Desde la ventana de su habitación, Mireya aprendió a escapar sin salir de casa.
A sus dieciséis años, el mundo le quedaba grande: discusiones detrás de las paredes, una bebé llorando en la habitación contigua y la palabra separación flotando como una sombra imposible de ignorar. Pero al otro lado de la calle había algo distinto. O alguien.
Ryan.
Veintiuno. Cabello castaño arrulado. Ojos verdes imposibles de olvidar. Siempre tranquilo. Siempre ajeno a la mirada que lo observaba cada tarde.
Él nunca la notaba.
Hasta que el destino decidió que una ventana no sería suficiente para mantenerlos separados.
Y lo que comenzó como simple curiosidad... estaba a punto de cambiarlo todo.
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Capítulo 2
Capítulo 2: El nuevo vecino
Mis padres salvan vidas.
Todos los días.
En el hospital los admiran, los respetan, los llaman cuando algo es difícil o cuando nadie más sabe qué hacer. El doctor Álvaro Collins es uno de los cirujanos más reconocidos del hospital. Muchos médicos jóvenes esperan años para poder asistir en una de sus cirugías.
La doctora Lilian Collins es una doctora famosa por su precisión y su paciencia. Las mujeres confían en ella para traer a sus hijos al mundo.
Cuando las personas hablan de ellos, siempre dicen lo mismo.
-Son brillantes.
-Son admirables.
-Son la pareja perfecta.
Yo solo pienso una cosa.
Ojalá pudieran verlos en casa.
Porque aquí... el amor no suena como admiración.
Suena como gritos.
-¡No puedes seguir llegando a esta hora todos los días! -escucho a mi mamá desde la sala.
-¡Trabajo, Lilian! ¡Eso se llama trabajo! -responde mi papá.
Aprieto el lápiz entre mis dedos.
Estoy sentada en mi escritorio, con el uniforme nuevo puesto. La falda gris cae sobre mis rodillas y la camisa blanca todavía tiene ese olor a ropa recién planchada.
Hoy es mi primer día en un colegio nuevo.
Debería estar nerviosa por eso.
Debería estar pensando en si me voy a perder en los pasillos, si voy a caerle bien a alguien, si voy a sentarme sola en el almuerzo.
Pero en esta casa es difícil pensar en cualquier cosa cuando mis padres empiezan a discutir.
-¡Siempre tienes una excusa! -dice mi mamá.
-Y tú siempre tienes un secreto -responde mi papá.
Levanto la mirada.
Ese tono me da miedo.
No es un grito.
Es peor.
Es esa voz baja que usa cuando está tratando de no decir algo que podría romperlo todo.
-¿Qué quieres decir con eso? -pregunta mi mamá.
Silencio.
Un silencio largo.
-Nada -dice finalmente mi papá.
Pero sé que no es nada.
Hace meses todo es extraño entre ellos.
Mi mamá sale más de lo normal. Dice que son guardias médicas, reuniones, emergencias del hospital.
Pero a veces vuelve oliendo a perfume que no es el suyo.
A veces sonríe cuando mira su teléfono.
Y mi papá lo nota.
Lo veo en su mirada.
Como si supiera una verdad demasiado pesada para decirla en voz alta.
-Estoy embarazada, Álvaro -dice mi mamá de repente-. ¡Deberías pensar más en eso!
Miro mis manos.
Hace una semana me dijeron la noticia.
Voy a tener un hermano... o una hermana.
Todavía no saben qué será.
Mi papá suspira.
Un suspiro largo, cansado.
-Claro que lo pienso -dice-. Todos los días.
Miro el reloj sobre mi escritorio.
Si sigo escuchando esto voy a llegar tarde a mi primer día de clases.
Me levanto.
Cuando las discusiones se vuelven demasiado pesadas, siempre termino en el mismo lugar.
La ventana.
Corro un poco la cortina.
La luz de la mañana entra en mi habitación, iluminando el piso de madera y las paredes blancas. Afuera el cielo está despejado y el aire se siente fresco.
Y entonces lo veo.
Un camión de mudanza está estacionado frente a la casa de al lado.
