Advertencia: No descargues Massacre Express.
En el 2013, Los Ángeles se convirtió en el escenario de una pesadilla silenciosa. Jóvenes aparecían muertos con marcas de haber tomado una decisión fatal, pero todos compartían un detalle macabro: una nota con el nombre de una aplicación maldita.
La policía lo llamó suicidio. Los sobrevivientes saben que fue cacería.
Valentina y Miguel no se conocen, pero comparten la misma herida. Ella perdió a su mejor amiga; él, a su hermano. Atados por la necesidad de respuestas, deciden cruzar la línea y adentrarse en el juego.
Una vez que aceptas los permisos de micrófono y ubicación, ya no hay vuelta atrás.
El juego empieza... y la camioneta ya está en camino.
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Capítulo 2 — El rastro en la entrada del cementerio
El escritorio de Miguel era un reflejo exacto, milimétrico y casi patológico de su mente: ordenado con una precisión obsesiva, iluminado únicamente por el cono de luz fría y cortante que proyectaba su lámpara articulada de mesa, y completamente sepultado bajo pesadas pilas de libros de física cuántica, apuntes universitarios escritos a mano con tinta negra y resúmenes de exámenes que ya ni siquiera estaba seguro de poder rendir.
A sus veintiún años, la vida de Miguel se había convertido en una estructura rígida que se regía estrictamente por la disciplina, la lógica implacable y la necesidad enfermiza de mantener el control absoluto sobre cada variable de su entorno.
Estudiar duro hasta el agotamiento, desvelarse resolviendo ecuaciones diferenciales imposibles y mantener una rutina férrea era su única tabla de salvación; su forma desesperada de demostrarse a sí mismo y al mundo que las cosas todavía obedecían a un orden predecible, y que el esfuerzo humano siempre traía recompensas tangibles que podían calcularse.
Sin embargo, desde hacía unos meses, esa frágil estructura de cristal se había hecho añicos, reducida a polvo cósmico por una tragedia que la lógica jamás pudo explicar, un evento anómalo que rompió todas las reglas de la probabilidad.
Miguel dejó caer pesadamente el bolígrafo sobre la libreta, interrumpiendo un trazo a mitad de camino, y se frotó con fuerza el puente de la nariz con los nudillos, sintiendo los párpados ardientes, resecos y pesados de tanto leer y releer las mismas líneas del texto académico sin retener absolutamente nada en su cabeza.
Intentaba concentrarse desesperadamente, obligar a su cerebro a funcionar como un motor bien engrasado, pero le era físicamente imposible apartar la memoria de aquella madrugada fatídica que había fracturado su existencia en un antes y un después insalvable, dejándolo a la deriva en un mar de preguntas sin respuesta.
Su hermano menor, un chico alegre, despreocupado, lleno de proyectos artísticos y de ilusiones que apenas comenzaba a vivir, había salido una noche con un grupo de amigos y nunca más regresó a casa.
La policía, con una eficiencia fría, desganada y burocrática, encontró su cuerpo frígido, rígido e inmóvil en la oscura, solitaria y lúgubre entrada de un viejo cementerio abandonado en las afueras de la ciudad, un lugar al que su hermano jamás habría ido por voluntad propia debido a su pánico infantil a la oscuridad.
El parte oficial de las autoridades fue una bofetada directa en el rostro, un insulto flagrante a la memoria de su hermano: "suicidio"
Nadie investigó más allá de la superficie.
Nadie quiso perder el tiempo revisando las llamadas recientes de su teléfono móvil, ni indagar con los comercios cercanos en por qué su hermano había abandonado su hogar a altas horas de la madrugada con una expresión de pánico absoluto marcada a fuego en el rostro.
Pero Miguel conocía a su hermano mejor que nadie en el mundo; sabía de sus sueños futuros, de su miedo visceral a los cementerios y de su absoluta falta de intenciones autodestructivas, las piezas de la coartada oficial no encajaban por ninguna parte, y la pasividad de los agentes olía a una negligencia deliberada o a algo mucho más oscuro.
Lo único que la policía encontró junto a sus pertenencias personales, como una burla macabra, una firma clandestina o un sutil recordatorio de que alguien más controlaba los hilos invisibles de la tragedia, fue una nota arrugada con un nombre impreso a máquina que se había grabado como una cicatriz imborrable en la mente de Miguel:
Massacre Express.
Con un nudo áspero, seco y sofocante que le atenazaba el pecho y le dificultaba la respiración, Miguel estiró la mano con lentitud hacia su teléfono celular, que yacía boca abajo sobre la madera del escritorio, emitiendo un reflejo tenue bajo la lámpara.
Abrió el navegador web con la misma rutina mecánica, compulsiva y obsesiva de todas las noches, buscando desesperadamente pistas en foros marginales, redes de intercambio anónimo de archivos y páginas de la web profunda que parecían desvanecerse apenas uno intentaba recargarlas.
Durante semanas enteras, su investigación personal y clandestina no había arrojado absolutamente nada más que callejones sin salida, cuentas bloqueadas, advertencias automatizadas de que el caso era un tema archivado y cerrado, y el eco constante de su propia impotencia.
Pero esta noche, de forma extraña, perturbadora y contraria a cualquier algoritmo conocido, el sistema pareció responderle de mala gana.
En un foro oscuro y solitario de la web profunda, oculto entre líneas de código ilegibles, scripts rotos y debates clandestinos sobre las misteriosas desapariciones de jóvenes ocurridas en 2013, un enlace minimalista parpadeó de forma intermitente en su pantalla. Sin anuncios llamativos, sin explicaciones previas, solo un cuadro negro absoluto y una frase corta, seca y directa que hizo que el ritmo cardíaco de Miguel diera un vuelco violento en su pecho, alterando su pulso:
“¿Quieres saber la verdad sobre el viaje final? Descarga Massacre Express”.
Miguel se quedó completamente congelado, con la respiración suspendida a mitad de camino, mirando fijamente la pantalla iluminada en medio de la densa oscuridad de su estudio.
Su parte más racional y calculadora, la que se fiaba ciegamente de los libros de texto y del método científico, le gritaba a voces que se trataba de una estafa cibernética, de un virus troyano sofisticado o de una broma de muy mal gusto creada por mentes enfermas en los rincones más oscuros de la red.
Pero el recuerdo desgarrador del cuerpo de su hermano y la necesidad visceral de encontrar justicia, sin importar el costo moral o físico, pesaban muchísimo más que el sentido común.
Con los dedos rígidos, fríos y ligeramente temblorosos por la tensión acumulada en sus músculos, presionó la pantalla táctil.
Una barra de descarga minimalista apareció de la nada en el visor, avanzando con una lentitud desesperante y silenciosa, marcando los porcentajes como una cuenta regresiva implacable e inexorable.
Lo que Miguel ignoraba en ese preciso instante, mientras aceptaba de manera automática los permisos obligatorios de ubicación y micrófono que la aplicación exigía para poder avanzar, es que acababa de activar una trampa mortal y una cuenta regresiva personal.
El mismo juego digital que había arrastrado a su hermano directo a la tumba ahora sabía exactamente en qué rincón de la casa se encontraba, esperando el momento exacto para dar el siguiente paso.
AHHH que girooo dio esta historia 😭