En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.
Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.
Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.
Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.
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Capítulo 19: El guardián del umbral
«Para cruzar el umbral del origen, debes estar dispuesto a soltar la única certeza a la que te aferras.»
— Cánones del Nivel Cero»
El anciano no pestañeó.
Sus ojos velados por la ceguera seguían fijos en el punto exacto donde Kael sostenía la esfera.
—¿Quién eres? —repitió Kael, dando un paso adelante.
—Un resto —respondió el viejo, con una risa
seca que rasgó el silencio—. Un trozo de madera que el barco dejó atrás cuando se hundió.
Lyra dio un paso al frente, observando la túnica desgastada del hombre.
—Llevas el sello del Proyecto Aurora en el cuello —dijo ella—. Un número grabado con fuego: Sujeto A-00.
El anciano inclinó la cabeza hacia la voz de Lyra.
Una sonrisa amarga dibujó arrugas profundas en su rostro.
—Una memoria implacable —murmuró—. La niña que guarda todo el dolor del mundo sin poder soltar una sola lágrima. Te recuerdo, Lyra. Eras apenas una sombra en los laboratorios.
—Pensábamos que todos los sujetos originales habían sido eliminados —dijo Kael.
—La Orden no elimina lo que no comprende —replicó el viejo—. Me dejaron aquí abajo.
Olvidado. Como un perro guardián atado a
una puerta que jamás debía volver a abrirse.
El anciano dio un paso hacia la pesada puerta de bronce.
La luz de su linterna de aceite tembló sobre la superficie oxidada.
—Esa puerta no tiene cerraduras de hierro, muchacho —dijo, señalando el centro del portón—. No hay llave que la abra desde fuera.
—Mi madre me envió aquí —dijo Kael—. Dijo que la esfera me guiaría.
—Elena... —el nombre resonó en la garganta del anciano como un suspiro gastado—.
Elena siempre creyó que la empatía podía vencer al olvido. Pero el Nivel Cero no es un refugio. Es un océano de memorias vivas.
El viejo se giró por completo hacia Kael.
—Si cruzas, la resonancia intentará aplastar
tu mente. Devorará tus recuerdos para alimentarse.
—Ya no me queda nada que puedan quitarme —dijo Kael.
—Te equivocas —intervino Lyra, fijando su mirada en Kael—. Te queda el motivo por el cual estás respirando.
Un estremecimiento recorrió el túnel.
Un chasquido distante resonó a lo lejos, seguido por un zumbido metálico.
Los exploradores de la Orden habían
encontrado los accesos inferiores.
No tardarían más de diez minutos en alcanzar las Subestructuras.
El anciano escuchó el eco y suspiró.
—El tiempo no perdona a los impacientes —dijo el viejo—. Pon la esfera en la incisión central, Kael.
Kael se acercó al gran portón.
En el centro del bronce oxidado había una cavidad cóncava, del tamaño exacto de la piedra azul.
Levantó la esfera.
La piedra emanaba un calor casi febril contra su palma.
—¿Qué debo hacer? —preguntó Kael.
—No luches contra lo que sientas al tocarla
—advirtió el anciano—. Deja que el futuro entre.
Kael encajó la esfera en el centro de la puerta.
El metal frío rugió.
Líneas de luz azul recorrieron la superficie de bronce como venas encendidas.
Un dolor agudo atravesó las sienes de Kael.
Imágenes inconexas golpearon su mente a una velocidad brutal:
Un mar de cristal.
Una ciudad ardiendo bajo un cielo sin estrellas.
Y la voz de Elena llamándolo desde un
abismo blanco.
Kael cayó sobre una rodilla, ahogando un grito.
—¡Kael! —gritó Lyra, corriendo hacia él.
Pero las pesadas cadenas de la puerta comenzaron a ceder, cayendo al suelo con un estruendo metálico.
El Nivel Cero acababa de despertar.