"A veces, el final de un matrimonio es solo el prólogo de tu verdadera historia de amor."
A sus 40 años, Elena creía tener la vida perfecta: un matrimonio sólido de dos décadas y una posición social envidiable. Todo se derrumba la noche en que descubre que su esposo, el frío y calculador Julián, no solo le es infiel, sino que planea dejarla en la ruina para iniciar una nueva vida.
Humillada y al borde del abismo, Elena decide que no será la víctima de esta historia. En su camino hacia la libertad, aparece Gabriel, un hombre mucho más joven, audaz y peligrosamente encantador, que ve en Elena la pasión y el fuego que Julián intentó apagar durante años.
Mientras Elena orquesta su venganza contra el hombre que la traicionó, deberá enfrentar sus propios prejuicios: ¿Es demasiado tarde para volver a amar? ¿O es este el momento perfecto para descubrir quién es ella realmente?
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capitulo 22
La mañana tiene un sabor distinto cuando dejas de ser un fantasma en tu propia casa. Me despierto antes que el despertador, pero no por la ansiedad de revisar la agenda de Julián o por el peso del diagnóstico que, hasta ayer, me mantenía pegada a las sábanas. Me levanto porque el silencio de la mansión me parece ahora una invitación, no una condena.
Camino descalza hacia el enorme vestidor. El vacío es lo más hermoso que he visto en años. Donde antes colgaban los trajes de seda rígida y los abrigos de piel que Julián elegía para que yo pareciera su trofeo de caza, ahora solo hay espacio. He donado casi todo. He vaciado las estanterías de zapatos de tacón infinito que me obligaban a caminar con la cabeza baja para no tropezar. Solo queda mi nueva "piel": la chaqueta de cuero, las botas militares y un par de vestidos que compré ayer, esos que no piden perdón por existir.
Me pongo unos vaqueros negros ajustados y una camiseta de tirantes que deja ver la clavícula, esa que Julián siempre decía que debía cubrir con collares de perlas para "dar clase". Me miro al espejo y me reconozco. No soy la enferma, no soy la esposa humillada. Soy una mujer que ha decidido que, si su tiempo está contado, no piensa desperdiciar ni un segundo en ser educada con sus verdugos.
Bajo a la cocina. La escena es casi idéntica a la de ayer, pero hoy la tensión es más fina, como un cable a punto de romperse. Julián está en la isla de la cocina, intentando manejar la cafetera italiana con la torpeza de un niño pequeño. Rebeca está sentada frente a él, con el rostro pálido y las ojeras marcadas, sosteniendo una tostada quemada.
—Buenos días —digo con una alegría que suena a cristales rotos.
Me acerco a la nevera, saco un zumo y bebo directamente de la jarra. Julián se tensa tanto que parece que se va a quebrar.
—Elena, esto tiene que parar —dice, dejando el filtro del café sobre la encimera, manchándolo todo de polvo negro—. La empresa de limpieza me ha llamado. Has vaciado el vestidor. Hay cajas de "donación" en la puerta principal. ¿Tienes idea de la imagen que estamos dando?
—¿La imagen? —me río, apoyándome en la encimera—. ¿Te preocupa la imagen mientras desayunas con tu amante embarazada frente a tu esposa "moribunda"? Julián, tus prioridades son fascinantes.
Rebeca baja la mirada, pero noto cómo aprieta los puños sobre el granito.
—Julián, me siento mal —susurra ella, con esa voz de damisela en apuros que antes me hacía sentir culpable—. El olor del café me da náuseas. Quizá Elena podría...
—Elena no va a hacer nada, Rebeca —la corto sin mirarla—. Si tienes náuseas, abre la ventana. O mejor aún, vuelve a tu apartamento. Ah, no, espera, que Julián te trajo aquí para que yo te cuidara, ¿verdad? Mala suerte. El servicio de enfermería ha renunciado.
Julián da un paso hacia mí, con los ojos inyectados en esa furia fría que antes me hacía temblar.
—No vuelvas a hablarle así. Ella lleva a mi hijo. Tienes que respetarla.
