Anne nunca fue la chica que pedía ayuda. Y esa noche tampoco lo hizo. Lo que ocurrió cambió algo dentro de ella. No fue un accidente. No fue un malentendido. Fue una decisión tomada con los ojos abiertos… y con la certeza de que después nada volvería a ser igual.
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Luces y sombras
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...03...
...ANNE MORETTI...
Me escapé de la finca Moretti cuando las luces de la planta baja se apagaron. No le pedí ayuda a nadie; sabía que la tía Eleonora haría demasiadas preguntas y el tío Cassian me prohibiría salir. Usé un vestido negro sencillo que pertenecía a Isaline, y me maquillé frente al espejo intentando que mis ojos no reflejaran el pánico que sentía.
Llegué a la dirección de la nota. La música se escuchaba desde la calle y el desfile de autos deportivos confirmaba que toda la academia estaba allí. Entré por la puerta trasera, tal como Tristán sugirió, evitando la zona de la piscina donde Maxine solía reinar.
El aire dentro de la casa era pesado, cargado de alcohol y risas estridentes. Me sentía fuera de lugar, como una intrusa en un templo de personas que aparentaban ser perfectas, hasta que lo vi. Tristán estaba en la cocina, alejado de la multitud, sirviendo un trago. Cuando sus ojos se cruzaron con los míos, su rostro se iluminó de una forma que hizo que todo el riesgo valiera la pena.
—Viniste —dijo, dejando el vaso y caminando hacia mí.
—No sé qué estoy haciendo aquí, Tristán —admití, retrocediendo un paso cuando la música subió de volumen—. Si Nate me ve...
—Nate no está aquí, Anne. Relájate —Tristán me tomó de la mano, llevándome hacia un rincón más tranquilo, cerca del balcón—. Solo por esta noche, olvida tus problemas. Olvida ese juego absurdo que tienen contigo, los rumores y a todos los demás. Solo somos nosotros.
Estábamos tan cerca que podía sentir el calor de su aliento. Estaba a punto de decir algo cuando un grito desde la sala principal nos interrumpió.
Tristán, al notar mi palidez, me apretó suavemente la mano para darme seguridad y me guio hacia un grupo pequeño que charlaba cerca de la barra de granito.
—Relájate, Anne. Mira, quiero presentarte a unos amigos —dijo Tristán con tono animado—. Ellos son Leo y Mía. Son de los pocos aquí que realmente valen la pena.
Leo y Mía se giraron. Eran el tipo de personas que exudaban una confianza relajada, de esa que solo se consigue con mucho dinero y pocas preocupaciones. Leo me miró con curiosidad, mientras Mía, que sostenía un vaso de cristal con un líquido ámbar, me dedicó una sonrisa lánguida.
—Así que tú eres la famosa Anne —dijo Mía, extendiéndome un vaso que acababa de preparar—Bienvenida al lado oscuro. Toma, prueba esto, es una mezcla especial.
Miré el vaso. El olor a alcohol era fuerte, punzante, totalmente ajeno a mi mundo. Di un paso atrás, negando con la cabeza.
—No, gracias. Yo... yo no bebo —dije con la voz un poco temblorosa pero firme—. Soy muy joven para el alcohol, mi cuerpo no está acostumbrado.
Hubo un segundo de silencio absoluto. Leo y Mía se miraron entre sí y, de repente, estallaron en una carcajada conjunta. No era una risa cruel como la de Maxine, pero era una risa de superioridad, como si acabara de decir que todavía creía en el ratoncito Pérez.
—"Muy joven para el alcohol" —repitió Leo entre risas, dándole un trago a su propia bebida—Dios, Tristán, ¿de dónde la sacaste? ¿De un convento?
—Es adorable —añadió Mía, limpiándose una lágrima de risa del rabillo del ojo—. Tranquila, pequeña Moretti. Aquí nadie te va a obligar, pero te aseguro que después de dos de estos, la academia parece hasta divertida.
