Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 6: La sombra sigue observando
Pasaron cinco días desde la amenaza de Sera.
Cinco días en los que Kael redujo sus movimientos al mínimo necesario. Iba de sus tareas a su habitación, de su habitación a sus tareas, sin desviaciones, sin preguntas, sin miradas. La máscara del omega sumiso se había vuelto más perfecta que nunca: cabeza gacha, hombros encogidos, voz temblorosa cuando alguien le dirigía la palabra.
Pero la máscara solo cubría el exterior.
Por dentro, su mente seguía funcionando como un reloj, archivando cada detalle, cada susurro, cada sombra que se movía en los pasillos del harén. Había aprendido a ser más sutil, más paciente. Ya no preguntaba, solo escuchaba. Y escuchaba mucho.
La primera escena ocurrió en los jardines del ala oeste, mientras Kael barría hojas secas cerca de un seto.
Dos concubinas de rango medio paseaban por el sendero de piedra, sus vestidos de seda rozando el suelo con suavidad. No lo vieron. Para ellas, era solo un sirviente más, parte del mobiliario.
—No podemos seguir así —dijo una, la de cabello castaño recogido en un elaborado moño. Se llamaba Vania, y era conocida entre las sirvientas por su ambición silenciosa—. Lyra lleva meses acaparándolo. Si no hacemos algo, nunca nos mirará.
—¿Y qué sugieres? —respondió la otra, más joven, de nombre Hana, con un tono que mezclaba frustración y miedo—. No es como las demás, no es solo dulce y sumisa. Esa viene del norte, de familia guerrera. Dicen que entrena con espada en sus habitaciones. Que tiene un cuerpo más fuerte, que resiste lo que otras no pueden.
Vania frunció el ceño.
—Lo sé, por eso es la favorita. El Emperador se aburre con las que se desmayan después de un par de horas. Lyra aguanta hasta el final y eso la hace perfecta.
—Entonces, ¿cómo competimos contra eso?
Silencio. Vania sonrió lentamente.
—No competimos. La hacemos dejar de ser perfecta.
—¿Cómo?
—Aún no lo sé. Pero si encontramos la forma de que en su próxima noche con él… falle. Que se muestre débil. Que no sea la guerrera indomable que él cree. Que por una vez, sea humana.
Hana la miró, comprendiendo.
—¿Sabes cuándo volverá a llamarla?
—Pronto. Siempre la llama pronto.
Kael siguió barriendo, sin levantar la vista. Las dos mujeres se alejaron, sus voces perdiéndose entre el rumor de las fuentes.
Él archivó la información. Vania y Hana. Quieren hacerla caer. Buscan su punto débil. No sabía cómo lo harían, pero la semilla estaba plantada.
La segunda escena fue al día siguiente, cerca de las cocinas.
Kael había sido asignado a vaciar los cubos de ceniza de los hornos, un trabajo sucio que nadie quería. Perfecto para moverse sin ser visto. Mientras arrastraba un cubo hacia el patio de servicio, vio a Sera.
La Emperatriz estaba en un rincón apartado, cerca de la puerta trasera de las cocinas, hablando con una criada. Kael se pegó instintivamente a la pared, detrás de un montón de sacos vacíos.
No podía oír lo que decían. Estaba demasiado lejos. Pero podía ver.
La criada era joven, de uniforme manchado de harina, y tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Sera hablaba en voz baja, pero su postura era la de siempre: erguida, fría, implacable. La criada asintió una vez, dos veces, y cuando Sera se giró para irse, la muchacha se quedó temblando, apoyada contra la pared, respirando hondo como si acabara de esquivar una muerte.
Kael esperó a que Sera desapareciera. Luego, con cuidado, siguió con su trabajo.
Una criada de cocina, pensó. Sera tiene gente en la cocina. ¿Para qué? ¿Envenenar? ¿Sabotear? No lo sabía, pero lo archivó como una pieza más en el tablero.
Esa noche, en su habitación, Kael se sentó en la estera y repasó mentalmente lo que había visto.
Dos concubinas planeando cómo hacer que Lyra deje de ser perfecta ante los ojos de Ethan. Una criada de cocina aterrorizada por Sera. Y en medio de todo, él, una hormiga que seguía observando.
Sera tiene espías en todas partes, pensó. Pero yo también los tengo. Solo que los míos no saben que lo son.
Se llevó la mano al cuello, a la glándula. El almizcle seguía ahí, esperando. Pero aún no era momento. Paciencia. La paciencia es lo único que me separa de ellos. Ellas actúan por impulso, por miedo, por ambición a corto plazo. Yo puedo esperar.
La imagen de Ethan apareció en su mente. Esos hombros, esa mandíbula, esa mirada perdida en el vacío. Él también espera. Espera algo que ni siquiera sabe qué es y yo voy a dárselo.
Pero luego pensó en Lyra, en lo que había oído sobre ella. Una omega guerrera. Fuerte. Resistente. La única que podía soportar la intensidad de un alfa supremo sin desmayarse después de un par de horas.
Si yo quiero ocupar su lugar, pensó Kael, tengo que ser mejor que ella. O hacer que ella deje de ser tan perfecta.
Sonrió en la penumbra.
Pero primero, tengo que sobrevivir. Y para sobrevivir, tengo que ser invisible. Se tumbó en la estera y cerró los ojos.
Mañana será otro día. Otra oportunidad para observar. Otra pieza para el tablero.
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