Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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Capítulo 19: El deseo sin nombre
La puerta se cerró tras Kael y el silencio cayó sobre la estancia como un manto pesado.
Ethan se quedó inmóvil, escuchando los pasos que se alejaban pasillo abajo. Cuando el último eco se desvaneció, se dejó caer en el sillón y se pasó ambas manos por el rostro, frotándose los ojos con fuerza.
No puedo seguir negándolo.
La verdad estaba ahí, cruda e ineludible. Ese omega le gustaba. Le gustaba de una forma que su mente se negaba a aceptar pero que su cuerpo reclamaba con una urgencia casi dolorosa. El deseo rugía en su interior, denso como la lava, haciendo estragos en cada fibra de su ser. Sentía el pulso acelerado, la piel demasiado caliente, la respiración entrecortada. Por un momento consideró llamar a alguna concubina, pero la sola idea le resultó vacía.
No quiero a otra. No ahora. Solo deseo…
La imagen de Kael apareció en su mente con una nitidez cruel. Esos ojos grises que parecían verlo de verdad. Esa boca, esos labios rosados moviéndose al hablar. Esa cintura estrecha que sus manos ansiaban rodear.
Intentó respirar hondo, controlarse, poner orden en el caos que hervía en su pecho. Pero el deseo era demasiado denso, demasiado duro, demasiado crudo, su cuerpo exigía una liberación y no iba a aceptar una negativa.
Esto es ridículo, pensó, mientras una oleada de calor lo recorría. Actuando como un adolescente que no sabe qué hacer con su primer deseo. Pero la vergüenza no fue suficiente para detenerlo. Cerró los ojos y se permitió imaginar.
Eran las manos de Kael las que recorrían su pecho; pequeñas, delicadas, esas manos que a veces temblaban. Las imaginó deslizándose por su piel, explorando, acariciando. En su mente, Kael inclinaba la cabeza y susurraba su nombre con esa voz dulce que tanto lo calmaba.
Ethan.
Quería oírlo. Quería escuchar su nombre pronunciado por esos labios mientras el deseo los consumía a ambos.
La imagen cambió. Ahora eran sus manos las que rodeaban esa cintura imposible, sintiendo la suavidad de la piel bajo la tela, la fragilidad de ese cuerpo que parecía hecho para ser abrazado. Y las piernas de Kael, largas y pálidas, enroscándose alrededor de su propia cintura, atrayéndolo más cerca, más adentro.
El deseo creció descontrolado, una bestia que ya no podía domar. El aroma que había reprimido durante todo el encuentro estalló sin permiso, llenando la habitación con la fragancia del vino tinto. Pero no era el vino controlado de siempre, el que usaba como herramienta de seducción, este era más denso, más dulce, más desesperado. Un vino que suplicaba, que llamaba, que se entregaba.
Ethan se perdió en la fantasía. Las manos de Kael sobre él, su boca, su voz, su cintura, sus piernas. Todo se mezcló en un torbellino de imágenes que lo llevaron al límite una y otra vez hasta que finalmente, con un gemido ronco que avergonzaría a cualquier hombre de su edad, explotó con una intensidad que lo dejó temblando.
Quedó tendido en el sillón, jadeante, la mente nublada, el cuerpo saciado pero la conciencia en llamas. El aroma a vino aún flotaba en el aire, testimonio de su pérdida de control.
¿Qué me estás haciendo, Kael?, pensó, mientras la vergüenza se mezclaba con un deseo que sabía que no iba a desaparecer.
En los aposentos de Lyra, la atmósfera era muy distinta, El médico acababa de irse, dejando tras de sí un diagnóstico tan inútil como frustrante.
—No encuentra nada —murmuró Lyra para sí misma, una vez que la doncella hubo cerrado la puerta—. Dice que es cansancio, estrés. Que descanse unos días y todo pasará.
Pero ella sabía que no era eso. Su cuerpo le hablaba en un idioma que conocía bien, y lo que le decía era que algo estaba mal, algo que no era natural. No puede ser simple cansancio, no después de haber entrenado toda mi vida. No después de haber soportado noches enteras con el Emperador sin apenas pestañear.
Se levantó del sillón con esfuerzo y fue hacia el rincón donde guardaba su espada de madera. La tomó, sintió el peso familiar, e intentó un movimiento básico. Su brazo tembló antes de completarlo.
Algo pasa. Y voy a averiguar qué.
Dejó la espada y se sentó frente al tocador, observando su propio reflejo con una determinación nueva.
Observaré, vigilaré cada detalle. Mi comida, mi té, mis criadas. Alguien está haciendo esto, y cuando lo descubra…
No terminó la frase. No hacía falta.
