Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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Capítulo 3
Jhon
El reloj de mi camioneta marcaba las 3:55 de la tarde. Estacioné frente a la biblioteca central de la Universidad de Minnesota, sintiendo una extraña opresión en el pecho que no tenía nada que ver con los entrenamientos en el hielo.
Llevaba en el asiento del copiloto dos termos gigantes de café negro y mi cuaderno de cálculo multivariable, el cual parecía un campo de batalla lleno de tachaduras y notas al margen.
Thomas y Carter habían estado callados durante la práctica de la mañana.
Me habían evitado en las regaderas, y eso era exactamente lo que quería. Había cumplido mi parte del trato en el vestuario; ahora le tocaba a ella.
Caminé a paso firme por los pasillos alfombrados de la biblioteca, esquivando a un par de estudiantes de medicina que me saludaron al pasar.
Busqué la sección de microfichas al fondo, tal como ella había exigido.
Era un rincón ruidoso, con el zumbido constante de las máquinas viejas y el murmullo de la gente que entraba y salía de los cubículos de estudio.
Un lugar perfecto para no ser vistos, pero lo suficientemente público como para que ella se sintiera segura.
Y ahí estaba Sara.
Tenía el cabello recogido en un moño desordenado del que escapaban varios mechones oscuros, unas gafas de marco negro que acentuaban la forma afilada de sus ojos y tres libros enormes abiertos al mismo tiempo.
Sus dedos se movían rápido sobre la calculadora científica, anotando números con una precisión casi robótica. Al verme llegar, se detuvo en seco, dejó el bolígrafo sobre la mesa y cruzó los brazos.
—Llegas dos minutos antes, Jhon —dijo, revisando su reloj de pulsera—. Un punto a tu favor. Pensé que los de tu especie no sabían leer la hora digital.
—Te dije que no iba a llegar tarde, Sara —dejé caer mi mochila en la silla de madera frente a ella y coloqué uno de los termos sobre la mesa—. Cumplo mis promesas. Aquí está el café fuerte que pediste. Sin azúcar, como supongo que te gusta para mantener esa actitud amarga.
Sara arqueó una ceja, mirando el termo con desconfianza antes de estirar la mano para tomarlo.
—Gracias. Al menos sabes seguir instrucciones básicas. Saca tus apuntes. Quiero ver qué tan profundo es el agujero en el que estás metido con el profesor Henderson.
Abrí mi cuaderno y se lo deslicé por la madera. Sara lo tomó con la punta de los dedos, como si temiera que tuviera alguna enfermedad contagiosa. Empezó a pasar las páginas, y sus ojos se abrieron un poco más detrás de las gafas. Esperaba ver un desastre absoluto, páginas en blanco o dibujos de jugadas de hockey, pero lo que encontró fue algo muy diferente.
—Espera un segundo... —murmuró Sara, acercándose más al papel—. Esto no está del todo mal. Resolviste bien las derivadas parciales de primer orden aquí.
El planteamiento de la matriz jacobiana es correcto.
¿Por qué el decano me dijo que estabas reprobando la materia con un uno punto ocho?
—Porque no entiendo el concepto del espacio tridimensional cuando pasamos a las integrales triples —admití, recostándome en la silla y pasándome una mano por el cabello—. Sé resolver las ecuaciones de forma mecánica, Sara. Sé dónde va cada número porque tengo buena memoria y entiendo de vectores por las trayectorias en el hielo. Sé que si el disco viaja a cierta velocidad y el defensa se mueve en un ángulo oblicuo, el punto de intersección es geométrico. Sé matemáticas aplicadas, pero cuando Henderson empieza a teorizar sobre superficies paramétricas y teoremas de Stokes en el pizarrón sin aplicarlo a nada real, mi cerebro simplemente se desconecta.
Sara se me quedó mirando en silencio durante varios segundos, evaluándome con una intensidad que me hizo removerme incómodo en el asiento. No era la mirada de una fan, ni la de una chica intimidada. Era la mirada de un científico analizando una anomalía en su laboratorio.
—No eres tonto —concluyó ella, cerrando mi cuaderno con un golpe seco—. Eres disperso. Y estás usando el método de memoria muscular para las matemáticas, lo cual es una aberración para la ciencia, Jhon.
—Funciona para meter goles, Sara.
—Pero no funciona para pasar el parcial del viernes. El teorema de Stokes no es un disco de hockey que puedas golpear con un palo.
Sara
Mi corazón había estado latiendo a mil por hora desde las tres de la tarde, pero cuando Jhon admitió que entendía el comportamiento de los vectores a través del movimiento en el hielo, algo cambió dentro de mí.
El miedo residual que sentía por su uniforme comenzó a disiparse, reemplazado por una chispa de competitividad académica.
El capitán de los Gophers no era un trozo de carne sin cerebro; tenía las herramientas, solo le faltaba el plano arquitectónico.