Me sentí pequeña, como si fuera una niña de primaria en una fiesta de adultos. Tristán soltó una pequeña risa, pero no se alejó. Al contrario, se inclinó más hacia mí, rodeándome con esa aura de confianza que parecía desarmar todas mis defensas.
—Vamos, Anne —me dijo en un susurro persuasivo, mientras Leo y Mía nos observaban con curiosidad—. No seas tan rígida. Estás en mi casa, estás segura. Suéltate un poco, un solo trago no te va a hacer daño. Es prácticamente jugo de frutas.
Me miró a los ojos de esa forma en la que sentía que podía pedirme cualquier cosa. Lentamente, me extendió el vaso de cristal que Mía me había ofrecido antes. Dudé un segundo, pensando en la mirada severa de mi tío Cassian, o en la furia de Nate si me viera, pero la presión del momento y las ganas de encajar con Tristán fueron más fuertes.
Tomé el vaso con dedos temblorosos y le di un pequeño sorbo, esperando que el alcohol me quemara la garganta. Pero no fue así.
—Está... está delicioso —murmuré sorprendida.
Tenía un sabor intenso, dulce y vibrante, como cerezas maduras mezcladas con algo burbujeante. Era tan rico que el miedo desapareció por un instante. Antes de que pudiera procesarlo, la sed de adrenalina se apoderó de mí y, de un solo tirón, empecé a beberme el contenido del vaso como si fuera agua.
—¡Oye, oye! Calma, fiera —dijo Tristán entre risas, poniendo su mano sobre el vaso para bajármelo suavemente antes de que lo terminara—. Te dije que probaras, no que te acabaras la reserva de la casa en diez segundos.
Leo soltó una carcajada ruidosa, chocando su hombro con el de Tristán.
—Vaya con la niña del convento —exclamó Leo, divertido—. Parece que los Moretti sí que tienen fuego en la sangre después de todo.
—Es el azúcar, Leo, no la molestes —respondió Tristán, aunque no dejaba de sonreír mientras me miraba con una mezcla de sorpresa y fascinación—. ¿Ves? No pasó nada malo. ¿Cómo te sientes?
Me sentía... ligera. El calor de la bebida empezó a irradiar desde mi estómago hacia mis mejillas. La música ya no me parecía tan ruidosa y el miedo a que me descubrieran se sentía como algo lejano, algo que le pasaba a otra Anne, no a esta que estaba de pie junto al chico más popular de la escuela.
—Me siento bien —dije, soltando una risita tonta que no sabía que tenía guardada—. De hecho, creo que quiero otro.
Tristán arqueó una ceja, claramente divertido por mi repentino cambio de actitud.
El calor del trago de cereza se me subió a la cabeza mucho más rápido de lo que esperaba. La música de repente no solo se escuchaba, sino que se sentía vibrar bajo mis pies. Me dejé llevar por Tristán a la pista improvisada en medio de la sala, riendo con Leo y Mía mientras nos movíamos al ritmo de un bajo profundo que parecía sincronizarse con los latidos de mi corazón.
En un momento, Leo se acercó a Tristán, sacando algo pequeño de su bolsillo.
—Traje algunos dulces para animar esto un poco más —dijo Leo con una sonrisa cómplice—¿Quieres?
Mis ojos se iluminaron. En mi inocencia, y con el azúcar de la bebida aún en mi lengua, pensé en dulces de verdad, quizás gomas de mascar o caramelos de colores. Pero mi sonrisa flaqueó un poco cuando vi que lo que Leo sostenía no eran golosinas, sino unos pequeños cuadrados de papel, diminutas papeletas que brillaban bajo las luces de neón.
Vi cómo Leo se ponía uno en la lengua y, sin decir palabra, tomó a Mía por la nuca y la besó profundamente, pasándole el "dulce" en un gesto que me dejó sin aliento.
