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Latidos Prohibidos

Latidos Prohibidos

Status: Terminada
Genre:CEO / Romance / Enfermizo / Completas
Popularitas:20.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Thanan

Valentina Romero siempre ha vivido con una sonrisa, tratando de ver el lado bueno de la vida a pesar de su corazón frágil. Cada día es una batalla silenciosa entre la fuerza que muestra al mundo y la vulnerabilidad que la acompaña en la soledad de su habitación. Sabe que amar podría significar dolor, que entregar su corazón podría ser un lujo que no puede permitirse.

Hasta que conoce a Dante Moretti , un CEO poderoso, frío y seguro de sí mismo, cuya mirada no la trata con lástima, sino con un interés que la desconcierta y la atrae como nunca antes. Él percibe sus miedos y debilidades, pero no los juzga; él la ve.

Juntos comienzan una relación sin promesas, sin etiquetas, marcada por la pasión contenida, la complicidad y la química que ambos sienten, aunque el tiempo no esté de su lado. Mientras la enfermedad de Valentina avanza silenciosa, los sentimientos crecen y la tensión entre lo que desean y lo que temen alcanzar se hace insoportable.

NovelToon tiene autorización de Thanan para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: El Peso del Pronóstico

La luz de la mañana se colaba por las persianas, prometiendo un día despejado y brillante. Valentina, sin embargo, se sentía como si caminara bajo una tormenta perpetua.

Hoy era el día de su cita trimestral con la cardióloga, la Dra. Silva. Los días de consulta siempre tenían una cualidad distinta: una neblina de aprensión que teñía cada acción, por rutinaria que fuera.

Se vistió con ropa cómoda: leggings negros, una sudadera holgada de suave color lila y zapatillas que no requerían agacharse para atar. Cada gesto era metódico, casi ceremonial. Se miró en el espejo del recibidor y se obligó a esbozar una sonrisa. Débil, temblorosa, pero sonrisa al fin.

—Vamos, Val —se dijo—. Solo es un chequeo rutina, todo va a estar bien.

Las palabras sonaron huecas incluso para sus propios oídos.

El trayecto al hospital siempre le parecía más largo. Hoy, cada semáforo en rojo era una pequeña tortura; cada peatón que cruzaba despacio, una provocación.

La ansiedad la hacía jugar con el borde de la sudadera, enrollando y desenrollando la tela alrededor de sus dedos. Su corazón, sensible a su estado de ánimo, parecía latir con un ritmo más consciente, más presente, recordándole por qué estaba allí.

El Hospital General San Lucas era un edificio imponente de cristal y acero que brillaba bajo el sol. Para muchos, un lugar de esperanza y curación; para Val, un recordatorio monumental de su fragilidad. Cruzar sus puertas automáticas era atravesar un umbral hacia una versión diferente de sí misma: la paciente.

El olor a antiséptico y limpieza le golpeó la nariz, un aroma que asociaba instantáneamente con miedo y vulnerabilidad.

La sala de espera de Cardiología estaba silenciosa, ocupada por personas de todas las edades, cada una con su propia batalla escrita en el rostro. Algunos miraban al vacío, otros leían revistas desgastadas, otros susurraban con sus acompañantes. Val encontró un asiento libre en un rincón, lejos de los demás.

Apretó el bolso contra su regazo, sintiendo el contorno de su agenda y su botella de agua. Se concentró en respirar: inspirar… espirar… inspirar… espirar… Un ejercicio simple que a veces era lo único que podía controlar.

—Valentina Romero —llamó una enfermera desde la puerta que conducía a las consultas.

Val se levantó, con las piernas un poco débiles, y siguió a la enfermera por un pasillo blanco e impecable, iluminado por luces fluorescentes que hacían todo parecer pálido.

—La Dra. Silva estará con usted en un momento —dijo la enfermera con una sonrisa profesional, señalando la consulta—. Puede sentarse.

La consulta era familiar: el escritorio ordenado, el monitor de la computadora, el póster del corazón humano con sus arterias y venas como un mapa intrincado de carreteras vitales, y la camilla de examen cubierta con papel blanco crujiente. Val se sentó en la silla para pacientes, evitando la camilla por ahora.

