"—Nos vamos a casar y punto. No tienes opción.
Esa fue su 'propuesta'. Sin anillo, sin flores, sin un 'te amo'. Solo un arrebato de control cuando intenté dejarlo."
Valeria siempre fue la esposa abnegada, la que esperaba en casa, la que justificaba cada desplante de Adrián pensando que el trabajo era su única prioridad. Nunca imaginó que el engaño no era otra mujer, sino la mentira sobre la que construyó toda su vida: él jamás la amo.
Atrapada en una jaula de cristal donde su voz no cuenta, aparece Dorian, un hombre cuya sola presencia impone respeto y temor. Él ve el dolor detrás de los ojos de Valeria y decide intervenir.
Dorian no pide permiso; destruye las defensas de Valeria con una devoción obsesiva y protectora que la hará dudar de todo lo que conoce.
Un matrimonio por manipulación. Un deseo peligroso. ¿Qué pasa cuando el hombre equivocado decide que eres suya?
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Sin protocolos
El murmullo del salón pareció atenuarse por completo a mi alrededor cuando Dorian cortó la distancia entre los dos. Se detuvo a un paso de mí, impecable en su esmoquin, sosteniéndome la mirada con una intensidad que hizo que el pulso me retumbara en los oídos. La sombra de su sonrisa sutil seguía allí, reservada exclusivamente para mis ojos.
—Señora Van Doren —dijo, inclinando la cabeza con una cortesía impecable—. Debo decir que el salón ha ganado bastante elegancia desde que usted llegó.
—Señor Blackwood —respondí, manteniendo la voz firme y serena —. No esperaba encontrarlo en un evento tan apartado de su sector.
—Hay encuentros por los que vale la pena desviarse del camino —contestó con voz grave, deslizando las palabras con una soltura que llevaba un mensaje clarísimo directo a mí, recordando sin nombrarla nuestra mañana en la galería.
A mi lado, Adrián se aclaró la garganta con brusquedad, tratando de reinsertarse a la fuerza en el espacio que le había sido arrebatado. Tenía las mandíbulas tan apretadas que los músculos de su rostro se veían tensos, y sus ojos pasaban de la calma magnética de Dorian a mi vestido rojo con una mezcla de humillación y rabia no disimulada.
—Como le decía, señor Blackwood —intervino Adrián, forzando una carcajada sin ganas que sonó desentonada en medio de la compostura del lugar—, en mi firma consideramos que el desarrollo de la bahía requiere una visión moderna, sin la rígida estructuración que algunos pretenden imponerle.
Dorian giró la cara despacio hacia él. No hubo molestia en su gesto, solo una indiferencia fría y aplastante que congeló la sonrisa de mi esposo en un segundo.
—La estructura, señor Van Doren, solo es molesta para quien no sabe construir sobre bases sólidas —sentenció Dorian con una cortesía lapidaria—. Además, no vine esta noche a discutir contratos. El arte de saber cuándo hablar de negocios y cuándo admirar lo que realmente importa es algo que no todos dominan.
Adrián parpadeó, completamente desarmado. La indirecta sobre su falta de tacto fue tan fina y precisa que no le dejó margen para defenderse sin quedar como un torpe.
En ese instante, el crujido de unos tacones sobre el mármol anunció una segunda llegada. Elena Vance se abrió paso entre los grupos de invitados, sosteniendo su copa de champán con la firmeza que la caracterizaba. Su traje marfil era impecable, pero la rigidez de sus hombros traicionaba su urgencia por intervenir.
—Dorian, disculpa la interrupción —dijo Elena con familiaridad simulada, dedicándole una sonrisa antes de dirigir una mirada helada hacia mí.
Dorian ni siquiera la dejó continuar. Se giró hacia ella con una compostura implacable y una voz tan helada que cortó el aire.
—Señor Blackwood, por favor —la corrigió de inmediato, marcando una distancia tan absoluta que dejó a la abogada petrificada a mitad de frase.
La humillación de Elena fue tan instantánea que no pude disimular una carcajada. Se me escapó una risa baja, cristalina e inevitable, resonando justo en el momento en que Elena, tragándose el orgullo con el rostro ardiendo, tuvo que rectificar con torpeza:
—...Señor Blackwood —articuló con la voz tensa—. Veo que ya está conociendo a la esposa de Adrián. Valeria suele acompañarnos en estas veladas de bajo perfil, aunque esta noche parece haber decidido tomar un rol bastante más... protagónico.
El dardo sobre mi supuesta irrelevancia en la firma era evidente, pero tras su tropezón con Dorian, su ataque carecía de cualquier fuerza. Sostuve su mirada sin parpadear, dejando que el silencio se secara un segundo antes de hablar.