Tristán se giró hacia mí. Sus ojos parecían más oscuros, más intensos. Me hizo una seña silenciosa, sosteniendo otra de esas pequeñas papeletas de LSD entre sus dedos, preguntándome sin hablar si yo también quería entrar en ese viaje. El alcohol ya estaba haciendo su trabajo, nublando mi juicio y dándome una valentía que no me pertenecía. Sin pensarlo, sin medir las consecuencias, asentí.
—Sí —susurré.
Tristán se acercó lentamente. El mundo a mi alrededor se volvió borroso; solo existía él. Puso el papel en su lengua y acortó la distancia entre nosotros con una calma que me torturaba. Cuando sus labios tocaron los míos, sentí una descarga eléctrica que recorrió cada rincón de mi cuerpo.
Fue un beso corto, apenas un roce húmedo donde sentí el pequeño papel deslizarse, pero fue suficiente para que mi cerebro estallara en mil colores.
Me quedé estática, sorprendida y emocionada por la audacia del momento. Pero la adrenalina me pidió más. Antes de que él pudiera apartarse, fui yo quien lo tomó de la chaqueta, jalándolo de nuevo hacia mí para devolverle el beso con una desesperación que nació del deseo acumulado de estas tres semanas.
Estábamos perdidos en ese contacto cuando un grito desgarrador cortó la música como un cuchillo.
—¡¿PERO QUÉ MIERDA ES ESTA?!
Me separé de Tristán de golpe, con los labios todavía entumecidos. Allí, en medio de la multitud que se había quedado en silencio, estaba Maxine. Tenía el rostro desfigurado por la rabia, los puños cerrados y los ojos clavados en mí con una furia asesina.
El mundo empezó a deformarse en los bordes. Las luces de la sala ya no eran simples focos; ahora eran estelas de neón que bailaban al ritmo de mi respiración. Sentí un zumbido en los oídos, pero el estallido de furia de Maxine me devolvió a la realidad de golpe.
—¡Zorra! ¡Hija de puta! —gritó Maxine, perdiendo toda su compostura de reina de la academia.
Se abalanzó sobre mí con las uñas por delante, lista para arrancarme la piel. Cerré los ojos, esperando el impacto, pero el golpe nunca llegó. Tristán fue más rápido; la interceptó en el aire, rodeándole la cintura con sus brazos fuertes y levantándola un poco del suelo para frenar su inercia.
—¡Suéltame, Tristán! ¡La voy a despedazar! —chillaba ella, forcejeando.
—Cálmate, Max. Por favor, cálmate —dijo Tristán con una voz extrañamente suave, casi seductora, a pesar del caos—. Mira cómo está. Solo está drogada, nena. Mínimo está elevada y se le pasó la mano, no es para preocuparse. Está en otro planeta ahora mismo.
Maxine dejó de forcejear, aunque su respiración seguía siendo errática. Se quedó rígida, mirándome con un asco infinito mientras yo me tambaleaba un poco, sintiendo que el suelo se convertía en algodón.
—¿Pero qué hace ella aquí? —preguntó Maxine, bajando el tono pero manteniendo el veneno—¿Tú la invitaste, amor?
Tristán asintió con una calma imperturbable, sin soltarla. Se inclinó hacia ella y le susurró algo al oído. No pude escuchar qué fue, pero vi cómo la expresión de Maxine pasaba de la rabia a una sorpresa lenta, y finalmente, a una sonrisa retorcida y cruel.
Él la miró fijamente, con una intensidad que me hizo sentir un escalofrío a pesar del calor de la droga. Parecían compartir un secreto que me dejaba fuera de la ecuación. Maxine se relajó por completo, se puso de puntillas y le plantó un beso posesivo a Tristán en los labios, marcando su territorio frente a todos los presentes.
Luego, se giró hacia mí. Sus ojos se clavaron en los míos, que seguramente estaban dilatados y perdidos en el viaje que acababa de empezar.
