Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
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Capítulo 20
Capítulo 20: Antes de Pedregal
El sobre decía exactamente lo que el chofer había dicho.
Pocas líneas. Papel grueso. Ninguna cortesía sobrante.
"Señorita Herrera:
La espero mañana a las dos de la tarde en la residencia familiar de Pedregal.
Fernando Montero Vega."
No había "por favor". No había número de contacto. No había pregunta.
Lucía leyó la nota por encima del hombro de Valentina y soltó una risa sin humor.
—Qué amable el señor feudal.
Valentina dobló el papel con cuidado.
—Tengo que contestarle a Santiago.
—Tienes que mandarle foto, ubicación, placa del coche y tu voluntad en video.
—Lu.
—No estoy exagerando. Bueno, sí, pero con fundamentos.
Valentina tomó una foto del papel y se la envió a Santiago. Él llamó antes de que la imagen terminara de cargarse.
—No vayas —dijo apenas ella contestó.
Valentina cerró los ojos.
—Hola a ti también.
—Valentina.
—No voy a esconderme.
—No se trata de esconderte. Se trata de que mi padre no tiene derecho a citarte como si fueras empleada suya.
—Lo sé.
—Entonces no vayas.
Lucía, a su lado, hizo un gesto de aprobación. Valentina se apartó unos pasos.
—Si no voy, va a buscar otra manera. En mi oficina, en el hospital, con mi familia si investiga lo suficiente. Prefiero verlo de frente.
El silencio de Santiago fue tan tenso que casi se oyó.
—Voy contigo.
—No.
—Valentina.
—Si vas, la conversación se vuelve entre ustedes dos. Y la citada fui yo.
—Eso es exactamente lo que quiere.
—No. Quiere que llegue asustada. Eso no se lo voy a dar.
Santiago respiró hondo, como si estuviera tragándose una respuesta demasiado grande.
—Ven a Lomas esta noche.
—¿Para discutir?
—Para que no cenes ansiedad.
La frase, torpe y dulce a la vez, le aflojó algo en el pecho.
—Voy después de pasar por mi departamento.
—Te espero.
En Lomas, Doña Carmen ya sabía demasiado. Valentina lo notó en cuanto entró a la cocina y encontró sobre la isla harina, jitomates, pollo deshebrado y un delantal limpio esperándola.
—Hoy no se habla con el estómago vacío —declaró la mujer.
—Doña Carmen, no tenía que...
—Claro que tenía. El señor está insoportable desde que llegó. Si no lo ponemos a picar cebolla, va a romper el piso caminando.
Santiago apareció detrás de ella.
—Estoy aquí.
—Por eso lo digo fuerte.
Valentina se rió por primera vez desde el sobre.
Cocinar no resolvía nada. Don Fernando seguiría esperándola en Pedregal al día siguiente. La mujer de la llamada seguía teniendo nombre no dicho. La enfermedad de Doña Mariana seguía en una habitación de hospital. Pero el cuchillo bajando sobre la cebolla, el aceite calentándose en el sartén, Doña Carmen regañando a Santiago por cortar cilantro "como si fueran documentos legales", todo eso le devolvió a Valentina el control sobre algo pequeño.
Santiago obedeció cada instrucción con una seriedad exagerada.
—Más fino —ordenó Valentina.
—Esto es fino.
—Eso parece poda.
Doña Carmen asintió.
—La señorita tiene razón.
—Las dos están disfrutando esto demasiado —dijo Santiago.
—Sí —respondieron al mismo tiempo.
Él las miró y, por un segundo, la preocupación le dejó espacio a una sonrisa.
Prepararon tinga y arroz. Valentina calentó tortillas directamente en el comal porque, según ella, el microondas era una ofensa si había fuego disponible. Santiago intentó robar un pedazo de pollo y recibió un golpe suave con una cuchara de madera.
—Niño —dijo Doña Carmen, escandalizada.
—Tengo treinta y dos años.
—Por eso debería darle más pena.
