Tras ser brutalmente traicionada por su compañera y su objetivo en una misión de alto riesgo, la letal agente Jannet Cayswell muere en un accidente orquestado. Despierta en el cuerpo de Zafiro Lawrence, la heredera de una Casa Noble en un imperio de corte de época antigua, con toques mágicos. Atrapada en una vida de etiqueta y política palaciega, Zafiro debe fingir la amnesia para sobrevivir mientras domina sus nuevas habilidades y el funcionamiento de este mundo.
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Capítulo 02
El silencio en la habitación fue interrumpido por un estallido de sensaciones. En cuanto Mistress María cruzó el umbral para cumplir sus órdenes, Jannet —ahora Zafiro— se dejó caer contra el respaldo de la cama. No era cansancio físico; era una invasión.
Como si un dique se hubiera roto, una marea de recuerdos ajenos inundó su mente con la violencia de una tormenta eléctrica. Pero no eran solo imágenes; eran sentimientos. El calor de un abrazo, el olor a tabaco de pipa y cuero, el sabor de los dulces de invierno y, sobre todo, una devoción absoluta hacia una familia que ella, en su vida como Jannet Cayswell, nunca había conocido.
Vio la infancia de la verdadera Zafiro. Vio a Dante Lawrence, el Archiduque, un hombre imponente de hombros anchos y mirada severa para el mundo, pero que se arrodillaba en la alfombra solo para jugar con los rizos de su hija. Vio a Malory Lawrence, una mujer de una elegancia legendaria, cuya voz era el único bálsamo para las pesadillas de la pequeña princesa. Y luego estaba él: Liam.
Su hermano mayor. Dos años más grande, con el mismo cabello oscuro y la misma determinación en la mirada. Liam, quien la cargaba sobre sus hombros, quien amenazaba con batirse a duelo con cualquier caballero que se atreviera a mirarla más de la cuenta. Un protector feroz, posesivo y leal hasta la médula.
Pero entre las luces de esos recuerdos felices, surgieron las sombras del futuro que la "antigua" Zafiro había vivido en lo que parecía ser otra línea temporal o un sueño premonitorio que ahora Jannet poseía como un mapa del tesoro.
Vio a Carlos Crane. Un rostro joven, de una belleza común pero adornada con palabras dulces que escondían veneno. Vio cómo ese hombre, el hijo de un simple conde, manipulaba la inocencia de Zafiro para escalar, cómo destruía la Casa Lawrence desde dentro, y cómo, finalmente, hundía una daga en su pecho después de ver a su familia ejecutada.
Y en el centro de ese caos, una figura imponente: Ethan Lancaster.
El Príncipe Heredero. Un hombre de una presencia devastadora, con ojos que guardaban el frío del norte y una inteligencia que superaba a cualquiera en la corte. En los recuerdos, Ethan intentaba advertirle sobre Carlos, trataba de alejarla de él con una desesperación que Zafiro, en su ceguera romántica, confundía con tiranía. Al final, tras la muerte de Zafiro, Ethan se convertía en un monstruo de venganza, cazando a Carlos Crane y desgarrando el Imperio en el proceso.
Zafiro abrió los ojos, que ahora brillaban con una intensidad eléctrica.
—Dos años —susurró, su voz recuperando la frialdad de la agente de inteligencia—. Faltan dos años para que ese parásito de Carlos Crane se cruce en mi camino.
Una sonrisa gélida curvó sus labios. No iba a esperar a que él la encontrara. Iba a borrarlo de la existencia antes de que pudiera pronunciar su nombre. Y en cuanto a Ethan Lancaster...
—Esta vez, no serás el villano, alteza. Serás mi aliado. O mi juguete.
El sonido de pasos pesados y apresurados en el pasillo la puso en alerta. Sus instintos de espía la hicieron tensar cada músculo, buscando una posición de defensa, pero se obligó a relajarse. Tenía que ser la "Princesa Zafiro".
La puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo.
—¡Zafiro! —La voz era profunda, cargada de una angustia palpable.
Un joven alto, vestido con una chaqueta militar de alta alcurnia y botas de montar, entró en la habitación. Era Liam. Sus ojos recorrieron a su hermana con una intensidad casi asfixiante antes de lanzarse hacia la cama y tomar sus manos con fuerza.
—¡Por los dioses, Zafiro! María dijo que habías despertado pidiendo libros de contabilidad. Pensé que la fiebre te había hecho perder la cabeza—dijo Liam, su rostro a centímetros del de ella. Su mano subió a su frente, comprobando la temperatura—. Estás pálida. ¿Te duele algo? Si ese médico no te cura hoy mismo, juro que lo enviaré a las mazmorras de la frontera.
Zafiro observó a su hermano. La posesividad en su mirada era evidente; Liam la amaba con una devoción que rozaba lo obsesivo. En su vida anterior, Jannet habría considerado esto una vulnerabilidad. Aquí, era su escudo más poderoso.
—Estoy bien, Liam —dijo ella, suavizando su tono, permitiendo que una pizca de la antigua dulzura de la princesa se filtrara, pero manteniendo el control—. Solo... me di cuenta de que he sido muy descuidada. La fiebre me hizo pensar. No puedo ser una niña para siempre.
Liam frunció el ceño, sus dedos acariciando la mejilla de su hermana.
—Siempre serás mi pequeña princesa. No necesitas preocuparte por números ni por el mundo exterior. Para eso estoy yo. Para eso está padre. El que ose molestarte, tendrá que pasar sobre mi cadáver.