Los minutos pasaron. Cada tic-tac del reloj sonaba como un martillazo. Jugueteó con los puños de su sudadera, repasando mentalmente las preguntas que quería hacer. ¿Podía aumentar un poco la intensidad de sus estiramientos? ¿El mareo ocasional era motivo de preocupación? ¿Los nuevos medicamentos tendrían menos efectos secundarios?

La puerta se abrió y entró la Dra. Silva. Era una mujer de mediana edad, de rostro sereno y manos cálidas, un detalle que Val apreciaba absurdamente.

—Valentina, hola —la saludó con una sonrisa genuina—. ¿Cómo te ha ido estos meses?

—Hola, doctora. Bien, todo bien —respondió Val, de manera automática, antes de que su cerebro pudiera detenerla.

La Dra. Silva se sentó frente a ella, sus ojos bondadosos pero penetrantes estudiándola. Val notó cómo su mirada se detenía un segundo de más en las leves ojeras que el corrector no había logrado ocultar.

—¿En serio? —preguntó suavemente—. Cuéntame. Sin máscaras aquí, ¿recuerdas?

Val tragó saliva. La doctora siempre tenía esa habilidad para ver a través de ella. Exasperante y, a la vez, un alivio inmenso.

—Bueno… —empezó, bajando la guardia—. Los mareos han sido un poco más frecuentes. No fuertes, solo… breves. Como si el mundo se tambaleara un segundo. Y la fatiga… es como siempre. Gestionable.

La doctora asintió, tomando notas en su tableta. —¿Y el ejercicio? ¿Sigues con la rutina suave?

—Sí. Yoga, caminatas cortas. Nada que acelere demasiado el ritmo.

—Perfecto. Vamos a hacer el electro y el ecocardiograma de rutina y luego hablamos.

Los siguientes treinta minutos fueron un ritual conocido: el gel frío en su pecho, los electrodos adheridos a su piel como pequeñas ventosas, la sensación de vulnerabilidad absoluta mientras yacía inmóvil en la camilla, observando las líneas que su corazón dibujaba en la pantalla. La técnica movía la sonda con suavidad, el silencio solo roto por el whoosh-whoosh rítmico de su sangre fluyendo, un sonido que la hipnotizaba y aterraba a partes iguales.

De vuelta en la consulta, la Dra. Silva estudiaba los resultados en su monitor. Su rostro, usualmente sereno, estaba ligeramente fruncido, un pequeño pliegue de preocupación apareciendo entre sus cejas. El silencio se extendió demasiado. El latido del corazón de Val se aceleró, golpeando contra su esternón como un pájaro aterrorizado intentando escapar.

—¿Doctora? —la voz de Val sonó pequeña, quebrada.

La Dra. Silva giró la silla hacia ella, entrelazando las manos sobre el escritorio.

—Valentina —comenzó, y su tono, aunque suave, tenía una cualidad que hizo que el estómago de Val se convirtiera en un nudo de hielo—. Los resultados no son malos, no me malinterpretes. Pero muestran una progresión.

Val sintió que el aire escapaba de sus pulmones. —¿Progresión?

—La estenosis de la válvula mitral se está estrechando un poco más de lo que esperábamos. La presión en el ventrículo izquierdo está aumentando —señaló una serie de números y gráficos en la pantalla que para Val eran jeroglíficos aterradores—. Tus síntomas, los mareos, la fatiga… tienen más sentido ahora. El corazón debe trabajar más para bombear la sangre. Se está agotando.

Las palabras resonaron en la habitación, pesadas y frías. Progresión. Estrechándose. Agotándose. No eran términos nuevos. Los había leído, los había investigado en noches de insomnio. Pero oírlos en boca de su doctora, con calma clínica y devastadora, era diferente. Era real.

—¿Qué… qué significa? —logró preguntar, aferrándose con fuerza a los brazos de la silla.

—Significa que tenemos que ajustar la medicación. Aumentaremos la dosis del diurético para ayudar con la presión y veremos si podemos agregar algo más para aliviar la carga —hizo una pausa, eligiendo sus palabras con cuidado—. También significa que debemos empezar a hablar de opciones a más largo plazo.