Valentina se apoyó en la encimera, riéndose. La casa enorme ya no la aplastaba igual cuando olía a comida y tenía harina en la isla. En algún momento, Doña Carmen le preguntó dónde guardaba "su delantal" y Valentina entendió que se refería al delantal que habían apartado para ella semanas atrás.
Su delantal.
La palabra se le quedó dentro, cálida y peligrosa.
En el baño de visitas seguía su cepillo de dientes. En un cajón de la cocina, Doña Carmen había puesto una liga para el cabello, una crema de manos y una nota que decía "para la señorita". Valentina abrió el cajón, lo cerró de inmediato y fingió que no se le había movido algo en el pecho.
Después de cenar, Santiago la llevó al jardín. El cielo estaba naranja detrás de los árboles y la fuente sonaba baja. Desde la terraza, la casa de Lomas parecía menos museo y más refugio, aunque Valentina sabía que era una sensación prestada.
Caminaron hasta las sillas bajo el árbol grande.
—Mi padre puede ser cruel —dijo Santiago.
—Ya me lo advertiste.
—No lo suficiente.
Valentina se sentó. Él quedó de pie frente a ella, incapaz de quedarse quieto.
—Va a preguntarte por tu familia, tu trabajo, tu dinero. Va a hacer que todo suene como una evaluación. No porque necesite saberlo. Porque quiere que tú te escuches respondiendo.
—Entonces responderé.
—No tienes que demostrarle nada.
—No voy a demostrarle. Voy a recordármelo a mí.
Santiago se arrodilló frente a ella, no como propuesta ni teatro, sino para quedar a su altura. Le tomó las manos.
—Odio esto.
—Yo también.
—Odio que tengas que enfrentarte a mi apellido.
Valentina entrelazó sus dedos con los de él.
—No me estoy enfrentando a tu apellido. Me estoy enfrentando a un hombre que cree que puede decidir si lo que sentimos cabe en su mesa.
Santiago bajó la frente hasta sus manos unidas.
El gesto la partió un poco.
—Mírame —dijo ella.
Él obedeció.
—Si mañana me dice que no pertenezco, no será la primera vez que alguien me lo hace sentir.
—Val...
—Pero esta vez voy a saber algo que antes no sabía.
—¿Qué?
Valentina apretó sus dedos.
—Que yo también decido.
Santiago cerró los ojos un segundo, como si esa frase le doliera y lo salvara a la vez.
Se quedaron así mientras el sol terminaba de bajar, con los dedos entrelazados y el jardín volviéndose oscuro alrededor. Valentina pensó en las mariposas que cruzaban continentes sin pedir permiso. Pensó en Doña Mariana diciéndole que merecer no era pedir permiso. Pensó en su madre, en Puebla, en su pequeño departamento de Narvarte y en esa casa enorme donde una silla bajo un árbol empezaba a sentirse menos ajena.
—No quiero que vayas sola —dijo Santiago.
—No voy sola.
Él abrió los ojos.
Valentina levantó sus manos unidas.
—Voy conmigo. Y contigo aquí.
No era suficiente para él. Lo vio en su cara. Pero lo aceptó porque ella se lo estaba pidiendo.
Más tarde, antes de irse, Doña Carmen le entregó una bolsa con un pequeño recipiente.
—Para mañana. Algo dulce después de ver a gente amarga.
Valentina miró dentro. Galletas de canela.
—Gracias.
—Y si ese señor se pasa de listo, usted se acuerda de que las mujeres también sabemos cerrar puertas.
Santiago, detrás de ellas, murmuró:
—Doña Carmen.
—¿Qué? No dije cuáles puertas.
Valentina abrazó la bolsa contra el pecho.
Esa noche durmió poco, pero no lloró.
Al día siguiente, a la una y media, se vistió con un pantalón negro, una blusa blanca y la pulsera de mariposa visible en la muñeca. No era armadura, pero se le parecía.
Cuando el auto enviado por Don Fernando se detuvo frente a su edificio, Valentina miró el mensaje de Santiago en la pantalla.
"Estoy a una llamada."
Ella guardó el celular, levantó la barbilla y subió al coche.