Valentín Bianchi, un omega porteño de veinticinco años, está acostumbrado al ritmo frenético de Buenos Aires. Su vida gira entre cafeterías, subtes, reuniones y el ruido constante de la ciudad.
Todo cambia cuando hereda una antigua estancia en plena pampa bonaerense. Su único objetivo es venderla cuanto antes, volver a la Capital y olvidarse del barro, las vacas y los caminos de tierra.
Pero la estancia no está vacía.
Tomás Ferreyra, un alfa gaucho nacido y criado allí, administra el lugar desde hace años. Es serio, orgulloso, amante de los caballos y defensor de las tradiciones. Para él, esa estancia no es un negocio: es su hogar.
Desde el primer encuentro, ninguno soporta al otro.
—¿Vos sos el nuevo dueño? Mirá vos... pensé que mandaban a alguien que supiera ensuciarse las botas.
—Y yo pensé que los gauchos eran más educados.
Entre mates compartidos a regañadientes, asados con los peones, cabalgatas interminables y noches bajo un cielo lleno de estrellas, ambos descubrirán que hay se
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Capítulo 20: El sueño de La Esperanza
Habían pasado dos meses desde aquella noche en que Valentín decidió quedarse definitivamente en la estancia.
La Esperanza volvía a respirar.
El viejo galpón ya estaba completamente restaurado. Conservaba su aspecto original, pero ahora tenía un pequeño salón donde exhibían fotografías antiguas, herramientas de época y algunas páginas del diario de Don Ernesto protegidas detrás de un vidrio.
Los vecinos del pueblo empezaban a visitarlo los fines de semana.
—Nunca pensé que iba a gustar tanto —dijo Valentín mientras acomodaba una vieja montura.
Tomás sonrió.
—Tu abuelo estaría orgulloso.
Valentín acarició el cuero gastado de la montura.
—Ojalá pudiera verlo.
La estancia también había cambiado.
Gracias a nuevas ideas de Valentín y a la experiencia de Tomás, comenzaron a producir quesos artesanales, miel y dulces caseros que Marta preparaba siguiendo recetas familiares.
Nico se encargaba de las redes sociales.
—¡Miren esto! —gritó entrando a la cocina con el celular en alto—. ¡Ya tenemos diez mil seguidores!
Don Ramón frunció el ceño.
—¿Y esos dónde trabajan?
Todos estallaron en carcajadas.
—No trabajan acá, Don Ramón —explicó Nico entre risas—. Nos siguen por internet.
—Qué cosa rara...
Marta le dio un mate.
—No hace falta entender todo.
Aquella tarde, mientras revisaban un lote sembrado, Tomás caminaba junto a Valentín.
—¿Te acordás del primer día?
Valentín soltó una carcajada.
—Cuando casi me caigo del caballo.
—No.
—¿Cuando confundí un ternero con una vaquita bebé?
Tomás rio.
—Tampoco.
—¿Entonces?
—Cuando dijiste que el campo era aburrido.
Valentín se llevó una mano a la cara.
—No me hagas acordar.
—¿Y ahora?
El omega contempló el horizonte.
El viento movía suavemente los trigales.
Pampa corría feliz detrás de unas aves.
—Ahora no cambiaría este lugar por nada.
Tomás sonrió.
—Yo tampoco.
Unos días después llegó una carta del municipio.
Valentín la abrió durante el desayuno.
—¿Qué dice? —preguntó Marta.
El omega comenzó a leer.
—Nos invitan a participar en la Feria Provincial de Tradiciones Rurales.
Nico dio un salto.
—¡Eso es enorme!
Don Ramón sonrió orgulloso.
—La Esperanza vuelve a hacerse conocer.
Tomás miró a Valentín.
—¿Qué decís?
El omega no dudó.
—Vamos.
La feria reunió a productores de toda la provincia.
Había puestos de artesanías, comidas regionales, espectáculos folclóricos y concursos de productos caseros.
El puesto de La Esperanza llamó la atención desde el primer momento.
Las fotografías antiguas, el museo itinerante y los productos elaborados en la estancia despertaban la curiosidad de todos.
Una periodista se acercó con un micrófono.
—¿Quién tuvo la idea de unir la historia familiar con la producción del campo?
Valentín miró a Tomás antes de responder.
—Fue un trabajo de todos.
La periodista sonrió.
—¿Y cuál es el secreto de La Esperanza?
Valentín pensó unos segundos.
Después respondió.
—No olvidar nunca de dónde venimos.
Y recordar que las personas siempre valen más que cualquier tierra.
Tomás lo observó con orgullo.
Esa misma tarde anunciaron a los ganadores.
—En la categoría "Proyecto de rescate histórico y cultural rural"...
Hizo una pausa.
—¡La Esperanza!
El grupo entero comenzó a aplaudir y abrazarse.
Marta lloraba de emoción.
Nico levantaba el trofeo por encima de su cabeza.
Don Ramón repetía orgulloso:
—¡Lo logramos!
Cuando Valentín bajó del escenario con el reconocimiento en las manos, Tomás lo esperaba al costado.
—Felicitaciones.
—Son para todos.
—Sí.
Pero vos fuiste quien hizo que este sueño volviera a empezar.
Valentín negó sonriendo.
—No.
Si vos no hubieras estado conmigo... jamás lo habría logrado.
Tomás tomó suavemente su mano.
—Entonces lo logramos juntos.
Valentín asintió.
—Juntos.
Y bajo los aplausos del público, sin preocuparse por las miradas ajenas, se dieron un beso corto y lleno de felicidad.
La gente respondió con una cálida ovación.
Porque en aquel rincón de Argentina todos sabían que la historia de un gaucho y un porteño ya formaba parte de La Esperanza.
Y que ese amor, nacido entre mates compartidos, asados de domingo y la inmensa pampa, apenas estaba comenzando a escribir los capítulos más felices de sus vidas.