—El respeto se gana, Julián. Y tú lo perdiste el día que me pediste que aceptara esta farsa a cambio de la salud de mi abuela. Por cierto, hoy voy a visitarla. No esperéis que vuelva para la cena. De hecho, no esperéis que vuelva a cocinar nunca más. He tirado tus libros de recetas francesas a la trituradora.
Salgo de la cocina antes de que pueda responder. Siento sus ojos clavados en mi espalda, pero ya no me queman. Al salir por la puerta principal, veo las cajas de ropa. Me aseguro de que el camión de la beneficencia llegue justo cuando los vecinos de la mansión de al lado están saliendo con sus coches de lujo. Quiero que vean el desfile de vestidos de diseñador saliendo de esta casa en bolsas de basura. Quiero que el rumor sea imparable.
Conduzco hacia el centro. Hoy no tengo cita en el hospital, ni reuniones con abogados. Hoy tengo una cita conmigo misma en el único lugar donde no me siento un expediente médico: la galería de Gabriel.
Llego y el olor a pintura fresca y a café barato me recibe como un abrazo. Gabriel está subido a una escalera, colgando unos lienzos enormes. Lleva unos pantalones manchados de óleo y una camiseta negra gastada. Al verme entrar, baja con una agilidad que me recuerda lo joven que es, pero cuando me mira, sus ojos tienen una profundidad que hace que la diferencia de edad desaparezca.
—Has vuelto —dice, con una sonrisa que ilumina el almacén—. Y vienes con ganas de pelea. Lo veo en cómo caminas.
—He vaciado el armario, Gabriel. Literalmente. No queda nada de "la otra Elena" en esa casa.
—Eso merece una celebración. Ven, quiero enseñarte algo.
Me lleva a un rincón del estudio que no había visto antes. Hay un lienzo cubierto con una tela negra. Gabriel se queda quieto, mirándome, pidiendo permiso en silencio. Asiento.
Cuando retira la tela, me quedo sin aliento. No es un retrato realista. Es una explosión de colores oscuros con hilos de luz dorada que parecen venas latiendo. En el centro, hay una figura que se está desprendiendo de una piel de mármol gris. Es abstracta, pero es innegable. Soy yo. No la mujer enferma, sino la fuerza que está naciendo debajo de la debilidad.
—Se llama "El Despertar" —dice él, acercándose—. Cuando te vi en la fuente aquella primera vez, vi a alguien que estaba a punto de estallar. Quería capturar ese momento antes de que el mármol se rompiera del todo.
Paso los dedos por la textura de la pintura, todavía un poco húmeda.
—Nadie me había visto así, Gabriel. Ni siquiera yo misma. Julián solo veía lo que yo podía hacer por él. Tú... tú ves lo que soy a pesar de él.
—Julián es un idiota —dice él, bajando la voz—. Tiene un diamante en casa y lo trata como si fuera una piedra de construcción.
El silencio que sigue es eléctrico. Gabriel está lo suficientemente cerca como para que pueda sentir el calor que emana de su cuerpo. Es una vitalidad que me resulta adictiva, un contraste violento con la frialdad estéril de mi matrimonio. Durante nueve años, mi cuerpo ha sido un objeto de decoración o un recordatorio de la enfermedad. Con Gabriel, por primera vez, mi cuerpo se siente como una posibilidad.
—¿Te da miedo? —me pregunta, sin apartar la mirada.
—¿El qué?
—Vivir. De verdad. Sin el guion que te escribieron.
—Me aterra —confieso—. Pero me da más miedo volver a ser la sombra que era hace una semana.
Pasamos la tarde en el estudio. Me ayuda a pintar un fondo, ensuciándome las manos sin preocuparme por la manicura perfecta que Julián siempre exigía. Comemos pizza fría sentados en el suelo, riéndonos de cosas sin importancia. Gabriel me cuenta sus sueños de viajar a Islandia para fotografiar el hielo azul, y yo le cuento, por primera vez, que siempre quise ser fotógrafa antes de que Julián me convenciera de que su carrera era "lo suficientemente importante para los dos".
—Nunca es tarde —dice él, pasándome su cámara—. Hazme una foto. Ahora.
