Siete años después de graduarse de la Clase 3-E, Nagisa Shiota ha construido una vida estable como profesor, ocultando tras su calma el dolor del abandono de Karma Akabane. Karma, ahora un exitoso burócrata, regresa a la vida de Nagisa dándose cuenta de que el poder y el dinero no llenan el vacío de haber huido por miedo a sus propios sentimientos y al trauma del pasado.
Lo que comienza como un asedio de persistencia por parte de Karma choca con el muro de frialdad de un Nagisa que ya no está dispuesto a ser el pilar de nadie más. En un reencuentro cargado de reclamos honestos y cicatrices abiertas, ambos deberán decidir si son capaces de perdonar las ausencias del pasado para permitirse, finalmente, un futuro juntos.
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20_Las Garras del Mundo de Karma
La suave luz del amanecer se colaba por las ventanas, tiñendo la lujosa habitación de invitados con tonos dorados. Nagisa se despertó sintiendo el calor del cuerpo de Karma, su brazo aún fuertemente abrazado a su cintura. La posición era cómoda, extrañamente familiar, como si siempre hubieran dormido así. Se permitió unos instantes para saborear la paz y la seguridad que esa cercanía le ofrecía, un contraste bienvenido después de la intensidad de la noche anterior.
Pero la calma no duró mucho. Un suave golpe en la puerta, seguido de la voz amortiguada de Kayano, los sacó de su letargo.
—Karma, Nagisa, sé que es temprano, pero tenemos compañía. Y no son precisamente los vecinos pidiendo una taza de azúcar.
Karma gimió suavemente, apretando más a Nagisa contra él antes de liberar el abrazo.
—Siempre tan oportunos —murmuró Karma, su voz aún ronca por el sueño, pero con el filo habitual regresando a ella. Se estiró perezosamente, revelando la silueta de sus músculos bajo el fino pijama de seda.
Nagisa se sentó, sintiendo un leve rubor al darse cuenta de la situación: despertar abrazado a Karma en la casa de Kayano, con visitas importantes esperando. Los recuerdos de la gala y la confrontación con el Señor Tanaka volvieron a su mente. Este era el mundo de Karma, y no se detenía por un amanecer tranquilo.
En poco tiempo, ambos estaban vestidos de nuevo con ropa formal, prestada por Karma y ajustada improvisadamente, pero lo suficientemente presentables. Bajaron a la sala de estar principal, donde Kayano ya los esperaba con una sonrisa divertida y dos tazas de café humeante.
—Los necesitan abajo —dijo Kayano, entregándoles las tazas—. Parece que el "discurso inspirador" de anoche y la enérgica defensa de Nagisa han causado más revuelo del esperado. Tienen a un par de peces gordos de la política esperando. Querían una cita con Karma, pero los vi antes de que pudieran escaparse.
Karma asintió, tomando un sorbo de café. La astucia habitual regresó por completo a sus ojos dorados.
—Tanaka debió haber corrido la voz. O tal vez solo querían ver si el rumor de mi "distracción" era cierto.
—Y ya vieron que no lo era —intervino Nagisa, su voz tranquila. Se sentía menos nervioso que la noche anterior. Había un nuevo tipo de confianza en él, forjada por el abrazo de Karma y la afirmación de su propio valor.
Kayano les dio una mirada de aprobación.
—Bien dicho, Nagisa. Ahora, a ver cómo se desempeña mi "cazador" en el campo político. No te preocupes, yo me encargaré del desayuno.
Karma y Nagisa descendieron al gran estudio de Kayano, donde los esperaban dos hombres y una mujer, todos impecablemente vestidos y con expresiones serias. Eran figuras conocidas del ámbito político, cuyas caras solían aparecer en los noticieros.
La reunión fue una danza diplomática de cortesía y poder. Los invitados, aparentemente, estaban "muy impresionados" por el discurso de Karma en la gala y querían explorar "posibles sinergias" en futuros proyectos. Pero Nagisa, con su agudeza de asesino, pudo sentir las verdaderas intenciones: no solo querían medir la influencia de Karma, sino también la de su nuevo "compañero".