—Disfruta tu vuelo, Moretti —me soltó con una frialdad que me caló los huesos—. Pero recuerda que siempre tienes que bajar a tierra. Te estaré vigilando, perra.
Se dio la vuelta y se alejó con paso elegante, perdiéndose entre la multitud como si nada hubiera pasado. Tristán se quedó allí, mirándola alejarse un segundo antes de volver su atención a mí. Para este momento, el LSD ya me estaba arrastrando. Las paredes de la cocina empezaban a respirar y el rostro de Tristán parecía estar hecho de luz pura.
—Ven aquí, Anne —dijo él, tomándome de la mano de nuevo—. Vamos a un lugar donde puedas disfrutar esto sin que nadie te moleste.
Me dejé llevar, con el corazón latiendo a mil por hora, sin saber si lo que acababa de pasar era real o parte del viaje que apenas comenzaba. Lo único que sabía era que había cruzado una línea de la que no sabía si me iba a arrenpentir.
El mundo se movía en ondas de colores eléctricos mientras Tristán me guiaba escaleras arriba. Cada escalón se sentía como si estuviera caminando sobre nubes, y su mano en la mía era el único ancla que me mantenía unida a la tierra. Entramos en una habitación amplia, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por el ventanal. El sonido de la fiesta abajo se volvió un murmullo lejano.
Él me empujó suavemente hacia la cama y comenzó a besarme. Al principio, el efecto del LSD hizo que todo se sintiera glorioso, como si estuviéramos fundiéndonos, pero cuando sus manos empezaron a moverse con una urgencia que no me gustaba, algo dentro de mi cerebro hizo clic. La neblina de la droga chocó contra una pared de instinto de supervivencia.
—No... para, Tristán —susurré, poniendo mis manos sobre su pecho para alejarlo.
Él se detuvo, pero no se quitó de encima. Me miró con una expresión de frustración contenida, sus ojos brillando con una intensidad que ya no me parecía romántica.
—¿Qué pasa ahora, Anne? —preguntó, con la voz ronca.
—No estoy segura de esto... —mi voz temblaba—Es mi primera vez, Tristán. ¿Está bien lo que hacemos? Tienes novia... esto no debería estar pasando. Me siento mal por Maxine.
Tristán soltó una carcajada seca que me heló la sangre. Se sentó en el borde de la cama, mirándome como si fuera una criatura curiosa en un frasco.
—¿Max? —dijo entre risas—. Max es una idiota.¿Crees que me importa lo que ella piense? Hace un momento, cuando me preguntó qué hacías aquí, solo le dije al oído que le estaba haciendo un favor a Leo. Le dije que el quería jugar contigo un rato, que eras un experimento divertido para el... y la muy estúpida se lo creyó.
Tristán me dedicó una sonrisa. Bajo el efecto del LSD, sus rasgos se distorsionaron: sus dientes parecieron más afilados y sus ojos se volvieron pozos oscuros. Fue una sonrisa de puro terror. No era el chico de la biblioteca; era un depredador que se había quitado la máscara.
La realidad me golpeó como un balde de agua helada. Tristán no me estaba protegiendo de su círculo; él era el líder de la manada. Y el juego no era de Leo. El juego era de él.
—Eres un maldito loco —logré articular, sintiendo que el estómago se me revolvía.
Lo empujé con todas mis fuerzas, aprovechando su sorpresa, y salté de la cama. Mis piernas se sentían pesadas, el suelo parecía ondularse bajo mis pies, pero la adrenalina me impulsó. Corrí hacia la puerta de la habitación, con el corazón martilleando en mi garganta, y agarré el pomo de metal.
Lo giré desesperadamente. Una, dos, tres veces.
No cedió.
—¡Abre la puerta! —grité, tirando de ella con fuerza.
—Ratóncita, no seas dramática —escuché su voz detrás de mí, acercándose lentamente—. Dijiste que querías ser parte de nuestro mundo, ¿no? Bueno, así es como funciona.
