Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.
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El don que heredó de su padre
CAPÍTULO 3 —
Sevilla, incluso en los días más fríos del año, conserva ese aire particular que solo tienen las ciudades del sur: la luz distinta, el olor a azahar que se cuela por las calles del centro cuando menos lo esperas, el bullicio de siempre aunque sean las seis de la mañana. Llevo cuatro años haciendo el mismo recorrido en autobús hasta la cafetería donde trabajo desde el amanecer, pensando siempre en la misma persona: mi hijo.
Thiago tiene tres años ya. Tres años de risas, de preguntas imposibles de responder a las siete de la mañana, de una energía que no se agota nunca, ni siquiera cuando yo llego a casa arrastrando los pies después de doce horas repartidas entre tres trabajos distintos.
La casita donde vivimos es de la familia de Renata, en realidad. Una propiedad pequeña, casi olvidada entre otras más grandes que su padre tenía alquilada hacía años, que ella, sin contarle del todo a su papá, consiguió para que Thiago y yo tuviéramos un techo digno el día que mi propia madre me cerró la puerta de su casa. Es humilde, con dos habitaciones y un patio pequeño donde até una canasta de baloncesto vieja a la pared del fondo, más por Renata que por convicción propia, porque yo de fútbol o de baloncesto no entendía absolutamente nada.
Mi rutina no deja mucho lugar para el descanso. A las cinco y media suena el despertador. Dejo a Thiago dormido en casa de la vecina, Pilar, una jubilada que me cuida al niño por una módica cantidad mientras yo abro la cafetería del centro a las seis. Sirvo café con leche y cruasanes a oficinistas que ni me miran la cara hasta las once. Después corro a casa de dos ancianos, don Aníbal y su esposa, a quienes les doy de comer, los aseo y los acompaño hasta que llega la enfermera de la tarde. Y por último, de cinco a diez de la noche, estoy detrás de una caja registradora en el supermercado de barrio, escaneando productos con una sonrisa que a esa altura del día ya me cuesta sostener.
Renata dice que voy a terminar enferma de tanto trabajar. Yo le digo que no tengo otra opción, y las dos sabemos que es verdad.
Lo único que ilumina mis días agotadores es Thiago. Y desde hace unos meses, lo que más ilumina los días de Thiago es una pelota naranja.
Todo empezó casi de casualidad. Renata lo llevó un sábado al club de baloncesto de su padre, más que nada para darme un respiro, porque yo ese fin de semana estaba con un poco de fiebre. Cuando volvieron esa tarde, Renata tenía una expresión que no le había visto nunca, entre la sorpresa y algo parecido al orgullo.
—Camila, tienes que ver a este chico con una pelota en las manos —me dijo, sentándose en el borde de mi cama con Thiago dormido en brazos, exhausto de tanto correr—. El entrenador no se lo podía creer. Dice que nunca vio a un niño de esa edad driblar así, cambiar de mano, calcular la distancia al aro. Le dijo textualmente: "este chaval tiene algo que no se enseña".
Al principio pensé que era la emoción de Renata, esa costumbre suya de exagerar todo lo que tenía que ver con mi hijo, como si fuera un poco también de ella. Pero después empecé a verlo yo misma, los domingos que lograba acompañarlos al club. Thiago, con apenas tres años, agarraba esa pelota gigante para su tamaño y hacía cosas que ni yo, sin entender nada del deporte, podía dejar de mirar con la boca abierta. Corría detrás de la pelota con una determinación que no parecía la de un bebé, sino la de alguien mucho más grande, mucho más consciente de lo que estaba haciendo.
Lo curioso, lo que a veces me quitaba el sueño más que el cansancio de los tres trabajos, era que a Thiago no le apasionaba tanto el baloncesto en sí. Lo que amaba, lo que le hacía brillar los ojos de una manera que yo jamás había visto en otro niño, era el fútbol. Cada vez que en la tele ponían un partido, se paraba frente a la pantalla como hipnotizado. Chutaba cualquier cosa redonda que encontrara por la casa —una naranja, un calcetín hecho bola, una pelota de baloncesto desinflada— con una pasión que a mí, sinceramente, me daba un poco de miedo, porque yo no tenía ni el tiempo ni el dinero para llevarlo a un club de fútbol.
—Es una genética rara la tuya, Cami —me dijo Renata una tarde, riéndose, mientras veíamos a Thiago intentar, sin éxito pero con una alegría contagiosa, hacer malabares con una pelota de trapo en el patio—. Porque tú ni sabes cuántos jugadores tiene un equipo, y este chaval nació sabiendo chutar.
Yo me reía también, aunque por dentro sentía una punzada extraña. No sabía nada del padre de mi hijo, ni su nombre, ni su cara con claridad, solo esos ojos verdes y esos labios que se me habían quedado grabados en un rincón borroso de la memoria, casi como un sueño del que uno despierta sin poder recordar bien los detalles. Pero cada vez que veía a Thiago correr detrás de una pelota con esa gracia natural, esa fuerza en las piernas, esa manera de anticiparse al rebote como si lo tuviera calculado de antemano, no podía evitar preguntarme si esa genética "rara" no vendría de algún lugar muy específico.
No tenía forma de saberlo. No tenía nombre, ni apellido, ni ciudad, ni nada más que un rosario de oro guardado en una cajita de madera y el recuerdo de una noche que preferiría, la mayoría de los días, no haber vivido nunca. Solo que después estaba Thiago, y con él, cualquier arrepentimiento se volvía imposible.
Renata, fiel a su palabra de aquella noche en la que se convirtió en su madrina, se ocupó de que Thiago tuviera un lugar en el club de su padre, entrenando baloncesto tres veces por semana, con equipación nueva, zapatillas que le quedaban bien, meriendas después del entrenamiento. Yo no podía pagar nada de eso, y ella jamás me lo hizo sentir como una carga.
—Es mi ahijado —me decía siempre, cortando cualquier intento mío de agradecerle demasiado—. Y yo también tengo una deuda con esa noche, Camila. A mí no me tocó lo que a ti, pero estuve ahí. De alguna forma, esto también es mío.
Yo la miraba y pensaba en lo distinta que había sido esa misma noche para las dos. Para ella, un recuerdo borroso más, uno de tantos. Para mí, el comienzo de toda una vida distinta a la que había soñado, una vida de trabajo constante y sacrificio total, pero también, sin ninguna duda, la vida más importante que podría haber tenido jamás: la de ser la madre de Thiago.
Esa noche, mientras lo acostaba y él me pedía, entre bostezos, que le contara "el cuento del niño que jugaba a la pelota y llegaba hasta las estrellas" —un cuento que yo misma inventaba cada noche, cambiando siempre un poco el final—, no tenía ni la menor idea de que, en otro rincón de España, con otra vida completamente distinta a la mía, había un hombre que en ese mismo instante soñaba con una imagen borrosa y una voz que le susurraba al oído palabras que él tampoco lograba entender del todo.