Karma, con su encanto habitual, lideró la conversación, presentando sus ideas con la mezcla justa de carisma y desafío intelectual. Nagisa se mantuvo en silencio al principio, observando, analizando los gestos, las microexpresiones, los tonos de voz. Detectaba las grietas en las fachadas, los intereses ocultos, los puntos débiles.
En un momento dado, uno de los políticos, un hombre de rostro duro y mirada escrutadora, se dirigió a Nagisa.
—Y usted, joven Shiota, ¿cuál es su opinión sobre la propuesta del Señor Akabane sobre la reforma educativa? Entiendo que es usted un... educador.
La pregunta era una prueba, un intento de menospreciarlo o de ver si era una simple figura decorativa. Karma tensó su mandíbula, listo para intervenir. Pero Nagisa le dio una discreta mirada, una señal de que lo dejara manejarlo.
Nagisa asintió con calma.
—La reforma educativa es vital —comenzó Nagisa, su voz era suave pero clara, proyectando una autoridad inesperada. Habló con una lucidez sorprendente sobre los matices de la propuesta de Karma, añadiendo sus propias perspectivas sobre la implementación práctica, la psicología del aprendizaje y la necesidad de un enfoque más holístico que considerara el bienestar emocional de los estudiantes—. La teoría es importante, pero la práctica, la forma en que los estudiantes realmente absorben y aplican el conocimiento, es donde a menudo fallan las políticas. Se necesita una comprensión profunda de la mente humana para diseñar un sistema verdaderamente efectivo.
Sus palabras eran articuladas, inteligentes y mostraban una profundidad de pensamiento que tomó por sorpresa a los políticos. No era solo un "educador", era alguien que entendía la psique humana, alguien que podía desarmar con la lógica tanto como con una hoja afilada.
Los invitados escucharon con atención, sus expresiones cambiando de la curiosidad al genuino interés. La mirada del político que había preguntado se suavizó un poco, un reconocimiento de que había cometido un error al subestimar al joven.
Karma observó a Nagisa, una sonrisa de orgullo y fascinación brillando en sus ojos. Su pequeño cazador no solo se defendía, sino que florecía en este nuevo campo de batalla, demostrando que su intelecto y su visión eran tan agudos como sus reflejos.
Al final de la reunión, los políticos se despidieron con una cortesía más genuina, prometiendo seguir en contacto. Kayano, que había entrado sigilosamente con una bandeja de frutas, les guiñó un ojo.
—Impresionante, Nagisa —dijo Kayano una vez que los invitados se fueron—. Eres una fuerza a tener en cuenta en cualquier arena.
Karma se acercó a Nagisa, pasando un brazo por su cintura y atrayéndolo hacia él.
—Te lo dije, mi pequeño cazador —murmuró Karma, besando la sien de Nagisa—. Eres mucho más que un adorno. Eres el complemento perfecto.
El día apenas comenzaba, y ya habían navegado con éxito por las traicioneras aguas de la política, no como dos individuos, sino como una unidad formidable. Nagisa se dio cuenta de que su viaje con Karma no sería solo de pasión y redescubrimiento, sino también de una asociación poderosa que desafiaría las expectativas y remodelaría sus mundos.
Las reuniones se sucedieron, cada una con su propio matiz de estrategia y diplomacia. Nagisa, sentado al lado de Karma, era ahora una presencia esperada y respetada, su intelecto y su aguda percepción aportaban una nueva profundidad a las discusiones. Karma lo observaba con un orgullo apenas disimulado, disfrutando de cada momento en que Nagisa desarmaba argumentos con su lógica o detectaba las verdaderas intenciones detrás de las palabras.
Sin embargo, a medida que el mediodía se acercaba y las citas estaban a punto de terminar, Kayano hizo una aparición, su expresión más seria de lo habitual.
—El último de tu agenda, Karma —dijo Kayano, con un matiz de advertencia en su voz—. El Señor Arata.
Karma endureció su mandíbula. Nagisa notó la tensión en los hombros de Karma, una reacción que no había visto con ningún otro visitante.