En la sala de audiencias, la reunión había sido tensa desde el primer momento.
Los generales llegaron con noticias graves: los clanes del norte se estaban moviendo. Los espías habían confirmado reuniones entre los jefes de las tribus, algo que no ocurría desde hacía décadas. Intercambiaban mensajes, coordinaban estrategias, preparaban algo.
—No podemos ignorarlo, Majestad —dijo el general al mando, señalando los mapas desplegados sobre la mesa—. Si se unen, tendremos un frente unificado en toda la frontera norte. Necesitaremos refuerzos, suministros, y un plan de batalla.
—¿Hay alguna posibilidad de evitar el enfrentamiento? —preguntó Ethan, aunque ya conocía la respuesta.
—No, Majestad. Llevamos años conteniéndolos, pero ahora… ahora quieren guerra.
Ethan asintió, procesando. Su mente, aún agitada por los pensamientos de la tarde, logró enfocarse en el problema inmediato.
—Revisen las rutas de suministro. Estudien los pasos de montaña, los que puedan quedar bloqueados por el invierno. Necesitamos saber por dónde pueden atacar y cómo responderemos. —Hizo una pausa—. Tendremos que ajustar los presupuestos. Esto va a costar.
Los generales asintieron y la reunión continuó durante horas, discutiendo estrategias, números, plazos. Pero cuando todos se fueron, Ethan se quedó solo frente a los mapas, y su mente volvió a desviarse.
Los pasos de montaña. Como los que Kael mencionó aquella vez en la biblioteca, sacudió la cabeza, apartando el pensamiento. No era momento para eso.
Horas después, ya de regreso en sus aposentos, Ethan llamó al eunuco jefe.
—Dime —comenzó, con un tono que pretendía ser casual—. ¿En qué condiciones vive el concubino Kael?
El eunuco parpadeó, sorprendido por la pregunta, pero respondió con la precisión de quien conoce todos los rincones del palacio.
—El concubino Kael, Majestad, ocupa una habitación en el ala de servicio. Es pequeña, con una estera en el suelo, una jarra de agua y un baúl viejo. Nada más. Come lo mismo que los sirvientes.
Ethan frunció el ceño. Una estera en el suelo, una jarra de agua. Nada más. ¿Y nunca se ha quejado?, pensó. Ni una palabra. Ni una sola vez.
—¿Por qué no me dijeron esto antes?
El eunuco inclinó la cabeza.
—Nadie preguntó, Majestad.
Ethan apretó la mandíbula. Llevaba semanas conversando con Kael, compartiendo tardes enteras, sintiendo que se estaban volviendo cercanos y ni siquiera sabía que vivía en esas condiciones.
¿Por qué no me lo dijo? ¿Por qué no se quejó?
Pero en el fondo, conocía la respuesta, Kael nunca pedía nada. Esa era su esencia, lo que lo hacía diferente.
—Vas a arreglarlo —ordenó—. Asigna una habitación modesta pero digna. Con una cama, un tocador, una bañera, nada ostentoso, pero que sea habitable. Y que deje de fregar suelos, ese no es su trabajo.
El eunuco inclinó la cabeza.
—Se hará, Majestad.
Cuando se quedó solo, Ethan se dejó caer en el sillón, agotado, su mente daba vueltas a todo lo ocurrido en el día. La reunión, la guerra inminente, las condiciones de Kael, y sobre todo, ese deseo que se negaba a desaparecer.
Lo deseo.
La certeza era clara, ineludible, lo deseaba de una forma que iba más allá de la amistad o la buena compañía. Su cuerpo lo reclamaba, su mente lo buscaba, su instinto lo llamaba. Pero había un problema. Kael nunca había mostrado interés más allá de la amistad. Las conversaciones, las tardes compartidas, las risas… todo apuntaba a una relación cercana, sí, pero sin indicios de deseo.
Tengo derecho a llamarlo para pasar la noche. Es mi concubino. Pero no quiero eso, no quiero que sea por obligación.
Recordó aquel momento, días atrás, cuando la distancia entre ellos se había acortado peligrosamente. Él había estado a punto de besarlo, cegado por el deseo, y Kael… Kael no se había acercado, pero tampoco había retrocedido. Solo lo había mirado con esos ojos grises, esperando.
Eso es algo. Eso tiene que ser algo.
Se levantó y fue hacia la ventana, mirando la noche estrellada sin verla.
¿Y si le gusto? ¿Y si todo esto no es solo cosa mía?
La pregunta quedó flotando en el aire, sin respuesta. Pero por primera vez, Ethan sintió que quizás, solo quizás, había esperanza.
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