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Aunque Me Odies, Te Amo

Aunque Me Odies, Te Amo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Amor de la infancia / Amor-odio
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Sherin VR

Un árbol fue testigo de su promesa.
El destino fue testigo de su ruptura.
Emma juró que nunca lo abandonaría.
Gael juró que jamás la dejaría sola.
Pero la muerte llegó primero.
Y el silencio hizo el resto.
Ella se fue obligada.
Él se quedó creyendo que lo eligió dejar.
Entre raíces quedó escondida una carta.
Entre el orgullo quedó enterrado el amor.
Años después, el destino los volverá a cruzar.
Ya no como niños.
Ya no inocentes.
Y cuando sus miradas se encuentren…
descubrirán que lo que más duele no es perder a alguien.
Es pensar que eligió perderte.

NovelToon tiene autorización de Sherin VR para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20 — La pieza que faltaba

Esa tranquilidad duró poco.

A la mañana siguiente, el campus estaba más lleno. Padres que aún no se habían ido. Estudiantes tomándose fotos frente a la fuente central. Risas nuevas, nervios nuevos.

Emma caminaba junto a Tiago por el sendero principal. Llevaba ropa sencilla, pero combinada con cuidado. No para impresionar. Para sentirse segura.

—¿Lista para la reunión de orientación? —preguntó Tiago.

—Lista para todo —respondió ella.

Y lo decía en serio.

No vio a Celeste hasta que fue demasiado tarde.

—Miren nada más.

La voz cortó el aire como una hoja afilada.

Emma se detuvo lentamente.

Celeste estaba a pocos metros, acompañada por dos chicas perfectamente arregladas. Su postura era impecable. Su sonrisa, apenas una línea irónica.

Vestía ropa de marca evidente. Cabello perfectamente peinado. Seguridad ensayada.

—La rebelde decidió aparecer —continuó Celeste—. ¿No te cansaste de jugar a la víctima?

Tiago dio un paso adelante, pero Emma lo detuvo con una leve presión en el brazo.

No.

Esta vez no iba a esconderse detrás de nadie.

—No estoy jugando a nada —respondió Emma con calma.

Celeste soltó una risa breve.

—Qué conveniente. Después de todo lo que hicimos por ti. Te dimos techo, comida, educación. Y así nos pagas. Yéndote como si fueras una heroína trágica.

Varias miradas comenzaron a dirigirse hacia ellas.

Emma sintió el viejo impulso de minimizarse.

De disculparse.

De desaparecer.

Pero recordó la puerta cerrándose detrás de ella.

Recordó la bofetada.

Recordó las palabras: “Si sales, no vuelves”.

Y algo dentro de ella se alineó.

—No me dieron nada que no usaran después para humillarme —dijo con voz clara.

El murmullo alrededor creció apenas.

Celeste frunció el ceño.

—¿Perdón?

—Nunca fue ayuda. Fue control.

Las amigas de Celeste intercambiaron miradas.

Celeste dio un paso más cerca.

—Cuidado con lo que dices.

Emma no retrocedió.

—No. Cuidado tú. Porque ya no estoy bajo ese techo. Y no voy a seguir aceptando que distorsiones la historia para quedar bien.

El golpe fue directo.

Celeste parpadeó.

No esperaba resistencia.

—Siempre fuiste una desagradecida —espetó.

Emma sostuvo su mirada.

—Siempre fui conveniente para ustedes.

Silencio.

La fuente seguía sonando a lo lejos.

—Te hicimos parte de nuestra familia —dijo Celeste, intentando recuperar el control.

Emma sonrió apenas.

—No. Me hicieron sentir como una intrusa en mi propia sangre.

Eso sí la dejó atónica.

Era la primera vez que Emma hablaba así. Sin titubeos. Sin bajar la voz.

—¿Y ahora qué? —preguntó Celeste con tono venenoso—. ¿Vas a fingir que perteneces aquí?

Emma miró alrededor.

Edificios altos. Cristal. Mármol.

Luego volvió a mirarla.

—No finjo nada. Estoy aquí porque trabajé para estarlo.

Celeste abrió la boca, pero no encontró respuesta inmediata.

Emma dio el último paso.

—Y algo más —añadió—. No vuelvas a hablar de lo que “hicieron por mí”. Porque si de verdad hubiera sido ayuda, no me habrían hecho sentir pequeña todos estos años.

El silencio fue pesado.

Tiago percibió cómo la tensión comenzaba a atraer demasiada atención.

—Emma —dijo en voz baja.

Pero ella aún no había terminado.

—Ya no soy la versión de mí que necesitabas que fuera —concluyó.