—Bien, King... digo, Jhon —me corregí rápidamente al recordar que debíamos tratarnos por nuestros nombres para mantener la distancia profesional—. Si entiendes de trayectorias, vamos a usar eso.
Olvídate de las definiciones abstractas del libro.
Mira esta gráfica.
Giré mi cuaderno hacia él, mostrando el dibujo de una esfera cortada por un plano inclinado en un espacio de tres dimensiones.
—Imagrate que esto es la pista de hielo —expliqué, señalando los ejes X, Y y Z—. Y la superficie curva es la trayectoria que hace el portero cuando se lanza a cubrir el ángulo superior izquierdo. Si quieres calcular la masa total de la energía que necesitas para romper esa barrera, no puedes usar una integral doble, porque el movimiento no es plano. Necesitas envolver la superficie entera. Eso es una integral triple.
Jhon se inclinó sobre la mesa, sus ojos grises fijos en mi dibujo. Pude oler el aroma a menta y jabón limpio que desprendía. Estaba tan cerca que podía ver la pequeña cicatriz que cruzaba el puente de su nariz, un recuerdo probable de algún partido violento.
—Entonces... —Jhon tomó su bolígrafo, apuntando al límite de la región—, ¿los límites de la integración no son números fijos porque la pista se va acortando a medida que subes en el eje Z?
—Exacto —sentí una sonrisa involuntaria tirar de las comisuras de mis labios—. Los límites de la variable interna dependen de las otras dos variables.
Estás calculando el volumen cambiante.
Lo entendiste a la primera, Jhon. Los otros veinte de la lista habrían tardado tres horas en procesar eso.
Jhon levantó la mirada del papel y me sonrió. No era la sonrisa arrogante que le había visto en el pasillo frente a Carter y Thomas.
Era una sonrisa genuina, aliviada, casi infantil por haber descifrado un enigma.
—Te dije que no quería que me regalaras la nota, Sara. Solo necesitaba que alguien me hablara en mi propio idioma.
El ambiente entre nosotros se relajó notablemente durante la siguiente hora. Jhon demostró una agilidad mental sorprendente para resolver los cálculos algebraicos más pesados; sus manos grandes y llenas de callosidades por el palo de hockey manejaban el lápiz con una velocidad asombrosa. No se quejaba, no intentaba hacer comentarios inapropiados y, sobre todo, no mencionaba el nombre de las dos sombras de mi pasado. Estaba cumpliendo su palabra al pie de la letra.
A las 5:50, cuando el sol comenzaba a ocultarse detrás de los edificios del campus y la biblioteca empezaba a vaciarse, Jhon dejó caer el lápiz sobre la mesa y estiró los brazos, soltando un gemido de cansancio.
—Siento que mi cerebro corrió un maratón de tres periodos con tiempos extras incluidos, Sara.
—Hiciste el equivalente a tres semanas de clase en dos horas, Jhon —dije, comenzando a organizar mis papeles con una calma que no había sentido en semanas—. Si mantienes este ritmo mañana y el jueves, no solo vas a pasar el parcial del viernes, sino que podrías terminar explicándole la materia a tus compañeros de equipo.
La mención del equipo hizo que la atmósfera se tensara un poco de inmediato. Jhon bajó los brazos y me miró con seriedad.
—Ellos no se te van a acercar, Sara. Hablé con Thomas y Carter en el vestuario justo después de lo que pasó en el pasillo. Les dejé las cosas muy claras. Si ponen un pie a menos de diez metros de ti, su carrera en el hockey de esta universidad se termina esta misma semana. Yo manejo ese vestuario, y ellos lo saben.
Me quedé helada por un segundo, sosteniendo un cuaderno a medio guardar.
El nombre de esos dos hombres todavía me provocaba un escalofrío, pero ver la determinación en los ojos de Jhon me dio una extraña sensación de seguridad. Una sensación que no había experimentado desde que salí de Boston.
—¿Por qué te arriesgas tanto por mí, Jhon? —pregunté en voz baja, mirándolo fijamente—. Podrías haber buscado a cualquier otro tutor que te explicara esto de la misma forma si lo intentabas. No tenías que amenazar a tus propios defensas titulares por una extraña.
Jhon se puso de pie, se colgó la mochila al hombro y tomó su termo de café vacío. Se detuvo al borde de la mesa, mirándome desde su imponente altura, pero esta vez no me sentí pequeña.
—Porque detesto a los tipos que usan su fuerza para asustar a la gente que es más inteligente que ellos, Sara —dijo, con una voz suave pero firme—. Y porque cuando te vi reescribir esa ecuación en el tablero la semana pasada, supe que eras exactamente lo que necesitaba para salvar mi semestre: alguien que no me tiene miedo. Nos vemos mañana a la misma hora, genio.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida con su habitual paso seguro. Me quedé sentada en la mesa vacía, escuchando el zumbido de las microfichas, dándome cuenta de que Jhon King era un enigma matemático mucho más complejo de lo que mis ecuaciones podían resolver.