—¿Arata? —preguntó Nagisa, recordando la advertencia de Kayano de la noche anterior sobre un político particularmente peligroso y sin escrúpulos.
Kayano asintió.
—Un hombre con muchas conexiones y pocos escrúpulos. Mueve hilos en las sombras. Ten mucho cuidado, Karma. Y Nagisa, mantén tus sentidos alerta. Este hombre juega sucio.
El Señor Arata entró al estudio, un hombre de apariencia impecable, con una sonrisa amplia y ojos que parecían calcular cada movimiento. Su presencia llenó la habitación con una pesadez apenas velada. La conversación comenzó con una aparente cordialidad, Arata elogiando a Karma y su creciente influencia. Pero pronto, el tono cambió.
—Es admirable tu ascenso, Karma Akabane —dijo Arata, su voz suave y melosa—. Pero con el poder vienen las vulnerabilidades. Veo que has encontrado un... aliado muy interesante.
La mirada de Arata se posó en Nagisa, escudriñándolo con una intensidad que traspasaba la piel. Nagisa sintió el escalofrío de un peligro inminente, la misma sensación que precedía a un ataque.
—El Señor Shiota es un socio invaluable —respondió Karma, su voz era uniforme, pero Nagisa sintió la leve tensión en la mano de Karma que descansaba sobre su rodilla bajo la mesa.
Arata sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—Claro, un "socio". Pero todos sabemos que hasta el más fuerte tiene un punto débil, ¿verdad? Y a veces, esos puntos débiles son... inesperados. Pequeños, aparentemente inofensivos, pero capaces de causar una gran conmoción en la vida de un hombre.
La amenaza era clara, aunque indirecta. Nagisa era el punto débil de Karma. El objeto de la vulnerabilidad.
La sangre de Karma hirvió. El control que había mantenido durante la conversación se rompió por un instante. Se levantó de su asiento, su postura imponente, la furia brillando en sus ojos dorados.
—Mis asuntos son mis asuntos, Arata —dijo Karma, su voz baja, casi un gruñido, pero cargada de una ira fría—. Y te aseguro que mi vida personal no es algo que esté abierto a tu... investigación. O a tus amenazas.
Nagisa, sintiendo la tensión, se levantó también, poniéndose al lado de Karma, una unidad silenciosa y formidable.
Arata solo se encogió de hombros, la sonrisa aún en su rostro, pero con una nueva nota de desafío.
—Una pena. Creí que podríamos llegar a un acuerdo beneficioso para ambos. Pero si prefieres jugar de esta manera... que así sea.
El político se despidió con una inclinación de cabeza, sus ojos lanzando una última mirada de advertencia a Nagisa antes de abandonar la habitación. Kayano entró tan pronto como la puerta se cerró.
—Lo sabía —dijo Kayano, su voz era tensa—. Arata es un perro rabioso.
Karma se giró, su rostro marcado por la furia contenida.
—Intentó amenazarte, Nagisa —dijo Karma, su voz áspera, apretando los puños.
Nagisa puso una mano en el brazo de Karma, intentando calmarlo.
—Lo sé. Y lo que es peor, no se rendirá.
Una hora más tarde, mientras Kayano preparaba té y Karma intentaba recuperar la calma, los teléfonos de seguridad de la casa de Kayano comenzaron a sonar. Uno de los guardias apareció, con el rostro pálido.
—Señorita Kaede, Señor Akabane... Tenemos a unos intrusos acercándose. Muy bien equipados. Parecen profesionales.
Karma y Nagisa se miraron. La amenaza de Arata no había sido una fanfarronada.
—Parece que Arata no perdió el tiempo —dijo Karma, una sonrisa peligrosa extendiéndose por su rostro. Su mirada se posó en Nagisa—. Mi pequeño cazador, ¿estás listo para un poco de acción?
Nagisa devolvió la sonrisa, sus ojos azules brillando con la emoción de la caza. La gala, la política, las palabras... todo eso se había desvanecido. Solo quedaba el instinto. Y la promesa de proteger al otro.