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DONDE DUERMEN LOS LOBOS

DONDE DUERMEN LOS LOBOS

Status: En proceso
Genre:Hombre lobo / Padre soltero / Fantasía LGBT
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.

Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.

Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.

Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 9 - Invierno

Llegó la nieve de verdad. No llovizna blanca, nieve que tapa la puerta.

Moonvale se volvió blanco y silencioso. La biblioteca no abrió en tres días porque el camino del puente se congeló y nadie cruzaba. Nos quedamos los cuatro adentro: Lyra, Milo, yo y Silas que venía cada mañana abriendo camino con pala.

Lyra ya no gateaba. Caminaba. Mal, tambaleando, agarrada de las mesas, pero caminaba. Milo todavía prefería cuatro patas. Decía que era más rápido.

En la biblioteca tengo estufa que quema leña todo el día. Lyra aprendió a no tocarla después de quemarse una vez la manita. Milo aprendió a poner palitos pequeños. Se creen ayudantes.

—Mamá, nieve —dijo Lyra la primera mañana, pegada al vidrio empañado.

Había aprendido tres palabras nuevas en una semana. Nieve, pan, Silas. Decía Silas señalando la puerta cada vez que escuchaba pasos.

Marta no pudo venir por la nieve. Nos dejó pan en la ventana de afuera, envuelto en plástico. Se congeló igual.

Pasé la mañana leyendo a Lyra el mismo libro de lobos. Ya se lo sabe de memoria y me corrige si me salto página.

Yo tenía el cabello más largo que nunca. No me lo había cortado en meses. Me lo recogía con la goma gruesa que me dio Silas, pero se me escapaban mechones por el frío y la estática. Me veía en el reflejo de la ventana y parecía león flaco.

—Te queda grande el pelo —me dijo Silas una mañana, entrando con leña y nieve hasta las rodillas, sacudiéndose como perro.

—Ya sé —dije—. Me da flojera cortarlo.

—A mí me gusta largo —dijo—. Te tapa el frío.

Me ayudó a atarlo. Se puso detrás, me quitó la goma y me peinó con los dedos. Tenía las manos frías.

—Te hago trenza —dijo—. Así no se te enreda con la nieve.

Nunca me habían hecho trenza. Elena lo intentó una vez y se rió porque me veía raro.

Silas no se rió. Me hizo una trenza gruesa, castaña, que me caía por la espalda. Me la amarró abajo.

—Ahí —dijo—. Lobo con trenza.

Me miré en el vidrio. No me veía como niña. Me veía distinto, pero no mal.

Lyra me vio y aplaudió.

—Mamá bonita —dijo, con esa ternura que me partía el pecho.

—Papá —corregí por costumbre, pero ya casi sin ganas—. Papá bonito también sirve, mi vida.

—Mamá bonita —repitió ella, terca y cariñosa, y me jaló la trenza.

Milo se acercó y se colgó de mi pierna.

—Mamá, juego —dijo. Ya hablaba más claro.

Esa tarde tocó la puerta Don Héctor. Venía con bufanda hasta la nariz.

—Elías, te traje cartas —dijo—. Llegaron a la oficina de la alcaldesa. Una es para ti.

Eran dos sobres mojados por la nieve. Uno con letra apurada de Elena que reconocí al tiro. El otro con sello oficial celeste de servicios sociales.

Abrí el de Elena primero. Decía: "Elías, sé que estás cuidando a esos niños. Mamá me contó lo del pelo y lo de la reunión. Estoy orgullosa. No te cortes el pelo si no quieres. Te quiero. Elena". Me dio nudo en la garganta y me piqué los ojos. Elena nunca me escribe largo.

El segundo era de servicios sociales. Citación para la próxima semana en Coyhaique. Evaluación de idoneidad parental.

—Mierda —susurré.

—¿Qué pasó? —preguntó Don Héctor.

—Me citan —dije—. Para ver si puedo seguir con ellos.

Don Héctor leyó por encima.

—Van a ir por tu edad, por tu pelo, por todo —dijo—. Esta gente no entiende Moonvale.

Silas llegó justo cuando Don Héctor se iba. Le mostré la citación.

La leyó despacio dos veces, con ceño fruncido, como lee las etiquetas de vacunas.

—¿Cuándo?

—Martes.

—Vamos juntos —dijo—. Yo llevo los registros de salud. Les digo que los niños tienen una condición que solo yo sé tratar y que sin ti recaen. Que eres el único que sabe hacerles papilla, que sabe sacarlos al frío, que sabe hacerles calcetines de cuero.

—Van a decir que tú no eres padre —dije—. Que eres solo el veterinario que me hace trenzas.

—Que lo digan —dijo—. Yo les digo que soy el veterinario que te hace trenzas y que te defiende cuando te miran raro por tu trenza. Que si tienen problema con eso, que lo digan en mi cara.

Me tocó la trenza que me había hecho.

—No te la quites para ir —dijo—. Ve con trenza. Ve con moño si quieres. Que te vean como eres cuando cuidas.

Lyra, que escuchaba, se paró y dijo:

—Mamá no miedo —repitió Milo, agarrado a mi rodilla.

Me reí, con lágrimas.

—No, mis amores —les dije—. Mamá no tiene miedo. Papá tampoco. Tenemos trenza.

Esa noche nevó más fuerte que nunca. El viento silbaba por la grieta del vidrio. Silas se quedó otra vez. Dormimos los cuatro en el suelo, apretados, con la cocina al rojo y con Lyra y Milo encima respirando vapor.

Antes de dormirse, Lyra jugó con mi trenza y dijo bajito:

—Mamá loba bonita.

No la corregí. Le di un beso en la frente y le dije:

—Sí, mi loba. Mamá loba bonita se va a Coyhaique a pelear por ustedes.

Milo se acurrucó contra mi espalda y murmuró:

—Mamá casa.

—Sí —dije—. Casa es acá. Nadie nos saca.

Silas me miró desde su manta y dijo:

—Si te dicen algo de tu pelo allá, me avisas y me corto el mío en la mesa de ellos.

—Ni se te ocurra —le dije—. Te queda bien largo también.

Nos dormimos así, con la nieve tapando todo afuera, con mi trenza castaña entre las manos de Lyra, que me decía mamá con cariño y sin vergüenza.

Por primera vez en meses no me importó que me dijeran mamá en vez de papá.

Porque esa noche, con trenza y con carta de servicios sociales en la mesa, ser mamá se sentía realmente como ser invencible.

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bruja de la imaginación 👿😇
🥰me gustó mucho está historia
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