Frunzo el ceño.
-¿Vecinos nuevos...?
Esa casa ha estado vacía durante meses.
Siempre me pareció triste verla así. Con las ventanas cerradas y el jardín silencioso.
Ahora hay movimiento.
Varias personas bajan cajas, muebles, bolsas.
Un hombre mayor da instrucciones con una voz fuerte.
Una mujer coloca unas macetas cerca de la puerta.
Y entonces aparece él.
Un chico baja del camión cargando una caja grande.
Por un momento... el resto del mundo se vuelve silencioso.
Es alto.
Muy alto.
Incluso encorvado por el peso de la caja se nota que mide mucho más que la mayoría de las personas que conozco.
Sus hombros son anchos y sus brazos fuertes, como si estuviera acostumbrado a cargar peso. Lleva una camiseta gris que se ajusta un poco a su cuerpo y unos jeans oscuros manchados de polvo por la mudanza.
Su cabello es rizado.
Rizado de verdad.
Oscuro, espeso, un poco desordenado. Algunos mechones caen sobre su frente y el viento los mueve ligeramente.
Deja la caja en el suelo y se estira.
La luz del sol de la mañana ilumina su rostro.
Y entonces veo sus ojos.
Incluso desde aquí puedo notar el color.
Verdes.
Un verde claro que contrasta con su cabello oscuro.
Tiene una expresión tranquila. Relajada.
Como si el mundo no pesara sobre sus hombros.
Como si la vida fuera... más simple.
No parece como los chicos de mi edad.
Se ve mayor.
Más seguro.
Más... real.
No sé por qué sigo mirándolo.
Tal vez porque es algo diferente.
Algo que no son gritos.
En ese momento la puerta de la casa se abre. Una chica sale corriendo hacia él. Es bonita, tiene el cabello largo y brillante, ropa elegante y una sonrisa segura.
-¡Ryan! -dice riendo-. ¡Pensé que nunca terminaríamos!
Ryan.
Así que ese es su nombre.
Él sonríe.
Y cuando sonríe... algo cambia en su rostro.
Sus ojos se suavizan.
Su expresión se vuelve cálida.
-Aún faltan muchas cajas -dice.
-Pero ya estamos aquí -responde ella.
Entonces lo besa.
Un beso rápido.
Siento algo extraño en el pecho.
Una sensación que no sé explicar.
No es tristeza.
No es enojo.
Es algo más... incómodo.
Aparto la mirada.
Ni siquiera lo conozco.
No debería importarme.
-¡Mireya! -grita mi mamá desde abajo-. ¡Tu transporte ya llegó!
Tomo mi mochila.
Salgo de mi habitación y bajo las escaleras.
Mis padres ya no gritan.
Pero el silencio entre ellos es peor.
Mi papá está de pie junto a la mesa, con los brazos cruzados.
Mi mamá tiene una mano sobre su vientre.
-No voy a discutir esto frente a Mireya -dice mi papá.
-¡Entonces deja de insinuar cosas! -responde mi mamá.
Mi papá me mira.
Sus ojos parecen cansados.
Muy cansados.
-Tu transporte está afuera -dice.
Asiento.
Salgo de la casa.
El aire de la mañana es fresco.
Antes de subir al auto escolar, miro hacia la casa de al lado otra vez.
Ryan está cargando otra caja.
Se mueve con calma.
Con una seguridad tranquila que me resulta extrañamente... reconfortante.
Como si en su mundo las cosas fueran más simples.
Como si en su casa no existieran secretos.
Subo al auto.
Mientras se aleja, miro las dos casas por la ventana.
La mía... llena de silencios.
La suya... llena de cajas y risas.
Ryan no sabe que existo.
Probablemente nunca lo sabrá.
Solo soy la chica de la casa de al lado.
La hija de dos doctores exitosos.
La chica que empieza un colegio nuevo hoy.
La chica que vive en una casa que parece perfecta... hasta que alguien escucha lo que pasa dentro.
Y el chico de cabello rizado y ojos verdes...
ni siquiera imagina que alguien lo vio llegar.