Otto Bonanno no conoce límites. Don de la Cosa Nostra, él es la ley y la sentencia, un hombre formado para mandar con la fuerza, el miedo y la sangre. Para él, nada es más importante que el poder… hasta ver a Aurora.
Ella no es más que una nueva bailarina contratada para el club. Un rostro delicado, un cuerpo que se mueve en perfecta sincronía con la música —y una luz que no debería desear. Pero Otto no es hombre de resistirse. Es hombre de tomar.
Aurora buscaba un nuevo comienzo, lejos de las marcas del pasado, pero acabó cayendo directamente en las garras del depredador más peligroso de la ciudad. Ahora, cada paso, cada suspiro y cada mirada suya le pertenecen.
Entre el placer prohibido y la prisión de un amor obsesivo, ella tendrá que elegir: rendirse al Don o luchar contra un enemigo imposible de derrotar.
Porque Otto Bonanno no se enamora.
Él domina.
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Capítulo 17
Aurora
El sonido de mis propios latidos del corazón aún resonaba cuando salí del baño. El aire de la habitación estaba más frío, pero el calor que Otto dejaba en mí parecía atrapado bajo la piel. Inspiré hondo, intentando recomponerme, pero su perfume — amaderado, cálido, provocante — aún flotaba en el ambiente, manteniéndome en alerta.
Él estaba allí. De espaldas, frente al espejo del clóset abierto, vistiendo una camisa blanca impecable. Las mangas arremangadas dejaban a la vista los antebrazos fuertes, y el reloj plateado centelleaba bajo la luz suave. El contraste entre el hombre que salió desnudo y salvaje del box y aquel ahora — controlado, elegante, peligroso de otro modo — me confundía.
Otto giró el rostro cuando me oyó. Los ojos negros me recorrieron lentamente, deteniéndose por un segundo demasiado largo en el vestido que aún usaba de la noche anterior.
Otto- ¿Aún con eso?
Preguntó, con la voz baja y cargada de desdén contenido.
Crucé los brazos, más por defensa que por actitud.
Aurora- No tengo otra cosa para vestir.
La sonrisa de él fue breve, casi imperceptible. Una de aquellas que no llegan a los ojos.
Otto- Ahora tienes.
Dio un paso hacia el lado, abriendo por completo las puertas del clóset. Me faltó el aire.
Allí dentro, no había solo ropa. Había un mundo. Vestidos de seda, blusas de encaje, pantalones de sastrería, zapatos alineados en filas, bolsos organizados por color. Perfumes caros, cosméticos, cajas de joyas que reflejaban la luz en brillos casi cegadores. Era un escenario de lujo sofocante, tan diferente de mi realidad que por un instante pensé que era una broma.
Giré el rostro hacia él, atónita.
Aurora- ¿Qué es esto?
Él se aproximó despacio, los pasos firmes, la expresión ilegible.
Otto- Tus cosas.
Solté una risa sin humor.
Aurora- ¿Mis cosas? Yo no pedí nada de esto.
Él se detuvo lo bastante cerca para que yo sintiera su perfume de nuevo.
Otto- No vas a andar desnuda por la casa, ¿verdad? Compré hoy por la mañana. Son tuyas.
Mi pecho se apretó.
Aurora- Otto, yo no quiero nada de esto.
Él inclinó la cabeza, como quien observa a un animal indomado.
Otto- ¡Vas a querer!
Tomó una pequeña caja negra sobre la cómoda y me la entregó. Abrí, hesitante. Dentro, un celular de última generación, aún sellado. Antes de que pudiera reaccionar, él extendió otra cosa: una tarjeta negra con el nombre “Aurora Duarte" grabado en letras plateadas.
Mi corazón dio un salto.
Aurora- ¿Qué es esto?
Otto- Una tarjeta Black.
Respondió, la voz fría, pero la mirada quemando.
Otto- Sin límites.
Aurora- ¿Sin límites?
Repetí, casi sin creer.
Aurora- ¿Por qué?
Él metió las manos en los bolsillos, los hombros relajados, pero había algo afilado detrás de aquella calma.
Otto- ¡Porque eres mi mujer!
Las palabras de él cayeron sobre mí como un golpe.
Aurora- No soy tu mujer.
Repliqué, casi en un susurro, pero él oyó.
Otto- Sí, lo eres.
