Ariel murió… y despertó como un omega condenado.
Un “villano” acusado de traición y asesinato, aunque no recuerda nada.
Su destino: un matrimonio con un alfa violento… una sentencia de muerte.
Hasta que aparece Kael, un delta temido que lo protege…
como si ya lo hubiera perdido antes.
Porque en cada vida…
Kael lo ha estado buscando.
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CAPÍTULO 16 – PROMESAS QUE SE QUEDAN
El miedo no siempre gritaba.
A veces se escondía en silencios prolongados, en miradas que se quedaban demasiado tiempo en un mismo punto, en la forma en que Ariel apretaba los dedos contra la tela de su ropa cuando creía que Kael no lo estaba mirando.
Pero Kael lo notaba.
Siempre lo notaba.
Esa noche, Ariel estaba sentado cerca de la ventana, observando la oscuridad exterior con una concentración que no era natural. No parecía buscar nada… pero su cuerpo estaba tenso, alerta, como si esperara algo que aún no ocurría.
Kael dejó lo que estaba haciendo.
Se acercó despacio.
Sin invadir.
—Estás lejos —dijo con suavidad.
Ariel parpadeó.
Como si regresara de un lugar al que no quería haber ido.
—Lo siento… —murmuró—. Solo estaba pensando.
Kael se sentó frente a él, apoyando los codos sobre las rodillas.
—Cuando piensas así… no es solo pensar.
Ariel esbozó una sonrisa sin humor.
—Supongo que ya me conoces demasiado.
—Eso no me molesta —respondió Kael—. Me preocupa no saber qué duele.
El silencio se alargó.
Ariel bajó la mirada hacia su vientre.
Ya no era algo que pudiera ignorar.
Era presencia.
Cambio.
Realidad.
—Tengo miedo de no ser suficiente para ti —confesó al fin—. No como omega. No como pareja. No como futuro.
Algo en el pecho de Kael se tensó.
—Mírame.
Ariel dudó.
Pero lo hizo.
—No te amo por lo que eres capaz de soportar —dijo Kael—. Te amo por lo que eres cuando dejas de hacerlo.
El aire se volvió más denso.
Más íntimo.
Ariel tragó saliva.
—Siempre me dijeron que debía ser útil para merecer quedarme —susurró—. Que si no cumplía… sería reemplazado.
Kael se inclinó hacia adelante.
Apoyó su frente en la de Ariel.
—Yo no te elegí por necesidad —dijo—. Te elegí por deseo. Por decisión.
Ariel cerró los ojos.
—¿Y si algún día no puedo darte lo que esperas?
Kael tomó sus manos.
Entrecruzó los dedos con calma.
—Entonces nos adaptaremos —respondió—. El amor no es algo que se aprueba o se falla.
Una pausa.
—Es algo que se construye… incluso en los días en que todo se rompe un poco.
Las lágrimas comenzaron a caer.
Sin prisa.
Sin vergüenza.
Ariel no las ocultó.
—Tengo miedo de depender de ti —admitió—. Porque si te pierdo… no sé quién sería.
Kael sostuvo su rostro con ambas manos.
—No quiero que dependas de mí —dijo—. Quiero que elijas quedarte.
Su voz se volvió más firme.
—Todos los días. Igual que yo.
Ariel respiró hondo.
—Nunca nadie me dijo eso.
—Entonces escucha con atención —respondió Kael—.
Su mirada no vaciló.
—No eres una carga.
No eres un error.
No eres un sacrificio.
Ariel tembló.
Apoyó la frente contra su pecho.
—A veces siento que te debo la vida.
Kael lo abrazó.
Fuerte.
Pero sin encerrar.
—No me debes nada —susurró—. La compartimos.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue necesario.
Kael comenzó a trazar círculos suaves en su espalda.
Constantes.
Pacientes.
Como si enseñara al cuerpo de Ariel que ya no necesitaba estar en guardia.
—¿Puedo decir algo egoísta? —preguntó Ariel, con la voz amortiguada.
—Siempre.
Ariel dudó.
—Tengo miedo de que un día despiertes… y te arrepientas de haberme elegido.
Su voz bajó aún más.
—De que recuerdes quién eras antes… y pienses que yo te limité.
Kael cerró los ojos.
—Antes de ti —dijo—, yo solo sabía sobrevivir.
Una pausa.
—Contigo… aprendí a quedarme.
Ariel levantó la cabeza.
—¿De verdad?
Kael asintió.
—El amor no me hizo más débil —continuó—. Me dio algo que proteger… sin perderme a mí mismo.
Ariel apoyó una mano en su pecho.
Sintiendo ese latido firme.
Constante.
Real.
—Entonces… ¿somos una elección? —preguntó—. No solo destino.
Kael sonrió.
Lento.
Profundo.
—Somos ambas cosas —respondió—. El destino nos encontró.
Su voz se suavizó.
—Pero quedarnos… eso lo elegimos cada día.
Ariel dejó escapar una pequeña risa, aún con lágrimas en los ojos.
—Eso suena… estable.
—Lo es —dijo Kael—. Y también intenso. Y aterrador.
Una leve pausa.
—Y real.
El beso llegó sin prisa.
Lento.
Profundo.
No fue urgencia.
Fue reconocimiento.
Cuando se separaron, Ariel tomó la mano de Kael y la llevó a su vientre.
—No quiero que nuestro hijo nos vea amarnos desde el miedo —dijo—. Quiero que vea respeto. Elección. Cuidado.
Kael cubrió su mano.
—Entonces eso es lo que aprenderá.
Ariel respiró más tranquilo.
—Gracias… por quedarte incluso cuando me rompo un poco.
Kael apoyó su frente en la suya.
—Gracias por confiarme tus grietas.
Esa noche durmieron abrazados.
No por necesidad.
Por elección.
Y en ese silencio compartido, ambos entendieron algo que ninguna vida anterior les había enseñado del todo:
No estaban juntos porque el destino los obligara.
Estaban juntos porque, incluso con miedo…
seguían eligiéndose.
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Si quieren, pueden contarme qué les pareció este capítulo.”