Escuché el tintineo de unas llaves en su bolsillo. Estaba encerrada. Estaba drogada, sola, y acababa de descubrir que el chico que creía que me respetaba me veía como un simple juguete para pasar la noche.
El tirón en mi cuero cabelludo fue tan violento que mi grito se quedó atascado en la garganta. El mundo, ya distorsionado por el LSD, se inclinó peligrosamente cuando Tristán me arrastró de vuelta hacia el colchón. Las luces de la habitación empezaron a fracturarse en mil pedazos de cristal, y el rostro de Tristán se alargaba y se encogía como una pesadilla viviente.
Me lanzó sobre la cama y el impacto me hizo sentir que mis huesos eran de cristal. Mientras él se cernía sobre mí, empezando ese "juego" cruel, mi mente se desconectó del dolor físico para hundirse en un abismo de culpa.
¿Cómo pude ser tan estúpida? Los pensamientos golpeaban las paredes de mi cráneo como pájaros enjaulados.
Perdóname, Nate... pensé, mientras las lágrimas se mezclaban con el sudor en mi rostro. Tenías razón sobre ellos. Tenías razón sobre este mundo.
Me sentía sucia, no solo por las manos de Tristán, sino por mi propia ingenuidad. Confié en una sonrisa porque estaba sedienta de una palabra amable. Me entregué al lobo pensando que era el refugio. Soy igual que mi madre, me repetía en la oscuridad de mi mente. Atraigo la desgracia.
El efecto del LSD hacía que las manos de Tristán parecieran garras infinitas y que el techo de la habitación se cerrara sobre mí como una tumba. Traté de luchar. Mis uñas buscaron su piel, mis piernas patearon el aire denso, pero cada intento de zafarme solo alimentaba su desprecio.
—¡Quédate quieta, Moretti! —gruñó, y el sonido de su voz se distorsionó en mis oídos como un trueno.
En el forcejeo, sentí cómo mi hombro golpeaba contra la cabecera de la cama. Un dolor agudo y real atravesó la bruma de la droga. Él me sujetó las muñecas contra el colchón con una fuerza que me hizo sollozar. Mis manos, que ya tenían los raspones de la caída en la academia, volvieron a sangrar bajo la presión de sus dedos.
—¡Déjame en paz! —le grité, y mi voz sonó como la de una extraña, rota y húmeda por las lágrimas—. ¡Me estás lastimando! ¡Tristán, por favor, detente!
Pero él hizo caso omiso. Sus ojos no tenían rastro de la calidez que me fingió en la biblioteca. Eran ojos vacíos, los ojos de alguien que estaba cobrando una deuda que yo no sabía que debía. La humillación se sentía más fría que el metal. Me sentía pequeña, minúscula, como si mi existencia se estuviera borrando bajo el peso de su cuerpo y de mi propio error.
Tenías razón, abuelo, repetía mi mente en un bucle oscuro. No soy nada. Soy el juguete de los que son mejores que yo.
Finalmente, cuando el horror terminó, el silencio que quedó en la habitación fue lo más doloroso de todo. El peso desapareció. Escuché el sonido de las sábanas revolviéndose y luego el de sus pies caminando sobre la alfombra con una indiferencia que me dio náuseas.
Tristán se levantó, se ajustó la ropa como si acabara de terminar una tarea aburrida y, sin dedicarme una sola mirada, caminó hacia el baño.
Escuché el clic de la puerta del baño cerrarse y, segundos después, el sonido del agua corriendo. Ese sonido, tan cotidiano y limpio, me pareció un insulto. Yo seguía allí, tirada en la cama, con la vista fija en un punto de la pared donde las sombras parecían cobrar vida propia por el ácido. Me sentía rota, no solo físicamente, sino en algún lugar profundo donde antes guardaba la esperanza.
El pánico empezó a dar paso a una parálisis fría. Tenía que moverme, tenía que salir de aquí antes de que él saliera de ese baño, pero mi cuerpo no respondía.