Val la miró, sin comprender. —¿Opciones?

—Valentina, la medicación es una solución temporal. Frena el proceso, maneja los síntomas, pero no lo revierte —respiró hondo—. En algún momento, no sé si en un año o en dos, tendremos que considerar seriamente la intervención quirúrgica: la sustitución valvular.

La habitación pareció inclinarse. Val cerró los ojos por un segundo, el whoosh-whoosh del ecocardiograma aún resonando en sus oídos. Cirugía a corazón abierto. La frase sonaba a película de terror, a algo que le pasaba a otras personas. No a ella. No a su futuro.

—Pero… yo… me cuido —susurró, con voz ridículamente infantil—. Hago todo lo que me dicen.

—Y lo haces excelente —afirmó la Dra. Silva con firmeza, inclinándose hacia adelante—. Eres una paciente ejemplar, Val. Esto no es culpa tuya. Es la naturaleza de la enfermedad. A veces, simplemente… progresa.

La compasión en la voz de la doctora era casi peor que la noticia misma. Prefería su brusquedad clínica. La compasión significaba gravedad.

El resto de la consulta pasó en una neblina. La Dra. Silva le explicó los nuevos ajustes en su medicación, le dio la receta y pidió que agendara una cita dentro de un mes para monitorizar los efectos. Val asintió mecánicamente, guardando los papeles sin mirarlos.

—Valentina —dijo la doctora cuando Val se levantó para irse—. No es el fin del camino. Es solo una curva. Lo estamos vigilando.

Val intentó sonreír, un gesto triste y fallido. —Sí, claro. Gracias, doctora.

Salió sintiéndose como si flotara, desconectada de su propio cuerpo. Caminó por los pasillos del hospital, pasando por enfermeras, pacientes en sillas de ruedas, familias con rostros preocupados.

Se sentía como un fantasma, viéndolo todo desde fuera. La noticia no era catastrófica; no era una sentencia de muerte inmediata. Pero era una confirmación: su cuerpo estaba fallando, lenta pero inexorablemente. La esperanza tácita de que, tal vez, por algún milagro, la enfermedad se estancara, se desvaneció como humo.

Cruzó las puertas automáticas y la luz del sol la cegó. Parpadeó, desorientada. El mundo exterior seguía su curso, ajeno a su pequeño cataclismo interior. Los coches pasaban, la gente paseaba, reía, vivía. La normalidad del mundo le pareció un insulto.

Caminó sin rumbo fijo, los pies moviéndose por inercia. La ciudad, usualmente llena de energía y posibilidades, se sentía hostil y abrumadora. El ruido del tráfico era ensordecedor; los olores de la calle, agresivos. Cada persona que pasaba parecía irradiar una vitalidad que a ella se le escapaba entre los dedos.

Se detuvo frente al escaparate de una tienda de ropa. Maniquíes esbeltos posaban con outfits coloridos, sonriendo con labios pintados. Se miró en el reflejo del cristal: pálida, ojos enormes y asustados, enfundada en su sudadera lila, que de repente le pareció la prenda más triste del mundo. La chica del reflejo parecía pequeña, frágil, a punto de romperse.

Se está agotando. Las palabras de la doctora resonaban en su mente. Su corazón se estaba agotando. Ella se estaba agotando.

Una oleada de pánico, pura y cruda, la atravesó. Le faltó el aire. Se apoyó contra la fría pared de ladrillo de un edificio, cerrando los ojos y concentrándose en no vomitar. La textura áspera del ladrillo contra su palma era el único punto de anclaje en un mundo que giraba demasiado rápido.

—¿Señorita? ¿Se encuentra bien? —preguntó una voz a su lado. Era una mujer mayor con carrito de la compra.

Val abrió los ojos. La mujer la miraba con preocupación.

—Sí… sí, gracias —farfulló, enderezándose y forcejeando por recuperar el control—. Solo… un poco de calor. Ya estoy bien.

La mujer la miró con duda, asintió y siguió su camino. Val se alejó de la pared, sintiéndose ridícula y patética. Incluso su vulnerabilidad era un espectáculo público.

