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Mariana

Mariana

Status: Terminada
Genre:Terror / Completas
Popularitas:73
Nilai: 5
nombre de autor: Campos Fernando

Sara regresa a la granja de sus padres para cuidar a su madre en campania de su esposo Alejandro,
Al llegar Sara comienza a ver el fantasma de una niña en sus sueños y comienza a caminar dormida, despertando cada mañana, en un lugar diferente, cada vez más alejada de la granja
Alejandro pronto trata de investigar lo que esta pasando y poco a poco comienza a descubrir los oscuros secretos del pasado que oculta su Esposa

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LOCURA

La noche era oscura y pesada en el pueblo, como si el cielo mismo se hubiera cubierto de luto. Nazario, en su estado de desesperación, se encontraba en su habitación, rodeado de botellas vacías y pastillas esparcidas por el suelo. Cada noche se volvía más agresivo, y su madre, preocupada por su bienestar, decidió enfrentarlo. El sonido de la puerta al abrirse resonó en la habitación, como un eco de advertencia. “Nazario, por favor, necesitamos hablar,” dijo ella, su voz temblando entre la preocupación y el miedo.

Nazario, con la mirada perdida y la mente nublada por las drogas, levantó la vista. “¿Hablar? ¿De qué?” Su tono era cortante, y su madre sintió un escalofrío recorrerle la espalda. “Te estoy diciendo que esto no es vida. Necesitas ayuda,” insistió, dando un paso adelante. Pero la respuesta de Nazario fue violenta; con un movimiento brusco, se levantó y la empujó con fuerza. El golpe resonó en la habitación, y su madre cayó al suelo, su rostro reflejando el horror y la incredulidad.

El tiempo pareció detenerse mientras Nazario, en un frenesí de rabia y confusión, se abalanzó sobre ella. “¡No me digas qué hacer!” gritó, y sus manos, que antes habían sido de un niño inocente, ahora se convirtieron en instrumentos de destrucción. En cuestión de segundos, el aire se llenó de gritos y llantos, y el silencio de la noche fue roto por el sonido de un corazón que dejaba de latir. Cuando Nazario se dio cuenta de lo que había hecho, el horror lo consumió. “¡No, no, no!” murmuró mientras huía de la escena, dejando atrás el caos que había provocado.

Mientras tanto, en la granja, la noticia de la muerte de la madre de Nazario llegó como un rayo. Sara, que había estado intentando conectar con Mariana a través de la Ouija, sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. “¿Qué está pasando?” preguntó, su voz temblando de miedo. Su padre, con el rostro pálido, se sentó en la mesa, incapaz de responder. “Julieta... está muerta,” dijo finalmente, y el mundo de Sara se desmoronó. La conexión entre los dos, ya tensa por los secretos del pasado, se había roto de forma irrevocable.

Desesperada, Sara volvió a la Ouija, sintiendo que era su única salida. “Mariana, ¿qué es lo que quieres de mí?” preguntó, su voz quebrándose. La planchette se movió lentamente, formando palabras que la hicieron temblar. “Remediando el pasado,” dijo la voz etérea. “¿Cómo remediarlo, si ya estás muerta?” gritó Sara, su frustración estallando en el aire cargado de tensión. La respuesta de Mariana fue aún más desconcertante. “Aún no lo estoy,” dijo, y Sara sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Confundida, Sara preguntó: “¿A qué te refieres?” La respuesta de Mariana fue clara: “Termina lo que empezaste.” En ese momento, una revelación la golpeó con fuerza. Comprendió que lo que Mariana deseaba era descansar, encontrar la paz que sus padres nunca le habían dado. “Necesitas una tumba,” murmuró Sara para sí misma, su mente corriendo a mil por hora. “Un lugar donde puedan llorarte.” La determinación se encendió en su pecho, y supo que debía actuar.

Sin perder tiempo, se dirigió a su padre, quien todavía se encontraba en estado de shock. “Papá, debemos ir a buscar los restos de Mariana. Necesita una sepultura cristiana,” dijo, su voz firme. Su padre, aún aturdido, la miró con incredulidad. “¿Estás segura, Sara? Esto es... complicado,” respondió, pero en su interior, sabía que era lo correcto. Finalmente, asintió, y juntos se dirigieron al monte donde habían escondido los restos de Mariana.

El camino era oscuro y lleno de sombras, y el aire se sentía pesado con la carga de lo que estaban a punto de hacer. Al llegar al lugar, Sara sintió que el corazón le latía con fuerza. “Aquí es,” dijo, señalando un pequeño montículo cubierto de maleza. Con manos temblorosas, comenzaron a desenterrar, el sudor y las lágrimas mezclándose mientras la tierra caía a un lado. Cada pala de tierra que levantaban era un paso hacia la redención, un intento de corregir los errores del pasado.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, llegaron a los restos. El cuerpo de Mariana yacía allí, cubierto de hojas y tierra, como si el tiempo hubiera querido ocultarlo. Sara se arrodilló, el llanto brotando de su pecho. “Lo siento, Mariana. Te daremos el descanso que mereces,” prometió, mientras su padre, con el rostro lleno de remordimiento, la observaba en silencio. La verdad de lo que había hecho pesaba sobre él, y sabía que debía enfrentarse a su propia culpa.

Después de hacer una sepultura adecuada, su padre tomó una decisión. “Voy a buscar al padre de Mariana,” dijo de repente, su voz temblando. “Debo confesarle todo. Él merece saber la verdad.” Sara lo miró, sorprendida. “¿Estás seguro, papá?” preguntó. “Debo hacerlo. No puedo seguir cargando con este secreto,” respondió él, su mirada determinada. “Prometo que me entregaré cuando el funeral de Mariana haya terminado. Él necesita saber que lo siento.” Con esas palabras, se alejó hacia el pueblo, dejando a Sara con la esperanza de que, al final, la verdad podría traer paz a todos los involucrados.

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