El agua dejó de correr. El silencio volvió a ser un peso muerto sobre mis hombros hasta que la puerta del baño se abrió. Tristán salió envuelto en una calma que me dio escalofríos. Se ajustó la camisa frente al espejo, peinándose con los dedos como si nada hubiera pasado, como si el desastre sobre la cama no fuera más que un detalle en su habitación.
Se giró hacia mí y, con una indiferencia que me dolió, sacó las llaves de su bolsillo y las lanzó sobre la colcha. El tintineo del metal contra la tela sonó haciéndome reaccionar.
—Ya te puedes ir si quieres —dijo, sin rastro de la furia de antes.
Intenté incorporarme, pero mi cuerpo se sentía como si estuviera hecho de plomo y cristal roto. Mis movimientos eran torpes por el efecto residual de la droga. Me quedé sentada en el borde de la cama, mirándolo en un silencio absoluto, con los ojos cargados de una decepción que me quemaba la garganta.
—No me mires así, Anne —soltó él, cruzándose de brazos—. Tú lo querías. Tú querías esto. ¿Crees que no he visto cómo me miras en la biblioteca? Te gusto, ¿no? Solo te di un regalo, no entiendo por qué tenías que ponerte así de dramática.
Sentí una punzada de vergüenza mezclada con el dolor.
—Es que... es que sí me gustabas —susurré, y mi voz salió pequeña, casi inaudible—. Me gustabas porque pensaba que eras diferente. No sabía que solo querías jugar conmigo.
Tristán chistó, ese sonido entre los dientes que indicaba impaciencia. Se me acercó de golpe y mi primer instinto fue encogerme, cerrando los ojos con fuerza, esperando otro tirón de cabello. Pero esta vez, su contacto fue distinto. Se sentó a mi lado y me tomó la barbilla con una delicadeza que me confundió los sentidos.
—Lo lamento, Anne —dijo, y su voz volvió a ser esa seda cálida que me había enamorado—. De verdad lo siento. Es solo que... no pude resistirme a ti. La verdad es que me gustas demasiado, y no quería lastimarte, pero eres tan hermosa que perdí el control.
Lo miré a través de las lágrimas. Mi mente, nublada por el LSD y la inexperiencia, buscaba desesperadamente una razón para que él no fuera el monstruo que acababa de ver.
—¿Me lastimaste a propósito? —pregunté con el corazón en un hilo.
—No, nena. Escúchame —me acarició la mejilla, secándome una lágrima—. Es solo un juego de roles. En el sexo, a veces la gente juega a ser ruda, a forzar un poco las cosas para que sea más intenso. Como no tienes experiencia, no conoces de eso, pero te juro que no fue con mala intención. Es parte de la pasión.
Sus palabras empezaron a filtrarse en mi juicio roto. Quería creerle. Necesitaba creerle para no sentir que mi vida se había acabado en esa habitación. Tal vez él tenía razón. Tal vez yo era la que no entendía cómo funcionaba el mundo de los adultos, el mundo de la gente como él.
Él pareció notar que yo estaba cediendo, que su red se cerraba de nuevo sobre mí. Sonrió de esa forma amable que me hacía sentir segura hace apenas unas horas.
—Mira, para que veas que me importas y que no quiero que te sientas mal... yo mismo te llevaré a casa —propuso, acariciando mi mano—. Si no te sientes bien para conducir o llamar a alguien, yo me encargo. No dejaría que te pasara nada malo afuera.
Asentí lentamente, tratando de tragarme el nudo de duda que aún persistía en mi estómago. Me puse de pie con su ayuda, sintiéndome mareada, pero agradecida de que el "monstruo" se hubiera ido para devolverme al chico de la biblioteca.
No sabía que estaba aceptando subirme al auto con el hombre que acababa de romperme, ni que el camino a casa sería el inicio de una mentira que me destruiría por dentro.