Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
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Espejo de realidad
El estruendo de la música en el club siempre me había parecido un muro protector; si el ruido era lo suficientemente fuerte, mis propios pensamientos no podían alcanzarme. Pero esa noche, el muro se derrumbó.
Me movía con agilidad entre las mesas, esquivando brazos y risas ruidosas, cargando una bandeja que pesaba más que mi propia voluntad. Mis pies ardían dentro de los zapatos desgastados, pero mantenía la mirada baja, concentrada en no derramar ni una gota de las bebidas. Ser invisible era mi mayor talento, tanto en los pasillos de la escuela como aquí, entre las luces de neón.
—¡Luciana! ¿Eres tú?
Esa voz no pertenecía al club. No era la voz áspera del encargado ni la demanda exigente de un cliente ebrio. Era una voz clara, familiar y cargada de una sorpresa que me heló la sangre.
Me detuve en seco. Al levantar la vista, me encontré con unos ojos que me observaban con incredulidad. Era Julián, el chico que se sentaba tres bancos detrás de mí en clase de literatura. Julián, el que siempre tenía una respuesta inteligente y cuya vida parecía estar a años luz de la mía. Estaba allí con un grupo de amigos, todos vestidos con ropa que costaba más de lo que yo ganaba en un mes de propinas.
—¿Trabajas aquí? —preguntó, bajando el tono de voz al notar mi incomodidad.
Sentí que el uniforme de mesera se volvía de plomo. El calor subió por mi cuello, una mezcla de vergüenza y una rabia sorda que no sabía de dónde venía. En la escuela, yo era la chica huérfana y silenciosa; aquí, era la sirvienta de sus noches de diversión.
—Tengo que seguir trabajando, Julián —respondí con la voz más firme que pude fingir, intentando retomar mi camino.
Pero antes de que pudiera dar un paso, él extendió la mano, rozando apenas mi brazo.
—No sabía que... bueno, que hacías esto. No tienes que avergonzarte, Luciana.
Aquello fue peor que un insulto. Su compasión me dolió más que la indiferencia de los demás. Él no sabía nada de las facturas acumuladas sobre la mesa de la cocina, ni de los días en que mi padre ni siquiera se levantaba de la cama, ni del vacío que dejó el jardín de mamá.
—No me avergüenzo —mentí, mirándolo directamente a los ojos por primera vez—. Solo estoy ocupada.
Me alejé rápidamente hacia la barra, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Mi corazón latía desbocado. El refugio de mi anonimato se había roto. Ahora, el lunes en la escuela ya no sería el mismo; alguien más sabía que la chica de los libros también era la chica que servía copas hasta la madrugada para sobrevivir.
El Lunes en la escuela se sentía diferente. El aire era denso, como si todos supieran el secreto que Julián había descubierto en el club, aunque la lógica me decía que era imposible. Me escondí detrás de mi libro de fantasía, buscando desesperadamente desaparecer entre las páginas.
Cuando entré al salón de literatura, el corazón me dio un vuelco. Julián estaba rodeado de su grupo habitual, riendo a carcajadas. Al verme cruzar la puerta, su risa se cortó un segundo. Sus ojos buscaron los míos, y por un breve instante, vi la misma suavidad de la otra noche. Pero entonces, Mateo, uno de sus amigos más pesados, le dio un codazo.
—Oye, Julián, ¿no es esa tu "amiguita" la mesera? —soltó Mateo con una sonrisa burlona que me hizo querer que la tierra me tragara.
Sentí todas las miradas clavadas en mi espalda, como alfileres. Valentina, que estaba a mi lado, apretó mi mano en señal de apoyo, pero yo solo podía mirar a Julián, esperando... algo. Una defensa, una señal de humanidad.
Julián se puso rígido. Miró a sus amigos y luego soltó una carcajada forzada, una que sonó a cristal roto.
—¿Esa? Por favor, Mateo. Solo le pedí una bebida porque tardaba una eternidad —dijo, subiendo el tono para que todos lo oyeran—. Es invisible en clase y parece que también es invisible trabajando. No es mi tipo, ni en mil años.