—El protagonismo no se busca, Elena, simplemente se nota cuando una sabe habitar su propio espacio —dije, regalándole una sonrisa cálida, serena y profundamente distante—. Me alegra verte aquí. Con tanto trabajo reservado y viajes imprevistos fuera de la ciudad que Adrián debe atender a última hora, me preguntaba si la firma no te estaría sobrecargando de responsabilidades... a todas horas.
El golpe fue invisible para el resto de los presentes, pero para Elena y Adrián tuvo el impacto de una descarga eléctrica. La copa de champán en la mano de la abogada tembló ligeramente; sus ojos se abrieron con un destello de desconcierto absoluto mientras el color se le escapaba del rostro. A su lado, Adrián se tensó tanto que pareció quedarse sin aire, mirando aterrado a un punto fijo entre su amante y su esposa.
Dorian, que no se había perdido un solo matiz del intercambio ni la soltura con la que disolví la provocación de Elena, dio un paso más hacia mí, bloqueando de forma natural a la pareja.
—Señora Van Doren —dijo Dorian, ofreciéndome su brazo con un ademán elegante y fluido que no dejó espacio para la réplica de nadie—. La música en el balcón del fondo parece considerablemente más prometedora que la conversación en esta barra. ¿Me concedería el honor de acompañarme un momento?
Miré a Adrián por encima del hombro. Tenía la cara desencajada, pero ante la mirada atenta de los presentes que nos rodeaban, sabía perfectamente que armar un espectáculo o prohibirme ir con el hombre más poderoso del salón significaba el suicidio social definitivo. Tuvo que tragarse su orgullo en seco, apretando los puños a los costados mientras forzaba un asentimiento casi imperceptible.
—Será un placer... Dorian —respondí en voz alta, acentuando su nombre de pila con una leve chispa de picardía, solo por el gusto de ver la mueca de rabia contenida en el rostro de Elena y la estupefacción de Adrián.
Deslicé mi mano sobre la tela fina de su saco y dejamos a la pareja congelada en el centro del salón. Caminamos a paso tranquilo hacia las puertas de cristal que daban a la enorme terraza privada del hotel. La brisa fresca de la noche nos recibió al cruzar el umbral, apagando el bullicio de las orquestas y las risas fingidas del interior.
Nos detuvimos junto a la balaustrada de piedra que dominaba la vista iluminada de la ciudad. La luz de la luna resplandecía sobre el satén carmesí de mi vestido, y el contraste con la sombra de Dorian a mi lado creaba un espacio extrañamente íntimo.
—Debo confesar algo, Valeria —murmuró Dorian, apoyando los antebrazos sobre la balaustrada y girándose ligeramente para observarme de perfil—. Sabía que eras una mujer fascinante desde el momento en que te vi en la galería, pero lo de esta noche supera cualquier expectativa. La manera en que manejaste la situación allí dentro fue magistral.
El tono de su voz se había vuelto más bajo, más cálido, despojado de la coraza que usaba adentro.
—Aprendo rápido, Dorian —dije, mirando las luces de los rascacielos a lo lejos antes de girarme despacio hacia él—. Y ya que estamos a solas... creo que es momento de que tú también dejes el protocolo de lado y me llames simplemente Valeria en público.
Dorian dejó escapar una sonrisa leve, de una calidez genuina que transformó por completo su mirada. Dio un paso que recortó la distancia entre ambos hasta que pude sentir la presencia envolvente de su figura.
—Valeria —pronunció mi nombre con una pausa deliberada, paladeando cada sílaba—. Me gusta cómo suena en mis labios. Y no te engañes. Te vestiste en rojo para dejar claro que la jaula en la que intentaban encerrarte se les quedó pequeña. Tu esposo no tiene la menor idea de la mujer que camina a su lado.
Mi corazón dio un vuelco. La firmeza con la que leía mis pensamientos me dejó sin aliento por un instante.
—Es peligroso insinuar esas cosas en un evento público —murmuré, sosteniéndole la mirada.
—Lo peligroso —dijo Dorian, inclinándose apenas lo suficiente para que su aliento me rozara el pómulo mientras sus ojos descendían deliberadamente hacia mis labios pintados de rojo— es haber pasado dos días completos pensando en la manera en que te reías de aquellas esculturas... y darme cuenta de que esta noche no me voy a conformar con verte de lejos.
La insinuación flotó entre los dos, cargada de una atracción feroz e innegable. Sentí cómo la piel se me erizaba bajo la espalda descubierta, atrapada entre la tentación de ceder a ese juego magnético y el vértigo de no saber qué paso dar a continuación.