En un mundo donde la superficie de la civilización es solo una máscara para las guerras de castas entre Alfas, Betas y Omegas, la ciudad de Chicago se convirtió en el tablero de ajedrez más sangriento del siglo XXI. La obra narra la colisión de dos linajes destinados a destruirse: la Bratva Volkov, liderada por el implacable y territorial Valerius, y la dinastía Moretti, cuyo último heredero, Dante, fue entrenado como un arma de precisión conocida como "El Fénix".
Lo que comenzó como un matrimonio forzado para evitar una guerra total, se transformó en una devoción absoluta que desafió las leyes de la mafia. A través de traiciones familiares, conspiraciones científicas de la Red Zero y el acecho de padres que veían en sus hijos simples herramientas de poder, Valerius y Dante forjaron un vínculo inquebrantable que mezcló el aroma del roble quemado con vainilla negra
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Capítulo 2: El Filo de la Sospecha
La ciudad de Chicago bullía bajo una tormenta de nieve que amenazaba con sepultar los pecados de sus habitantes. En el piso 40 de la Torre Volkov, el aire estaba saturado de un aroma a roble quemado tan potente que los guardias en la puerta apenas se atrevían a respirar. Valerius Volkov terminaba de ajustarse los gemelos de plata en sus puños, observando su reflejo con una frialdad mecánica.
—Señor, los informes del puerto indican que los Moretti han movido a su "limpiador" —dijo Sasha, entrando con una tableta electrónica. Su voz era profesional, pero sus ojos de Beta denotaban una preocupación genuina—. Dante Moretti ha sido visto cerca del Muelle 12.
Valerius se detuvo en seco. El nombre de Dante provocó una chispa inmediata en su sistema nervioso. No era solo odio; era una fijación territorial que le quemaba la sangre.
—¿Dante? —Valerius esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos grises—. Su padre lo envía a hacer el trabajo sucio mientras su hermano Enzo se pasea por los casinos. Es un desperdicio de talento. Prepárame el convoy. No voy a dejar que ese Omega se lleve el cargamento de suministros médicos que interceptamos. Ese muelle es territorio ruso desde el invierno pasado.
—Valerius, tu padre dio órdenes estrictas de no iniciar una guerra abierta hoy —advirtió Sasha, dándole un paso para que él saliera del despacho.
—Mi padre no entiende que Dante Moretti no es solo un soldado —respondió Valerius, su voz vibrando con una posesividad oscura mientras se ponía su abrigo largo—. Él es la pieza que le falta a mi colección. Y esta noche, voy a recordarle a quién pertenecen realmente esas calles.
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Mientras tanto, en el sector sur, la atmósfera era radicalmente distinta. La mansión de los Moretti olía a cocina italiana y pólvora. Dante Moretti estaba en el armero subterráneo, revisando el filo de sus dagas de obsidiana con una calma que aterraba a los hombres a su alrededor. El aroma a absenta y vainilla negra que desprendía era sutil pero punzante, una advertencia de su estado de alerta.
—Dante, ¿estás seguro de esto? —preguntó Vincenzo, su guardaespaldas, mientras le entregaba un chaleco táctico ligero—. Si los Volkov se enteran de que estás en el Muelle 12 personalmente, Valerius irá por ti. Sabes que está obsesionado contigo.
Dante soltó una risa seca, una que sonaba a cristales rotos. Se ajustó la funda de la daga en el muslo y miró a Vincenzo con sus ojos color miel encendidos.
—Que venga, Vincenzo. Me aburro de matar a sus subordinados que huelen a vodka barato y miedo. Valerius es el único que hace que mi sangre se mueva. Además —añadió, bajando la voz—, él cree que ese muelle es suyo. Quiero ver la expresión de su rostro cuando se dé cuenta de que he estado bajo su nariz toda la semana.
En ese momento, Enzo Moretti entró al armero, empujando a un par de soldados. Su aroma de Alfa era rancio y prepotente, chocando violentamente con la elegancia de Dante.
—¡Escúchame bien, hermanito! —rugió Enzo, agarrando a Dante del brazo—. Si arruinas esta entrega, no me importará que seas un Omega. Te encerraré en la torre de la villa y te casaré con el primer postor que ofrezca una ruta comercial.
Dante no se inmutó. Con un movimiento rápido como el de una cobra, presionó el pulgar en un nervio del brazo de Enzo, obligándolo a soltarlo. Se acercó al oído de su hermano, dejando que sus feromonas venenosas lo marearan por un segundo.
—Vuelve a tocarme, Enzo, y te cortaré los dedos con los que cuentas tu preciado dinero —susurró Dante con una dulzura letal—. Yo soy el que mantiene esta familia a flote mientras tú te pierdes en faldas y apuestas. El puerto se queda bajo mi mando esta noche. Lárgate.
Enzo retrocedió, maldiciendo entre dientes, mientras Dante salía hacia el garaje.
El viaje hacia el norte fue silencioso. A medida que el coche se acercaba a la zona neutral del río, Dante sentía una presión en el pecho que conocía bien. Era el "radar" biológico que lo conectaba con Valerius. Podía olerlo a kilómetros: ese aroma a madera y fuego que siempre parecía reclamar el aire que Dante respiraba.
Al llegar al muelle, la nieve caía con tal intensidad que la visibilidad era casi nula. Dante bajó del vehículo, haciendo una señal a sus hombres para que se dispersaran. Se movió entre las sombras de las grúas, sintiéndose en casa en la oscuridad. Sin embargo, algo se sentía diferente.
El silencio era demasiado profundo, incluso para una emboscada.
De repente, una luz de bengala roja iluminó el cielo, revelando la silueta de un hombre parado en lo alto de un contenedor. Era Valerius. El Alfa ruso lo miraba desde arriba, con las manos en los bolsillos de su abrigo, pareciendo un dios antiguo reclamando su sacrificio.
—Te estaba esperando, Dante —la voz de Valerius cortó el viento gélido—. Tardaste cinco minutos más de lo que calculé. ¿Acaso tu hermano te retuvo con sus sermones de mediocre?
Dante sacó sus dagas, el metal negro brillando bajo la luz roja de la bengala. Sus feromonas se dispararon, inundando el muelle con un desafío embriagador
—Calculas demasiado, Volkov. Deberías preocuparte menos por el reloj y más por el hecho de que estás pisando mi sombra.
Valerius saltó desde el contenedor, aterrizando con una pesadez controlada a pocos metros de él. La tensión entre ambos era casi física, un lazo tóxico que los atraía a pesar del odio manifiesto. Ninguno de los dos se dio cuenta de que, en las sombras más profundas de las grúas, ojos ajenos a sus familias los observaban, esperando el momento exacto para que el Alfa y el Omega se destruyeran entre sí.
—Esta noche no habrá mediadores, Dante —dijo Valerius, dando un paso hacia adelante, su presencia envolviendo al Omega—. Solo tú, yo y el frío. Y te prometo que antes de que salga el sol, sabrás exactamente a quién le perteneces.