El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
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capitulo 6
Pero mi subconsciente tenía otros planes.
Aparecí en un bosque de pinos cubiertos de nieve. No era Seúl, ni Madrid. Era un lugar antiguo. Él estaba allí, pero esta vez llevaba un hanbok (el traje tradicional coreano) de seda oscura. Estaba de pie frente a un fuego que no quemaba, sino que emitía una luz azulada.
—Vete —le dije nada más verlo—. No quiero hablar contigo. Eres una mentira. Me prometiste que él se acordaría y lo único que ha hecho es intentar echarme de Corea.
Min-ho del sueño se acercó. Sus ojos no eran de hielo, estaban llenos de una tristeza infinita.
—Él tiene miedo, Valeria. El miedo es el lenguaje de los hombres que han perdido mucho.
—¿Qué ha perdido él? —pregunté, dejando que la rabia se mezclara con el frío del sueño.
—A sí mismo. Hace mucho tiempo, antes de los edificios de cristal y las juntas directivas, él era alguien que amaba la música, que amaba la luz. Pero le enseñaron que la luz es peligrosa. Le enseñaron que el amor es una debilidad que los enemigos usan para golpearte.
Él tomó mis manos entre las suyas. Su tacto era cálido, tan real que me dolió el corazón.
—Mañana él tomará una decisión. No lo hará con la cabeza, lo hará con la herida. Tienes que ser tú quien le recuerde que la herida puede sanar.
—¿Cómo? —grité—. ¡Él no me escucha! ¡Me odia!
—No te odia —susurró él, acercando su rostro al mío hasta que nuestras frentes se tocaron—. Se odia a sí mismo por querer que te quedes. Mañana, cuando entres en esa oficina, no le lleves datos. Llévale la foto.
—¿Qué foto? —pregunté, pero el fuego azul empezó a extinguirse.
—La que guarda en el segundo cajón. La que nunca nadie ha visto. Si la ve en tus manos, el muro caerá. Pero ten cuidado... una vez que el muro cae, ya no hay vuelta atrás para ninguno de los dos.
Me desperté con el corazón martilleando contra las costillas. Eran las cuatro de la mañana. Me quedé sentada en la oscuridad, con las palabras del sueño resonando en mi cabeza como una campana. La foto del segundo cajón.
¿Cómo iba yo a entrar en su despacho y robar una foto? Era una locura. Era un delito. Era el fin definitivo de mi carrera si me pillaban. Pero si no lo hacía, el fin de mi carrera ya estaba escrito en la carta de rescisión que él tenía sobre su mesa.
Esperé a que se hiciera de día con una determinación que me asustaba a mí misma. Fui a la oficina antes de que llegara el servicio de limpieza. Tenía mi tarjeta de acceso, que todavía funcionaba. El edificio estaba en penumbra, con solo las luces de emergencia encendidas. El eco de mis pasos en el mármol me ponía los pelos de punta.
Subí a la planta 42. El despacho de Min-ho estaba cerrado, pero sabía que la secretaria guardaba una llave de repuesto en el jarrón de la entrada por si acaso. La encontré. Mi mano temblaba tanto que me costó encajarla en la cerradura.
Click.
Entré. El despacho olía a él: a ese perfume de madera y limpieza. Fui directa a su escritorio. El segundo cajón. Estaba cerrado con llave.
—Maldita sea —susurré.
Estuve a punto de rendirme, pero entonces vi que la llave estaba en el bote de los bolígrafos, camuflada entre estilográficas de lujo. La giré. El cajón se abrió con un gemido metálico.
Allí estaba. Una foto pequeña, gastada por los bordes. En ella se veía a un niño de unos seis años, con una sonrisa radiante que nunca había visto en el rostro del hombre que conocía. El niño estaba de la mano de una mujer joven, hermosa, que se parecía mucho a él. Estaban en una playa. Una playa de arena negra.
Sentí un escalofrío que me recorrió toda la columna vertebral. Era la misma playa de mi primer sueño.
Escuché pasos en el pasillo. Voces. El personal de limpieza o los primeros empleados estaban llegando. Cerré el cajón, me guardé la foto en el bolsillo de la chaqueta y salí del despacho cerrando con cuidado. Me escondí en el baño de mujeres y esperé allí, con el corazón en la boca, hasta que dieron las ocho.
A las nueve, volví a entrar en su despacho. Esta vez no esperé a que me llamaran.
Min-ho estaba sentado, con una pluma estilográfica en la mano y un documento frente a él. Era mi carta de despido. Me miró con una mezcla de cansancio y resignación.
—Le dije que esperara a mi decisión, señorita Valeria —dijo con voz plana—. Pero ya la he tomado. He decidido que es mejor para ambos que usted regrese a Madrid hoy mismo. Le he reservado un vuelo para las cinco de la tarde.
—No me voy —dije, caminando hacia su mesa.
—No es una negociación. Mi asistente tiene sus documentos listos.
—¿Incluso este? —pregunté, sacando la foto del bolsillo y poniéndola sobre el papel de mi despido.
El tiempo se detuvo. Vi cómo el color desaparecía de la cara de Min-ho. Su mano, la que sostenía la pluma, empezó a temblar visiblemente. Se quedó mirando la foto como si fuera un fantasma que acabara de cobrar vida delante de sus ojos.
—¿Dónde... cómo ha conseguido esto? —su voz era un hilo apenas audible, cargada de una vulnerabilidad que me rompió el alma.
—Esa playa —dije, bajando el tono de voz—. He soñado con esa playa toda mi vida. Y he soñado con ese niño. Y he soñado con usted, Min-ho. No me eche. No me eche porque usted también sueña conmigo. Lo sé. Lo veo en sus ojos cada vez que intenta odiarme.
Min-ho se levantó lentamente. Sus ojos estaban húmedos, y la máscara de hielo que había construido con tanto esfuerzo durante años se desmoronó por completo en un segundo.
—Esa playa... —susurró, tocando la foto con la punta de los dedos—. Es el último recuerdo que tengo de mi madre antes de que mi padre me enviara a un internado en el extranjero para "hacerme un hombre". Juré que nunca volvería a pensar en ese lugar. Juré que borraría esa sonrisa de mi mente para sobrevivir.
Se acercó a mí. Ya no era el director ejecutivo. Era el hombre que me esperaba en la almohada.
—¿Quién es usted, Valeria? —preguntó, con una voz rota por la emoción—. ¿Es un ángel o es mi ruina?
—Soy la persona que no va a dejar que vuelvas a estar solo en la oscuridad —respondí, repitiendo las palabras del sueño.
Él cerró los ojos y dejó escapar un suspiro largo, un sonido de derrota que en realidad era una victoria. Por primera vez en la vida real, Min-ho acortó la distancia. Puso sus manos en mis hombros y me atrajo hacia él. No hubo beso, no todavía. Solo apoyó su frente contra la mía, y en ese contacto, sentí cómo toda la tensión de los últimos días se disolvía.
—Tres meses —susurró—. Quédese tres meses. Y si después de eso sigo teniendo miedo de lo que siento... entonces yo mismo la llevaré al aeropuerto.
—Me quedo —dije, cerrando los ojos.
En ese momento, el mundo real y el mundo de los sueños se fundieron. Ya no importaba si era Madrid o Seúl, si era de día o de noche. Lo único que importaba era que el desconocido de mi almohada finalmente me había dejado entrar en su realidad.
Y la realidad, aunque tenía bordes afilados, empezaba a sentirse como el hogar.