El salón estalló en risitas. Julián ni siquiera me miró; se dedicó a revisar su teléfono con una indiferencia fingida que me dolió más que cualquier insulto directo. Entendí el mensaje: para él, yo era un error de una noche, alguien que le gustaba en las sombras pero de quien se avergonzaba bajo la luz del sol.
Pasé el resto de las clases en un estado de entumecimiento. Al salir, mientras caminaba hacia la parada del autobús, escuché unos pasos rápidos detrás de mí.
—¡Luciana! ¡Espera! —era Julián. Estaba agitado, y su rostro ya no tenía la máscara de burla de hace unos minutos.
Me detuve, pero no me di la vuelta.
—¿Qué quieres, Julián? ¿Te olvidaste de pedir otra bebida? —mi voz salió más rota de lo que pretendía.
—Lo de hace un rato... no lo decía en serio. Es que los chicos... tú sabes cómo son —intentó explicar, acercándose un poco más.
—Sé cómo eres tú —le espeté, girándome por fin. Sus ojos avellana, tan parecidos a los míos en melancolía, brillaban con una urgencia extraña—. Eres un cobarde. Te da pena que te vean hablando con la chica que sirve mesas para que su papá no se muera de hambre. Si te gusto, te da asco que te guste alguien como yo delante de tus amigos.
Él abrió la boca para protestar, pero no salieron palabras. Su silencio fue mi respuesta.
—No vuelvas a hablarme en el club. Y en la escuela, hazme un favor y mantén tu promesa: sigue tratándome como si fuera invisible.
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FRASES DEL DIA
!𝐀𝐕𝐄𝐂𝐄𝐒 𝐈𝐑𝐒𝐄 𝐄𝐒 𝐋𝐀 𝐔́𝐍𝐈𝐂𝐀 𝐌𝐀𝐍𝐄𝐑𝐀 𝐃𝐄 𝐑𝐄𝐒𝐏𝐈𝐑𝐀𝐑!
𝐇𝐚𝐲 𝐝𝐢́𝐚𝐬 𝐞𝐧 𝐥𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐚𝐥𝐦𝐚 𝐬𝐞 𝐜𝐚𝐧𝐬𝐚 𝐬𝐢𝐧 𝐫𝐚𝐳𝐨́𝐧 𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐧𝐭𝐞, 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐡𝐮𝐢𝐫, 𝐞𝐬 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐭𝐚𝐫 𝐬𝐢𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐨, 𝐮𝐧 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐢𝐫𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐫𝐮𝐢𝐝𝐨, 𝐝𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐜𝐞𝐩𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬, 𝐝𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐫𝐮𝐭𝐢𝐧𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐞𝐬𝐚𝐧.
𝐀𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐮𝐧𝐨 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐞𝐫 𝐮𝐧 𝐫𝐚𝐭𝐨, 𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐥𝐞𝐣𝐨𝐬, 𝐧𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐝𝐞𝐣𝐚𝐫𝐥𝐨 𝐭𝐨𝐝𝐨 𝐚𝐭𝐫𝐚́𝐬, 𝐬𝐢𝐧𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐧𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚𝐫𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐢𝐠𝐨 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐨𝐭𝐫𝐚 𝐯𝐞𝐳. 𝐍𝐨 𝐬𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐜𝐚𝐩𝐚𝐫 𝐝𝐞𝐥 𝐦𝐮𝐧𝐝𝐨, 𝐬𝐢𝐧𝐨 𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐠𝐫𝐞𝐬𝐚𝐫 𝐚 𝐮𝐧𝐨 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐬𝐢𝐧 𝐦𝐚́𝐬𝐜𝐚𝐫𝐚𝐬, 𝐬𝐢𝐧 𝐩𝐫𝐢𝐬𝐚𝐬, 𝐬𝐢𝐧 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐜𝐭𝐚𝐭𝐢𝐯𝐚𝐬, 𝐩𝐨𝐫𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐥𝐚 𝐝𝐢𝐬𝐭𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐚𝐫𝐢𝐚 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐟𝐢́𝐬𝐢𝐜𝐚, 𝐞𝐬 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥.