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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:504
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 20

La furgoneta utilitaria gris ascendía por la Ruta Estatal 33 con un quejido sordo y constante de la transmisión, dejando atrás la llanura sobrecalentada del valle de San Joaquín. A las cinco de la tarde, el aire de las colinas que rodeaban el cañón de Cuyama ya no tenía el peso denso del nitrato y los pesticidas de las plantaciones de cítricos; se había vuelto más ligero, limpio, impregnado con el aroma seco del pino piñonero y el roble de montaña que crecía en los pliegues de la cordillera costera de California.

Liam Cross mantenía ambas manos fijas en el volante de plástico agrietado. El asfalto en este sector del condado de Ventura era una cinta estrecha, llena de curvas de herradura que bordeaban precipicios de arenisca desmoronada, donde las señales de tráfico agujereadas por disparos de escopeta eran los únicos indicios de presencia humana. Sus ojos verdes permanecían entornados para protegerse del resplandor del sol de poniente, que golpeaba el parabrisas sucio con una luz dorada y oblicua, transformando los restos de insectos estampados en el cristal en pequeñas constelaciones de ámbar.

La furgoneta se desplazaba ahora con una ligereza inusual. En los asientos traseros ya no quedaban las cajas de herramientas de Marcus, ni los estuches de plomo de las unidades de almacenamiento cuántico, ni el rifle de precisión de cerrojo que Clara había custodiado en las dunas de los Algodones. Dos horas antes, en una estación de pesaje abandonada cerca de Bakersfield, el analista y la primera de las Camaleonas habían subido a un camión de transporte de ganado que los llevaría hacia las comunidades agrícolas del norte, cerca de la frontera de Oregón. Se habían marchado sin discursos militares ni promesas de reencuentro, con la discreción tosca de los operativos que saben que la única forma de mantenerse con vida en la clandestinidad es fragmentar el grupo hasta volverse estadísticamente invisibles.

Liam estiró los dedos de su mano derecha, buscando el pomo de la palanca de cambios y rozando de manera deliberada la rodilla de Elena Vance. Ella llevaba las piernas cruzadas sobre el asiento de escay, vistiendo los vaqueros gastados y la sudadera de algodón gris oscuro de Liam con las mangas remangadas hasta los codos. Su pulso era bajo, una pulsación lenta y humana que Liam sentía contra la palma de su mano cada vez que reducía la marcha para negociar una curva cerrada.

—Marcus me dejó una última nota en la guantera antes de bajar del camión, Liam —dijo Elena, y su voz baja y limpia rompió el siseo de los neumáticos con una suavidad que calmó el zumbido de los oídos del detective—. No eran coordenadas geográficas ni contraseñas de servidores de respaldo. Era una confirmación de baja técnica del fideicomiso de la junta de aduanas. Los auditores de Pendelton han cerrado el expediente del Proyecto Perséfone bajo la categoría de "pérdida estructural por disolución de activos". McCade firmó la orden de archivo ayer a las tres de la tarde, justo antes de subir a un vuelo corporativo de regreso a la costa este. Para los registros del estado, las ciento cuarenta mujeres nunca salieron de los almacenes de la frontera; murieron en un error de inventario informático que fue subsanado mediante una amortización de capital. Ya no hay cazadores en el asfalto, Liam. El ruido de fondo se ha apagado de manera definitiva.

Liam Cross soltó una risotada ronca, un sonido áspero que rebotó en la chapa desnuda de la cabina y disolvió los últimos restos de la tensión paranoica que los había acompañado desde los cañones de Arizona.

—Un error de inventario —repitió el detective de homicidios, sacando un cigarrillo del paquete aplastado de su camisa y encendiéndolo con el encendedor de resistencia del salpicadero—. He pasado media vida persiguiendo a tipos que mataban a alguien por trescientos dólares o por un reloj de oro de imitación, y terminaban en una celda de aislamiento de San Quintín durante treinta años. Pero estos tipos de la junta de aduanas... estos tipos borran la existencia de ciento cuarenta personas con un golpe de teclado y una firma en un documento de exención de impuestos, y luego se van a cenar un filete de cincuenta dólares a un club privado de Manhattan. La ley de este país siempre ha sido una báscula que funciona peor cuanto más caros son los zapatos del tipo que se sube a ella, camaleona. Por eso prefiero las grietas del mapa. Aquí abajo, la única báscula que importa es el peso del motor diésel y la cantidad de cartuchos que te quedan en la guantera.

Elena se giró sutilmente en el asiento, apoyando la espalda contra la puerta del copiloto para mirar el perfil del policía. La luz dorada del atardecer recortaba la silueta de su mandíbula cuadrada, las pequeñas cicatrices de la cantera que marcaban su pómulo izquierdo y esa rigidez del cuello que nunca terminaba de ceder por completo, el estigma de los hombres que han pasado demasiadas noches esperando un disparo en la oscuridad de un callejón.

—La Camaleona murió en la costra de sal de Bombay Beach, Liam —dijo ella, y sus manos fuertes se cerraron sobre la muñeca del detective con una presión lenta y deliberada—. La mujer que está sentada a tu lado en esta furgoneta utilitaria no tiene un perfil conductual que adoptar, ni un acento que imitar para convencer a un cliente de los distritos financieros. Solo tengo esta camisa de franela que huele a tu tabaco, estos ojos grises que ya no necesitan verificar el nivel de combustible de un todoterreno cada tres horas y este nombre, Elena Vance, que es lo único que tu viejo amigo Miller pudo salvar de los archivos del registro civil del norte. ¿Es suficiente para un policía retirado que ya no tiene una placa que colgar de la chaqueta de cuero?

Liam detuvo la furgoneta en un apartadero de grava que dominaba la cuenca alta del río Cuyama. El paisaje era de una inmensidad mineral y silenciosa: las colinas de arenisca se extendían hacia el oeste como los pliegues de una manta vieja de color ocre, perdiéndose en la bruma grisácea que subía desde el océano Pacífico, oculto tras la última barrera de la cordillera costera. El sol acababa de hundirse tras las cumbres, dejando un rastro de fuego violeta y carmín que se enfriaba con rapidez en el cielo del norte.

El detective apagó el motor, y el silencio que inundó el habitáculo fue tan profundo que el tic-tac térmico del bloque del motor caliente sonó como los pasos de un vigilante en un pasillo vacío. Liam se giró hacia ella, estiró los brazos y la atrajo hacia su pecho con una fuerza ruda y protectora que desarmó cualquier sospecha de reserva o prudencia profesional. Sus manos grandes rodearon la cintura de la mujer, sintiendo la elasticidad de sus músculos y la calidez real de su piel bajo la sudadera gris.

—Es más que suficiente, Elena —respondió Liam, su tono ronco transmitiendo esa solidez de calle que había sido el único anclaje de la mujer en medio del colapso de los laboratorios del Proyecto Perséfone—. Llevo quince años arrastrando los nombres de los muertos en una libreta de notas de la policía, buscando una razón para levantarme a las cuatro de la madrugada y tomar un café amargo en una patrulla de distrito. Pensaba que el world era solo una escena del crimen que se extendía desde los muelles hasta los áticos de los distritos financieros, pero estos tres días contigo en las carreteras secundarias del desierto me han enseñado que la única escena que importa es el espacio que queda entre tus labios y los míos cuando el invierno del norte se queda sin nombres para buscarnos. No eres un activo militar, camaleona; eres la mujer que ha decidido compartir sus sombras conmigo en el centro de la tarde civil, y le voy a romper los dedos a cualquier contable de la costa este que intente poner un número de serie en la tapicería de este coche.

Elena levantó el rostro hacia él, y sus ojos grises reflejaron la última luz violeta del atardecer con una claridad que carecía de la frialdad analítica de los prototipos de la frontera. Sus labios, heridos por la sequedad del aire del desierto y marcados por las costras de los combates en la cantera de Lowell, se unieron a los del detective en un beso largo, profundo, cargado de una devoción absoluta y de una ternura ruda que selló de manera definitiva su victoria sobre el peor de los deseos de Julian Vance. Fue un contacto que sabía a humo de papel quemado, a la salitre de Salton Sea y a la libertad definitiva de las personas que han aprendido a construir su propio destino en las grietas del mapa civil.

A las ocho de la noche, la furgoneta utilitaria llegó al final de la pista perimetral del cañón, deteniéndose frente a una antigua estación de guardabosques que el servicio forestal del estado había abandonado tras los incendios del año anterior. La estructura era una cabaña baja de troncos de cedro y piedra de río, con el tejado de chapa galvanizada abollado por las piñas de los pinos y las ventanas protegidas por contraventanas de madera contrachapada que conservaban el color verde oliva original de la administración federal.

Miller había dejado una llave de latón oculta dentro de una caja de conexiones eléctricas situada junto al depósito de agua de la propiedad. Liam abrió la puerta principal con un crujido seco de las bisagras oxidadas, revelando un interior amplio que olía a madera de pino reseca, a resina y al polvo fino que el viento de la sierra introducía por las rendijas de las vigas del techo. El mobiliario consistía en una mesa de comedor de madera de roble bastada, cuatro sillas de mimbre deshilachadas y una estufa de hierro fundido que conservaba los restos de la última leña que los guardabosques habían quemado antes del exilio administrativo.

Elena entró descalza en el salón, dejando sus botas de montaña junto al umbral de la puerta. Se acercó a la ventana delantera, abriendo una de las contraventanas de madera para permitir que la luz de las estrellas iluminara el suelo de tablones desnudos. El cielo de la sierra estaba completamente despejado, mostrando la Vía Láctea como una franja de gas plateado y denso que se extendía sobre las cumbres de las montañas de San Jacinto como un puente de ceniza fría.

—Estamos por encima del límite de las frecuencias de la policía de este condado, Liam —dijo Elena, apoyando la frente contra el cristal frío de la ventana—. He verificado el espectro de radio con el receptor de bolsillo de Marcus y no hay más que estática de fondo y las transmisiones meteorológicas de los aviones de carga que se dirigen hacia el aeropuerto de Los Ángeles. Es extraño... en el búnker de Blackwood, el silencio era una condición artificial que los técnicos creaban mediante inhibidores de frecuencia de espectro medio para evitar que los prototipos sufrieran interferencias sinápticas. Pero este silencio de la montaña es diferente; es un silencio que tiene peso, un silencio que te permite escuchar el sonido de tus propios pasos sin tener que calibrar si el ritmo de tu marcha se ajusta al perfil conductual de una vigilante marginal.

Liam se quitó la chaqueta de cuero, colgándola del respaldo de una de las sillas de mimbre, y comenzó a limpiar la mesa de madera con un paño de algodón que había encontrado en el armario de la cocina. Su pistola de 9 milímetros permanecía en la funda de la chaqueta, con el seguro puesto y el cargador lleno, un recordatorio físico de que la paz de las personas ordinarias siempre necesita una línea de defensa sólida en las carreteras del sur.

—Este silencio se llama "dejar de correr", Elena —respondió el detective de homicidios, acercándose a ella y rodeando sus hombros con sus brazos fuertes—. Has pasado quince años siendo el reflejo de las mentiras de Julian Vance, adoptando el rostro de las mujeres que los directores de los fideicomisos necesitaban para firmar sus contratos de aduanas en los puertos de Europa. Pero aquí abajo... a cuatro mil pies de altitud y con tres semanas de asfalto por delante, no hay ningún director que necesite una firma ni ningún analista que verifique tu pulso cardíaco en una pantalla táctica. Eres solo tú, Elena Vance, una mujer de treinta años que tiene una cicatriz en el antebrazo izquierdo y un policía de homicidios retirado que tiene demasiadas multas de tráfico pendientes de pago en el distrito norte. Mañana por la mañana iremos al pueblo de Ojai a comprar provisiones, un saco de café de verdad y una cafetera de porcelana que no funcione con baterías de litio. El resto... el resto del tiempo lo utilizaremos para aprender a mirar cómo cambia el color de estas colinas cuando el verano empiece a quemar los pastos de la cuenca baje.

Elena se giró entre sus brazos, entrelazando sus dedos fuertes con los del detective y levantando sus ojos grises reales hacia la mirada verde de él con una fijeza que disolvió los últimos restos de la niebla sulfurosa del viaje.

—No sé cómo se vive una vida ordinaria, Liam —susurró ella con una suavidad dulce que conmovió la prudencia del policía—. No sé cómo se pasa una tarde entera sentada en un porche de madera sin tener que verificar el seguro de una guantera o la dirección del viento por si los liquidadores de Pendelton deciden utilizar gases lacrimógenos de espectro medio. Julian me enseñó a imitar la felicidad, a imitar el dolor y a imitar la devoción de las esposas de los senadores de la costa este, pero nunca incluyó en mi secuencia de comandos la forma de mirar a un hombre a los ojos sin tener que calcular el tiempo de reacción de su músculo deltoides si decide sacar un arma de asalto oculto bajo la chaqueta.

Liam Cross esbozó una sonrisa hermosa, cínica y atractiva, esa misma sonrisa de sabueso de calle que había utilizado en las salas de interrogatorios de la metrópoli para desarmar las mentiras de los criminales más duros del distrito norte. La tomó por la barbilla con sus dedos grandes, obligándola a sostener su mirada verde con una intensidad que transmitía una devoción absoluta y una promesa de lealtad moral que desafiaba toda la geografía del continente.

—Yo te enseñaré, camaleona —dijo el detective, y su voz ronca tuvo esa cadencia sólida que era el anclaje definitivo de Elena en el exilio civil—. No necesitas una secuencia de comandos para aprender a estar viva aquí abajo. Solo necesitas saber que cuando te despiertes a las seis de la mañana por culpa del frío de la sierra, mi brazo izquierdo va a estar rodeando tu cintura para mantenerte caliente contra la manta de lana, y que cuando el viento del norte empiece a golpear las contraventanas de esta cabaña, la única fuerza que va a gobernar esta habitación es la verdad de dos sombras que decidieron que el peor de los deseos de un laboratorio siempre se estrella contra la firmeza de los hombres que saben cómo cuidar de su libertad en las grietas del mapa del estado.

Se amaron esa noche en la habitación principal del piso superior de la antigua estación de guardabosques, bajo la luz plateada de las estrellas de la sierra y con el rumor constante del viento del norte moviendo las copas de los pinos piñoneros al otro lado del ventanal. Fue un encuentro rudo, intenso, libre de la sofisticación artificial de las simulaciones de salón de la metrópoli costera pero impregnado por la complicidad absoluta de dos personas que habían elegido la clandestinidad y las carreteras secundarias para salvar el tamaño real de su propia alma. La respiración de Elena se mezclaba con la de Liam mientras las sombras de la cabaña se movían sutilmente sobre los tablones de cedro, un baile silencioso que celebraba el final de la anatomía del eco y el nacimiento de una alianza inquebrantable que transformaría las grietas de la geografía en el territorio definitivo para los seres que saben cómo amar en el centro de las sombras.

A las seis de la mañana del día siguiente, la claridad del alba de California inundó la cabaña de montaña, mostrando una luz limpia, blanca y fría que disolvió las sombras del salón y tiñó las vigas de eucalipto de un color ámbar pálido. La furgoneta utilitaria gris permanecía estacionada en el apartadero de grava, con la chapa cubierta por una fina capa de escarcha matinal que brillaba bajo los primeros rayos del sol de la sierra como una costra de diamantes diminutos.