Tomo la cámara. Pesa. Se siente real. Miro por el visor y veo a Gabriel sentado entre sus cuadros, con la luz de la tarde dándole de lado. Enfoco. Veo la admiración en su mirada, la honestidad de sus facciones. Disparo. El sonido del obturador es el clic más satisfactorio que he escuchado en mi vida. Es el sonido de recuperar un trozo de mi alma.
Cuando el sol empieza a caer, decido que es hora de volver. No porque quiera, sino porque todavía tengo una guerra que ganar en esa mansión.
—Mañana iré al gimnasio —le digo a Gabriel mientras recojo mi mochila—. Julián cree que estoy demasiado débil para hacer ejercicio. Quiero demostrarle que cada célula de mi cuerpo se está rebelando contra él.
—Te acompañaré —dice él—. Conozco un sitio donde no hay espejos dorados ni gente con ropa de marca. Un sitio de verdad.
Vuelvo a casa con el olor a pintura todavía en mis dedos. Al entrar, la casa está en silencio, pero las luces del comedor están encendidas. Julián y Rebeca están cenando. Me dirijo directamente a la cocina para dejar mi botella de agua, pero Julián me corta el paso en el pasillo.
Está impecable, como siempre, pero noto que su máscara se está agrietando. Tiene un sobre en la mano.
—Ha llegado esto del hospital —dice, lanzándolo sobre la mesa de la entrada—. Dicen que has faltado a tu última cita de control. ¿Se puede saber qué estás jugando, Elena? ¿Quieres morir más rápido para hacerme quedar como el malo?
—He faltado porque tenía cosas mejores que hacer, Julián —le digo, sin siquiera mirar el sobre—. Como vivir. ¿Te suena? Es eso que la gente hace cuando no está pendiente de los contratos de construcción o de engañar a su esposa.
—¡Basta ya! —grita él, perdiendo los papeles por primera vez—. ¡Estoy harto de tu arrogancia! He traído a Rebeca aquí para que tengas compañía, para que la casa no esté vacía cuando... bueno, para que todo fuera más fácil. Y me devuelves el favor comportándote como una loca.
—¿Fácil para quién, Julián? ¿Para ti? ¿Para no tener que explicarle a tus socios por qué tu esposa se está marchitando mientras tú celebras tu nueva paternidad? No te engañes. No lo hiciste por mí. Lo hiciste por tu maldita conveniencia.
Rebeca aparece en el umbral del comedor, frotándose el vientre con ese gesto protector que ahora me parece una burla.
—Julián, por favor, no grites. El bebé se pone nervioso —dice ella con dulzura afectada—. Elena, entiendo que estés sufriendo, pero esta es nuestra casa ahora. Tienes que aceptar la realidad.
Me acerco a ella. Es más joven que yo, pero en sus ojos veo una ambición vieja y amarga.
—Esta casa nunca será tuya, Rebeca —susurro, lo suficientemente alto para que Julián también lo oiga—. Eres solo el nuevo modelo que él ha comprado para sustituir el anterior. Disfruta de la tapicería mientras dure, porque Julián no sabe cuidar las cosas valiosas. Solo sabe usarlas.
Subo las escaleras dejando atrás el silencio sepulcral. Entro en mi cuarto y cierro la puerta con llave. Saco el móvil y miro la foto que le hice a Gabriel. Su mirada me da la fuerza que los médicos no pudieron darme.
Me quito la ropa y me miro al espejo. Las cicatrices de las biopsias siguen ahí, pero mi postura es distinta. Ya no me escondo.
Mañana será el día de la transformación física completa. Mañana iré a ese gimnasio con Gabriel. Mañana dejaré de cocinar, dejaré de cuidar y empezaré a destruir los cimientos de este matrimonio podrido. Julián cree que tiene el control porque tiene el dinero, pero se olvida de que yo tengo la verdad. Y la verdad, cuando no tienes nada que perder, es el arma más peligrosa del mundo.
Me acuesto y, por primera vez en meses, no sueño con hospitales. Sueño con lienzos en blanco y con la risa de un hombre que me ve como una mujer, no como un problema que resolver. La metamorfosis ha comenzado y no hay vuelta atrás. Julián y Rebeca creen que han ganado, pero no se dan cuenta de que acaban de meter a un incendio en su perfecta y gélida mansión. Y yo estoy deseando ver cómo arde todo.