Ella era la única testigo. Él, la sentencia de muerte que terminó convirtiéndose en su dueño.
Elena Thomas vivía entre archivos y sombras, convencida de que su invisibilidad era su mayor escudo. Pero una noche, en un callejón donde el aire sabía a hierro y pólvora, vio lo que nadie debía ver: a Viktor Volkov, el heredero más despiadado de la Bratva, ejecutando a sangre fría.
Ella esperaba una bala. En su lugar, recibió unas manos de acero que la arrancaron del suelo y una voz que le prometió un infierno personal. "No te mataré, pequeña", le susurró él al oído, mientras el calor de su cuerpo la envolvía como una trampa de seda. "Pero a partir de hoy, tu nombre, tu cuerpo y hasta tu último suspiro me pertenecen".
Ahora, Elena es la prisionera de oro en una fortaleza de cristal. Viktor es un monstruo que no sabe amar, solo poseer; un hombre que la mira con una mezcla de odio y un deseo que amenaza con quemarlos a ambos.
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capítulo 8
El ambiente festivo se evaporó en un segundo. Viktor, con un movimiento fluido y experto, cubrió a Elena con su cuerpo, empujándola suavemente hacia el interior de una carpa de juegos mientras sus hombres formaban un perímetro de acero a su alrededor.
- ¡Derriben esa cosa! -rugió Viktor.
Un disparo sordo de un rifle con silenciador resonó desde uno de los puestos de control. El dron estalló en una lluvia de chispas y metal, cayendo justo sobre el algodón de azúcar. Viktor no esperó a ver los restos; cargó a Elena -y a su oso gigante- y la metió en el vehículo blindado que ya rugía con el motor encendido.
Una vez dentro, a salvo tras los cristales a prueba de balas, Elena dejó el peluche a un lado. Sus ojos café buscaban los de Viktor, que ahora estaban fijos en una pequeña tablet donde su equipo de inteligencia analizaba los restos del dron.
- No era de los Lombardi -dijo Viktor, y su voz tenía un rastro de algo que Elena nunca había escuchado: inquietud-. El diseño... el software... es de la Orden de la Garra.
- ¿Quiénes son ellos? -preguntó Elena, acomodando su pelo castaño con manos temblorosas-. ¿Más mafiosos?
- No -Viktor apretó la mandíbula-. Son mercenarios de élite. Mi padre los contrató hace veinte años para "limpiar" a la familia de cualquier debilidad. Son los mismos que... -se detuvo, mirando el espacio vacío donde antes estaba el reloj de arena en su despacho mental- ...los mismos que causaron el "accidente" de mi madre porque ella quería sacarme de este mundo.
Elena sintió un escalofrío. El pasado de Viktor era un monstruo mucho más grande que cualquier banda rival.
- Si han vuelto -continuó Viktor, volviéndose hacia ella con una mirada cargada de una posesividad feroz-, es porque saben que he encontrado algo que me importa. Saben que tú eres mi "debilidad".
De repente, la tablet pitó. Un mensaje de texto apareció en la pantalla, proveniente de un número encriptado:
> "El acero se funde si se mantiene cerca del fuego por mucho tiempo. La rosa no pertenece a la forja, Viktor. Devuélvela al jardín o la enterraremos en él."
>
Viktor soltó un gruñido animal y lanzó la tablet contra el suelo del auto, destrozándola. En un arrebato de celos contra el destino y de rabia protectora, tomó el rostro de Elena entre sus manos.
- No van a tocarte -juró él, su rostro a milímetros del de ella-. Me importa un bledo quiénes sean o qué historia tengan con mi sangre. Si intentan acercarse a ti, voy a demostrarles por qué sobreviví cuando ellos intentaron borrarme la primera vez.
Elena, a pesar del miedo, puso sus manos sobre las de él.
- No soy una debilidad, Viktor. Soy la razón por la que vas a ganar.
Viktor la atrajo hacia su pecho, abrazándola con tanta fuerza que ella sintió cada latido acelerado de su corazón. El tono positivo de la tarde había quedado atrás, pero en su lugar nació una determinación inquebrantable.
- Mañana -dijo Viktor, recuperando su tono de mando-, la mansión se convierte en una fortaleza total. Nadie entra, nadie sale. Y tú... tú vas a empezar a llevar un rastreador en ese collar que te regalé. No me importa si es paranoico, Elena. No voy a perderte como perdí a mi madre.
Esa noche, mientras Elena dormía abrazada a Copito y al oso gigante, Viktor se quedó en el balcón, fumando y observando el horizonte con un rifle de precisión a su lado. La guerra ya no era por territorio o dinero; era por el derecho de una pequeña chica de ojos café a seguir sonriendo.