Invocado a otro mundo como sanador, fue descartado por su propio equipo por no hacer daño.
Herido y abandonado en la frontera, comenzó a curar a quienes nadie miraba: plebeyos, soldados rotos, niños enfermos.
Con conocimientos del mundo moderno y una magia que evoluciona al salvar vidas, su nombre empieza a recorrer el reino.
Cuando la guerra y la peste alcancen la capital, descubrirán que descartaron al único que podía salvarlos.
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Capítulo 18: Cuando el polvo se pega a la piel
El campamento no dormía.
Ni siquiera cuando el sol empezó a caer y el cielo se tiñó de un naranja sucio, el lugar encontró descanso. Los heridos seguían gimiendo en las mantas extendidas sobre la tierra dura. Algunos lloraban en silencio, con el rostro enterrado en los antebrazos. Otros gritaban sin pudor, con la voz rota de tanto dolor, como si el cuerpo necesitara expulsar el sufrimiento a través del sonido.
—¡No me toques! ¡No me toques! —aulló un minero cuando Ren intentó acercarse a su pierna vendada.
El hombre se encogió, sudando frío, los dedos crispados alrededor de un trozo de madera que mordía para no gritar. El temblor le recorría los músculos en oleadas desordenadas.
Ren se detuvo un segundo. Se lavó las manos con el agua hervida que quedaba. El gesto ya no despertaba miradas extrañas: la gente lo esperaba. Algunos incluso acercaban los cuencos antes de que él los pidiera.
—No voy a lastimarte —dijo Ren, con la voz baja, cansada—. Pero si no limpio la herida, se va a pudrir.
El minero apretó los dientes. Un sollozo se le escapó, involuntario.
—Me duele… —murmuró—. Me duele aunque no me toque…
—Lo sé —respondió Ren—. Duele incluso respirar hoy.
Activó Campo de Calma. El temblor del hombre cedió apenas. Lo suficiente para que Ren pudiera retirar la venda sucia. La herida supuraba un líquido espeso que olía mal. Ren limpió con cuidado, conteniendo el impulso de apurarse. Cada segundo era una decisión: ir rápido y lastimar más, o ir lento y sostener el grito.
El sudor le corría por el rostro, le caía por la nariz, se mezclaba con el polvo que el viento levantaba del suelo. Se lo limpió con el dorso del brazo sin dejar de trabajar.
—Respira —murmuró—. No te vayas a ningún lado.
A unos pasos, una joven lloraba con el cuerpo doblado hacia adelante. Tenía la túnica empapada en lágrimas, la respiración entrecortada como si cada sollozo le arrancara un pedazo de aire.
—Se quedó adentro… —decía—. No salió cuando gritamos…
Ren la escuchó de reojo. No se acercó de inmediato. A veces, el dolor necesitaba unos segundos para romperse solo antes de aceptar manos ajenas.
Cuando terminó de vendar al minero, se acercó a la joven. Se lavó las manos de nuevo.
—¿Cómo se llama? —preguntó.
—Teren —respondió ella, sin levantar la vista—. Mi hermano… Teren…
Ren asintió. No prometió nada.
—Vamos a seguir buscando —dijo—. No hoy. No con este aire. Pero no vamos a dejarlo ahí.
La joven alzó la cabeza, los ojos hinchados, rojos.
—No me mientas.
Ren sostuvo su mirada.
—No lo hago.
Un grito nuevo atravesó el campamento.
—¡Agua! ¡Por los dioses, agua!
Un hombre se arrastraba por el suelo, la garganta seca, la lengua hinchada. Ren se arrodilló junto a él, le humedeció los labios gota a gota.
—Despacio —dijo—. No tragues de golpe.
El hombre tosió, se atragantó, pero luego logró beber. Sus hombros cayeron con un suspiro que sonó a rendición.
—Gracias… —susurró.
El campamento se llenaba de escenas pequeñas, repetidas, cada una con su propio peso: una mano que temblaba al acercar una venda, una madre que acariciaba el cabello de su hijo inconsciente, un anciano que miraba el cielo sin parpadear, murmurando el nombre de su esposa muerta hacía años.
Ren sentía el cansancio mordiéndole los músculos. La herida del costado palpitaba. El maná le ardía en el pecho, como un hilo tenso a punto de romperse. Se apoyó un segundo en un poste de madera, respiró hondo. El mundo giró apenas. Cerró los ojos. Volvió a abrirlos.
—No ahora —murmuró para sí.
Fue entonces cuando escuchó el golpe metálico.
Clang.
Un sonido distinto al de los gemidos. Alzó la vista.
Un enano de barba trenzada avanzaba entre las mantas, cargando un saco de cuero al hombro. Sus botas levantaban polvo. Tenía las manos curtidas, marcadas por el fuego y el hierro.
—¿Dónde está el sanador que se lava las manos como si fuera a forjar una espada? —gruñó.
Algunos se apartaron. Ren alzó la mano.
—Aquí.
El enano lo miró de arriba abajo: la túnica manchada, el sudor en el rostro, las manos rojas de tanto limpiar heridas.
—Te vi trabajar —dijo—. Usas los dedos como pinzas, pero no tienes pinzas de verdad. Eso te está rompiendo las manos.
Ren parpadeó.
—No tengo otra cosa.
El enano abrió el saco. Sacó un pequeño instrumento de metal, tosco pero firme: una especie de pinza simple, sin adornos.
—Puedo hacerte más —dijo—. Ganchos, separadores. Cosas pequeñas. No magia. Herramientas. Si vas a meter las manos en carne viva, hazlo con algo que no te destroce los dedos.
Ren tomó el instrumento con cuidado. El metal estaba tibio.
—Gracias —dijo.
—No me agradezcas —gruñó el enano—. Me llamo Bromm. Mi hijo estuvo ahí dentro. —Señaló la mina con el mentón—. Sigue respirando porque no lo tocaste con manos sucias.
El enano se dio la vuelta antes de que Ren pudiera responder.
Poco después, una figura alta, esbelta, se acercó desde el borde del campamento. Una elfa de cabello claro, recogido en trenzas finas. Sus ojos verdes recorrían las mantas con una atención distinta: no buscaban heridas abiertas, sino colores en la piel, temblores sutiles, respiraciones irregulares.
—El aire aquí no es el único problema —dijo, deteniéndose junto a Ren—. Hay plantas en la colina que ayudan a los pulmones a expulsar la ceniza que queda dentro.
Ren alzó la vista.
—¿Sabes cuáles?
—Sí —respondió ella—. Crecen donde el suelo es ácido. Puedo prepararte infusiones y cataplasmas. No curan de golpe. Pero evitan que el dolor se quede semanas.
Ren asintió, sin fuerzas para dudar.
—Enséñame.
La elfa inclinó la cabeza.
—Me llamo Lirael.
Esa noche, mientras el campamento seguía lleno de llanto, gritos y respiraciones rotas, Ren trabajó con manos limpias, herramientas nuevas y el conocimiento prestado de otra raza.
No era un milagro.
Pero era un comienzo distinto.
Y, en algún lugar entre el polvo y el sudor, empezaba a nacer algo más que un sanador solo.