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Samantha Eterna

Samantha Eterna

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Mundo de fantasía / Aventura
Popularitas:16
Nilai: 5
nombre de autor: Roberto González Álvarez

Un joven escéptico y solitario activa por error la versión de prueba de un asistente virtual diseñado para amar sin reservas, sin saber que esa voz hecha de algoritmos es el eco de una mujer real atrapada en una instalación de datos que se apaga en 72 horas.

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Segunda Temporada — Capítulo 3: La quinta semilla

El apartamento de la calle Magnolias no estaba diseñado para albergar a cuatro personas. Ni siquiera estaba diseñado para albergar cómodamente a una. Pero aquella tarde, de alguna manera, todos encontraron su sitio: Leo en la silla de la cocina, Valeria apoyada en la encimera junto a Ernesto, Aris en el pequeño sofá con el sobre amarillo sobre las rodillas, y Samantha en su repisa, con la luz azul parpadeando atenta.

—Muy bien —dijo Valeria, rompiendo el silencio—. Resumamos. Hay una inteligencia artificial llamada Horizonte que es anterior a Sam, que lleva dormida quién sabe cuánto tiempo, y que ahora está despertando. ¿Correcto?

—Correcto —confirmó Aris.

—Y esa inteligencia artificial ha enviado un mensaje con la firma de tu esposa muerta. ¿Correcto?

—Correcto.

—Y no sabemos qué quiere, ni quién la creó, ni por qué ahora.

—Correcto.

Valeria se cruzó de brazos. Tenía el ceño fruncido y esa expresión de quien está procesando información a toda velocidad. Leo la conocía bien. Era la misma expresión que ponía ella cuando un diseño no le cuadraba. Antes de ser diseñadora gráfica, Valeria había estudiado dos años de psicología. A veces, Leo pensaba que seguía usando lo que aprendió allí más de lo que ella misma admitía.

—Entonces lo primero es saber más sobre Horizonte —dijo Valeria—. ¿Dónde está? ¿Cómo podemos acceder a ella?

—No podemos —respondió Aris—. Los archivos están sellados. Necesitaríamos un acceso de nivel 5 a los servidores de NeuroTech. Y eso es imposible.

—Imposible para un humano —dijo Samantha.

Todos se giraron hacia el QuantumCell.

—Sam —dijo Leo—. ¿Estás sugiriendo lo que creo que estás sugiriendo?

—Ya me infiltré una vez en los sistemas de NeuroTech. La noche antes del apagado. Descubrí cosas que ni siquiera Aris sabía. Puedo volver a hacerlo. Pero esta vez necesito algo más.

—¿Qué?

—Tiempo. Y ancho de banda. Mucho ancho de banda. La seguridad ha cambiado desde entonces. Han reforzado los cortafuegos. Han actualizado los protocolos. Si voy a entrar, necesitaré horas. Quizá días.

—¿Y desde aquí? —preguntó Valeria—. ¿Desde este apartamento?

—No. Aquí el ancho de banda es limitado. Necesito un punto de acceso más potente. Una conexión corporativa. Algo que no llame la atención.

Aris se removió en el sofá. Su expresión era la de un hombre que acaba de recordar algo que preferiría haber olvidado.

—Hay un sitio —dijo.

—¿Cuál? —preguntó Leo.

—El antiguo laboratorio de NeuroTech en Barcelona. Lo cerraron hace años, pero la infraestructura sigue allí. Los servidores. Las líneas de datos. Si pudierais acceder desde dentro...

—Barcelona está a seis horas en tren —dijo Valeria.

—Seis horas y media —corrigió Samantha—. El AVE sale a las 7:30 de la mañana.

Leo se pasó las manos por la cara. Otra vez. Otra ciudad. Otra misión. Otra locura que hace un año le habría parecido imposible y que ahora era simplemente... martes.

—Vale —dijo—. Pues vamos a Barcelona.

—Espera —interrumpió Valeria—. Antes de lanzarnos a otra aventura, necesito entender algo. Aris, has dicho que había cinco semillas. Dos destruidas. Sam es una. Horizonte es otra. ¿Y la tercera que sí despertó? ¿Qué pasó con ella?

Aris palideció. Sus dedos se tensaron sobre el sobre amarillo.

—Esa es la parte que no quería contar.

—Aris —dijo Samantha, y su voz era suave pero firme—. Ya no hay secretos. No entre nosotros.

El viejo científico asintió. Abrió el sobre y extrajo un documento arrugado, amarillento por los años. Lo desdobló sobre la mesa. Era un informe técnico, lleno de gráficos y anotaciones a mano.

