Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.
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El gol para mí
CAPÍTULO 20 — Hugo:
Bruno insistió durante semanas hasta que finalmente accedí a acompañarlo a la final del torneo de la categoría de Thiago, un sábado por la mañana en un club de barrio que no tenía absolutamente nada que ver con los estadios enormes a los que yo estaba acostumbrado, pero que esa mañana estaba repleto de familias gritando con una pasión idéntica a la de cualquier final profesional.
Me senté en la tribuna con una gorra y anteojos oscuros, tratando de pasar desapercibido, aunque algunos padres ya me habían reconocido y susurraban entre ellos con disimulo. No me importó demasiado. Toda mi atención estaba puesta en encontrar, entre los uniformes idénticos de los dos equipos, la figura pequeña de Thiago calentando cerca del arco rival.
Desde el primer minuto que tocó la pelota, sentí una sensación extrañísima recorriéndome entero. La manera en que recibía el balón, ese primer toque suave que orientaba el cuerpo antes incluso de mirar hacia dónde iba a jugar, era exactamente igual a como me habían enseñado a mí desde niño en las inferiores. La forma de encarar al rival, ese cambio de ritmo repentino que dejaba a los defensores plantados, era un espejo casi perfecto de mis propios movimientos, de esos gestos que yo consideraba únicos, producto de miles de horas de entrenamiento específico que ningún niño de esa edad debería tener incorporados todavía de manera tan natural.
—Bruno —le dije, sin apartar los ojos de la cancha, con un nudo extraño formándose en mi garganta—. ¿Vos ves lo mismo que estoy viendo yo?
Bruno no respondió de inmediato, y ese silencio, sumado a la tensión que noté en su mandíbula, me generó una inquietud que no supe procesar del todo en medio de la emoción del partido.
Thiago hizo el primer gol del equipo a los diez minutos, con una definición cruzada que ni el mejor delantero profesional hubiera ejecutado con más precisión. El segundo llegó minutos después, tras una gambeta que dejó sentados a dos rivales, idéntica, absolutamente idéntica, a una jugada que yo había hecho en una final de reserva años atrás, una jugada que ni siquiera recordaba haber compartido con nadie fuera de mi círculo más cercano.
El partido se definió en el último minuto, con el marcador empatado y todo el público de pie, gritando. Thiago recibió la pelota cerca de la mitad de la cancha, encaró con una decisión que no tenía nada de infantil, y definió con un toque suave por encima del arquero que hizo estallar a todo el estadio.
Y entonces, en medio de la locura del festejo, con sus compañeros abrazándolo, lo vi girar la cabeza hacia la tribuna, buscando algo entre la multitud con una intensidad que me resultó extrañamente familiar. Sus ojos verdes se encontraron con los míos, a pesar de la gorra, a pesar de los anteojos oscuros, con una precisión que no podía ser casualidad.
Se llevó las dos manos al pecho, señalándome directamente, y gritó algo que, aunque no alcancé a escuchar entre el ruido de la multitud, pude leer perfectamente en el movimiento de sus labios:
—¡Este gol es para ti!
Sentí que algo se quebraba dentro de mí, una emoción tan intensa y tan inexplicable que no supe si reír o llorar, mientras a mi lado, Bruno se mantenía en un silencio tenso que ya no podía atribuir únicamente a la emoción del partido.
Unas filas más adelante, sin que yo lo supiera todavía, una mujer con el pelo recogido y ojeras de cansancio acumulado aplaudía con lágrimas en los ojos, la misma mujer del ascensor, preguntándole en voz baja a su amiga, sentada a su lado, quién era ese hombre misterioso que su hijo parecía admirar tanto.
—Es Hugo —le respondió Renata, con una voz que intentaba sonar casual y no lo lograba del todo—. El futbolista de la Selección. El ídolo de Thiago. Lo conoció hace unos meses en el hospital, mientras vos estabas trabajando.
Camila se quedó mirando hacia la tribuna donde ese hombre alto, con gorra y anteojos oscuros, todavía sonreía con los ojos llenos de lágrimas hacia su hijo, sin poder entender todavía por qué sentía, otra vez, esa misma sensación de vértigo que ya la había sacudido una tarde en un ascensor de hospital.
—Contame esa historia, Renata —le dijo, con una curiosidad que no lograba disimular—. Contame todo.
Y Renata, con el peso completo de un secreto que llevaba meses cargando junto a Bruno, empezó a hablar, eligiendo con cuidado cada palabra, sin saber todavía que el destino, después de tantos años de espera, ya no iba a tolerar demasiadas mentiras más.