Celeste estaba rígida.

Sus amigas intentaron intervenir.

—No vale la pena discutir con ella —susurró una.

—Sí, déjala —añadió la otra—. No está a nuestro nivel.

Emma escuchó esa frase.

Y esta vez no dolió.

Sonrió levemente.

—Exacto —respondió—. No estoy a tu nivel.

Pero no lo dijo desde inferioridad.

Lo dijo desde evolución.

Tiago tomó suavemente su mano.

—Vámonos.

Emma permitió que la guiara lejos.

Mientras se alejaban, Celeste seguía inmóvil.

Sus amigas comenzaron a hablarle rápido.

—No te preocupes por ella.

—Solo quiere llamar la atención.

—Además… hoy en la tarde llega Gael Valverde.

El nombre cambió la energía.

Celeste parpadeó.

—¿Estás segura?

—Claro. El hijo del hombre más rico de toda la ciudad. Mi primo está apunto de llegar y lo confirmó.

—Dicen que su padre pagó toda la carrera.

—Si quieres acercarte a él, no puedes verte afectada por alguien como Emma.

Celeste inhaló lentamente.

Recuperó postura.

Alzó el mentón.

Tenían razón.

No podía permitir que una discusión la desestabilizara.

Menos ahora.

Menos con alguien que ya no vivía bajo su control.

Mientras tanto, Tiago llevó a Emma hasta un sendero más tranquilo, cerca de los jardines laterales.

—Respira —le dijo.

Emma soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Sus manos temblaban ligeramente.

No por miedo.

Por descarga.

—Se estaba saliendo de control —murmuró Tiago.

Emma lo miró.

—Tal vez. Pero ya no podía callarme.

Tiago negó suavemente.

—Y no debías.

Ella cerró los ojos un segundo.

No estaba llorando.

No estaba rota.

Estaba… liviana.

—¿Sabes qué es lo extraño? —dijo ella.

—¿Qué?

—No me duele.

Tiago sonrió apenas.

—Porque no te quedaste con nada dentro.

Emma miró el cielo gris sobre los edificios altos.

—Durante años pensé que defenderme iba a romper algo.

—¿Y qué rompió?

Emma pensó unos segundos.

—La versión de mí que tenía miedo.

El agua de la fuente sonaba distante.

El campus seguía su ritmo.

Y en medio de esa ciudad que no había cambiado…

Emma sí lo había hecho.

Regresaron al edificio femenino poco después.

Antes de entrar, Emma miró hacia la entrada principal de la universidad.

No sabía por qué.

Tal vez intuición.

Tal vez simple curiosidad.

Pero algo en el ambiente parecía cargarse de anticipación.

Como si una pieza nueva estuviera a punto de entrar al tablero.

Y entonces ocurrió.

Un auto negro cruzó lentamente las rejas principales del campus.

No era escandaloso.

No necesitaba serlo.

Su sola presencia hizo que varias conversaciones se interrumpieran.

El vehículo avanzó con suavidad por el camino central, reflejando en su superficie oscura los edificios de cristal.

Se detuvo frente a la escalinata principal.

El murmullo creció.

—Es él.

—Ya llegó.

—Gael Valverde.

La puerta trasera se abrió.

Primero descendió un hombre de traje oscuro.

Luego, del lado contrario, bajó él.

Alto.

Postura firme.

Ropa informal, pero evidentemente costosa.

No llevaba expresión de asombro.

No parecía impresionado.

Miró el campus como si evaluara un terreno.

Como si midiera distancias invisibles.

Sus ojos eran distintos a los de años atrás.

Más fríos.

Más calculadores.

Más contenidos.

No buscaban pertenecer.

Buscaban controlar.

El viento movió ligeramente su cabello mientras cerraba la puerta del auto.

A lo lejos, desde la entrada del edificio femenino, Emma alcanzó a ver el movimiento.

No distinguió su rostro.

Solo la figura.

Solo la energía que parecía desplazar el aire a su alrededor.

Sintió una ligera tensión en el pecho.

Sin explicación.

Sin nombre.

Solo una sensación.

Como cuando el pasado se acerca sin avisar.

Gael avanzó por la escalinata.

Cada paso firme.

Seguro.

Medido.

La universidad parecía inclinarse ligeramente hacia él.

Y aunque todavía no lo sabía,

aunque aún no se habían cruzado,

aunque el destino parecía jugar con los tiempos…

La ciudad,

que parecía tan grande,

estaba a punto de volverse demasiado pequeña.

1
Milagros Guadalupe Selvan
muy buen libro espero con ansias lo demás
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