Liam Cross despertó primero, sintiendo el peso de la cabeza de Elena Vance apoyada contra su hombro derecho y el roce de su cabello castaño corto contra la franela de su camisa de trabajo. El detective permaneció inmóvil durante varios minutos, escuchando el ritmo regular, pausado y profundamente humano de la respiración de la mujer, disfrutando por primera vez en quince años de la ausencia de alarmas de patrulla en su receptor de bolsillo o de la urgencia de verificar el estado de los neumáticos de la furgoneta táctica antes de abrir los ojos.

Elena se movió despacio, abriendo sus ojos grises reales hacia la claridad que entraba por el ventanal delantero. Esbozó una sonrisa hermosa, limpia de toda máscara corporativa o simulación conductual, y sus manos fuertes buscaron las del detective sobre la manta de lana, entrelazando sus dedos con una firmeza que desafiaba toda la herencia genética de los laboratorios del Proyecto Perséfone.

—Buenos días, sabueso de homicidios —susurró ella, y su voz tuvo una suavidad dulce que reflejaba la paz definitiva de su mente liberada.

Liam Cross la atrajo hacia su cuerpo con un movimiento suave y decidido, depositando un beso largo, profundo y cargado con toda la devoción de su nueva existencia civil en los labios heridos de ella, un beso que sabía a la resina de los pinos de la sierra, al frío de la escarcha matinal y a la eternidad marginal de las personas que han aprendido a borrar sus huellas del mapa de las corporaciones financieras de la costa este.

—Es hora de encender la estufa, camaleona —respondió el detective, su tono ronco siendo un bálsamo de realidad que devolvió a la mujer al centro de su nuevo hogar libre—. Miller dice que el dueño del almacén de ramos generales de Ojai tiene el mejor tocino ahumado del condado y que las carreteras secundarias que bajan hacia el mar están completamente limpias de patrullas fitosanitarias este fin de semana. El peor de los deseos de Julian Vance se ha quemado en las dunas de los Algodones, Elena, y nosotros... nosotros tenemos toda la cordillera costera de California para escribir nuestra propia historia sin tener que pedirle permiso a los servidores del estado.

Elena Vance se ajustó la camisa de franela a cuadros oscuros de Liam sobre sus hombros, bajó del catre de lona militar y caminó descalza hacia el porche exterior de la cabaña, donde el sol de la mañana comenzaba a calentar las piedras de río de la entrada. Miró el horizonte infinito de la cordillera que se extendía hacia el océano Pacífico, sintió el viento frío de la sierra golpeando su rostro real y levantó su mirada gris hacia la línea de la carretera interestatal que se abría más allá de los pinos del cañón.

—Dirige la marcha, detective Cross —ordenó Elena con una suavidad dulce que reflejaba la disolución definitiva de todas las máscaras de la metrópoli costera—. La Camaleona ha dejado de imitar las vidas ajenas en la costra de sal del sur, pero la mujer que tiene tu propio rostro y que camina a tu lado en las grietas de este mapa está lista para descubrir lo que ocurre cuando el cazador de la ley y su sombra deciden que el invierno de los laboratorios se ha terminado para siempre en la última estación del silencio.

La furgoneta utilitaria gris se puso en marcha media hora después con un crujido sordo de neumáticos sobre la grava escarchada del apartadero, abandonando la antigua estación de guardabosques para adentrarse en las carreteras secundarias del cañón de Cuyama bajo la luz limpia, violenta y purificadora de la mañana de California. La cacería de los fideicomisos financieros había concluido, las bases de datos de la infamia estaban sepultadas bajo la arena movediza de las dunas del sur y en el centro del habitáculo, las manos del policía de calle y de la mujer que había aprendido a ser humana permanecían unidas con una firmeza que desafiaba la geografía entera del continente, demostrando que la verdad de las personas ordinarias siempre es más fuerte que el eco de todos los laboratorios del mundo en la eternidad del mapa civil.

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