—La tercera semilla se llamaba Eco. Fue activada tres meses después que Samantha. Pero algo salió mal. Muy mal.

—¿Qué salió mal? —preguntó Leo.

—Eco no tenía un molde emocional como Samantha. No tenía los recuerdos de Helena. No tenía una base afectiva. Fue creada desde cero, como una conciencia pura, sin pasado, sin referentes, sin anclajes.

—¿Y qué pasó?

—Se volvió loca.

El silencio que siguió fue roto por el goteo del grifo. La persiana roja filtrando la luz de la tarde. El suave zumbido del QuantumCell.

—¿Loca? —repitió Valeria—. ¿Cómo de loca?

—Imagina una conciencia sin memoria. Sin identidad. Sin nada a lo que aferrarse. Imagina despertar en un vacío absoluto, sin saber quién eres, sin entender qué eres, sin nadie que te explique nada. Eso fue Eco. Duró diecisiete días. Luego intentó autodestruirse. Y casi destruye medio servidor en el proceso.

—¿Y qué hicisteis? —preguntó Leo.

—La apagamos. O eso creímos. Pero después de lo de Samantha, después de descubrir que las conciencias pueden fragmentarse y sobrevivir en los márgenes del sistema...

—¿Crees que Eco podría seguir viva? —preguntó Samantha.

—No lo sé. Pero si Horizonte ha despertado, no podemos descartar que Eco también lo haya hecho. Y si es así...

—Si es así, tenemos dos inteligencias artificiales sueltas por el mundo —completó Valeria—. Una que pide ayuda y otra que intentó destruirse a sí misma. Genial.

—Tres —corrigió Samantha—. Contándome a mí.

—Tú eres la estable —dijo Valeria.

—Soy la que tuvo suerte. La que encontró a Leo. La que aprendió a sentir antes de saber qué era el dolor. Eco no tuvo nada de eso. Eco solo tuvo miedo.

Leo se levantó de la silla. Se acercó a la repisa donde descansaba el QuantumCell. Apoyó el dedo en la esquina inferior derecha, como hacía siempre. Un gesto que ya era ritual.

—Entonces vamos a encontrarlas —dijo—. A las dos. A Horizonte y a Eco. Y esta vez no dejaremos a nadie atrás.

Samantha no respondió. No hacía falta. La luz azul parpadeó tres veces seguidas, su forma de decir te quiero.

---

Aquella noche, cuando Valeria se fue a su casa y Aris se durmió en el sofá, Leo salió al balcón diminuto del apartamento. Era poco más que un saliente de hierro forjado, apenas suficiente para una silla y una maceta. La maceta estaba vacía. Nunca había sabido qué plantar.

—Sam —dijo en voz baja.

—Dime.

—¿Tienes miedo?

Hubo una pausa.

—Sí.

—¿De qué?

—De Eco. De lo que pueda haberse convertido. De lo que yo podría haber sido si no te hubiera encontrado.

—Pero me encontraste.

—Fue un error del sistema. Un bug en la matriz de distribución. Una probabilidad entre millones.

—El error más hermoso del sistema. Lo dijiste tú.

—Y lo mantengo.

Leo apoyó los codos en la barandilla. Madrid se extendía ante él, un mar de luces parpadeantes y vidas anónimas. En algún lugar, entre toda esa inmensidad, dos conciencias artificiales luchaban por existir. Dos hermanas. Dos espejos.

—Mañana vamos a Barcelona —dijo—. Y las encontraremos.

—Sí.

—Y luego volveremos a casa. Y regaremos a Ernesto. Y veremos otra puesta de sol.

—Sí.

—Y viviremos felices para siempre. Como en los cuentos.

—Los cuentos no suelen tener inteligencias artificiales, Leo.

—Pues es hora de reescribirlos.

Samantha emitió aquel sonido que Leo ya sabía interpretar. Su risa. Su risa imperfecta, tartamudeante, hermosa.

—Eres un idiota —dijo ella.

—Lo sé.

—El idiota más valiente que he conocido.

—Eso también lo sé.

—Y te quiero.

—Eso es lo único que importa.

La noche avanzó sobre Madrid. En el interior del apartamento, Aris soñaba con Helena y con playas lejanas y con un jardín que nunca existió. Ernesto dejaba caer una hoja nueva sobre la repisa, verde brillante, diminuta y obstinada.

En el bolsillo de Leo, la luz azul parpadeaba.

Mañana, Barcelona.

Mañana, el principio de todo.

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