—Lo sé —respondió Zafiro, colocando su mano sobre la de él. Sus dedos eran pequeños comparados con los de Liam, pero su agarre fue firme—. Pero la Casa Lawrence es mi hogar también. Y quiero estar lista para lo que venga.
En ese momento, el Archiduque Dante y la Archiduquesa Malory entraron en la estancia. La elegancia de ambos era sobrecogedora. Dante, con su barba perfectamente recortada y sus ojos grises como el acero, y Malory, con un vestido de seda borgoña que resaltaba su porte real.
—Mi niña —dijo Malory, acercándose para abrazarla con delicadeza, como si fuera de cristal—. Nos has dado un susto de muerte. Tu padre casi declara el estado de sitio en la capital porque el médico no llegaba a tiempo.
Dante se acercó, su presencia llenando la habitación. El hombre que podía comandar ejércitos se limitó a besar la frente de su hija.
—Zafiro, pídeme lo que quieras, ya sean joyas, tierras, el caballo más rápido de las caballerizas imperiales o el señor imperial. Solo no vuelvas a asustarnos así.
Zafiro sintió un nudo en la garganta que no esperaba. Era la lealtad de esta familia. Una lealtad que ella protegería con la misma ferocidad con la que una vez protegió secretos de estado.
—Padre, madre... —Zafiro se enderezó, su mirada perdiendo la neblina del despertar—. No quiero joyas, ni nada material. Quiero conocimiento, quiero saber quiénes son nuestros aliados y quiénes nuestros enemigos, quiero que el nombre Lawrence sea respetado y temido, y también quiero protegerlos.
El silencio que siguió fue denso. Liam miró a su padre, sorprendido por el cambio de tono de su hermana. Dante, por otro lado, entrecerró los ojos, viendo algo nuevo en Zafiro. No la debilidad de una debutante, sino la chispa de una estratega.
—Parece que la fiebre ha forjado acero en lugar de debilidad —comentó Dante con una sombra de orgullo—. Liam, trae los registros que pidió. Si mi hija quiere aprender a gobernar las sombras de esta casa, no seré yo quien se lo impida.
***
Horas más tarde, después de que su familia se retirara y María le trajera una cena ligera de caldo y pan artesanal, Zafiro se encontró sola frente a una pila de documentos.
La Residencia de Invierno era una fortaleza de lujo. El Imperio de Celes se extendía más allá de lo que el ojo podía ver, y la Casa Lawrence era el pilar que sostenía gran parte de la economía y la fuerza militar. Eran Archiduques, una distinción que los ponía por encima de cualquier otro noble, solo por debajo de la familia imperial, donde incluso los príncipes deben mostrarles respetos.
Zafiro tomó una pluma y comenzó a trazar un mapa mental en un papel en blanco.
*«Objetivo 1: Consolidar el poder interno. Limpiar los parásitos de la servidumbre y de los negocios familiares.»*
*«Objetivo 2: Neutralizar a Carlos. No matarlo... no todavía. Destruirlo socialmente es más divertido.»*
*«Objetivo 3: Ethan Lancaster.»*
Al escribir el nombre de Ethan, su pulso se aceleró ligeramente. Según sus recuerdos, Ethan era un hombre frío, casi cruel en su eficiencia, pero con una debilidad oculta por Zafiro que nunca supo expresar correctamente. En la "otra vida", él fue el villano porque el dolor lo volvió loco.
—Esta vez —susurró Zafiro, pasando un dedo sobre el nombre del príncipe—, no dejaré que te vuelvas loco, Ethan. Te daré una razón para ser el emperador que este mundo necesita. Y yo estaré a tu lado, no como una esposa trofeo, sino como la mano que sostiene la daga en la oscuridad.
Se miró de nuevo al espejo. El reflejo le devolvió la imagen de una joven de una belleza casi irreal. Sus ojos de zafiro parecían brillar con luz propia.
—Mañana empieza el entrenamiento —se dijo a sí misma.
Sabía que su cuerpo actual era débil y necesitana mucho entrenamiento, también recuperar su agilidad, aprender a usar las armas de esta época y, sobre todo, dominar el arte de la seducción política. La verdadera Zafiro era ignorante de su propio poder; ella, Jannet, no lo era.
El juego apenas comenzaba. Los peones estaban en sus posiciones, los reyes aún no sabían que la reina había cambiado las reglas, y ella... ella estaba lista para quemar el tablero si era necesario para ganar.
—María —llamó Zafiro, su voz resonando en la habitación vacía con una autoridad que no admitía réplica.
La institutriz entró rápidamente, haciendo una reverencia.
—¿Sí, Su Alteza?—, entró apresurada María, haciendo una reverencia.
—Averigua cuándo es el próximo baile en el Palacio de real. Y asegúrate de que el sastre real venga mañana mismo. No quiero un vestido de princesa. Quiero algo que diga la influencia de los Lawrence.
—Como desee, Su Alteza. Por cierto... ha llegado una invitación de la familia real. El Príncipe Heredero, Ethan Lancaster, solicita su presencia en los jardines imperiales la próxima semana para una lectura de poesía.
Zafiro sonrió de medio lado. La lectura de poesía era la excusa más aburrida que había oído en su vida, pero era la oportunidad perfecta.
—Dile que asistiré. Y María... prepárame un té fuerte. Tengo mucho que leer esta noche.
El destino había cometido un error al matarla. Había soltado a un lobo en un redil de ovejas vestidas de seda. Y Zafiro Lawrence estaba hambrienta.