día.
Las risitas se propagaron por el salón. Hasta que ella llegó.
Viviana irrumpió acompañada del director como una tormenta furiosa, golpeando con ambas manos el escritorio de Nicolás y Rafael.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —exclamó Nicolás, sobresaltado.
—¡No te hagas el tonto! Yo sé que fuiste tú, Nicolás. ¡Los dos subieron esa publicación! ¡Haré que los expulsen!
—¿Qué? ¿De qué hablas? —respondió Nicolás, genuinamente desconcertado—. Acabamos de llegar. Señor director, eso es difamar sin pruebas.
El director, con el ceño profundamente fruncido, se cruzó de brazos.
—Señorita Rosales… ¿Me trajo aquí de manera apresurada sin ninguna evidencia?
—¡Sí hay! ¡Ellos deben tenerla en sus celulares! —dijo con una sonrisa venenosa.
Nicolás respiró hondo y extendió su teléfono.
—Revíselo. No he publicado nada desde que regresé al colegio.
—Aquí el mío también —dijo Rafael, entregándolo con calma.
—Y… y este es el mío —añadió Diana—. Revíselo todo, si quiere. La publicación la estaba viendo, por eso aparece en mi pantalla.
El director revisó cada perfil con detenimiento. Viviana ya saboreaba su victoria, imaginando a los tres saliendo expulsados, humillados, derrotados ante ella.
Pero entonces…
—Tomen sus teléfonos, jóvenes —dijo el director con voz firme.
Viviana abrió los ojos como platos.
—¿Qué? ¿Cómo que…? ¡No puede ser!
—En cuanto a usted, señorita Rosales —continuó el director, ahora sí visiblemente molesto—, se ha ganado un reporte disciplinario. Y queda estrictamente prohibido que se acerque a Nicolás. A diferencia de usted, él sí tiene evidencia suficiente para demostrar el bullying que ha sufrido de parte de algunos de sus amigos
Los murmullos explotaron en el salón como una bomba.
Y Viviana solo pudo bajar la cabeza por la vergüenza.
—No se preocupe, director —intervino Nicolás con una sonrisa que heló a más de uno—. No haré más grande lo que vio en mi celular. Solo me alegra que no se deje pisotear por una estudiante que además de ser miembro del consejo estudiantil no trata del todo bien a nuestros compañeros.
Viviana palideció. Por primera vez, no supo qué contestar.
—Pero… estoy segura de que fueron ellos —balbuceó, ya sin fuerza.
Demasiado tarde.
Había caído directo en la trampa de Nicolás.
Como una avispa que entra a una colmena ajena, creyéndose invencible… hasta encontrarse con una reina más fuerte.
Si hoy había caído Viviana, más tarde serían ella y Alan quienes probarían su propio veneno.
Nicolás sonrió para sí mismo. Su primer movimiento había sido perfecto.
Y apenas estaba comenzando.