Decidió dirigirse a casa. Cada paso era un esfuerzo. Sentía el peso de su propio cuerpo como nunca antes. Subir los tres escalones hasta la entrada de su edificio le pareció una hazaña monumental. Al cerrar la puerta del apartamento, la familiaridad del lugar no le trajo consuelo, solo la abrumadora sensación de soledad.

Se dejó caer en el sofá, abrazando un cojín contra su pecho. Las lágrimas no llegaron; estaba demasiado vacía, demasiado cansada incluso para llorar. Solo existía un zumbido sordo de miedo en cada fibra de su ser. El futuro, que siempre había parecido un paisaje nebuloso pero manejable, de repente se había convertido en un acantilado escarpado. Y ella estaba al borde, sintiendo cómo el suelo bajo sus pies comenzaba a ceder.

Miró hacia el futuro y solo vio citas médicas, dosis más altas de medicamentos, ecocardiogramas y, al final, una sala de operaciones. Vio la preocupación en los ojos de su madre, la pena en los de sus amigos. Vió la posibilidad de amor, de una vida plena, alejándose aún más, convertida en un lujo que su corazón no podía permitirse.

Permaneció allí, inmóvil, durante largo tiempo, mientras la luz de la tarde se filtraba por la ventana y pintaba largas sombras en el suelo. La sombra de su diagnóstico, alargada y oscura, había llegado para quedarse.

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America Lopez
encantadora historia, muy auténtica
Thana: Me da gusto que le gustara 🥰
total 1 replies
Melisuga
Una pareja real es un 100 % en sí misma, como un todo único e indivisible. El cómo distribuyen las porciones de ese 100 es una cuestión interna, particular de cada una, y se reacomoda minuto a minuto, según las fortalezas, debilidades y necesidades de cada uno de sus integrantes. Unas veces irán a la mitad y otras, uno tendrá que poner más que el otro para equilibrarse mutuamente. Pero siempre, SIEMPRE serán el 100 los dos JUNTOS.
💖💖💖
Melisuga
Es un proceso muy fuerte y desgastante. Se precisa mucha fuerza de voluntad y mucha fe para salir adelante. Por suerte, ellos la tienen y se sostienen mutuamente.
💖💖💖
Thana: Me alegra mucho que le esté gustando ❤️
total 1 replies
Melisuga
Ha sido un capítulo precioso y muy emotivo.
🥹💖🥹
Melisuga
Otra declaración de amor descarnada y poco común.
Melisuga
Un hombre sin conflictos externos ni hogar difícil, tan solo su propia personalidad y habilidades enfocadas hacia objetivos específicos.
Melisuga
Es el toque de humanidad que faltaba en su vida.
💖
Melisuga
Dante está desnudando su alma sin dejar nada oculto.
😍😍😍
Melisuga
A mí me resultó muy provocador...
😍😍😍
Melisuga
Sofía es una gran amiga.
💖💖💖
Melisuga
Absurdo, torcido y sacrificado; pero puro y limpio.
🥹💖🥹
Melisuga
¡Qué corazón tan grande tiene Val!
💖💖💖
Melisuga
¡Oh!
Esto sí que no me lo esperé. Me parecían unos padres medio lejanos, pero nada más. Igual, ella debió decirles.
Melisuga
Lo suponía. Sofía no sabía nada de la enfermedad de Valentina.
Izy Maldonado
Ijole que le digo, pues que logro trasmitir lo que pensaba, y me llego, gracias, gracias por compartir tu talento.
Thana: Muchas gracias por leerla y disfrutarla ❤️
total 1 replies
Melisuga
💖💖💖
¡Un amor más grande que el amor!
Melisuga
Esa es una gran respuesta. De hecho, la mejor que podría darle en estas, y cualquier otra, circunstancias.
Melisuga
La intensidad de los sentimientos y la relación de Valentina y Dante me desborda.
💖💖💖
Melisuga
Insisto, Dante hace las declaraciones de amor más bizarras y hermosas que he leído en mucho tiempo.
💓💖💓
Melisuga
Imaginar esta escena ha sido emocionante y especial, llena de una ternura y sensualidad de altos quilates.
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