"En los libros de historia, Jeon Youngjae era un monstruo. En persona, es mi mayor tentación." Kang Yoona es una estudiante de historia que sabe cómo termina la vida del joven Rey Youngjae: traicionado, solo y ejecutado. Pero cuando un antiguo espejo la arrastra al año 1520, Yoona no cae en un libro de texto, sino en los brazos del hombre más peligroso de Corea. Él es un tirano que no confía en nadie; ella es una intrusa que conoce todos sus secretos y su trágico final. Para sobrevivir, Yoona deberá jugar un juego mortal: ¿Cambiará la historia para salvar al hombre que ama, aunque eso signifique borrar su propio futuro? En una era de acero y sangre, la verdad es el arma más peligrosa.
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Capítulo 11: El peso de la eternidad
El estruendo del asedio se había convertido en un ruido blanco de fondo, una tormenta de gritos y metal que golpeaba los muros exteriores del palacio. Pero dentro de la alcoba real, el silencio era tan denso que podía sentir el latido de mi propio corazón, acelerado y errático. El espejo de bronce descansaba sobre la mesa de ébano, su superficie ahora extrañamente limpia, brillando con una luz esmeralda que pulsaba al ritmo de la masacre exterior.
Me dolía el cuerpo, una mezcla de la fatiga del día y el recuerdo persistente de la intensidad con la que Youngjae me había reclamado la noche anterior. Pero lo que más me dolía era la presión en el pecho, ese nudo de angustia que se formaba cada vez que pensaba en la decisión que tenía frente a mí.
La grieta en el espejo estaba creciendo.
—Está ocurriendo —susurré, rozando el metal frío con la punta de mis dedos.
Sentí una vibración que me subió por el brazo, un tirón magnético que intentaba arrastrar mi conciencia hacia el vacío. Los libros de historia que tanto había amado ahora se sentían como una condena. Sabía que, si me quedaba, las probabilidades de morir junto a Youngjae en el incendio del salón del trono eran del noventa por ciento. Los registros decían que el palacio caería antes del alba. No había mención alguna de una mujer del futuro que cambiara el curso de la guerra. En la historia oficial, Youngjae moría solo, traicionado por todos.
Pero entonces, cerré los ojos y no vi letras impresas, sino sus ojos. Vi la forma en que Youngjae me había mirado en el patio, bañada en la sangre de los traidores, no como un monstruo, sino como un hombre que finalmente había encontrado una razón para no serlo.
—Yoona… —la voz de Youngjae me hizo sobresaltarme.
Estaba de pie en el umbral, su silueta recortada por el resplandor naranja de los incendios exteriores. Su armadura estaba abollada, su rostro manchado de hollín y sangre seca, pero su presencia seguía siendo tan magnética que sentí que el aire se escapaba de mis pulmones.
Caminó hacia mí, ignorando el espejo que brillaba con una intensidad casi cegadora. Sus ojos se fijaron en los míos con una lucidez aterradora.
—El espejo está despertando, ¿verdad? —preguntó, deteniéndose a solo unos centímetros. Su voz era un susurro ronco, despojado de toda autoridad real. Era solo el hombre que me amaba—. Siento el aire cambiar a tu alrededor. Huele a… a algo que no pertenece a este mundo. Huele a ti.
—Me está llamando, Youngjae —admití, mis lágrimas empezando a rodar—. La ventana de tiempo se está cerrando. Si no cruzo ahora, es probable que la conexión se rompa para siempre. Me quedaré atrapada aquí.
Youngjae miró el artefacto y luego volvió a mirarme a mí. Vi cómo su mandíbula se tensaba, cómo sus manos se cerraban en puños. Esperaba que me ordenara quedarme, que usara su autoridad de Rey para encadenarme a su lado. Pero lo que hizo me rompió el corazón de una manera que ninguna traición política podría.
Él tomó mi mano y la llevó hacia el espejo.
—Vete —dijo. Su voz se quebró al final, una grieta en su máscara de hierro—. Las puertas del segundo anillo han caído. Park ha traído artillería que no esperábamos. En menos de una hora, este lugar será un infierno de ceniza. No puedo protegerte de lo que viene, Yoona. Mi destino está escrito en esos libros tuyos… pero el tuyo no tiene por qué terminar aquí.
—¡No puedo dejarte así! —exclamé, aferrándome a su coraza, sintiendo el metal frío bajo mis palmas—. Si me voy, morirás tal como dicen los registros. Estarás solo. Serás el villano de la historia de nuevo.
—No estaré solo —respondió él, rodeando mi cintura con un brazo y atrayéndome hacia su pecho con una fuerza que me hizo jadear—. Estaré con el recuerdo de la mujer que me miró como si yo fuera un dios. Estaré con el sabor de tu piel y la marca que dejaste en mi alma. Si muero hoy, moriré siendo el hombre que tú creaste, no el monstruo que ellos querían que fuera. Eso es más de lo que cualquier Rey de Joseon ha tenido jamás.
Sentí el calor de su cuerpo contra el mío, el contraste entre su armadura dura y mi piel suave. Me sentía pequeña, insignificante ante el peso de la historia, pero inmensa por lo que sentía por él. No era solo atracción, no era solo el síndrome de estocolmo de una viajera perdida. Era algo especial, una conexión que trascendía los siglos. Era el tipo de amor que los poetas de mi tiempo llamaban "clásico", pero que yo estaba viviendo en carne viva.
—He pasado toda mi vida estudiando el pasado porque sentía que no encajaba en el presente —susurré, ocultando mi rostro en su cuello, respirando su aroma a sándalo y guerra por última vez—. Siempre busqué algo real entre las ruinas. Y ahora que lo encuentro… ahora que te encuentro a ti… ¿se supone que debo dejar que la historia te borre?
—Yoona, mírame —él me obligó a alzar la vista, tomando mi rostro entre sus manos. Sus pulgares acariciaron mis pómulos con una ternura que me hizo sollozar—. En tu mundo, tienes una familia. Tienes una vida sin guerras, sin tiranos, sin el miedo a ser decapitada cada mañana. Aquí, solo te ofrezco una muerte honorable. Vuelve a casa. Vive. Cuéntales que el Rey de Sangre amó a una estrella y que, por una noche, el mundo fue perfecto.
La luz esmeralda del espejo estalló de repente, envolviendo mis pies. El suelo empezó a vibrar. El portal estaba reclamando su lugar. Las imágenes del siglo XXI —mi apartamento desordenado, el olor a café de la esquina, el rostro de mis padres— empezaron a parpadear en el aire, superponiéndose a la seda roja de la alcoba.
Era el momento. Un paso atrás y estaría a salvo. Estaría de vuelta en mi excavación, con el Dr. Kim preguntándome dónde me había metido. Todo esto sería recordado como un sueño febril o una experiencia mística.
Miré el portal y luego miré a Youngjae.
Él me soltó. Dio un paso atrás, dándome el espacio para elegir. Su rostro estaba bañado en las sombras de la muerte inminente, pero sus ojos me gritaban que me fuera, que me salvara.
En ese instante, una epifanía me golpeó. Si yo sabía cómo terminaba la historia, era porque alguien la había escrito así. Pero la historia no es algo inmutable; es una serie de elecciones. Y si yo había viajado quinientos años no era para ser una mártir del tiempo, sino para ser la anomalía que el destino no vio venir.
—No —dije con una firmeza que hizo que la luz del espejo flaqueara.
—¿Yoona? —Youngjae me miró con horror y esperanza—. ¡Qué haces! ¡Cruza ahora!
—Los libros dicen que el Rey Youngjae murió solo —dije, alejándome del espejo, sintiendo cómo la luz esmeralda me quemaba la piel en un último intento de succión—. Pero los libros se equivocan sobre muchas cosas. Se equivocaron sobre el túnel, se equivocaron sobre Choi… y se van a equivocar sobre hoy.
Caminé hacia la mesa, agarré el espejo de bronce y, con un movimiento rápido y violento, lo estampé contra el suelo de piedra. El metal de Goryeo se fragmentó en mil pedazos. El portal de luz estalló en un gemido sordo y desapareció, dejando la habitación sumergida en la penumbra anaranjada del incendio exterior.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el crepitar de las vigas ardiendo a lo lejos.
Youngjae se quedó inmóvil, mirando los trozos de bronce en el suelo como si fueran los restos de mi alma. Luego, levantó la vista hacia mí.
—¿Qué has hecho? —susurró, su voz cargada de una angustia infinita—. Has destruido tu única salida. Estás atrapada conmigo en un palacio que se derrumba.
—No estoy atrapada —dije, caminando hacia él y rodeando su cuello con mis brazos, uniendo mis labios a los suyos en un beso que sabía a ceniza y a eternidad—. Estoy en casa.
Youngjae me correspondió con una furia desesperada, sus manos enterrándose en mi cabello, su cuerpo temblando contra el mío. Ya no había palabras, solo la necesidad bruta de fundirnos en uno solo antes de que el mundo se acabara. En ese beso, le entregué todo: mi futuro, mi familia, mi mundo seguro. Lo cambié todo por él. Por este hombre que la historia llamó tirano pero que yo llamaba mío.
—Si nos vamos a quemar —murmuró él contra mis labios, sus ojos brillando con una determinación salvaje—, juro que el fuego de Joseon recordará nuestro nombre por encima del de cualquier traidor.
—No nos vamos a quemar —le respondí, apartando una lágrima de su rostro—. Me quedé porque sé algo que Park no sabe. Sé dónde están las reservas de pólvora que tu abuelo escondió bajo el salón del trono para un caso de asedio total. Si las detonamos en el momento justo, no solo detendremos el asalto, sino que destruiremos a todo su ejército de una sola vez.
Youngjae arqueó una ceja, una chispa de esperanza y astucia volviendo a su mirada.
—¿Pólvora? Mi abuelo siempre hablaba de un "trueno dormido", pero pensé que eran delirios de un anciano.
—No eran delirios. Es la razón por la que este palacio es una fortaleza imposible de conquistar… si sabes dónde golpear.
Él me tomó de la mano, apretándola con tal fuerza que dolió, pero era un dolor que me recordaba que estaba viva.
—Entonces, mi reina del futuro, enséñale a este siglo cómo se ve el fin del mundo.
Salimos de la alcoba corriendo, de la mano, mientras el humo empezaba a serpentear por el techo. El destino había intentado sacarme de la página, pero yo había decidido arrancar la hoja y escribir una nueva. Ya no era Kang Yoona, la historiadora curiosa. Era la Concubina del Rey de Sangre, y hoy, la historia no se iba a repetir. Hoy, la historia iba a arder.
Si llegaste hasta aquí, ya sabes una cosa:
esta historia NO es un romance normal.
Aquí no hay príncipes…
hay un rey que destruye todo lo que toca.
Y Yoona…
ella sabe exactamente cómo termina su historia.
💔 Sabe cómo muere el hombre del que se está enamorando.
Ahora dime tú…
👇
¿Lo salvarías… o dejarías que el destino lo destruya?
👀 Lean con cuidado, porque lo que viene en los próximos capítulos…
no todos están listos para soportarlo.
— GIA 💞