Respondió, sin dudar.
Otto- Estás en mi casa, duermes en mi cama, respiras mi aire. No necesitas un anillo para eso.
Aurora- Esto es locura.
Di un paso hacia atrás, el cuerpo entero temblando.
Aurora- Me trajiste aquí contra mi voluntad, Otto. Esto no es amor, es prisión.
Él me siguió con un paso, acortando la distancia otra vez.
Otto- ¿Prisión?
El tono de él era bajo, pero cortante.
Otto- Llama como quieras. Yo lo llamo protección.
Aurora- ¿Protección de qué?
Otto- De mí mismo.
Dijo, y los ojos negros parecieron oscurecerse aún más.
Otto- Y de todos los hombres que te mirarían como yo miro.
Tragué saliva.
Aurora- No tienes ese derecho.
La sonrisa de él volvió, despacio, peligrosa.
Otto- Tengo todos los derechos sobre lo que es mío.
Me quedé sin aire. Él tomó una de las perchas y sacó un vestido. Rojo. Largo. Escote profundo, el tipo de ropa que parecía hecha para ser pecado. Extendió el tejido en mi dirección.
Otto- Vístete con esto.
Negué con la cabeza.
Aurora- Ni pensarlo.
Otto- No pedí.
Dijo, y el tono cambió — bajo, firme, con un comando que parecía tocar mi piel.
Otto- Hoy por la noche tendremos invitados. Quiero que todos sepan quién eres.
Aurora- ¿Y quién soy, según tú?
Pregunté, amarga.
Él se aproximó más un paso, hasta la distancia entre nosotros ser casi inexistente. Los ojos de él prendieron los míos con tanta fuerza que sentí las piernas flaquear.
Otto- La mujer del Don.
Respondió.
Otto- Y ella se viste a la altura.
La forma en que él dijo “La mujer del Don” hizo que mi estómago se revolviera. Él no necesitaba levantar la voz para dominarme — hacía eso con la mirada, con la presencia, con el simple acto de existir.
Intenté desviar el rostro, pero él tocó mi mentón, forzándome a encararlo. El toque fue leve, pero cargado de poder.
Otto- No estoy pidiendo que te guste, Aurora.
Dijo, casi en un susurro.
Otto- Estoy pidiendo que te acostumbres.
Aparté el rostro, respirando con dificultad.
Aurora- ¿Y si nunca me acostumbro?
Los ojos de él recorrieron mi rostro con lentitud, y una media sonrisa curvó sus labios.
Otto- Entonces vas a odiarme linda, vestida como una reina, con mi nombre en todo lo que toques.
Sentí algo quebrarse dentro de mí. Rabia, miedo… y algo más. Algo que yo no quería nombrar.
Tomé el vestido de las manos de él con fuerza, como si fuera un arma.
Aurora- Eso no me hace tuya.
Él inclinó el rostro, la mirada fija en mí.
Otto — Ya lo eres, dolcezza. Solo falta dejar de mentirte a ti misma.
Me quedé parada por algunos segundos, el vestido pesando en las manos. Quería arrojarlo contra él, gritar, huir. Pero todo lo que conseguí fue inspirar hondo, intentando controlar el temblor que amenazaba con delatarme.
Él me observó por un instante largo, como si grabara cada reacción. Después se giró, arreglando los puños de la camisa.
Otto- Usa lo que quieras. La tarjeta está liberada. Las llaves del coche también.
Aurora- ¿Me estás dando un coche ahora?
La voz salió casi irónica, pero trémula.
Otto miró por encima del hombro.
Otto- Te estoy dando libertad lo bastante para entender que ella solo existe dentro de los límites que yo permitir.
Y salió. Así. Con aquel andar calmo, confiado, dejando el sonido de las palabras resonar detrás de él como una corriente invisible.
Me quedé allí, cercada por lujo, pero sintiéndome más prisionera que nunca.
Miré al vestido otra vez. Rojo, intenso, provocante. El tipo de color que Otto elegiría. El tipo de color que me hacía recordar la mirada de él, de la promesa en el “aún”, de la amenaza disimulada en deseo.
Dejé caer el vestido en la peinadora y encaré mi reflejo en el espejo del clóset.
Aurora- Él no va a quebrarme.
murmuré.
Pero la verdad es que, por primera vez, yo no tenía tanta certeza de eso.